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La Triste Historia de Alaska y Dinarama

¿A quién le importa lo que yo haga? ¿Dónde está nuestro error sin solución? Todo terminó entre ellos de repentré. Yo creo que ya vamos a dejarnos de los clichés porque es así, tiene que ser así y punto. Bienvenidas y bienvenidos a Cocicultura de Herberín. Hoy, como siempre, no traemos un chisme, traemos una avalancha de maquillaje, traiciones, tacones de aguja y hinos que hicieron temblar a toda una generación.

Prepárense porque vamos a desenterrar la historia no autorizada de una banda que no solo marcó época, la destrozó con estilo y la volvió a armar en techicolor. No sé, no sé, no sé, no sé. ¿Sabían que uno de los iconos más potentes del pop en español nació en México, se transformó en Madrid y se convirtió en una leyenda global vestida de negro con rastas de colores y voz de tercio pelo venenoso? Pues sí, hoy vamos a recorrer el ascenso, el escándalo y la resurrección de Alaska y Dinarama, el trío más glamoroso, polémico y

revolucionario que pisó un escenario en los 80. Lo hacemos por eso, porque hacemos todo lo que nos gusta. Por eso, desde peleas internas que acabaron en canciones con dedicatoria pasivo agresiva hasta giras en las que Alaska descubrió el inframundo mexicano y decidió convertirse en edad Sabor por voluntad propia.

Esta historia tiene de todo. Brillantinas, lentejuelas, lágrimas, visturí, vinilo y hasta exorcismos sociales. Así que no le cambies, no le bajes y suscríbete al canal porque aquí contamos las historias como deben contarse, sin filtros, con música de fondo y con el veneno exacto para que sepa sabroso. Porque yo a pesar de las apariencias no soy nada bruja.

Dale like, activa la campanita y prepárate para revivir los mejores y peores momentos de una banda que hizo historia gritando desde la pista de baile a quien le importa lo que yo haga. Y es que amigos, si uno quiere entender por qué Alaska y Dinarama se convirtieron en leyenda, primero tiene que viajar a esa España que apenas se sacudía los últimos temblores del franquismo.

Imagínate el escenario, jóvenes hartos de lo gris, el miedo y la represión, buscando a gritos una identidad nueva, un sonido que los representara y, claro, una buena excusa para vestirse como les diera la gana y gritarle al mundo que ahora sí se podía vivir sabroso. era especial en su en su imagen, su forma de vestir, su forma de fue abriendo un camino en ese estilo, ¿no? En medio de todo eso nació la movida madrileña, un movimiento cultural que no solo le dio color a los 80 españoles, sino que soltó una ola de libertad artística como no se había

visto antes. Cine, literatura, cómics, televisión, moda y, por supuesto, música, todo explotando al mismo tiempo. Y sí, los políticos socialistas lo aprovecharon para presumir modernidad. Pero los que se rifaban eran los chavos, los artistas, los que no le tenían miedo a ser diferentes.

Ojo negro, pelo negro, e aquella época de oscuro, ¿no? Y ahí, en esa marea de pelos parados, medias rotas y maquillaje hasta las cejas, aparece ella, María Olvido Garajova, una morrita mexicana nacida en el 63, hija de exiliados españoles que a los 10 años ya estaba viviendo en Madrid y soñando con cambiar el mundo o al menos con sonar en la radio.

Pero eso de llamarse olvido no le latía nadita y todo porque participaba haciendo traducciones para un magazín juvenil muy underground, pero con el detalle de que no quería usar el nombre de olvido. Pero una fantasía infantil, ¿no? Como ahora me voy a llamar Alaska, pero no me podía imaginar que sí me iba a llamar Alaska. Y entonces, amigos, como buena inventora de sí misma, se puso Alaska, inspirada en una canción que le sonaba más a libertad que a frío.

Desde morrita, Alaska era un torbellino de rareza. A los 12 ya se juntaba con puros fancineros y punks de corazón, de esos que preferían una guitarra mal afinada y un buen grito antes que andar derechitos. Así nació Caca Deluxe, la banda más cochambrosa y encantadora de la historia ibérica, donde Alaska no cantaba, tocaba la guitarra.

Imagínate el cuadro, chamacos con más actitud que técnica, montando el escándalo con letras provocadoras y una energía que parecía de otro planeta. Solo pienso en ti, Murtiana. Aunque caca de look duró poco, fue como una semillita que germinó en un montón de bandas. De ahí salieron piezas claves para lo que vendría después. Alaska no paraba.

tenía hambre de música, de escándalo, de ponerle cara a la nueva España y justo cuando caonaba, ya estaba maquinando su próximo paso. Porque si algo tenía claro esta mujer era que la reinvención no se pide, se impone. Y su descaro, diría yo, era un poco descarada con la vida, ¿no? Muy atrevida y como que rompía norma.

Y así con peinados imposibles, ideas propias y un glamour que parecía sacado de una película Kitch, Alaska se preparaba para lo que sería su verdadera revolución musical, aunque todavía no lo sabía. Después del caos organizado que fue caca de luxe, Alaska se dio cuenta de que la guitarra estaba chida, pero lo suyo era estar al frente con el micrófono en la mano y el escote en alto.

Así nació Alaska y Los Pegamoides, una banda que agarró lo punk, lo pop y lo teatral y lo revolvió en un cóctel musical bien potente, lleno de ritmo, letras delirantes y una imagen que dejaba a muchos con la boca abierta. Entre ellos a mi tía la persinada. Bailando, me pasó el día bailando. Con ello se armó el primer trancazo de su carrera.

Canciones como quiero ser un bote de colón y otra dimensión los pusieron en la mira del público más alternativo, ese que se escapaba de clases para irse a revolcar en los bares Underground de Madrid. Pero como suele pasar en los grupos con muchas cabezas creativas, el ego se les empezó a salir por las costuras. Discrepancias por aquí, cansancio por allá y una disquera que ya no les tenía fe.

El fin de los pegamoides se venía cocinando a fuego lento y ahí es donde notas las diferencias entre cómo quieren trabajar unos miembros del grupo, qué tipo de expectativas tienen. Y la neta, para 1982, Alaska ya olfateaba que eso era una crónica de una muerte anunciada. Y mientras ella buscaba si lanzarse como solista o armar otra banda, Carlos Berlanga y Nacho Canut, sus carnales musicales, ya se andaban inventando un nuevo proyecto, Dinarama, un grupo que soñaba con sonidos más funky, más chic, más elegantes, pero el problema era que no daban con la vocalista correcta.

Ellos iban de auténticos, eran panquis y un punky no se va a su casa sin haber dado un escándalo. Hicieron castings, probaron voces, pero algo faltaba. Alaska, por su parte, no andaba convencida de nada. Hasta se metió a ensayar con PvP, una banda de rock más duro, pero aquello no cuajó. Fue entonces cuando apareció el manager que le soltó la bomba.

¿Y si vuelves con Nacho y Carlos? Al menos ya se conocen. Y aunque a Alaska no le latía mucho la idea, terminó cediendo. No era el proyecto de sus sueños, pero puso al fin y al cabo eran sus cuates y además la neta no tenía otro plan. Aquí no es un problema de ser ambicioso o no serlo, sino de tener el mismo tipo de ambición en un momento dado.

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