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LO QUE SALE AL DESCUBIERTO DE NICOLASITO MADURO: DESCENDIENTE del NARCOESTADO que DESANGRÓ Venezuela

40 minutos. Eso fue todo lo que tardó. El 3 de enero de 2026, antes del amanecer, fuerzas militares estadounidenses entraron a la casa de Los Pinos dentro del complejo de Fuerte Tiuna en Caracas. 40 minutos después, Nicolás Maduro Moros, presidente de Venezuela, y su esposa Cilia Flores, estaban esposados dentro de un avión cruzando el espacio aéreo venezolano rumbo a Nueva York.

 La mayoría de los venezolanos todavía dormía. Despertaron a un país sin el hombre que lo había gobernado durante casi 13 años. Nunca había pasado algo así en la historia moderna del continente. Un jefe de estado en ejercicio sacado de su propio palacio, de su propio país y llevado a responder ante una corte extranjera, no hay precedente.

 El caso lo ocupó todo durante días. Las portadas, los noticieros, las conversaciones en cada esquina, desde Caracas hasta Bogotá, desde Madrid hasta Miami y por eso casi nadie se fijó en un detalle, un nombre. El expediente que Estados Unidos hizo público para justificar la captura no tenía un solo acusado, tenía varios. Junto al de Nicolás Maduro estaba el de Silia Flores, el de Diosdado Cabello Rondón, durante años el segundo hombre más temido de Venezuela, el de Ramón Rodríguez, figura histórica del aparato de seguridad. Y había uno más, más joven

que todos los demás. Un hombre que esa madrugada no terminó esposado, que no subió a ningún avión, que amaneció libre. Nicolás Ernesto Maduro Guerra, 35 años, hijo único, hijo biológico del presidente capturado, diputado de la Asamblea Nacional de Venezuela, economista y, según la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, operador de envíos aéreos de cocaína y contacto directo con la guerrilla colombiana.

 Lo conocen como nicolasito, también lo llaman el príncipe. Piensa un momento en ese segundo apodo, príncipe. La palabra no es inocente. Un príncipe no gana el trono, lo hereda. Un príncipe es el que sigue, el que espera, el que fue criado para el día en que le toque. Y eso, exactamente eso, es lo que la justicia de Estados Unidos afirma sobre este hombre, que no fue un familiar incómodo, arrastrado de casualidad por el apellido de su padre, que tenía una función, un puesto en la maquinaria, un rol propio.

Nicolasito Maduro: un príncipe sin rey ni trono | Famosos

El expediente lo describe con una imagen que conviene leer despacio dos veces si hace falta. Lo presenta como la persona que tomó los planos de un estado entero y con esos mismos planos levantó una estructura clandestina, la fachada legal de la nación por un lado, la red criminal por el otro y él según esa acusación parado justo en el punto donde las dos se tocan, donde una se vuelve la otra.

 Esta es la historia de cómo el hijo de un chóer de autobús terminó imputado en el mismo documento federal que tumbó a un presidente de cómo un niño que tocaba la flauta y soñaba con la música apareció 30 años después acusado de pactar armas con las FARC, de un país convertido, según las autoridades de Estados Unidos, en una plataforma de narcotráfico operada desde su propio palacio de gobierno.

 Para entender qué significa todo eso, hay que volver atrás, bastante atrás. Antes del avión, antes de fuerte Tiuna, antes de que el apellido Maduro significara poder, hay que empezar por un hombre joven sin dinero que se ganaba la vida conduciendo autobuses por las calles de Caracas.

 El hijo de un chóer de autobús el 9 de junio de 1988 en la jefatura civil de la parroquia El Valle en Caracas, un hombre de 25 años se casó con una mujer llamada Adriana Guerra Angulo. Una boda sencilla, civil, sin nada que anunciara lo que vendría. El novio no era nadie importante todavía. Ese hombre conducía autobuses del metro de Caracas.

 Antes de eso había tenido otros trabajos. En 1983, con apenas 20 años, había sido guardaespaldas de un candidato presidencial, José Vicente Rangel. Militaba en la izquierda venezolana desde que era casi un niño, desde los 12 años. Primero en una organización pequeña llamada Ruptura, después en la Liga Socialista.

 Y un detalle que sus biógrafos repiten siempre porque dice algo de él. En su juventud tocaba el bajo en una banda de rock. Se llamaba Enigma. Llegó a sonar en algunas emisoras locales de Caracas. Ese hombre era Nicolás Maduro Moros. Conviene quedarse un momento con esa imagen, porque después se vuelve casi imposible de recuperar un conductor de autobús, un músico aficionado, un militante de base.

Nada en la Venezuela de 1988 indicaba que ese hombre terminaría un día gobernando el país. Y sin embargo, esa biografía humilde fue después una herramienta política poderosísima. Maduro la usó durante años. La contó en discursos, en libros, en películas, en series de televisión producidas con dinero del Estado.

 El relato del hombre del pueblo, del chóer que llegó arriba, lo de El presidente obrero. El 21 de junio de 1990, también en Caracas, nació el único hijo de aquel matrimonio. Le pusieron Nicolás Ernesto. Y el matrimonio que lo trajo al mundo no duró. Maduro y Adriana Guerra se separaron alrededor de 1994. El niño tenía unos 4 años.

 Acá hay una figura que casi nunca aparece en esta historia y que merece su lugar. La madre Adriana Guerra Angulo. A diferencia de Silia Flores, la segunda esposa de Maduro que se convirtió en una de las mujeres más poderosas del chavismo, Adriana Guerra nunca se metió en política, nunca buscó un cargo, nunca apareció en la estructura del poder, mantuvo durante décadas un perfil tan bajo que casi no existen registros públicos de ella.

 No se conoce con exactitud ni su fecha de nacimiento. Su nombre solo aparece en la prensa cuando alguien repasa la vida privada de Maduro. Una mujer discreta, casi invisible, cuya única conexión con el poder fue precisamente el hijo que tuvo. Y ese hijo creció entre dos mundos que no podían ser más distintos. El mundo de su madre, silencioso, privado, alejado de todo foco, y el mundo de su padre, que en esos años empezaba a subir y a subir rápido, porque Maduro subió.

 subió de una manera que pocos políticos suben. Fue diputado, fue presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, fue canciller, ministro de Relaciones Exteriores, entre 2006 y 2012, viajando por el mundo, sentándose con jefes de estado. A finales de 2012, un Hugo Chávez, ya gravemente enfermo de cáncer lo señaló como su sucesor y lo nombró vicepresidente. Fue casi una unción.

Chávez, que para millones de venezolanos era una figura cercana a lo sagrado, dijo en cadena nacional que si algo le pasaba, el pueblo debía elegir a Maduro. El 5 de marzo de 2013, Hugo Chávez murió. Tres días después, el 8 de marzo, Nicolás Maduro fue juramentado como presidente encargado.

 En abril ganó las elecciones en un proceso muy ajustado y disputado que la oposición denunció, pero ganó. El conductor de autobús, el bajista de Enigma, el militante de base, se había convertido en el jefe de estado de Venezuela y entonces algo cambió para su hijo, algo enorme de un día para otro.

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