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En su lecho de muerte, ANTONIO AGUILAR REVELÓ el SECRETO que guardó sobre PEDRO INFANTE

El 17 de junio de 2007, a las 11:43 de la noche, Antonio Aguilar agarró la mano de Pepe con una fuerza que no debería tener un hombre con dos días de vida. Las enfermeras habían salido del cuarto. Flor Silvestre dormía en el sillón del fondo, agotada después de 72 horas sin cerrar los ojos.

Antonio tenía la mirada clavada en el techo, respirando con ese sonido áspero que Pepe ya conocía de memoria. Entonces habló, su voz salió quebrada, pero clara. Pedro Infante no murió en un accidente. Pepe sintió que el piso se movía. Volteó a ver a su padre buscando alguna señal de delirio, de confusión por los medicamentos.

Pero Antonio lo miraba con los ojos más lúcidos que había tenido en semanas. apretó su mano otra vez. Necesito que sepas la verdad antes de que me vaya. Y ahí empezó todo. La confesión que Antonio Aguilar había guardado durante 50 años exactos. La historia que nunca le contó a Flor, la razón por la que cada 15 de abril desaparecía durante horas sin dar explicaciones, el peso que cargó en silencio mientras todo México lloraba al ídolo caído.

Y él sabía que esas lágrimas no eran suficientes porque nadie conocía la verdad real. Pepe tragó saliva, miró hacia el sillón donde su madre seguía dormida, la cabeza inclinada sobre el hombro, las manos entrelazadas sobre el regazo. Luego volvió a mirar a su padre. ¿Qué estás diciendo, papá? Antonio cerró los ojos.

Una lágrima le corrió por la mejilla y se perdió en la almohada. Cuando volvió a hablar, su voz temblaba de una forma que Pepe nunca había escuchado. Ni siquiera cuando murió su madre años atrás, ni siquiera en los momentos más duros de su carrera. Pedro tenía pruebas, documentos, grabaciones, sabía cosas que no debía saber. Pero para entender lo que Antonio estaba confesando esa noche, hay que retroceder 50 años.

Hay que ir a enero de 1957 a un camerino del teatro Folis en la ciudad de México, donde Pedro Infante y Antonio Aguilar compartían un cigarro después de una función doble que había llenado las 2000 localidades del recinto. Eran las 11 de la noche. Afuera, cientos de fans todavía gritaban sus nombres. Adentro, Pedro tenía la mirada perdida en un punto fijo de la pared. Antonio lo conocía desde 1945.

Habían compartido escenarios, grabaciones, películas, giras que duraban meses enteros recorriendo pueblos donde la gente vendía sus gallinas para comprar un boleto. Sabía cuando Pedro estaba feliz, cuando estaba cansado, cuando algo lo estaba carcomiendo por dentro. Esa noche algo lo estaba carcomiendo. “Necesito enseñarte algo”, le dijo Pedro.

Su voz sonaba distinta, seria, casi asustada. Sacó de su maletín una carpeta Manila. Estaba abultada, llena de papeles que amenazaban con salirse por los lados. La puso sobre la mesa del camerino, entre las botellas de cerveza y los ceniceros llenos. “¿Qué es eso?”, preguntó Antonio. Pedro no respondió de inmediato.

Se quedó mirando la carpeta como si fuera una bomba a punto de explotar. Luego levantó la vista y miró a Antonio directo a los ojos. Pruebas de que Rodolfo Echeverría está lavando dinero del gobierno a través de nuestra disquera. Antonio sintió que se le helaba la sangre. Rodolfo Echeverría era el dueño de Peerless Records, la casa disquera más grande de México en esos años.

El hombre que había convertido a Pedro Infante en el artista más vendido del país, el que manejaba contratos millonarios con estaciones de radio, cines, distribuidoras, el que tenía conexiones directas con la Secretaría de Gobernación y con figuras políticas que nadie se atrevía a mencionar en voz alta. Pedro, ¿estás loco? Pero Pedro ya había abierto la carpeta.

Empezó a sacar documentos, contratos con nombres de artistas que no existían, facturas por grabaciones que nunca se hicieron, transferencias bancarias a cuentas fantasma, recibos firmados por funcionarios públicos que negaban cualquier relación con la industria del entretenimiento. “Llevo 6 meses investigando”, dijo Pedro. Su voz temblaba, pero había determinación en cada palabra.

Desde que me di cuenta de que mis regalías no cuadraban con las ventas reales, empecé a hacer preguntas, a revisar papeles, a hablar con contadores, con distribuidores, con gente de la radio. Antonio no podía creer lo que estaba viendo. Había nombres, fechas, cifras exactas, 340,000 pesos transferidos en octubre de 1955 bajo el concepto de producción de álbum de un artista llamado Ricardo Montalván Suárez, que nunca había grabado nada.

127,500 pesos en gastos de promoción para una gira que nunca existió. pes en anticipos de regalías a cantantes que resultaban ser nombres falsos. Pedro, esto es Antonio no encontraba las palabras. Esto es demasiado grande. Esto no es solo echeverría. Aquí hay gente del gobierno, gente poderosa. Lo sé. Si sacas esto a la luz, nos van a destruir a todos.

No solo a ti, a mí, a Jorge Negrete, si estuviera vivo, a todos los que grabamos con Pirles. Pedro cerró la carpeta. Se quedó en silencio unos segundos que se sintieron eternos. Afuera, las voces de los fans empezaban a dispersarse. El teatro se iba quedando vacío. No puedo quedarme callado, Antonio. Esto no es solo dinero, es el futuro de la industria.

Si dejamos que sigan haciendo esto, van a destruir todo lo que hemos construido. Van a convertir la música mexicana en un negocio sucio donde solo importa lavar dinero y no el arte. Antonio se pasó las manos por la cara. sentía el peso de lo que Pedro estaba diciendo. Sabía que tenía razón, pero también sabía lo que significaba enfrentarse a ese nivel de poder en el México de 1957.

¿Qué vas a hacer? Voy a entregar todo esto a la Procuraduría General de la República. Tengo un contacto ahí, un fiscal que me prometió protección si le doy pruebas sólidas. Antonio se levantó de la silla. Empezó a caminar de un lado a otro del camerino. Su mente trabajaba a mil por hora. Pedro Infante era el hombre más famoso de México.

Su rostro estaba en todos los cines del país. Las mujeres se desmayaban cuando lo veían. Los hombres querían ser como él. Pero eso no lo hacía invencible. En todo caso, lo hacía más vulnerable. Pedro, escúchame bien. Esta gente no juega. Si tienen tanto dinero en movimientos y están involucrados con el gobierno, no van a dejar que arruines todo por un ataque de conciencia.

Ya tomé mi decisión. Entonces, piensa en Irma, piensa en tus hijos, piensa en Lupita Torrentera, piensa en todas las personas que dependen de ti. Pedro lo miró con esos ojos que habían enamorado a millones de mexicanas, pero ahora había algo más. Había miedo, sí, pero también había una determinación que Antonio nunca le había visto.

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