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PARTE I: LA SANGRE, LA MENTIRA Y EL ABISMO

Capítulo 1: El Aliento de la Bestia

El olor a miedo, sudor frío y vino rancio inundaba las estrechas calles de Pamplona. Eran las ocho menos cinco de la mañana del 7 de julio. San Fermín. El aire estaba tan tenso que parecía a punto de resquebrajarse. Miles de personas, vestidas de un blanco inmaculado que pronto se mancharía de la realidad brutal de la fiesta, se apretujaban contra los adoquines de la calle Estafeta. Entre ellos, Mateo.

Mateo no era un turista buscando una historia que contar en los bares de Londres o Nueva York. Era un pastor, un hombre de manos encallecidas y piel curtida por el sol implacable de los Pirineos navarros. Conocía a las bestias. Sabía leer el lenguaje de un animal acorralado. Y ese día, el instinto le gritaba que la muerte cabalgaba suelta.

El cohete resonó en el cielo, un trueno artificial que desató el infierno.

El suelo comenzó a vibrar. No era un temblor figurado; era el peso de seis toneladas de músculo, furia y cuernos afilados como cuchillas de carnicero golpeando la piedra. La manada de toros de la mítica ganadería Miura había salido de los corrales. El griterío de la multitud se transformó en un rugido unísono, una mezcla de euforia y terror primitivo. Los corredores o “mozos” empezaron a correr, una marea humana que huía de su propia destrucción.

Mateo estaba apostado cerca de la curva de Mercaderes, un punto letal donde los toros solían resbalar y embestir contra el vallado. No tenía intención de correr; solo quería observar la majestuosidad de los animales. Pero entonces lo vio.

En medio de la multitud desesperada, un joven desentonaba por completo. Llevaba ropa de diseñador camuflada bajo el tradicional atuendo blanco, un pañuelo de seda roja atado al cuello, y un reloj suizo que valía más que el rebaño entero de Mateo. Era Alejandro Vargas, el heredero del imperio inmobiliario y financiero más grande de Madrid. Pero Mateo no sabía quién era. Solo veía a un muchacho estúpido, con las pupilas dilatadas hasta el extremo, la mandíbula tensa y una sonrisa errática, desquiciada. Alejandro no estaba corriendo por adrenalina; estaba corriendo bajo los efectos de un cóctel letal de cocaína y anfetaminas.

Tropezaba, empujaba a otros corredores y reía a carcajadas mientras miraba hacia atrás, desafiando a la muerte sin comprenderla.

—¡Aparta, niñato! —le gritó un corredor veterano, pero Alejandro ni siquiera lo registró. Su mente estaba en una órbita química, desconectada de la realidad.

De repente, la manada tomó la curva. Un toro negro, masivo, apodado Diablo, resbaló en los adoquines húmedos por el rocío y se separó del grupo. Cuando un toro se queda solo en el encierro, se vuelve infinitamente más peligroso. Se desorienta, se asusta y ataca a lo primero que se mueve.

Alejandro, en su estupor narcótico, se detuvo en medio de la calle y levantó los brazos, creyéndose un torero invencible en medio de una alucinación. El Diablo fijó sus ojos negros, inyectados en sangre, en la figura temblorosa del muchacho. Bajó la cabeza, mostrando la pala de sus cuernos, cada uno del grosor del brazo de un hombre, y cargó con una fuerza devastadora.

El tiempo se detuvo. La multitud gritó, un sonido agudo y rasgado. La gente se apartó, dejando a Alejandro completamente solo en el epicentro de la tragedia. El joven madrileño finalmente pareció despertar de su viaje químico. El terror puro le borró la sonrisa de golpe, pero sus piernas, entumecidas por las drogas, no le respondieron. Se quedó paralizado, esperando el impacto que lo partiría en dos.

Mateo no lo pensó. Si lo hubiera pensado, estaría vivo y tranquilo en sus montañas. Fue puro instinto, el mismo impulso que lo hacía lanzarse a los barrancos para salvar a una oveja perdida.

Con un rugido que desgarró su propia garganta, Mateo saltó desde el borde de la calle, rompiendo la línea de espectadores. Fue un misil humano propulsado por la desesperación. Atravesó los dos metros que lo separaban de Alejandro en una fracción de segundo.

¡CRASH!

Mateo impactó contra el cuerpo de Alejandro con la fuerza de un camión, empujándolo violentamente hacia el portal de madera de un edificio. En el exacto milisegundo en que ambos cayeron al suelo, el toro pasó como un tren de mercancías.

Pero no pasaron ilesos. El cuerno derecho del Diablo rozó brutalmente el costado de Mateo, desgarrando su camisa y abriendo una brecha superficial pero sangrienta en sus costillas, antes de estrellarse contra la pared de piedra donde Alejandro había estado parado un instante antes. El sonido del cuerno contra la piedra fue ensordecedor. El toro, aturdido, sacudió la enorme cabeza y continuó su carrera calle abajo, persiguiendo a otros fantasmas.

Mateo cayó pesadamente sobre los adoquines, con el aliento cortado. La sangre caliente comenzó a empapar el lino blanco de su camisa, tiñéndolo de un rojo carmesí brillante. A su lado, Alejandro estaba acurrucado en posición fetal, sollozando, hiperventilando, con el rostro pálido y sudoroso, rodeado por un charco de su propia orina.

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