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MARÍA FÉLIX y DOLORES DEL RÍO: El SECRETO que las ENEMISTÓ para SIEMPRE

 Una institución, no una estrella, una institución. Llevaba 20 años siendo famosa cuando muchos actores del cine de oro mexicano todavía no habían dado su primer paso frente a las cámaras. Tenía relaciones con lo más selecto del arte internacional. Era amiga de Frida Calo. Era amiga de Diego Rivera.

 Había cenado con presidentes y con pintores, o con directores de Broadway y con nobles europeos. Cuando Dolores del Río entraba a un lugar, [música] el lugar cambiaba de temperatura. Y entonces apareció María Félix. María nació en 1914, 10 años después que Dolores en Álamos, Sonora. Su historia no tiene nada de aristocracia ni de salones refinados.

Tiene polvo del norte, carácter formado a golpes, una belleza que no pedía permiso y una voluntad que podía doblegar montañas. llegó al cine casi por accidente o eso cuenta la versión romántica. La verdad es que María Félix sabía exactamente lo que tenía. Lo sabía desde muy joven y lo usó con una inteligencia que muchos confundieron con frialdad y que otros reconocieron más tarde como una forma de supervivencia.

Su primera película fue en 1942, El Peñón de las Ánimas. Y desde esa primera aparición quedó claro que algo había cambiado en el cine mexicano. No era solo que fuera hermosa. Hermosa había muchas. Era que transmitía algo que la cámara no sabía bien cómo encuadrar. Una mezcla de peligro y magnetismo. Una sensación de que esta mujer podía destruirte y que aún así querrías acercarte.

Los directores la notaron, los productores la notaron y el público, que tiene un instinto animal para detectar cuando algo es verdadero, la notó inmediatamente. En 3 años, María Félix era una estrella. En cinco era una leyenda. Y en ese proceso de ascenso meteórico, inevitable, casi violento en su velocidad, comenzó a acercarse al territorio que Dolores del Río consideraba suyo.

¿Y tú crees que eso no se sintió? ¿Crees que una mujer como Dolores del Río, que llevaba dos décadas siendo la cima, no percibió cuando alguien comenzaba a escalar hacia ella? Claro que lo sintió. lo sintió antes que nadie. Porque las personas que han estado en la cima mucho tiempo desarrollan un sentido especial para detectar cuando alguien viene a disputarles el espacio.

No es paranoia, es experiencia, es haber visto antes cómo funciona el sistema. Pero lo que Dolores no anticipó fue la velocidad y lo que María no calculó al principio fue el costo. El primer encuentro documentado entre las dos, del que hay registros más o menos confiables, ocurrió en un evento social en Ciudad de México a mediados de los años 40.

No hay fotos de ese momento específico, o si las hay, nadie las ha mostrado públicamente, pero hay testimonios. Hay personas que estaban en ese salón y que describieron después lo que vieron, cada una con sus propias palabras, pero con una coincidencia que es demasiado consistente para ser inventada. Coincidieron en el mismo espacio, fueron presentadas formalmente, se saludaron con la corrección que el ambiente exigía.

 Y en ese saludo, en ese intercambio de palabras corteses y sonrisas calculadas, algo pasó que no era visible para quien no supiera leer entre líneas. Pero para quien conocía a estas dos mujeres, para quien entendía cómo funcionaba el poder en ese mundo, fue como ver dos fuerzas de la naturaleza tocarse por primera vez y reconocerse mutuamente.

No hubo drama esa noche, no hubo escena. Las dos eran demasiado inteligentes para eso, demasiado conscientes de que el espectáculo que el mundo esperaba de ellas era el que ocurría frente a las cámaras, no en los salones privados. Pero algo quedó instalado en el aire después de ese encuentro, una atención que no necesitaba palabras para existir.

Cuentan que alguien que estuvo cerca de Dolores esa noche le preguntó qué le había parecido María Félix. ¿Y qué Dolores? respondió con una sonrisa perfecta y dijo algo que con los años se convertiría en una de las frases más repetidas del mundo del espectáculo mexicano, aunque conversiones distintas dependiendo de quién la cuente.

La esencia era siempre la misma, era un cumplido que en realidad no lo era. Era el tipo de frase que solo una mujer verdaderamente sofisticada puede construir. Una frase que suena generosa, pero que por dentro tiene dientes. María, cuando le llegaron esas palabras, como siempre le llegaban todo, porque en ese mundo nada tardaba en circular, no respondió con elegancia, respondió con silencio.

 Y su silencio fue tan elocuente que la persona que esperaba una reacción entendió que había [música] cometido un error al mencionarlo. Eso también dice mucho de cada una. Dolores operaba con el lenguaje como arma. María operaba con el silencio y con el tiempo. Ambas perfeccionaron sus arsenales hasta convertirlos en algo extraordinariamente preciso.

Durante los siguientes años, las dos siguieron sus carreras en paralelo. Trabajaban con directores distintos, tenían representantes distintos, circulaban en esferas que se superponían, pero no se tocaban del todo. El cine mexicano era grande enough, como dicen en inglés, para que dos estrellas de ese calibre no tuvieran que competir directamente.

O al menos eso era lo que todo el mundo prefería creer. Pero había algo que no podía evitarse, no algo que ninguna de las dos controlaba del todo y que con el tiempo se convertiría en el verdadero núcleo del conflicto. algo que tenía que ver con los hombres, no con cualquier hombre, con un hombre específico, o mejor dicho, con el tipo de hombre que las dos atraían, que las dos necesitaban en maneras distintas y que el destino, con esa crueldad elegante que solo el destino puede permitirse, puso exactamente en el

centro entre las dos. Pero antes de llegar ahí, hay que entender algo más sobre María Félix. Hay que entender por qué su ascenso fue tan perturbador para el establishment del cine mexicano y no solo para Dolores. María Félix no pedía permiso. Eso parece una frase simple, pero en el México de los años 40 era algo casi subversivo.

Las mujeres en el cine de esa época, incluso las más poderosas que operaban dentro de ciertos códigos, sabían hasta dónde podían llegar sin que el sistema las aplastara. Sabían qué batallas dar y cuáles no. Sabían sonreír cuando era necesario y callar cuando era conveniente. Eran inteligentes, eran estratégicas, pero operaban dentro de límites.

 María Félix no reconocía esos límites o los reconocía y simplemente decidía ignorarlos. Negociaba sus propios contratos cuando eso no se hacía. Rechazaba papeles que consideraba indignos cuando rechazar. Era un lujo que pocas se podían permitir. Imponía condiciones en los rodajes. Llegaba tarde y se iba cuando quería.

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