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Se casó con ella por venganza… pero su dulzura le arruinó el plan desde la primera noche

Dicen que el odio es un veneno lento, pero para Ciro Orellana era la única sangre que le quedaba en las venas. Lo había alimentado por más de 10 años desde aquel día infame en que don Braulio Montalvo, con una sonrisa de tiburón y papeles falsos, les arrebató todo. Ciro no olvidaba el olor a tierra mojada de la esmeralda, la hacienda de su padre.

 Tampoco olvidaba la vergüenza en los ojos de su madre, ni el silencio roto de su padre cuando entendió que lo habían deshonrado. Montalvo no solo les quitó las tierras y el ganado, le robó el nombre a los Orellana. Los obligó a mendigar lejos de la prosperidad que habían construido con el lomo. El viejo Orellana murió poco después con el alma partida y la dignidad hecha trizas.

 Y Siro, que apenas levantaba la barbilla por encima de los 20 años, juró frente a la tumba fresca, “Montalvo pagará y pagará con lo que más quiere.” Pasó el tiempo. Ciro se fue al norte. Trabajó como una bestia. Aprendió a negociar con uñas y dientes. No volvió a ser pobre. Se hizo rico, más rico de lo que Montalvo jamás soñó.

 Pero el dinero no era la meta, era solo la herramienta. La meta era la venganza. Y la venganza tenía nombre de mujer, Jacinta. Jacinta era la única hija de don Braulio Montalvo, la niña que creció mimada en la misma tierra que a Siro le habían robado. La muchacha de 18 años, que todos en el valle decían que era la más dulce, la más pura, la flor más delicada de la región.

Montalvo la adoraba, la tenía en un pedestal. Destruir a Jacinta era destruir el corazón de Braulio Montalvo. Cuando Ciro regresó al valle, lo hizo como un asendado respetable, dueño de tierras aún más vastas que las que habían perdido. Se presentó ante Montalvo no como el hijo del hombre arruinado, sino como un partido excelente, un hombre de futuro brillante.

 Montalvo, cegado por la avaricia y el deseo de asegurar un buen matrimonio para Su hija no sospechó ni un instante que estaba invitando al lobo a su gallinero. La propuesta fue rápida y directa. Ciro le pidió la mano de Jacinta. “Mi intención es casarme pronto, don Braulio. Mi hacienda necesita una señora”, dijo Ciro con una frialdad que Montalvo confundió con seriedad.

Montalvo sonrió complacido. Un yerno tan rico. Yinta es una joya, Ciro. Sabrá ser la esposa perfecta. Ciro solo asintió. Por dentro sentía que la bilis le quemada la garganta. Perfecta. Ella era el instrumento, el detonante. Jacinta, por su parte, vivía en un sueño. Sir Orellana era un hombre imponente, de mirada oscura y penetrante, callado, pero con una presencia que dominaba cualquier salón.

Ella lo veía como el caballero que venía a rescatarla de la monotonía. No notó la dureza en sus manos ni el hielo que se escondía detrás de sus ojos. Ella solo veía la promesa de un futuro seguro y respetable. Mucha gente me pregunta cómo sigo contando estas historias que se tejieron en los campos y haciendas de nuestra tierra.

 Pues es gracias a ustedes que siguen aquí. Si les está gustando esta trama de venganza y destino, no se olviden de dejar su me gusta ahora mismo para que sigamos descubriendo el desenlace de Ciro y Jacinta. El día de la boda llegó envuelto en un sol radiante, casi insultante para el alma oscura de Ciro. Todo era lujo en la casa de Montalbo.

 Había orquesta, flores que olían a jazmín y naranjo y gente de toda la comarca. Ciro se puso el traje de paño más fino, pero debajo de la tela su corazón latía con la promesa de la destrucción. Mientras esperaba a Jacinta en el altar de la iglesia, Ciro repasó cada detalle del plan. Primero, casarse y entrar en la familia.

 Segundo, ganarse su confianza y la de la comunidad. Tercero y lo más importante, usar a Jacinta para desestabilizar la vida de Montalbo, hacerle sentir la misma miseria y la misma deshonra que su padre había sentido. Cuando Jacinta apareció vestida de blanco inmaculado, hubo un suspiro colectivo. Era realmente hermosa. su pelo oscuro recogido en un moño trenzado, sus ojos grandes llenos de una inocencia palpable.

 Al verla, Ciro sintió un frío diferente. No era el frío de la rabia, sino el reconocimiento de que estaba a punto de usar una criatura que no merecía su destino. Pero el recuerdo de la tumba de su padre era más fuerte que cualquier remordimiento fugaz. Ella le sonrió, una sonrisa tan abierta y sincera que casi lo hizo tambalear.

Él solo pudo ofrecer un gesto contenido. Ella tomó su brazo y caminaron juntos hacia el sacerdote. Las palabras del matrimonio sonaron huecas para Siro. Prometo amarte, respetarte. Mentiras. Cada sí que salía de su boca era un clavo más en el ataúd de Braulio Bontalvo. Al salir de la iglesia, el gentío vitoreó. Arrojaron arroz y pétalos.

Jacinta se aferraba al brazo de su esposo, feliz de iniciar su nueva vida. Siro, en cambio, sentía que estaba entrando en una jaula, una jaula que él mismo había construido para atrapar a su enemigo. La recepción se llevó a cabo en la hacienda de Siro, el Lucero, una propiedad que había comprado estratégicamente cerca de las tierras de Montalbo.

 La fiesta duró hasta el amanecer. Siro fue un anfitrión impecable. Bebió poco, bailó lo justo y mantuvo una distancia cordial y respetuosa con su esposa, lo cual fue interpretado por todos como el comportamiento de un hombre serio y cabal. Yinta, aunque notó la frialdad de su esposo, se consoló pensando que Ciro era simplemente un hombre de pocas palabras.

 Le gustaba su seriedad, le daba seguridad. “¿Estamos casados, Ciro, ¿no estás feliz?”, le preguntó ella en un momento mientras se alejaban un poco del bullicio. Ciro la miró, vio el brillo de la ilusión en sus ojos. Estoy satisfecho, Jacinta, respondió eligiendo cuidadosamente sus palabras. Jamás diría feliz.

 Espero que sepas estar a la altura de mi apellido. La respuesta era seca, pero Jacinta la tomó como un desafío noble. Lo haré. Seré la mejor esposa que puedas desear. Si no quieren perderse la segunda parte de este drama, donde veremos si es capaz de llevar su promesa de odio hasta el final y cómo Jacinta comienza a enfrentar la realidad de su matrimonio, asegúrense de suscribirse al canal.

 Es la única forma de que les avise cuando siga la historia. Cuando la fiesta finalmente terminó y los últimos invitados se marcharon, un silencio pesado cayó sobre el lucero. Ciro acompañó a Jacinta hasta la habitación principal que había sido preparada con esmero. Las sábanas blancas, el aroma a la banda, el ambiente era de intimidad, de promesa.

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