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​​El RANCHO EMBRUJADO donde VICENTE FERNÁNDEZ filmó…y las historias que pocos se atreven a contar

Vicente Fernández, para cuando Aurelio llegó, era ya una leyenda absoluta de la música mexicana. Grababa en los mejores estudios, llenaba el palacio de los deportes, tenía contratos millonarios con CBS discos. El rancho reflejaba ese éxito. Caballos cuarto de milla que costaban fortunas, una pista de charreada de primer nivel, una casa principal que más parecía un hotel boutique que una residencia familiar.

Y había actividad constante, músicos que venían a ensayar. directores de cine que filmaban escenas en los paisajes del rancho, políticos que llegaban en helicóptero para comidas privadas que el personal servía y después olvidaba oficialmente. Los primeros se meses pensé que era el trabajo más increíble del mundo, recordó Aurelio.

Veía a Vicente casi todos los días. A veces me saludaba por mi nombre, me preguntaba cómo estaba mi familia. Era carismático, generoso con los empleados. En Navidad regalaba bonos que equivalían a 3 meses de salario. Uno entendía por qu todos eran tan leales. Pero la lealtad en ese rancho no era solo por la generosidad, era también por el miedo, aunque eso tardé en entenderlo.

La primera señal de que Los tres potrillos guardaba algo más que secretos de celebridad llegó en octubre de 1988, apenas dos meses después de que Aurelio comenzara a trabajar ahí. Era una noche de jueves, aproximadamente las 11 de la noche, cuando Aurelio terminaba de revisar las instalaciones eléctricas del establo norte, una tarea que había aprendido a hacer de noche para no interrumpir el trabajo diurno.

Al salir del establo, notó algo que le pareció extraño. Tres camionetas sin placas oficiales estaban estacionadas en el área de carga trasera del rancho, una zona que normalmente permanecía inactiva de noche. Hombres que Aurelio no reconocía como empleados del rancho descargaban cajas rectangulares medianas, las mismas cajas que Aurelio había visto usarse para transportar equipos de grabación o documentos.

Conté exactamente 14 cajas, recordó Aurelio. Las estaban llevando hacia el sótano del edificio de administración, que yo en ese entonces ni siquiera sabía que tenía un sótano porque la entrada estaba disimulada detrás de una estantería. Aurelio, con el instinto de no preguntar que le habían inculcado desde el primer día, continuó su camino como si no hubiera visto nada, pero en su mente registró la imagen y la guardó.

Villegas, el encargado de personal, lo interceptó al día siguiente antes de que comenzara su turno. “Vi que estabas en el área trasera anoche”, le dijo sin preámbulos. Bien que terminaste el trabajo, pero en el futuro, cuando hay actividad en esa área de noche, tú terminas tu trabajo y te vas directo a los dormitorios del personal.

Sin curiosidad, está bien. No era una pregunta. Pasaron tres años sin que Aurelio viera o escuchara algo que no pudiera explicar racionalmente. Trabajaba, cobraba su salario generoso, aprendía los ritmos del rancho y gradualmente ganaba la confianza del personal veterano. Fue en 1991 cuando comenzó a ser incluido en conversaciones más privadas entre los empleados más antiguos.

Conversaciones que ocurrían en un cuarto específico del área de dormitorios del personal. Después de medianoche, cuando los supervisores dormían en voz suficientemente baja para no ser escuchados, pero suficientemente clara para que Aurelio entendiera que estaba siendo iniciado en un nivel diferente de conocimiento sobre el rancho.

El primero en hablar abiertamente con él fue un hombre llamado Cosme, que llevaba 15 años trabajando en los tres potrillos y tenía la reputación de ser el empleado más confiable del rancho. Cosme era el encargado del mantenimiento de los jardines ornamentales, una posición que lo llevaba a cada rincón de la propiedad regularmente.

Cosme me dijo una noche, recordó Aurelio, que había zonas del rancho donde la tierra no crecía igual que en el resto. Zonas donde no importaba cuánto se fertilizara o regara, la vegetación salía diferente, más oscura, más densa, como si la tierra estuviera más nutrida que el resto. y que cuando él era nuevo y le preguntó al jardinero anterior dónde estaban esas zonas para evitar sobrefertilizarlas, el viejo jardinero simplemente lo miró y le dijo, “Esas zonas no necesitan fertilizante, ya tienen lo que necesitan.” Aurelio sintió un escalofrío

al escuchar esto, pero Cosme no elaboró más esa noche. Solo dijo que con el tiempo Aurelio entendería cosas sobre el rancho que explicarían muchos de los secretos que los empleados guardaban. Lo que Aurelio no sabía en ese momento era que esa conversación con Cosme era apenas la primera de muchas que irían dibujando, pieza por pieza, el mapa de los verdaderos secretos de los tres potrillos.

Secretos que involucraban no solo el patrimonio y los negocios de Vicente Fernández, sino la historia de personas que habían entrado al rancho y nunca habían salido de la manera en que llegaron o que simplemente nunca habían salido. Lo que Cosme comenzó a revelarle a Aurelio durante los meses siguientes no llegó de golpe, sino en fragmentos, como un rompecabezas entregado pieza por pieza durante guardia compartidas y madrugadas donde el rancho dormía, pero sus secretos permanecían despiertos.

La primera pieza llegó en enero de 1992 cuando Aurelio fue ascendido a jefe de mantenimiento menor, un cargo que le daba acceso a áreas del rancho donde los empleados regulares no podían entrar sin supervisión. Fue en ese contexto que por primera vez Aurelio vio con sus propios ojos el sótano del edificio de administración, el mismo sótano donde había visto descargar cajas misteriosas aquella noche de octubre de 1988.

Lo que encontró no era lo que esperaba. No había nada obviamente sospechoso. Estantes metálicos con documentos archivados, cajas de materiales de construcción, herramientas de repuesto. Pero en el fondo del sótano, detrás de una segunda puerta de metal reforzado con cerradura de combinación numérica, había una habitación a la que Aurelio no tenía acceso.

Nunca lo tendría durante los primeros 12 años de su trabajo en el rancho. Esa puerta era lo primero que veías cuando bajabas al sótano, explicó Aurelio. Y era lo único que nadie nunca mencionaba. En el rancho había una regla no escrita. Si algo existe pero nadie lo nombra, tú tampoco lo nombras. La segunda pieza del rompecabezas llegó de una fuente inesperada.

La esposa de Cosme, una mujer de nombre Remedios, que trabajaba como cocinera en la cocina principal del rancho y que tenía la costumbre de escuchar más de lo que hablaba. Remedios le contó a Cosme, quien se lo transmitió a Aurelio, que en múltiples ocasiones durante los años 80 había preparado cenas para grupos de hombres que llegaban al rancho de noche.

Hombres que ella nunca reconocía de visitas anteriores, que vestían ropa costosa, pero se comportaban con la familiaridad de personas que conocían bien el lugar. hombres que comían en el comedor privado de Vicente, que permanecían hasta las 3 o 4 de la madrugada y que cuando se iban dejaban sobre la mesa sobres manila gruesos que el personal tenía estrictamente prohibido tocar hasta que Villegas los recogía personalmente.

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