La sentencia de mayo de 2024, dictada por el Tribunal de Enjuiciamiento de Baja, California Sur, por homicidio calificado con alevosía, los reportes exhaustivos del semanario Z de Tijuana, el medio periodístico más riguroso de la frontera a norte de México que investigó a fondo la estructura de las fuerzas especiales de los Damaso y el rol de Calderón Ojeda, Jodelafia. organización.
Las publicaciones de The Daily Beast y del Daily Mail de Londres, que documentaron con detalle el ascensos da mujer sin conexión, familiares a la cúspide del narcotráfico en uno de los destinos turísticos más exclusivos del mundo. los registros de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Baja California Sur, que documentan su captura y los cargos en su contra, y los comunicados de la Fiscalía General de la República sobre las sentencias dictadas contra los miembros de su célula criminal, incluyendo a su exnovio, el chino y a su
sicario el Scar. Y lo que encontramos al cruzar todas esas fuentes es una historia que desafía todos los estereotipos del narcotráfico mexicano. La historia de la mujer que llegó más lejos dentro de la estructura de un cártel mexicano, sin tener ningún vínculo familiar, con ningún capo de las altas esferas del crimen organizado, sin ser hija de narco, sin ser hermana de narco, sin ser sobrina de narco, sin tener un tío que le abriera las puertas del negocio, ni un padrino que la protegiera de los rivales. llegó por
mérito propio, si se puede llamar mérito a la capacidad de liderar a 50 y después a 300 sicarios y narcomenudistas, de ordenar al menos 150 ejecuciones, de usar la tortura como herramienta de comunicación y de convertir al Estado más pacífico de México en un baño de sangre durante 5 años consecutivos. Es la historia de una mujer que entró al narco por amor a los 20 años y que a los 30 era más poderosa, más temida y más peligrosa que la mayoría de los hombres que dirigían cárteles en México.
Una mujer que fue traicionada dos veces por dos hombres diferentes. El primero la metió al narco y murió a balazos. El segundo la vendió a la policía a cambio de una sentencia reducida. Una mujer que hoy tiene 41 años, una sentencia de 20 y un tatuaje en el brazo con el apellido de un muerto que le recuerda cada mañana cómo empezó todo.
La carrera criminal de Melissa Calderón avanzó con una velocidad que habría sido impresionante en cualquier industria, legal o ilegal. En cualquier empresa del mundo, pasar de empleada nueva a directora de operaciones en 3 años sería considerado un ascenso meteórico. En el narcotráfico mexicano, donde los ascensos se ganan con sangre y los errores se pagan con la vida.
Pasar de recién llegada a jefa de sicarios en 3 años es algo que solo se logra con una combinación de inteligencia, brutalidad y una ausencia total de miedo que pocas personas, hombres o mujeres, poseen. En 2005, Melissa entró al narcotráfico como una joven de 21 años sin ninguna experiencia criminal. No sabía disparar. No conocía las rutas del narcotráfico.
No tenía contactos en el mundo criminal. Solo tenía a Eric Dávalos Bonstel, su novio, su primer amor, cuyo apellido se tatuó en el brazo izquierdo con tinta negra permanente como una declaración de amor que resultó ser una declaración de condena. Eric la introdujo en las fuerzas especiales de los Damaso, el brazo armado del cártel de Sinaloa en Baja California Sur, fundado y controlado por Damaso López Núñez, alias el licenciado y su hijo Damaso López Serrano, alias el Minilag.
Los Damaso eran una facción poderosa dentro de la estructura del Sinaloa que controlaba operaciones en varios estados del noroeste de México, incluyendo Baja California Sur, un territorio que durante décadas había sido considerado secundario para el narcotráfico, pero que con el crecimiento explosivo del turismo en Los Cabos se había convertido en una plaza apetecible para la distribución de droga a turistas extranjeros con dólares en tínsillos.
Melisa empezó desde abajo, pero aprendió rápido. Aprendió a leer a las personas, a distinguir quién era leal, de quién era potencial, traidor. Aprendió a dar órdenes, a hablar con la autoridad suficiente para que hombres armados y peligrosos la obedecieran sin cuestionar. Aprendió a administrar el negocio, a controlar los puntos de venta de droga, a supervisar los ingresos, a distribuir las ganancias entre los sicarios para mantenerlos leales.
Y aprendió algo que muchos líderes del narco nunca aprenden, que la violencia extrema, aplicada de forma estratégica y visible es la herramienta de comunicación más eficaz que existe en el mundo criminal. En 2008, apenas 3 años después de su ingreso, los mandos superiores de los Damaso la nombraron jefa de sicarios del grupo en Baja, California Sur.
A los 24 años de edad, Melisa Margarita Calderón Ojeda, una mujer sin apellido criminal, sin padrino narco, sin conexión familiar, con ningún capo. Tenía bajo su mando directo a 50 sicarios, armados hasta los dientes que controlaban las operaciones del cártel de Sinaloa en La Paz y en Los Cabos. 50 hombres armados obedeciendo a una mujer de 24 años en un mundo donde las mujeres son tradicionalmente objetos decorativos del poder masculino.
Esposas trofeo, novias de narco, reinas de belleza que acompañan a los capos a las fiestas, pero que nunca toman decisiones operativas. La China rompió ese molde con una contundencia que nadie en el cártel de Sinaloa había visto antes. No pidipo permiso para mandar. No pidió que la trataran como igual, simplemente mandó y los que no la obedecieron terminaron muertos.
Este contraste entre Los Cabos como paraíso turístico internacional y Los Cabos como territorio de guerra narco es uno de los más perturbadores y más cinematográficos del narcotráfico mexicano moderno. En el mismo corredor geográfico donde los hoteles, todo incluido, cobran $1,500. La noche y donde celebridades de Hollywood como Jennifer Aniston, George Cloney y las Kardash celebran vacaciones y bodas frente al icónico arco de Cabo San Lucas.
A pocas de distancia, a veces a pocas cuadras, los sicarios de la China ejecutaban, torturaban, desmembraban y enterraban cuerpos en cementerios clandestinos. Los turistas no sabían nada, no podían saberlo, porque la violencia del narco en Los Cabos no ocurría en la zona hotelera ni en las playas. Ocurría en las colonias populares detrás de los hoteles, en los barrios donde viven los mesos, las camaristas, los cocineros y los jardineros que atienden a los turistas durante el día y que por la noche regresan a colonias donde los sicarios de la China patrullaban en motocicletas
con pistolas en la cintura, decidiendo quién vivía y quién no. Baja California Sur había sido durante décadas uno de los estados más pacíficos y másos seguros de toda la República Mexicana. Un paraíso de desierto, mar y tranquilidad, donde la violencia era algo que pasaba en otros estados. En Sinaloa, en Tamaulipas, en Guerrero, en Michoacán, pero nunca aquí.
Las estadísticas de homicidios de BCS antes de la China eran las más bajas del país. Era un estado donde la gente no cerraba la puerta con llave, donde los niños jugaban en la calle hasta que oscurecía, donde la noticia más violenta del año era un pleito entre borrachos en una cantina.
Y la China destruyó esa paz en cuestión de meses bajo su control y especialmente a partir de julio de 2014 cuando estalló la guerra. Entre las facciones del cártel de Sinaloa en BCS, los asesinatos se triplicaron según datos documentados por el Daily Mail de Londres, lo que antes era un estado donde morían asesinadas, 20 o 30 personas al año, se convirtió en un territorio donde morían asesinadas 100 o más.
Balaceras en las calles de La Paz a plena luz del día. Cuerpos con señales de tortura abandonados en terrenos valdíos de Los Cabos. narcomantas colgadas en puentes peatonales con mensajes firmados por la China, amenazando a sus grupos rivales. Ejecuciones de sicarios en restaurantes y bares nocturnos, donde los clientes se tiraban al suelo mientras las balas rompían los cristal y Melissa Calderón estaba celse el centro de todo eso.
como una figura distante que daba órdenes desde un búnker, como una líder de campo que, según las investigaciones participaba directamente en interrogatorios, donde se usaba la tortura como método para extraer información y para enviar mensajes a los rivales. Tortura no como excepción, sino como sistema.
Cada cuerpo torturado y dejado en un lugar público era un mensaje escrito con sangre y dolor dirigido a los otros grupos criminales que operaban o querían operar en Baja California Sur. Este territorio es de la China y quien entre sin su permiso va a terminar igual que este cuerpo. Sus sicarios la respetaban con una lealtad que muchos capos masculinos del narcotráfico mexicano envidiarían.
En un mundo brutal y machista, donde las mujeres son tratadas como posesiones, donde los narcos tienen esposas oficiales y deses avantes, donde las mujeres sirven para adornar las fiestas y para caclentar las camas, pero nunca para tomar decisiones. La China impuso un liderazgo que desafiaba cada regla no escrita del narco.
Mandaba sobre hombres que la obedecían sin pestañar, decidía las operaciones más importantes. planificaba los asesinatos, asignaba los territorios, distribuía la droga, controlaba el dinero y según múltiples reportes periodísticos del semanario Z de Tijuana, de The Daily Beast y del Daily Mail de Londres, premiaba a los carios que cumplían exitosamente sus misiones reglándoles bolsas de cocaína como bonificación por trabajo, bien hecho, como un gerente de ventas que le da un bono al empleado del mes, solo que el bono era droga y el trabajo bien
hecho, era un asesinato ejecutado sin problemas. Pero en 2015, el mundo que la China había construido con sangre y lealtad se derrumbó y se derrumbó de la forma más humillante posible para una mujer que había demostrado ser más capaz, más valiente y más eficiente que cualquier hombre de la organización. la reemplazaron por un hombre, no porque ella hubiera fallado, no porque hubiera perdido territorio, no porque sus números fueran malos, sino porque los mandos superiores del cártel de Sinaloa, el licenciado y el Minilic, decidieron
que la plaza de Baja California Sur necesitaba un hombre al frente. El elegido fue Abel Naum, alias el Grande, un sicario que acababa de salir de la cárcel después de cumplir una condena y que, según los jefes, tenía más experiencia para controlar la plaza. Más experiencia. Un hombre que llevaba años encerrado en un penal reemplazando a una mujer que llevaba 7 años en la calle construyendo, peleando, matando y controlando el territorio día a día.
La decisión no fue operativa, fue machista, fue la vieja cultura del narco mexicano diciéndole a una mujer que no importa cuánto hayas demostrado, al final un hombre siempre va a estar por encima de ti. La decisión enfureció a Melissa con una rabia que iba más allá de lo profesional.
No era solo perder un cargo dentro de una organización criminal, era que le quitaran lo que ella había construido con sus propias manos. Ella reclutó a los sicarios, ella los entrenó. Ella peleó las guerras territoriales contra facciones rivales que querían entrar a BCS. Ella convirtió a Baja California Sur de un territorio secundario del Sinaloa, en una plaza rentable y controlada.
Ella triplicó los ingresos de la célula y ahora querían que le entregara todo eso a un hombre que acababa de salir de la cárcel y que no conocía ni las calles de La Paz. La China hizo algo que en la historia del narcotráfico mexicano se puede contar con los dedos de una mano. Se reveló contra el cártel de Sisaloa. No se fue callada.
No aceptó su destitución con la cabeza baja, como habría hecho cualquier otro subordinado, que sabe que desobedecer al Sinaloa es una sentencia de muerte. se separó públicamente de las fuerzas especiales de los Damaso. Llevó consigo a los sicarios que le eran leales personalmente, hombres que la seguían a ella, no a la organización, y fundó su propia estructura criminal independiente que las autoridades identificaron como el cártel California Sur.
No contenta con la separación, reclutó nuevos elementos hasta tenerse una fuerza de 300 narcomenudistas bajo su mando directo, seis veces más que los 50 que tenía como jefa de los Damaso. Y lanzó una amenaza directa al cártel de Sinaloa, que fue documentada por las autoridades federales. Si intentaban quitarle el territorio de Baja a California sur la fuerza, se aliaría con los setas.
En ese momento, el cártel más violento de México y el enemigo existencial del Sinaslo para pelear la guerra, una mujer de 30 años sola, sin el respaldo de ninguna organización establecida, amenazando al cártel de Sinaloa, la organización criminal más poderosa, más rica y más peligrosa de todo el hemisferio occidental, con alearse a su peor enemigo si se metían con ella, la audacia era tan descomunal que bordeaba el suicidio.
Pero funcionó al menos temporalmente. Durante varios meses de 2015, el cártel California Sur operó como una organización independiente en Baja California Sur con la China como jefa absoluta y con su nuevo novio, Pedro Héctor Gómez Camarena, alias el Chino, como segundo al mando y jefe de sicarios.
La organización tenía un método operativo distintivo que la diferenciaba de todas las demás células del narcotráfico en México. Usaban motocicletas para ejecutar los asesinatos. Mientras los icarios del Sinaloa y del CJNG usaban camionetas blindadas y convoy de vehículos para sus operaciones, los sicarios de la China llegaban en motocicletas rápidas, maniobrables, capaces de escapar por callejones estrechos donde una camionera no podía seguirlos.
Un tiro desde la moto, acelerador a fondo y desaparecer por las calles de La Paz antes de que la policía pudiera reaccionar. Pero la guerra no podía durar para siempre y el golpe final vino del lugar que la China menos esperaba, de la misma cama donde dormía cada noche, en julio de 2015, cuando la guerra entre el cártel California Sur y las facciones del Sinaloa en BCS estaba en su punto más álgido, las autoridades detuvieron a Pedro Héctor Gómez Camarena, el chino, el novio de la China, su segundo al mando, el hombre que conocía cada
escondit, Cada ruta de escape, cada contacto, cada cementerio clandestino, cada detalle de la operación criminal que Melissa dirigía y el chino, el hombre que compartía la cama de la China, que decía amarla, que ella confiaba lo suficiente como para nombararlo, según mando de toda su organización, hizo lo que hacen los cobardes cuando el techón de un peso unas posible condena de décadas les cae encima y el miedo a la cárcel resulta ser más fuerte que cualquier cualquier juramento de lealtad. Habló, negoció con
la Procuraduría General de Justicia del Estado de Baja California Sur. Ofreció la información más valiosa que tenía a cambio de una sentencia reducida y la información que ofreció fue demoledora. Le dio a las autoridades la ubicación exacta de la casa donde Melissa se escondía en Cabo San Lucas. dirección completa, número, referencias, todo.
Le dio las rutas que ella usaba para moverse entre la paz y los cabos. Le dio sus horarios de sus actividades, a qué hora salía, a qué hora regresaba, con cuántos escoltas se movía. le dio los nombres y las ubicaciones de los miembros de su célula que seguían operando. Libertad y como regalo adicional, como cereza del pastel de su traición para garantizar que las autoridades le dieran el mejor trato posible, les reveló la ubicación exacta de los cementerios clandestinos, donde China mandaba enterrar a las personas
que sus sicarios ejecutaban. Fosas con cuerpos de víctimas que las familias habían bustemeses sin encontrar. El novio vendió a su novia por unos años menos de cárcel, el hombre que dormía a su lado, que conocía sus miedos y sus secretos, que ella eligió como su persona de máxima confianza dentro de una organización donde la confianza es la moneda más valiosa y más escasa.
la cambió por una negociación con la fiscalía que le redujo la sentencia a 9 años y 8 meses. Menos de 10 años para el hombre que entregó a la sicaria más temida de México. Menos de 10 años por la traición más fría del narcotráfico reciente de Baja California Sur. En septiembre de 2015, basándose en la información proporcionada por el chino, la policía ejecutó un operativo en Cabo San Lucas.
Llegaron a la dirección que el chino les había dado. Rodearon la propiedad, entraron y encontraron a Melisa Calderón Ojeda, la China, la sicaria que aterrorizó a Baja California Sur durante 7 años. La mujer que le declaró la guerra al cártel de Sinaloa, la jefa que mandaba sobre 300 narcomenudistas, escondida en una casa de Cabo San Lucas, a pocos kilómetros de los hoteles de lujo, don turistas estadounidenses y europeos seguían bebiendo margaritas frente al mar, sin la menor idea de que la mujer más peligrosa de México vivía a unas cuadras de su resort todo incluido.
La exposaron, la trasladaron y la carrera criminal más meteórica y más sangrienta de una mujer en la historia del narcotráfico mexicano, terminó en el asiento trasero de una patrulla en Cabo San Lucas. Y ese mismo año, 2015, Eric Dávalos Bonstel, el primer amor de Melissa, el hombre que la introdujo al narco, el hombre cuyo apellido llevaba tatuado en el brazo izquierdo como promesa de amor eterno, fue asesinado a balazos en la paz.
El hombre que la metió en esto murió como mueren todos en el narco, a tiros en una calle. Y Melissa se enteró de su muerte desde una celda con el tatuaje de su nombre en el brazo como único recordatorio de un amor que empezó hace 10 años y que terminó con el muerto y ella presa. Lo que siguió después de la detención fue un proceso judicial que se extendió durante 9 años.
9 años de audiencias, amparos, impugnaciones, traslastos enemales ferales e asi estatales y batallas legales donde la China y sus abogados pelearon cada cargo con la misma ferocidad con la que ella había peleado las guerras del narco en las calles de La Paz. Inicialmente fue ingresada a un penal federal, el sistema penitenciario de máxima seguridad donde México encierra a los narcotraficantes de alto perfil.
Pero en agosto de 2008, 3 años después de su captura, Melissa ganó un amparo judicial que ordenó su traslado del Pental federal al penal estatal de la paz, el centro penitenciario de la capital de Baja, California Sur. Su equipo legal argumentó que su traslado al penal federal había violado sus derechos procesales y una jueza les dio la razón.
fue trasladada de vuelta a BCS, de vuelta al mismo estado donde había controlado el narcotráfico durante 7 años, de vuelta a la misma ciudad donde sus sicarios habían aterrorizado a la población, de vuelta a pocos kilómetros de las calles que ella había bañado de sangre. El proceso judicial avanzó con la lentitud desesperante del sistema de justicia mexicano.
Los cargos en su contra eran múltiples y graves. Homicidio calificado, delincuencia organizada, delitos contra la salud, portación de armas de uso exclusivo del ejército. Pero probar judicialmente que una persona ordenó 150 asesinatos es extraordinariamente difícil, especialmente cuando muchas de las víctimas están enterradas en cementerios clandestinos cuando los testigos tienen miedo de declarar y cuando la evidencia física fue destruida o desapareció con el tiempo.

Los fiscales se concentraron en los casos donde la evidencia era más sol y el caso más fuerte resultó ser un homicidio específico, el asesinato de un hombre cometido el 16 de enero de 2015 en la colonia Palo de Santa Rita de la Paz. Un asesinato con testigos, con evidencia forense y con la confesión de sicarios detenidos que señalaron directamente a Melisa Calderón como la persona que dio la orden de ejecutar a la víctima.
En mayo de 2024, 9 años después de la captura de la China, 9 años de proceso judicial, 9 años de espera para las familias las víctimas, el Tribunal de Enjuiciamiento de Baja California Sur dictó finalmente la sentencia 20 años de prisión por homicidio calificado con Aleboa. El tribunal determinó que Melisa Calderón Ojeda era culpable de haber ordenado el asesinato premeditado de una persona indefensa, usando la ventaja de su posición como líder de un grupo armado que superaba en número y en armamento a cualquier posibilidad de defensa de la víctima, 20 años por un
solo homicidio, cuando las autoridades estatales y federales le atribuyen al menos 150 asesinatos cometidos durante sus 7 años al frente de la Vin, célula criminal en BCS. La desproporción entre el número de muertes que la China supuestamente ordenó y ejecutó, 150 y el número de homicidios por los que fue efectivamente condenada.
Uno es tan abismal que parece una broma cruel del sistema judicial, pero es la realidad de la justicia en México, probar un solo asesinato más allá de toda duda razonable, con evidencia que resista el escrutinio de un tribunal, con testigos que se atrevan a declarar sin retractarse y con una cadena de custodia pruebas que no se haya roto en 9 años de proceso.
Es un logro que muchas fiscalías no logran ni siquiera una vez. Y los otros actores de esta historia recibieron sus propias sentencias, todas menores que la de la China. Su exnovio, el chino. Pedro Héctor Gómez Camarena, el traidor que negoció la ubicación de su novia a cambio de un trato con la fiscalía, recibió 9 años y 8 meses por delitos contra la salud y portación de armas de uso exclusivo del ejército.
Menos de 10 años. El hombre que traicionó a la sicaria más temida de México va a salir de la cárcel antes que ella. Va a ser libre mientras ella sigue encerrada. Va a caminar por las calles mientras ella sigue contando los días detrás de las rejas. La traición en el sistema judicial mexicano no solo no se castiga, se premia y Sergio Núñez Beltrán, alias Elescar, uno de los principales sicarios de la China, un hombre que participó directamente en múltiples asesinatos bajo sus órdenes.
Recibió 11 años y 8 meses, menos de 12 años para un sicario que mató personas con sus propias manos. La justicia mexicana tiene una escala de castigos que a veces parece diseñada por alguien que nunca ha sido víctima de la violencia que juzga. A junio de 2026, Melissa Calderón Ojeda lleva casi 11 años presa.
Desde septiembre de 2015 ha pasado toda su treintena y el inicio de sus 40 dentro de una celda. Tiene 41 años. Le quedan aproximadamente 9 años más de condena si cumple la sentencia completa de 20 años contados desde su tensión. 9 años más. Si todo sigue su curso legal sin reducciones por buena conducta ni amparos que modifiquen la sentencia, Melisa Calderón Ojeda saldría del Centro Penitenciario de la Paz alrededor de 2034 o 2035.
Tendría 50 o 51 años. todavía joven, todavía con décadas de vida por delante, todavía con la capacidad física y mental de una mujer que demostró desde los 20 años que era más inteligente, más audaz y más peligrosa que la mayoría de los hombres que la rodeaban. Y eso es lo que hace que la historia de la China sea fundamentalmente diferente a la de cualquier otro personaje que hayamos cubierto en este canal.
A diferencia de Félix Gallardo, ciego y en silla de ruedas a los 80, sin posibilidad de salir vivo, a diferencia de García Ábrego, cumpliendo 11 cadenas perpetuas en Colorado. diferencia del mochaorejas con 393 años de condena por delante, Melisa Calderón tiene una fecha de salida, un horizonte, un día específico en el calendario futuro en el que las puertas del penal de la paz se van a abrir y ella va a caminar hacia la calle.
Y eso plantea una pregunta que nadie en Baja California Sur quiere hacerse, pero que todos se hacen en silencio. ¿Qué va a hacer la China cuando salga? Una mujer que a los 20 años entró al narco por amor, que a los 24 mandaba sobre 50 sicarios, que a los 30 se rebeló contra el cártel más poderoso de México y fundó su propia organización que ordenó 150 asesinatos, que fue traicionada por el hombre que dormía su lado.
Esta mujer se va a rehabilitar, se va a retirar a una vida tranquila, va a abrir una tienda de artesanías en La Paz y vivir de vender pulseras a turistas. La China espera en su celda del Penal de la Paz, aostros de las playas donde los los turistas siguen tomando margaritas y pidiendo shots de tequila sin saber que la mujer más peligrosa que ha pisado esas calles está encerrada a unas cuadras.
A pocos kilómetros del Mar de Cortés, cuyas aguas turquesas reflejan un cielo azul que Melissa solo puede ver durante una hora al día desde un patio de concreto rodeado de muros a pocos kilómetros del territorio que ella controló con sangre, fuego y motocicletas durante 7 años y que hoy es disputado por otros grupos que llegaron después de ella.
La mujer que le declaró la guerra al cártel de Sinaloa, la organización criminal más poderosa de México y que mandó matar a 150 personas. Está encerrada en una celda del desierto de Baja California Sur a sus 41 años con un tatuaje en el brazo izquierdo que dice dalos von Borstels. el apellido de un hombre que murió a balazos en 2015 y que fue el que la metió en esto cuando tenía 20 años y creía que el amor lo justificaba todo, con la certeza de que el hombre que la traicionó, el chino, su novio, su segundo al mando, va a salir libre antes que ella porque cambió su
lealtad por una sentencia más corta. Pero hay algo más que la China piensa en esa celda del penal de la paz, algo que probablemente la atormenta más que los 150 muertos y más que la traición del chino. Algo que tiene que ver con los nósmeros y con la justicia o con la falta de ella, 20 años de sentencia por un solo homicidio, un solo muerto.
Cuando ella ordenó al menos 150, la Fiscalía de Baja California Sur tardó 9 años en conseguir una condena por un solo asesinato, 9 años de proceso judicial para probar que Melisas Calderón Ojeda fue responsable de la muerte de un hombre en la colonia Palo de Santa Rita de La Paz el 16 de enero de 2015. Las otras 149 muertes que le atribuyen las autoridades y los medios de comunicación siguen sin condena.
Siguen siendo cifras en reportes periodísticos y en informes de inteligencia que no tienen el peso legal de una sentencia judicial. Y las familias de esas 149 víctimas sin condena, familias que perdieron padres, hijos, hermanos, esposos en la ola de violencia que la China desató en Baja California Sur 2014 y 2015 saben que la mujer responsable de la muerte de su ser querido está presa, pero también saben que no está presa por lo que le hizo a su familia, está presa por lo que le hizo a otra familia, por otro muerto, por otro caso y esa
distinción, saber que el asesino de tu hijo está en la cárcel, no por haber matado a tu hijo, sino por haber matado a otra persona, es una forma de justicia incompleta que duele casi tanto como la injusticia total. 149 familias sin condena, 149 asesinatos que quedaron en la impunidad práctica, porque aunque la China está presa, no fue condenada por ellos.
149 muertos que el sistema judicial mexicano no pudo o no quiso convertir en cargos formales con evidencia suficiente para sostener una acusación ante un tribunal. 149 razones por las que la sentencia de 20 años se siente como un insulto para las familias que esperaron 9 años, oyendo que la China era responsable de 150 muertes y que al final solo fue condenada por una.
El sistema judicial mexicano tiene una capacidad casi infinita para decepcionar a las víctimas. Y el caso de la China es uno de los ejemplos más dolorosos de esa decepción, porque la justicia llegó, sí, llegó después de 9 años, pero llegó fraccionada, incompleta, reducida a una sola condena por un solo homicidio.
Cuando el expeste periodístico y de inteligencia señala 150. Y mientras la China cuenta los días en su celda del penal de la paz, 1000 días más, 2,000 días más, 3,000 días más, hasta que se cumplan los 20 años y las puertas se abran. Baja California Sur intenta reconstruir la paz que ella destruyó. Los turistas siguen llegando a los caspos por miles cada día.
Los hoteles siguen llenos. Las margaritas siguen fluyendo. Los atardeceres del Pacífico siguen siendo los más fotografiados de México, pero debajo de esa superficie turística, debajo de las pinas Infinity y de los campos de golf y de los restaurantes de langosta con vista al arco, quedan las cicatrices, quedan los cementerios clandestinos que el chino reveló a las autoridades, quedan las familias de 150 personas que nunca volvieron a casa.
Quedan los comerciantes que cerraron sus negocios por la extorsión. Quedan los policías locales que vivieron aterrorizados durante años porque sabían que la jefa de los sicarios era más poderosa que ellos. Quedan las marcas de bala en las fachadas de los edificios de la paz que nadie ha reparado, porque repararlas cuesta dinero que el municipio no tiene y queda la China en una celda con un tatuaje con 9 años por delante con 150 muertos sobre la conciencia, si es que tiene conciencia, con la certeza de que el hombre que la vendió va a salir libre
antes que ella. Eh, y con la pregunta que nadie quiere hacerse, pero que todos en Baja California Sur se hacen en silencio cada vez que alguien menciona su nombre. ¿Qué va a pasar cuando salga? ¿Porque va a salir? A diferencia de Félix Gallardo, que va a morir ciego en Puente Grande. A diferencia del Mocaorejas, que tiene 393 años de condena.
A diferencia de García Ábrego, que cumple 11 cadenas perpetuas en Colorado, la China va a salir, va a caminar libre por las calles de México algún día entre 2034 y 2035. Va a respirar el aire del desierto de Baja California Sur libre. va a ver el mar, va a sentir el sol sin el marco de concreto de un patio de prisión limitando su cielo.
Y cuando eso pase, cuando la puerta del penal de la paz se abra y Melisa Margarita Calderón Ojeda salga con sus 50 años y su tatuaje de dábalos vonstel en el brazo izquierdo, Baja California Surención porque nadie sabe si la mujer que salga de esa puerta es las misma que entró. Si 11 años de cárcel la cambiaron, si la rehabilitación funcionó, si la sicaria más temida de México se convirtió en una ciudadana común que quiere vivir en paz, o si la China sigue siendo la China y si el narco, ese mundo que la sedujo a los 20 años con el nombre de un hombre
tatuado en el brazo, la está esperando afuera con los brazos abiertos. En el narco mexicano, la lealtad dura lo que dura el miedo, el amor dura lo que dura la libertad y la justicia cuando llega llega incompleta, fraccionada y por la puerta de la traición. Si quieres conocer las historias de otros criminales que terminaron traicionados y destruidos por las mismas personas que decían amarlos, suscríbete al canal.
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