El sudor frío le bajaba por la frente, trazando un camino húmedo sobre las arrugas profundas de su rostro curtido por el sol de Andalucía. Don Alejandro, el respetado alcalde de San Miguel de los Pinos, llevaba setenta y dos horas sin dormir. Al otro lado de la pesada puerta de roble de su caserón, el pueblo entero aguardaba. No esperaban con vítores, ni con las palmas festivas típicas del sur de España. Aguardaban con hachas, escopetas de caza, hoces oxidadas y antorchas improvisadas que escupían chispas contra la fría noche de diciembre. Sus ojos, inyectados en sangre y dilatados por el terror absoluto, espiaban a través de las estrechas rendijas de las persianas de madera.
Allí estaba Carmen, la panadera que le horneaba las magdalenas cada mañana y que le sonreía con dulzura, sosteniendo ahora un enorme cuchillo de carnicero manchado con la sangre de un cerdo recién matado, sus ojos fijos en la ventana de su dormitorio con una intensidad psicópata. Allí estaba el padre Tomás, el viejo cura del pueblo, murmurando oraciones con una mirada llena de una codicia tan oscura y primitiva que parecía un emisario del mismísimo infierno. Y allí estaba Paco, el sargento de la Guardia Civil local, el hombre que debía protegerle, fumando un cigarrillo rubio mientras afilaba un machete contra el borde de la acera.
¿El motivo de esta locura colectiva? El Gordo. El puto Gordo de la Lotería de Navidad.
Cuatrocientos millones de euros.
La serie completa, el número 03347. Un número que ahora estaba grabado a fuego en la mente de cada hombre, mujer y niño de San Miguel de los Pinos. Una aldea olvidada de la mano de Dios, perdida entre campos de olivos secos y tierras yermas, donde la pobreza se heredaba de generación en generación como una enfermedad crónica. Todos, absolutamente todos en el pueblo, habían puesto dinero para comprar los décimos. Era la tradición. El alcalde viajaba a Madrid cada noviembre, compraba la serie completa en la famosa administración de Doña Manolita, y la guardaba en la caja fuerte del Ayuntamiento. Era el pacto. Era la esperanza.
Y este año, la esperanza se había hecho realidad. El 22 de diciembre, las voces angelicales de los niños de San Ildefonso habían cantado el número. San Miguel de los Pinos era inmensamente rico. Cada familia iba a recibir millones. Pero había un pequeño, minúsculo y aterrador detalle: los billetes no estaban.
Y Alejandro, el buen alcalde, el hombre que custodiaba el futuro de trescientas almas, había sufrido un “desafortunado” resbalón en las escaleras del Ayuntamiento justo una hora después del sorteo. Un golpecito en la cabeza. Una pequeña contusión. Y al despertar en el centro de salud, con la mirada vacía y un tono de voz tembloroso, había pronunciado las palabras que desataron el apocalipsis: “No… no me acuerdo. No sé dónde los he puesto. Mi mente está en blanco”.
Esa fue la chispa que encendió el polvorín.
Al principio, hubo lágrimas de preocupación. El pueblo lo abrazó. El médico local, Don Ernesto, le diagnosticó una amnesia retrógrada temporal causada por el trauma. “Tranquilos”, había dicho, “la memoria volverá en unos días. El cerebro necesita descansar”. Le acompañaron a su casa con honores, le prepararon caldos calientes y le arroparon en su cama.
Pero los días pasaron. El 23 de diciembre. El 24. La Nochebuena más oscura que el pueblo había vivido jamás. Las sonrisas comprensivas se transformaron en miradas de soslayo. Los susurros llenaron la plaza del pueblo. ¿Y si nos está mintiendo? ¿Y si el muy cabrón se los ha escondido para cobrarlos él solo y fugarse a Brasil? El veneno de la sospecha, alimentado por la avaricia más cruda, se infiltró en las venas de los vecinos.
Para el 25 de diciembre, la casa del alcalde ya no era un lugar de reposo; era una prisión de máxima seguridad.
Habían cortado la línea telefónica. Habían saboteado el motor de su todoterreno. El sargento Paco, líder de facto de la turba, había confiscado su teléfono móvil alegando que “las ondas electromagnéticas eran malas para su recuperación cerebral”. Habían establecido turnos de vigilancia de veinticuatro horas alrededor de la vivienda. Nadie entraba, nadie salía. El bloqueo era total.
Alejandro se apartó de la persiana, respirando entrecortadamente. El corazón le latía contra las costillas como un pájaro enjaulado. Caminó a oscuras por el pasillo de su casa. No se atrevía a encender las luces. El más mínimo movimiento provocaba gritos desde la calle.
—¡Alejandro! —rugió la voz de Paco desde el exterior, distorsionada por un megáfono—. ¡Sabemos que estás despierto, pedazo de escoria! ¡Acuérdate! ¡Haz un esfuerzo mental, hijo de puta, o juro por mi madre muerta que entraremos ahí y te abriremos el cráneo para buscar los billetes nosotros mismos!
Alejandro se tapó los oídos con las manos y se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo frío del pasillo. Sollozó, pero no de miedo, sino de una tensión insoportable. Porque la verdad era mucho más espeluznante que la simple pérdida de memoria. La verdad era que Alejandro no había perdido la memoria en absoluto. Recordaba perfectamente cada segundo del día del sorteo. Recordaba cómo su corazón casi se detiene al escuchar el número. Recordaba cómo corrió a la caja fuerte, sacó los fajos de billetes de lotería y sintió el tacto del papel áspero.
Y recordaba, con una claridad que le provocaba náuseas, lo que había hecho con ellos.
No era un héroe. No era un mártir. Era un hombre desesperado con un secreto putrefacto. Durante los últimos cinco años, Alejandro había estado robando fondos del ayuntamiento. Había falsificado las cuentas, había pedido préstamos a nombres de testaferros y lo había perdido todo en apuestas clandestinas y deudas con un cártel rumano que operaba en la costa de Marbella. Le habían dado un ultimátum: o pagaba dos millones de euros antes de fin de año, o su hija, que estudiaba en Sevilla, sufriría un “accidente” fatal.
Cuando el Gordo tocó, Alejandro vio la salvación. Pero no podía simplemente robar la caja fuerte y huir. El pueblo lo sabría de inmediato, la policía lo buscaría en todos los aeropuertos. Necesitaba tiempo. Necesitaba crear una historia tan perfecta y trágica que nadie sospechara de un robo hasta que él estuviera lejos. Su plan era sencillo: esconder los billetes, fingir el accidente, fingir la amnesia temporal, ganar unos días de lástima y confusión, recuperar el escondite en medio de la noche y desaparecer.
Pero había subestimado el hambre de su propia gente. Había subestimado lo que cuatrocientos millones de euros pueden hacerle al alma humana. No le dieron días; no le dieron ni horas. Lo acorralaron como a una bestia rabiosa.
Ahora estaba atrapado. El cártel rumano lo mataría si no pagaba. Su pueblo lo lincharía si descubrían la verdad. Y él estaba encerrado en una casa de dos plantas, sin escapatoria, asediado por las mismas personas a las que había bautizado, casado y consolado durante tres décadas.
—¡Alcalde! —Esta vez era la voz de Carmen, aguda e histérica—. ¡Tengo el horno encendido, Alejandro! ¡A seiscientos grados! ¡Si no me das lo mío, te juro que te meto dentro a trocitos! ¡Quiero mis millones! ¡Mi marido tiene cáncer de pulmón y necesito ese dinero para llevarlo a Houston! ¡Acuérdate, maldito desgraciado!
El ruido de un ladrillazo reventando el cristal de la cocina lo hizo saltar. Los vidrios cayeron al suelo con un estrépito aterrador. Alejandro se arrastró hacia la cocina por el suelo, esquivando los fragmentos cortantes. A través de la ventana rota, vio cómo introducían por el hueco la cabeza decapitada de un cerdo, que rodó por el parqué hasta detenerse frente a sus rodillas. Tenía un mensaje clavado en la frente con un clavo oxidado: “Tienes 24 horas para curarte. Después, empezaremos a cortarte dedos hasta que te acuerdes”.
La locura se había apoderado de San Miguel de los Pinos. Las reglas de la sociedad civilizada habían desaparecido en menos de una semana. Ya no había Guardia Civil; el sargento Paco ahora era el señor de la guerra de una turba sedienta de oro. Ya no había religión; el padre Tomás había declarado desde el púlpito que el dinero era un milagro divino y que cualquier obstáculo en su camino —incluido el alcalde— era obra de Satanás que debía ser “purgada”.
Alejandro, temblando, se levantó lentamente. Miró la cabeza del cerdo. El olor a sangre coagulada inundó sus fosas nasales. Se acercó al fregadero, abrió el grifo y se echó agua en la cara. El agua salió marrón al principio; habían manipulado las tuberías desde el exterior.
“Tengo que salir de aquí”, pensó. “Tengo que encontrar el momento”.
Pero la verdad, la jodida y ruda verdad, era el escondite. El lugar donde Alejandro había ocultado los billetes en el momento de pánico antes de tirarse por las escaleras. No los había enterrado en el jardín. No los había escondido en un falso techo de su casa. En un ataque de inspiración macabra y desesperación absoluta, los había metido en el único lugar donde sabía que el pueblo, en su profunda superstición religiosa, nunca se atrevería a buscar.
Los había metido en el osario de la iglesia.
Específicamente, dentro del ataúd de cristal de Santa Inés de la Cruz, la patrona incorrupta del pueblo, que reposaba en la cripta subterránea bajo el altar mayor. Había aprovechado que el padre Tomás estaba en el bar celebrando el premio, había forzado la cerradura de la cripta, había deslizado los fajos de décimos bajo los ropajes centenarios de la momia de la santa, y había vuelto a sellar la tapa.
Para recuperar los cuatrocientos millones, tenía que salir de la casa, cruzar la plaza del pueblo llena de vecinos armados y sedientos de sangre, entrar en la iglesia, bajar a la cripta y profanar el cadáver más sagrado de la comarca.
Era un plan suicida.
Un ruido sordo en el piso de arriba le heló la sangre. Alguien estaba intentando entrar por el tejado. Se escucharon rasguños en las tejas, seguidos del sonido de madera astillándose.
—¡Por aquí! —gritó la voz ronca de Manolo, el mecánico del pueblo—. ¡He roto la claraboya! ¡Tráeme la soga, Paco!
Alejandro corrió hacia el cajón de los cubiertos de la cocina. Sus manos temblorosas rebuscaron entre tenedores y cucharas hasta encontrar el cuchillo de trinchar carne. La hoja brilló en la penumbra. Se apoyó contra la pared de la escalera, escuchando cómo las botas de Manolo aterrizaban con un golpe sordo en el pasillo del piso superior.
—Alejandro… —canturreó Manolo con una voz que destilaba sadismo—. Sal, sal, donde quiera que estés. No te vamos a hacer daño… Solo vamos a utilizar un par de pinzas de la batería de mi taller para darte unos calambrazos en los cojones. Ya verás cómo la electricidad estimula las neuronas, alcalde. Eso lo vi en un documental.
El terror amenazaba con paralizar el corazón de Alejandro. Su vejiga amenazaba con ceder. Escuchó los pasos lentos y deliberados del mecánico descendiendo por las escaleras de madera. Creak. Creak.
No podía dejar que lo atraparan. Si lo atrapaban y lo torturaban, acabaría confesando no solo dónde estaba el dinero, sino el robo previo al Ayuntamiento. Y entonces lo matarían, no sin antes desmembrarlo en la plaza pública.
Cuando Manolo llegó al último escalón, Alejandro salió de su escondite con un grito gutural, empuñando el cuchillo. Manolo, un hombre grande y fornido, manchado permanentemente de grasa de motor, soltó una carcajada. En su mano derecha sostenía una barra de hierro.
—Vaya, vaya, parece que el enfermo de amnesia tiene instintos asesinos —dijo Manolo, escupiendo en el suelo del salón—. ¿Te acuerdas de cómo apuñalar a un hombre, pero no te acuerdas de dónde están los cuatrocientos millones, escoria?
—¡Vete de mi casa, Manolo! —gritó Alejandro, con la voz quebrada—. ¡Te lo advierto! ¡Sigo siendo la máxima autoridad de este pueblo!
—Ya no hay autoridad, Alejandro. Solo hay dinero. Y tú te interpones en el camino de la felicidad de mis hijos.
Manolo se abalanzó sobre él, alzando la barra de hierro. Alejandro esquivó el golpe a duras penas; el metal destrozó un jarrón de porcelana sobre la mesa del recibidor. El alcalde contraatacó a ciegas, lanzando un tajo con el cuchillo de trinchar que rasgó la camisa de Manolo y le dejó un corte superficial en el antebrazo. El mecánico soltó un gruñido de dolor y sorpresa.
Aprovechando la confusión, Alejandro le dio una patada en la rodilla con todas sus fuerzas. Manolo cayó de rodillas soltando un juramento. Alejandro no perdió un segundo; corrió hacia la puerta trasera que daba al pequeño patio interior, quitó los dos cerrojos y salió al frío de la madrugada.
El patio estaba rodeado por un muro de piedra de más de dos metros de altura. Normalmente, a sus sesenta años, le habría costado horrores escalarlo. Pero la adrenalina del pánico le dio alas. Trepó por la enredadera de jazmín que cubría la pared, clavando sus zapatos en las grietas de la piedra, sintiendo cómo las ramas se le clavaban en las manos.
Justo cuando estaba pasando una pierna por encima del muro, escuchó el estallido ensordecedor de una escopeta.
¡BAM!
Una lluvia de perdigones destrozó los ladrillos a escasos centímetros de su cabeza, llenándole los ojos de polvo de arcilla.
—¡Se escapa por el callejón de atrás! —gritó una voz femenina desde la calle adyacente. Era doña Rosalía, la anciana que vendía cupones de los ciegos, armada con una escopeta del calibre 12 que le quedaba grande. ¡Ni los ancianos estaban libres de la fiebre del oro!
Alejandro se dejó caer al otro lado del muro, aterrizando duramente sobre unos cubos de basura en un callejón estrecho y oscuro. El impacto le dejó sin aire por unos segundos. El dolor en sus costillas fue agudo, pero no podía detenerse. Se levantó a trompicones, cojeando, mientras escuchaba los gritos de la turba rodeando la manzana.
—¡Bloquead la calle del Río! ¡Que no llegue al monte!
La noche era cerrada. Las farolas habían sido apagadas deliberadamente para mantener la vigilancia sobre su casa sin ser vistos. Alejandro conocía cada recoveco de San Miguel de los Pinos. Se deslizó por las sombras, pegado a las paredes húmedas de las casas de cal blanca, moviéndose como un fantasma en su propio reino.
Mientras corría, su mente trabajaba a mil por hora. No podía huir al monte. Sin coche, sin dinero y sin abrigo, moriría de hipotermia o lo cazarían como a un jabalí con los perros de presa de los cazadores locales. Tenía que ejecutar el plan. Tenía que ir a la iglesia, sacar los billetes de la momia y usar los cuatrocientos millones como moneda de cambio o como escudo para comprar su salida del pueblo.
Atravesó huertos de naranjos, sintiendo el barro frío manchar sus pantalones de pijama. Escuchaba a lo lejos el rugido de los motores de los tractores encendiéndose; estaban montando patrullas de búsqueda. La luz de las linternas y los faros barría las calles a lo lejos, proyectando sombras monstruosas sobre las fachadas de las casas.
Al llegar a la parte trasera de la Plaza de la Constitución, se detuvo detrás del monolito en honor a los caídos. Frente a él se erguía la imponente estructura de la Iglesia de la Asunción, construida en el siglo XVI. Sus gruesos muros de piedra parecían un castillo inexpugnable.
Pero había un problema. La plaza estaba iluminada, y sentados en los escalones del atrio de la iglesia había tres hombres. Reconoció a los hermanos Gómez, conocidos por su brutalidad y sus oscuros negocios de tráfico de hachís. Estaban bebiendo aguardiente de una botella y jugando a las cartas sobre un barril improvisado. Y a su lado, descansando sobre sus rodillas, tenían escopetas de cañones recortados.
El pueblo entero se había militarizado.
Alejandro contuvo la respiración. ¿Cómo iba a entrar? La puerta principal estaba bloqueada y custodiada. La puerta de la sacristía quedaba a la vista de la plaza.
Entonces, recordó algo de su infancia. Antes de ser el alcalde corrupto, antes de las deudas y de la locura, Alejandro había sido un monaguillo. Había un pequeño conducto de ventilación que daba a las catacumbas, cubierto por una reja de hierro forjado en la base del ábside de la iglesia, oculto tras unos matorrales espesos en el cementerio adyacente.
Se movió sigilosamente, arrastrándose literalmente por el suelo del cementerio, esquivando las cruces y las lápidas frías bajo la luz de la luna menguante. El silencio de los muertos era un contraste aterrador con los gritos lejanos de los vivos que lo buscaban.
Llegó hasta la base del ábside. Apartó las zarzas espinosas que le arañaron los brazos y el rostro, y allí estaba: la reja de ventilación. Estaba oxidada y asegurada con tornillos gruesos. No tenía herramientas.
A la desesperada, agarró una piedra pesada de granito, del tamaño de un melón, desprendida de una tumba antigua. Empezó a golpear la reja. Clack. Clack. El sonido le parecía ensordecedor, pero esperaba que el viento y los gritos de la turba camuflaran el ruido.
Golpeó con la furia de un hombre cuya vida pendía de un hilo. El óxido cedió. Los tornillos, debilitados por siglos de humedad, se rompieron. Alejandro apartó la reja con sus manos ensangrentadas y miró hacia el agujero oscuro y estrecho. Olía a tierra húmeda, a cera derretida y a putrefacción antigua.
Metió primero la cabeza, luego los hombros. Era angustiosamente estrecho. El pánico a quedarse atascado y morir allí, de hambre o asfixiado, luchaba contra el pánico a ser despedazado por la turba de afuera. Reptó por el túnel de piedra como un gusano humano, raspando su pecho y su espalda contra la roca áspera. Avanzó durante lo que parecieron horas en una oscuridad absoluta, tragando polvo de los siglos, hasta que finalmente, el conducto se ensanchó y cayó hacia adelante, rodando por un pequeño montón de huesos antiguos hasta el suelo de la cripta.
Se levantó tosiendo y escupiendo tierra. El lugar estaba en penumbra, apenas iluminado por el resplandor de unas cuantas velas rojas que parpadeaban en el piso superior y cuya luz se filtraba por las rejillas del techo.
La cripta de Santa Inés era un lugar circular, de techos abovedados y columnas robustas. Las paredes estaban forradas de nichos llenos de calaveras y fémures de los primeros habitantes de San Miguel. Y en el centro, sobre un altar de mármol negro, descansaba la urna de cristal blindado con filigranas de oro.
Allí estaba ella. La santa. Su cuerpo, supuestamente incorrupto desde el siglo XVII, yacía vestido con un hábito de monja ricamente bordado, su rostro cubierto por una máscara de cera amarillenta que simulaba una paz eterna. Sus manos esqueléticas estaban cruzadas sobre su pecho, sosteniendo un crucifijo de plata.
Alejandro se acercó, temblando. El silencio allí abajo era absoluto, pesado, casi opresivo. Se sentía profano, sucio. Aunque había perdido la fe hacía mucho tiempo, el peso de la superstición andaluza le hizo persignarse instintivamente.
“Perdóname, Inés”, susurró con la voz ronca. “No es personal. Es supervivencia”.
Sacó la pequeña ganzúa que había fabricado con un clip y que llevaba escondida en el dobladillo del pantalón. Se acercó a la cerradura antigua del cofre de cristal. Cuando la había abierto el día 22, lo había hecho con una llave maestra que guardaba el ayuntamiento para limpiar la reliquia una vez al año, pero esa llave se había quedado en la casa que ahora estaba tomada.
Introdujo el alambre en la cerradura. Sus manos temblaban tanto que no podía concentrarse. Arriba, en la iglesia, escuchó de repente el sonido inconfundible de las pesadas puertas de roble abriéndose.
Alguien había entrado en la iglesia.
Alejandro contuvo la respiración y se congeló. Escuchó pasos firmes, pausados, resonando en el mármol del piso superior.
—Sé que estás aquí, Alejandro —retumbó la voz del padre Tomás, profunda y gutural, resonando en la acústica de la iglesia y colándose hasta la cripta.
El corazón del alcalde dio un vuelco. ¿Cómo lo sabía?
—Te hemos estado buscando por las calles, hijo mío —continuó el sacerdote, y sus pasos se acercaban al altar mayor, justo encima de la cabeza de Alejandro—. Pero la avaricia es un pecado predecible. Sabía que huirías hacia donde tu tesoro reposa. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón… ¿No es así como dicen las Escrituras?
Alejandro apretó los dientes. Forzó la cerradura de cristal. Clic. La cerradura cedió con un chasquido suave, pero mortalmente audible en aquel silencio sepulcral.
Los pasos del cura en el piso superior se detuvieron de inmediato.
—Ah… —susurró el padre Tomás. El sonido fue seguido por el crujido de la pesada puerta de madera que daba a las escaleras de la cripta. Alguien estaba bajando.
Alejandro levantó la pesada tapa de cristal de la urna con desesperación. La bisagra chilló como el gemido de un alma en pena. Introdujo sus manos temblorosas bajo los faldones polvorientos del hábito de la momia. Su tacto rozó los huesos secos, envueltos en sedas antiguas. El olor a humedad y especias funerarias le provocó una arcada.
Sus dedos buscaron frenéticamente. Palparon el algodón de los cojines fúnebres. Palparon la madera apolillada del fondo.
No están.
El mundo pareció detenerse. El aire desapareció de sus pulmones.
Palpó de nuevo. Desgarró el hábito de la santa en su histeria. Levantó el cadáver incorrupto, que crujió y se desmoronó parcialmente en sus manos, liberando una nube de polvo grisáceo.
¡No están!
Los cien décimos del gordo, los putos cuatrocientos millones de euros que él mismo había escondido bajo el cuerpo de Santa Inés hacía una semana, habían desaparecido.
El sonido de pasos bajando por la escalera de piedra se hizo más fuerte. La luz de una linterna potente rasgó la oscuridad de la cripta, iluminando el rostro pálido y desencajado del alcalde, que sostenía medio esqueleto profanado entre sus brazos.
—Buscabas esto, ¿verdad, amnésico de mierda? —dijo el padre Tomás, emergiendo de las sombras de la escalera.
El sacerdote vestía su sotana negra, pero sobre ella llevaba puesto un chaleco táctico que debía pertenecer al sargento de la Guardia Civil. En su mano izquierda sostenía una enorme linterna militar, y en su mano derecha, empuñaba un revólver oscuro que apuntaba directamente al pecho de Alejandro.
Pero lo que hizo que a Alejandro se le helara la sangre no fue el arma. Fue lo que asomaba del bolsillo de la sotana del sacerdote. Un fajo grueso de décimos de lotería de Navidad, unidos con una goma elástica verde. La serie 03347.
Alejandro dejó caer los restos de la santa al suelo. Su mente intentaba asimilar el shock.
—Tú… los tenías tú… —balbuceó el alcalde, retrocediendo y chocando contra la pared de nichos—. ¿Cómo…?
El padre Tomás soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier calidez o piedad cristiana.
—Te crees muy listo, Alejandro. Te crees el gran manipulador de este pueblo de ignorantes. Pero cometiste el error de olvidar quién lo ve todo en esta casa. Y no hablo de Dios. Hablo de mí.
El cura descendió los últimos peldaños, manteniendo la pistola alzada.
—El día 22, cuando fingiste caerte y te llevaron a la clínica, yo vine aquí a rezar para dar gracias por el milagro de la lotería. Vi las marcas en la cerradura del cofre de Santa Inés. Sabía que tú tenías la única llave maestra aparte de la mía. Y conocía perfectamente tus problemillas con el juego en Marbella. Sumé dos y dos. Bajé, abrí el ataúd, y encontré nuestro milagro envuelto en goma elástica.
—¡Si los tenías, por qué cojones dejaste que el pueblo me asediara! —gritó Alejandro, sintiendo una ira inconmensurable mezclándose con su terror—. ¡Me iban a matar! ¡Me han torturado psicológicamente durante días! ¡Podrías haber dicho que los habías encontrado!
La sonrisa del cura se desvaneció, reemplazada por una mueca de desprecio gélido.
—Porque ese era el castigo divino, Alejandro. Intentaste robarnos. Intentaste quedarte con el sudor y la esperanza de cada anciano y cada niño hambriento de San Miguel de los Pinos. Merecías sufrir. Merecías experimentar el terror del Purgatorio en la Tierra. Disfruté viéndote encerrado, sudando, rodeado por las mismas ovejas a las que intentaste trasquilar. El pastor de estas almas soy yo, no tú. Y vi cómo las ovejas se convertían en lobos. Fue… un experimento sociológico fascinante.
—Devuélvemelos —exigió Alejandro, dando un paso adelante, cegado por la desesperación. Recordó a los rumanos, a su hija en Sevilla—. Tomás, por favor. Necesito dos millones para pagar una deuda. ¡Me matarán! ¡Matarán a mi niña! ¡El resto es tuyo y del pueblo! ¡Te lo ruego!
—No lo entiendes, estúpido saco de carne —susurró el sacerdote, levantando el martillo del revólver con el pulgar. El sonido metálico resonó agudamente—. Ya no es del pueblo. El pueblo se ha vuelto salvaje, corrompido por el simple pensamiento de poseer este dinero. He visto a doña Rosalía intentar matarte. He visto a Manolo convertido en un torturador. Este dinero es el fruto podrido del árbol del Edén. Si lo reparto, San Miguel de los Pinos se autodestruirá en vicios, cocaína, prostitutas y coches deportivos. Este dinero destruirá sus almas inmortales.
—¿Y qué vas a hacer tú? —escupió Alejandro—. ¿Quedártelo para construir catedrales de oro? ¡Eres tan codicioso como ellos!
—No. Yo soy el salvador —dijo Tomás, con un brillo fanático en los ojos—. Mañana cogeré un vuelo a Roma. Usaré este dinero para financiar misiones reales en África y Asia, donde el hambre sí es física y no espiritual. Y en cuanto a ti, mi querido y corrupto alcalde… serás el sacrificio necesario para mantener el secreto.
El padre Tomás alzó la pistola, apuntando al rostro de Alejandro.
—Descansa en paz, Alejandro. San Miguel pensará que finalmente huiste de la culpa. Nadie buscará tu cuerpo aquí, entre los viejos huesos de la parroquia que profanaste.
El dedo del sacerdote se apretó sobre el gatillo. Alejandro cerró los ojos, sintiendo que la muerte fría lo abrazaba, comprendiendo en su último segundo de vida que el verdadero “Gordo” no traía fortuna, sino que había comprado un billete de primera clase hacia el infierno para todo un pueblo, y él era el primero en hacer el viaje.
El estruendo del disparo no sonó como en las películas de Hollywood, no fue un eco seco y limpio. En la acústica cerrada y abovedada de la cripta milenaria de San Miguel de los Pinos, el sonido del revólver del padre Tomás fue como si un rayo hubiera caído directamente sobre el altar de mármol. Un trueno sordo, denso y brutal que hizo vibrar los huesos de las paredes y levantó una nube de polvo grisáceo de entre las rendijas del suelo empedrado.
Alejandro cerró los ojos con tal fuerza que creyó que los globos oculares le estallarían, esperando el impacto caliente del plomo perforando su carne, desgarrando sus órganos, enviándolo a esa nada oscura y fría que tanto temía.
Pero el dolor nunca llegó.
En su lugar, un grito gutural y agónico, que no provenía de su propia garganta, rompió el silencio posterior al disparo.
Alejandro abrió los ojos, parpadeando para despejar la neblina de polvo y terror. La escena frente a él parecía un cuadro renacentista pintado por un loco. El padre Tomás estaba de rodillas, con los ojos desorbitados por una sorpresa dolorosa, la boca abierta en una ‘O’ perfecta de incredulidad. Su mano derecha, la que sostenía el revólver, colgaba inerte en un ángulo antinatural, destrozada. La sangre brotaba a borbotones de su muñeca, salpicando el impoluto suelo de la cripta y manchando de carmesí los restos polvorientos de Santa Inés. El arma había volado por los aires, aterrizando con un tintineo metálico a escasos centímetros de los zapatos sucios de barro del alcalde.
Desde lo alto de la escalera de piedra, una figura se recortaba a contraluz, delineada por el resplandor amarillento de la nave de la iglesia. El sargento Paco, líder de la Guardia Civil y ahora autoproclamado señor de la guerra del pueblo, descendía los escalones con una lentitud escalofriante. En sus manos no llevaba el machete que había afilado en la calle, sino su arma reglamentaria, una Beretta 92FS de la que aún emanaba un fino hilo de humo por el cañón.
—Amén, padre —dijo Paco, con una voz rasposa, cargada de un cinismo que helaba la sangre—. He de admitir que su sermón sobre las misiones en África casi me saca una lagrimita. Pero, entre usted y yo, sabemos que esos negritos no iban a ver ni un céntimo de este dinero.
El sargento terminó de bajar, sus botas militares resonando como martillazos. El olor a pólvora quemada se mezcló con el hedor a humedad, cera antigua y sangre fresca, creando una atmósfera irrespirable, densa como el plomo.
Tomás, el cura, soltó un gemido lastimero mientras se agarraba la muñeca destrozada con la mano izquierda. Su rostro, antes lleno de una soberbia divina, ahora era una máscara de dolor mundano y patético.
—¡Paco! —jadeó el sacerdote, escupiendo saliva y sangre—. ¡Dios te castigará por esto! ¡Es un sacrilegio! ¡Has derramado sangre en suelo consagrado!
—Oh, cállese ya, viejo hipócrita —le espetó Paco, propinándole una patada brutal en las costillas que tiró al cura de espaldas contra la tumba de mármol. El sonido de los huesos al crujir fue repugnante—. Usted iba a volar a Roma y a vivir como un cardenal corrupto del siglo XV. No me venga con cuentos morales. Yo soy la ley en este pueblo. Y la ley dice que el dinero incautado pasa a custodia policial.
Paco se giró entonces hacia Alejandro. El alcalde seguía petrificado, pegado a la pared de nichos, sintiendo el tacto frío de las calaveras contra su nuca. El corazón le latía a un ritmo tan frenético que temía sufrir un infarto allí mismo.
—Y tú, Alejandro… —murmuró Paco, apuntándole ahora a él con la Beretta—. El gran arquitecto de esta farsa. Te creías el más listo de la clase, ¿verdad? Fingiendo amnesia mientras el pueblo entero perdía la puta cabeza por tu culpa. He visto a familias enteras pelearse a navajazos esta noche en la calle del Río. He visto a doña Rosalía intentar volarte la cabeza. Has destrozado San Miguel de los Pinos.
—Yo no quería… —balbuceó Alejandro, las lágrimas de pura tensión derramándose por sus mejillas curtidas—. Paco, te lo juro por mi hija, no quería que nadie saliera herido. Solo necesitaba pagar una deuda. Unos rumanos de Marbella… me van a matar, Paco. Me van a matar si no les doy dos millones. Solo dos millones. El resto… el resto podéis quedároslo.
Paco soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor.
—¿Dos millones? Alejandro, no lo entiendes, ¿verdad? No has entendido absolutamente nada de lo que ha pasado estos últimos tres días. Este dinero… —Paco se agachó y, sin dejar de apuntar a Alejandro, le arrebató el fajo de décimos unidos por la goma elástica verde del bolsillo de la sotana del sacerdote caído—. Estos cuatrocientos millones no son un pastel para repartir. Son una maldición. Si le doy dos millones a tus rumanos, querrán diez. Si le doy diez millones a Carmen la panadera, querrá veinte. La avaricia es un pozo sin fondo, alcalde. Es un cáncer que ha hecho metástasis en este pueblo.
El sargento se guardó los décimos en el bolsillo interior de su chaqueta táctica y se acarició la barba rala. Sus ojos, bajo la luz mortecina de las velas, brillaban con una intensidad perturbadora. No era la mirada de un hombre que buscaba justicia; era la mirada de un hombre embriagado por un poder absoluto que acababa de caer en sus manos.
—No voy a repartir nada, Alejandro —sentenció Paco, su tono de voz adquiriendo una frialdad clínica, casi sociopática—. He sido el perro guardián de este agujero durante veinte años. He aguantado vuestras borracheras, vuestras peleas de lindes, vuestras miserias y vuestros desprecios. He cobrado un sueldo de mierda por proteger a una panda de paletos desagradecidos. Este es mi finiquito. Mi indemnización. Voy a coger el coche patrulla, me voy a ir a Madrid, cobraré esto en un banco suizo a través de un intermediario, y me fugaré a algún lugar donde el sol no queme como en Andalucía y donde nadie conozca mi nombre.
—¡No puedes hacer eso! —gritó el cura desde el suelo, tosiendo sangre—. ¡El pueblo entero sabe que los décimos existen! ¡Te buscarán! ¡Te cazarán como a un animal!
—No lo harán —respondió Paco con calma, girándose ligeramente hacia el sacerdote—. Porque el pueblo sabrá la verdad. Sabrá que el alcalde Alejandro, en un ataque de locura y desesperación por sus deudas de juego, entró en la iglesia, descubrió que el padre Tomás había encontrado los billetes, se peleó con él, lo asesinó a sangre fría y, finalmente… abrumado por la culpa, se voló la tapa de los sesos. El dinero… bueno, el dinero simplemente ardió en la hoguera de la avaricia, o quizás el alcalde se lo tragó antes de morir. Un misterio sin resolver. Una tragedia griega en la España profunda.
Paco levantó el arma, apuntando directamente a la frente de Alejandro. El alcalde vio su propia muerte reflejada en el ojo negro del cañón. La frialdad del sargento era absoluta. Tenía el plan perfecto. Nadie lloraría al alcalde corrupto. Nadie creería al cura ladrón. Paco saldría como el héroe trágico o, simplemente, desaparecería en el caos que se avecinaba.
Alejandro comprendió que su única opción era la desesperación pura y dura. No podía razonar con un hombre que ya se veía en una playa del Caribe. Miró el arma de Paco, y luego miró el viejo revólver de cañón largo del cura, que reposaba en el suelo, a apenas un metro de su pie derecho.
El tiempo pareció detenerse. Las gotas de agua que se filtraban por las paredes de la cripta resonaban como campanas fúnebres.
—Paco, piensa en mi hija… —suplicó Alejandro, bajando la voz, adoptando una postura de sumisión absoluta, dejando caer los hombros, encorvándose, pareciendo un anciano decrépito e inofensivo.
—El mundo es cruel, alcalde. Que aprenda a trabajar —murmuró Paco, su dedo apretándose sobre el gatillo de la Beretta.
En ese instante, Alejandro no pensó. Actuó impulsado por el instinto animal más básico: la supervivencia. Se lanzó al suelo, no hacia atrás, sino hacia adelante y a la derecha, en un salto torpe pero explosivo, propulsado por la pura adrenalina que inundaba su torrente sanguíneo.
El estallido de la Beretta de Paco ensordeció de nuevo la cripta. La bala pasó rozando la oreja izquierda de Alejandro, tan cerca que sintió el calor del proyectil quemándole el lóbulo, antes de impactar y destrozar una calavera en la pared detrás de él, esparciendo esquirlas de hueso milenario por todo el habitáculo.
Alejandro cayó pesadamente sobre las frías baldosas, pero su mano derecha se cerró sobre la culata metálica del revólver del padre Tomás. No sabía disparar. En su vida había empuñado un arma más allá de una escopeta de perdigones para espantar a los estorninos de los olivos. Pero el peso del hierro en su mano le dio una fuerza sobrenatural.
Rodó sobre sí mismo, encarándose hacia el sargento, que ya estaba bajando el cañón de su pistola para rematarlo. Alejandro, desde el suelo, apretó el gatillo del pesado revólver sin apuntar, simplemente apretando con todas sus fuerzas, cerrando los ojos por el pánico.
El estruendo fue colosal. El retroceso del arma antigua casi le disloca la muñeca, enviando su brazo hacia atrás y golpeando contra el suelo.
Un aullido desgarrador, animal y espeluznante rebotó en las bóvedas de la cripta.
Alejandro abrió los ojos, jadeando como un perro acorralado. Paco no estaba muerto. Pero tampoco estaba en condiciones de disparar. La bala, un calibre grueso y anticuado, le había destrozado la rótula de la pierna derecha. El sargento había caído de rodillas, soltando su arma reglamentaria, llevándose ambas manos a la pierna ensangrentada mientras profería gritos de puro tormento que helaban la sangre.
Alejandro no se quedó a comprobar los daños. La cordura le dictaba coger el dinero del bolsillo del sargento y huir, pero el terror era más fuerte. Solo quería salir de allí. Solo quería vivir. Se levantó a trompicones, la cabeza dándole vueltas, el zumbido en los oídos ahogando parcialmente los gritos de Paco y los lamentos del cura.
Corrió hacia la escalera, pisando sin querer el hábito destrozado de la santa. Subió los peldaños de piedra de dos en dos, tropezando, raspándose las manos contra las paredes de mampostería. El aire frío y denso de la iglesia principal le golpeó el rostro como una bofetada.
La inmensa nave del templo estaba en penumbra, pero a través de las grandes vidrieras de colores rotas, se colaba el resplandor anaranjado de los incendios que comenzaban a devorar el pueblo. Afuera, la locura no había hecho más que aumentar. Los disparos que habían resonado desde el interior de la iglesia habían actuado como la llamada de las trompetas del Apocalipsis para los habitantes de San Miguel.
Alejandro corrió por el pasillo central, entre los bancos de madera noble donde tantas veces se había sentado en primera fila, fingiendo ser un pilar de la comunidad, un hombre de fe. Ahora, esos mismos bancos le parecían obstáculos en su carrera hacia la nada.
Cuando llegó a las pesadas puertas dobles de la entrada principal, descubrió que estaban cerradas desde dentro con un grueso tablón de roble que el sargento Paco debía haber colocado para asegurarse de que nadie interrumpiera su ejecución. Alejandro, con una fuerza que no sabía que poseía, levantó el tablón y lo lanzó a un lado. Agarró las grandes argollas de hierro forjado y tiró con todas sus fuerzas.
Las puertas se abrieron de par en par, y la visión que se presentó ante los ojos de Alejandro fue la de la antesala del infierno.
La Plaza de la Constitución, el corazón de San Miguel de los Pinos, estaba envuelta en caos. Los tractores habían sido atravesados en las calles afluentes, creando barricadas. Decenas de hogueras ardían, alimentadas con muebles sacados de las casas, sillas del bar de la plaza e incluso libros del colegio. Las sombras danzaban grotescamente sobre las fachadas encaladas, proyectando siluetas de monstruos alargados.
Pero lo más aterrador no era el fuego, era la gente. Las trescientas almas que componían su pueblo se habían transformado en una turba rabiosa y desquiciada. Hombres y mujeres con las caras tiznadas de hollín, armados con herramientas de labranza, cuchillos de cocina y escopetas de caza. Se movían de forma errática, gritándose los unos a los otros, peleándose por motivos incomprensibles bajo la histeria colectiva.
La avaricia había roto los diques de la civilización. Al creer que el alcalde había escapado y que el dinero podía estar en cualquier parte o en ninguna, la paranoia se había apoderado de todos. Los vecinos de toda la vida se acusaban mutuamente de estar confabulados con Alejandro, de haber escondido el botín en sus casas.
—¡Ahí está! —El grito agudo, casi un chillido histérico, provino de la izquierda de la plaza.
Era Carmen, la panadera. Ya no llevaba el cuchillo de carnicero. Ahora empuñaba un bidón de gasolina a medio vaciar en una mano y una antorcha improvisada en la otra. Tenía la ropa desgarrada, el pelo revuelto, y sus ojos reflejaban el fuego de la plaza, bailando con una locura que no admitía retorno.
La multitud, al escuchar el grito, se detuvo en seco. Cientos de ojos, desprovistos de empatía y cargados de un odio visceral, se giraron lentamente hacia las puertas de la iglesia, donde la figura de Alejandro, cubierta de polvo, sangre y sudor, se recortaba contra la oscuridad del templo.
El silencio que siguió fue más aterrador que el bullicio anterior. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y el zumbido sordo de la sangre en los oídos del alcalde.
—Alejandro… —murmuró Manolo el mecánico, dando un paso al frente. Cojeaba ostensiblemente de la pierna donde Alejandro le había golpeado horas antes en la casa. Llevaba una barra de hierro cruzada sobre los hombros, manchada de sangre fresca que no pertenecía a Alejandro. ¿A quién había golpeado ya?—. Has salido de la casa de Dios… Espero que hayas confesado tus pecados, porque te juro que te voy a arrancar la piel a tiras hasta que me digas dónde están mis millones.
La turba comenzó a avanzar. No corrían. Caminaban lentamente, con paso pesado y deliberado, como un enjambre de zombis atraídos por el olor a carne viva. Cerraban el cerco alrededor del atrio de la iglesia, bloqueando cualquier ruta de escape hacia las calles aledañas.
Alejandro retrocedió un paso, chocando de espaldas contra la fría madera de la puerta de la iglesia. Estaba atrapado. Detrás de él, en la cripta, había un policía corrupto herido y un cura fanático y asesino. Delante de él, un pueblo convertido en una jauría de lobos sedientos de sangre y dinero. No tenía el dinero. No tenía forma de demostrar que no lo tenía, porque el sargento Paco lo llevaba en el bolsillo. Y si les decía que Paco lo tenía, entrarían, despedazarían al sargento y luego lo despedazarían a él por haber intentado robarlo en primer lugar.
El pánico, crudo e intoxicante, paralizó las cuerdas vocales de Alejandro. Quería gritar, quería explicarles la verdad, la estúpida y retorcida cadena de traiciones que había ocurrido en el subsuelo, pero las palabras se atascaban en su garganta seca.
—¡Dínoslo! —rugió una voz entre la multitud. Era Mateo, el profesor de la escuela primaria, un hombre habitualmente pacífico, que ahora enarbolaba una guadaña oxidada con una furia irracional—. ¡Nos has arruinado la vida! ¡Íbamos a ser ricos! ¡Mis hijos no tendrían que emigrar a Alemania! ¡Habla, perro mentiroso!
La turba estaba a menos de diez metros. El calor de las hogueras cercanas hacía que Alejandro sudara a mares. El olor a carne asada, a gasolina y a sudor agrio llenaba el aire de la plaza.
De repente, un ruido ronco y metálico resonó desde las profundidades del templo a espaldas de Alejandro. Pasos pesados, arrastrados, subiendo por la escalera de la cripta y avanzando por la nave central.
Alejandro se giró ligeramente, sin atreverse a dar la espalda completamente a la multitud. De la penumbra del interior de la iglesia, emergió la figura cojeante, maltrecha y terrorífica del sargento Paco.
El guardia civil parecía un demonio recién salido del inframundo. Su rostro estaba pálido como el papel, empapado en un sudor frío. Su pierna derecha, a la altura de la rodilla, era una masa informe de tela ensangrentada y carne destrozada; arrastraba el pie dejando un grueso rastro rojo sobre las baldosas pulidas. En su mano izquierda se apoyaba contra los bancos, y en la derecha, aferraba con una firmeza desesperada el arma del alcalde, la vieja pistola del cura que había recogido del suelo tras el impacto.
Pero lo que paralizó tanto a Alejandro como a la turba enfurecida que presenciaba la escena no fue el estado deplorable del sargento, sino lo que llevaba asomando de la boca. Paco, en un último acto de desafío, de locura y de absoluta miseria humana, se había metido parte del fajo de décimos en la boca, mordiéndolos con fuerza, la goma verde colgando de su labio inferior. La otra mitad del fajo la apretaba contra su pecho con el brazo de la pistola.
El sargento llegó hasta el umbral de la puerta, apartando a Alejandro de un empujón brutal que lo tiró de bruces contra el suelo empedrado del atrio. Paco se irguió a duras penas frente a su pueblo, escupiendo los billetes de su boca, que cayeron sobre los escalones, manchados de sangre y saliva.
—¡Aquí tenéis vuestro puto premio! —bramó Paco, con una voz desgarrada, cavernosa, que no parecía humana—. ¡Miradlo! ¡Esto es lo que sois! ¡Esto es en lo que os habéis convertido!
La multitud se quedó congelada, hipnotizada por la visión de los pequeños trozos de papel rosa y verde esparcidos por el suelo. Eran ellos. Los números mágicos. La llave del paraíso terrenal.
Un silencio sepulcral, espeso como la melaza, descendió sobre la plaza. Las hoces bajaron, las antorchas dejaron de agitarse. Por un segundo, una fracción de eternidad, la codicia pareció suspender el tiempo. Todos miraban los billetes caídos a los pies del sargento ensangrentado.
Pero la calma duró poco. Como una mecha corta encendiendo un barril de pólvora, el instinto animal regresó con más fuerza.
—¡Son míos! —gritó Manolo el mecánico, lanzándose hacia adelante con los ojos fuera de las órbitas, olvidando cualquier rastro de dolor en su pierna, impulsado únicamente por el espejismo de los millones.
—¡No, hijo de puta, yo pagué dos décimos! —aulló Carmen la panadera, arrojando el bidón de gasolina a un lado y abalanzándose tras él.
La plaza entera estalló. No atacaron a Alejandro. No atacaron a Paco. Se atacaron entre ellos. Cientos de personas corrieron, tropezaron y se pisotearon brutalmente para alcanzar los escalones de la iglesia. Fue una avalancha humana de pura y desmedida avaricia. Se golpeaban con los puños, se arañaban la cara, se mordían los brazos en un intento desesperado por llegar a los papeles ensangrentados que Paco había arrojado y a los que aún sostenía.
Paco, con una sonrisa desquiciada, levantó el arma y disparó al aire, pero el estruendo pasó completamente desapercibido en medio del rugido atronador de la turba. Alguien le golpeó con un palo de escoba en la cabeza; el sargento cayó de bruces por las escaleras, siendo engullido instantáneamente por el mar de cuerpos enloquecidos. Se escucharon gritos ahogados y el crujir de huesos, pero nadie se detuvo. Pisoteaban al sargento, se pisoteaban unos a otros. La sangre comenzó a manchar el suelo frente a la puerta principal del templo.
Alejandro, tumbado a un lado de la entrada, se encogió en posición fetal, cubriéndose la cabeza con los brazos. Podía sentir el temblor del suelo provocado por la estampida humana. El aire se llenó de alaridos inarticulados, maldiciones, sollozos y el sonido sordo de los golpes. Vio, horrorizado, cómo doña Rosalía era empujada violentamente, cayendo y siendo aplastada por la multitud que pasaba por encima de su frágil cuerpo sin el más mínimo miramiento. Vio al profesor Mateo clavarle la guadaña en el hombro a uno de los hermanos Gómez por agarrar un billete arrugado.
Era una visión dantesca. San Miguel de los Pinos había descendido a los abismos más oscuros de la condición humana. Habían dejado de ser vecinos, amigos, familiares. Eran bestias compitiendo por un trozo de carroña.
En medio de aquel torbellino de locura y destrucción, un pensamiento frío y cristalino atravesó la mente febril de Alejandro. Nadie me está prestando atención.
Lentamente, sin hacer ruido, Alejandro se arrastró por el suelo de piedra, alejándose del epicentro del caos. Se deslizó por el borde del muro de la iglesia, manteniéndose en las sombras, pegado a la fría piedra como una lagartija aterrorizada. Dejó atrás los escalones manchados de sangre y billetes pisoteados, rodeó el ábside por el callejón oscuro donde horas antes había reventado la reja de ventilación, y se internó en las callejuelas secundarias del pueblo.
El pueblo estaba vacío, todo el mundo estaba en la plaza destrozándose la vida. Alejandro corrió. Corrió con un dolor agudo punzándole las costillas, con los pulmones ardiendo y las piernas temblando. Corrió como si el mismo diablo le persiguiera, dejando atrás las llamas, los gritos y el sueño de una riqueza que solo había traído miseria y muerte.
Cruzó el límite de las últimas casas y se adentró en los campos de olivos. La noche estaba oscura, fría y solitaria. Tropezaba con los surcos de tierra reseca, las ramas bajas de los árboles le azotaban el rostro, pero no se detuvo. Caminó durante horas, guiándose por las estrellas, alejándose de la carretera principal, a campo traviesa hacia la autovía que conectaba con la capital de provincia.
La aurora comenzó a despuntar en el horizonte, pintando el cielo andaluz de un tono violáceo, frío e indiferente a la tragedia que había consumido San Miguel. Alejandro, exhausto, sucio, ensangrentado y sin un céntimo en el bolsillo, llegó finalmente al borde de una gasolinera abandonada en la carretera nacional.
Se sentó en el bordillo de cemento desconchado, abrazando sus rodillas. Temblaba violentamente. No tenía el dinero del premio. No tenía el dinero para los rumanos. No tenía casa, no tenía pueblo, no tenía nada. Estaba muerto en vida.
Lloró. Lloró con sollozos profundos, dolorosos, que le desgarraban la garganta. Lloró por su estupidez, por su ambición, por la locura que había desatado, por Paco, por el cura y por cada habitante de San Miguel que había perdido el alma esa noche.
DIEZ AÑOS DESPUÉS
El calor en el mercado de Tánger era sofocante, pegajoso. El aire olía a especias, a cuero curtido, a gas de escape de las motocicletas que sorteaban a la multitud y al sudor acre de la pobreza. En una pequeña esquina, bajo un toldo de tela descolorida, un anciano de rostro demacrado, barba descuidada y piel curtida como el pergamino viejo, vendía baratijas de segunda mano, relojes falsificados y gafas de sol rayadas.
El anciano movía las manos con lentitud, ordenando sus productos sobre una manta raída. Tenía los ojos vacíos, desprovistos del brillo y la picardía que alguna vez le caracterizaron. Ya nadie en el mundo le llamaba Alejandro. Ahora era simplemente “El Mudo”, un apodo que se había ganado al llegar a Marruecos tras un viaje clandestino en la bodega de un ferry de carga, hace una década.
No era mudo por un problema físico. Era mudo porque, desde aquella noche en San Miguel de los Pinos, había decidido que las palabras eran peligrosas. Las palabras formaban mentiras, las mentiras generaban deudas, y las deudas traían la muerte.
Aquel 26 de diciembre, diez años atrás, Alejandro no había vuelto a contactar con su familia. Sabía que los rumanos lo buscarían. Sabía que si se ponía en contacto con su hija en Sevilla, los llevaría directamente hacia ella. Así que tomó la decisión más dura de su vida: fingió su propia desaparición y huyó del país en condiciones de miseria absoluta, trabajando como un perro en los puertos de Algeciras hasta lograr cruzar el Estrecho. Esperaba que, al darlo por muerto o desaparecido, los prestamistas de Marbella olvidaran la deuda o la consideraran incobrable, salvando así la vida de su hija.
A veces, cuando el insomnio le atacaba en su pequeña y húmeda habitación de pensión en la medina, encendía un viejo teléfono móvil, de esos que no tienen conexión a internet, e intentaba captar las noticias de España a través de una radio de onda corta.
Nunca volvió a escuchar nada sobre El Gordo de San Miguel de los Pinos.
Tardó años en descubrir, a través de recortes de periódicos viejos que llegaban al puerto, lo que realmente había pasado después de su huida.
La “Tragedia de la Nochebuena Sangrienta”, la llamaron los medios. La Guardia Civil de la capital de provincia tuvo que intervenir enviando a los Grupos de Reserva y Seguridad (GRS), los antidisturbios, para pacificar la aldea. Cuando llegaron, la estampa era la de un campo de batalla de la Edad Media. Nueve muertos, incluyendo al sargento Paco, aplastado por la multitud, y a doña Rosalía. Más de ochenta heridos graves. La iglesia en llamas, el interior de la cripta destrozado y el padre Tomás hallado muerto junto al ataúd profanado de la patrona, desangrado tras una pelea que la prensa atribuyó a un “ajuste de cuentas local”.
Pero lo más espeluznante, el detalle que hizo que la sangre de Alejandro se helara en sus venas cada vez que lo recordaba, fue el destino de los boletos.
En la locura de la estampida, en medio de la lluvia de sangre, pisotones, fuego y furia ciega… la inmensa mayoría de los décimos, esos pequeños trozos de papel que valían cuatrocientos millones de euros, fueron destrozados. Rotos, quemados por las antorchas que cayeron al suelo durante la pelea, pisoteados hasta convertirse en una pulpa irreconocible mezclada con el barro y la sangre.
El Estado, Loterías y Apuestas del Estado, fue tajante. Según la normativa, los décimos deteriorados, ilegibles o irreconocibles no podían ser cobrados. De la serie completa del 03347, el pueblo solo logró salvar y recomponer una docena de décimos. El resto, casi trescientos sesenta millones de euros, se perdieron para siempre. El premio más grande jamás tocado en la región se evaporó como humo en la brisa de invierno.
San Miguel de los Pinos no se hizo rico. Se destruyó. Las familias que lograron cobrar una fracción del premio invirtieron el dinero en pagar abogados, fianzas e indemnizaciones por las muertes y las lesiones causadas en la revuelta. El pueblo quedó marcado por el estigma de la barbarie. En menos de cinco años, se convirtió en una aldea fantasma. Las casas fueron abandonadas, la iglesia nunca fue reconstruida, sus ruinas ennegrecidas quedando como un monumento macabro a la avaricia humana. La gente huyó de la vergüenza, de los recuerdos y del odio que se había enquistado en las calles.
Alejandro, sentado en su manta bajo el sol africano, levantó la vista al escuchar a un turista español quejarse del calor en la calle contigua. El acento andaluz, familiar y doloroso, le atravesó el pecho.
“Pobreza”, pensó el anciano ex-alcalde, bajando la mirada hacia sus manos llenas de manchas solares y cicatrices. “Siempre le tuvimos miedo a la pobreza. Creíamos que la pobreza era una enfermedad, que nos hacía débiles, que nos humillaba”.
Cogió un reloj dorado, barato, de plástico pulido, y le pasó un trapo sucio para quitarle el polvo.
“Pero nos equivocamos”, continuó su pensamiento, una revelación silenciosa que lo acompañaba todos los días de su miserable existencia en el exilio. “La pobreza no nos hizo daño. Estábamos acostumbrados a ella. Era nuestro estado natural. Lo que nos mató… lo que nos destruyó, destripó nuestra alma y nos convirtió en demonios…”
Un cliente potencial se detuvo frente a su puesto. Un joven con gafas de marca, señalando un viejo mechero Zippo de imitación.
—¿Cuánto por esto, viejo? —preguntó el joven en francés.
Alejandro levantó la mano, mostrando tres dedos. Tres dírhams. Una miseria. Pero era suficiente para comer pan ese día.
“…Lo que nos mató”, terminó de pensar Alejandro, entregando el mechero y guardando la moneda en el bolsillo raído de su pantalón, “fue la esperanza del oro. El puto y maldito oro”.
El sol se ocultó lentamente tras los tejados de Tánger, alargando la sombra del anciano sobre las piedras de la calle, una sombra solitaria, rota y olvidada, que cargaba con el peso de cuatrocientos millones de pecados invisibles. Al final, no fue la amnesia lo que le salvó la vida; fue el olvido total. Olvidar quién era, olvidar lo que había hecho, y rezar cada noche a un Dios en el que ya no creía, para que el mundo también se olvidara de él.