El firmamento de la televisión mexicana posee figuras cuya huella resulta imborrable, no solo por la cantidad de producciones en las que participaron, sino por la naturaleza imponente de su presencia. Enrique Rocha fue, sin lugar a dudas, uno de esos titanes. Con una trayectoria que abarcó más de ochenta producciones, treinta y tres telenovelas y treinta y ocho películas, su nombre se convirtió en sinónimo del antagonista perfecto. Su sola mención evocaba una elegancia gélida, una mirada capaz de sentenciar sin levantar la mano y, sobre todo, una voz profunda y cavernosa que parecía retumbar desde las entrañas de la tierra. Sin embargo, detrás del brillo de los foros de grabación y los aplausos de una audiencia que lo adoraba precisamente por su capacidad para encarnar la maldad, se desarrollaba una existencia real marcada por la bohemia indomable, los romances escandalosos y un inevitable destino de soledad.
Nacido el 5 de enero de 1940 en Silao, Guanajuato, en el seno de una familia acomodada, conservadora y de arraigada fe católica, Enrique Miguel Rocha Ruiz parecía destinado a un porvenir tradicional. Los rasgos fuertes de su rostro y su porte aristocrático fueron heredados de su madre, doña Socorro, al igual que esa solemnidad que más tarde definiría su carrera. A los catorce años, su familia se trasladó a la Ciudad de México con el firme propósito de brindarle una educación de primer nivel. El Colegio México y, posteriormente, las aulas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fueron los escenarios donde el joven Enrique intentó encauzar su vida a través de la carrera de arquitectura. No obstante, el destino de Rocha no se construiría con planos ni maquetas. La efervescencia de la vida un
iversitaria y el descubrimiento de una capital libre y nocturna derrumbaron los cimientos de su estricta formación religiosa.

El abandono definitivo de sus estudios profesionales coincidió con una decisión drástica: a los dieciocho años, Enrique dejó el hogar familiar para vivir bajo sus propios términos. Su ingreso al mundo de la actuación ocurrió de manera fortuita y por razones enteramente terrenales. Fascinado por una joven italiana, comenzó a frecuentar los ensayos teatrales de la universidad con el único objetivo de cortejarla. Fue en ese entorno donde el célebre director Juan José Gurrola descubrió el potencial oculto en aquel muchacho de voz extraordinaria y fisonomía imponente. Gurrola no solo le ofreció sus primeras oportunidades en las tablas, sino que le enseñó a modular y dominar ese torrente vocal que se transformaría en su marca registrada. Este inicio accidental lo condujo a debutar en el cine con la cinta “El proceso de Cristo”, una paradoja notable para un joven que acababa de romper con la rigidez de su educación católica, regresando momentáneamente al universo de la solemnidad religiosa a través del arte.
Mientras su carrera comenzaba a despegar, Rocha se sumergió de lleno en la contracultura de los años sesenta y setenta en la Ciudad de México. Estableció su residencia en un departamento de la calle Oslo, en el corazón de la Zona Rosa, epicentro de la intelectualidad y la bohemia de la época. Fue el propio escritor Carlos Fuentes quien, al observar su impecable vestir oscuro, su estampa aristocrática y su hábito de vivir a contracorriente del sol, lo bautizó con un alias que lo acompañaría por el resto de sus días: “El vampiro de la Zona Rosa”. Aquel departamento se convirtió en un centro de reuniones interminables donde coincidían escritores, artistas, alcohol y un desfile constante de mujeres. Rocha jamás ocultó su naturaleza sibarita; se definía a sí mismo como un hombre de la noche, un espíritu libre que priorizaba el disfrute por encima de las convenciones sociales.
Esta filosofía de vida liberal cobró una factura muy alta en el ámbito afectivo. Enrique Rocha contrajo nupcias en tres ocasiones, y cada uno de estos compromisos sucumbió ante su incapacidad para adaptarse a la vida doméstica y la fidelidad. Su primer matrimonio, celebrado a los veintiocho años con la actriz puertorriqueña Marlene Serrallés, no logró perdurar ni tres años debido a las tempranas infidelidades del actor. Posteriormente, unió su vida a la talentosa Nuria Bages, una relación que también naufragó por el temperamento nocturno y seductor del histrión. Su tercer y último intento matrimonial fue con Patricia Campos, escultora y empresaria con quien procreó a su único hijo, Cristian Rocha. Pese al nacimiento de su heredero, la dinámica de excesos y romances fugaces no disminuyó, conduciendo la relación a un ineludible divorcio.
Fuera de los matrimonios formales, el historial amoroso de Rocha continuó alimentando las páginas de la crónica de espectáculos con pasajes de intensa pasión y controversia. A principios de la década de los noventa, vivió un romance significativo con la recordada actriz Tere Velázquez, una unión que se vio truncada de forma trágica por el prematuro fallecimiento de ella a causa de un cáncer de colon, un suceso que golpeó profundamente la sensibilidad del actor. Sin embargo, ninguna relación generó tanto revuelo mediático como la que protagonizó al lado de Leticia Calderón en 1990, durante las grabaciones del melodrama “Yo compro esa mujer”. La diferencia de veintisiete años entre ambos desató un escándalo de proporciones mayores que provocó una severa fractura en el entorno familiar de la joven actriz, quien debió enfrentar el distanciamiento de sus padres y el reproche de sus hermanos por defender su amor hacia el veterano seductor. Pese a la tormenta y al posterior término del idilio, Calderón siempre recordó a Rocha con un profundo afecto, destacando su caballerosidad y su vasta cultura.
Conforme los años avanzaron, el gusto de Rocha por la compañía de mujeres notablemente menores no decreció, manteniendo relaciones duraderas con parejas como la joven francesa Elizabeth Caps y, ya septuagenario, con la modelo Analía. En diversas entrevistas públicas, el actor defendía estas uniones argumentando que la juventud de sus parejas le inyectaba una vitalidad indispensable y que la madurez cronológica no representaba un obstáculo para la comprensión mutua. Si bien en su época estas declaraciones se asimilaban como las andanzas de un galán maduro, con el tiempo el propio Rocha admitiría cierta dosis de arrepentimiento por la estela de desamor y las heridas emocionales que su estilo de vida desordenado pudo haber causado en las mujeres que compartieron su intimidad.
Paralelamente a sus tumultuosas vivencias personales, la pantalla chica lo consagró como el villano por excelencia de la televisión mexicana. Rostros memorables de la perversidad como Eladio Gómez Luna en “Pasión y poder” (1988), Rodrigo Montes de Oca en “Yo compro esa mujer” (1990) e Ismael Montegarza en “Dos mujeres, un camino” (1993) le valieron el reconocimiento unánime de la crítica y múltiples galardones. Rocha poseía la virtud de otorgarle distinción a la maldad; sus villanos no requerían de histrionismo desmedido ni gesticulaciones vulgares, les bastaba la cadencia de su voz y una mirada fija para infundir un temor reverencial. Esta misma tesitura vocal, paradójicamente, lo llevó a realizar uno de sus proyectos comerciales más exitosos y duraderos: la narración íntegra de la Biblia en formato de audiolibro, una obra que superó los diez millones de copias vendidas y que volvió a conectarlo con los textos sagrados de su infancia.

El telón final para el gran antagonista cayó el 7 de noviembre de 2021, a los ochenta y un años de edad, en un escenario desprovisto de cualquier atisbo de drama ficticio. Tras manifestar su deseo de descansar en su recámara mientras esperaba la transmisión de una carrera de la Fórmula 1, Enrique Rocha se recostó y falleció pacíficamente a causa de un infarto fulminante. Su muerte ocurrió en la más estricta soledad física; nadie presenció su último aliento. Fue su entrañable amigo Juan Ferrara quien se encargó de comunicar los detalles del deceso, describiéndolo como “la muerte de los justos”, un tránsito sin dolor ni agonía prolongada. Debido a las severas restricciones sanitarias impuestas por la pandemia de COVID-19 en aquel momento, sus restos fueron cremados de inmediato, privando a su público de los homenajes multitudinarios que su trayectoria merecía. Las cenizas del actor fueron depositadas junto a los restos de sus padres y su hermano en Tecamachalco, retornando así al núcleo familiar del cual se había distanciado en su juventud.
Enrique Rocha vivió bajo el amparo de una libertad absoluta que defendió con valentía, pero que inevitablemente condicionó sus últimos años a una marcada soledad residencial. Su vasta fortuna y su legado personal pasaron a manos de su hijo Cristian y su nieto Patricio, sus únicos herederos directos. Considerado por sus colegas foros adentro como un hombre generoso, bromista y desprovisto de las oscuridades de sus personajes, fuera de los sets encarnó una mentalidad de otra era, donde el magnetismo masculino justificaba el desorden afectivo. El vampiro de la Zona Rosa se retiró de la escena de la vida en un silencio absoluto, dejando tras de sí el eco eterno de una voz que modificó para siempre la manera de interpretar la villanía en la cultura popular de México.