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15 CANCIONES OLVIDADAS de LOS 70 que ERAN BRUTALES

Un estallido de hard rock demoledor. La guitarra te pasa por encima con un groove que hoy sigue siendo  increíblemente contagioso.  Nosotros la poníamos al máximo volumen en las fiestas. ¿Sabías que cuando arrancaba nadie podía quedarse quieto?  De esta fiesta callejera bajamos directo a los sótanos  más oscuros del metal.

Número 13, Black Sabbath, Supern. Una pared de sonido aplastante. El hierro caliente derritiéndose sin piedad en tus parlantes.  Mientras todos escuchaban al hombre de hierro, los verdaderos fanáticos sabían que acá estaba la mística del reif definitivo.  Era tan perfecta que hasta el mismísimo Led Zeppelin se rindió públicamente ante esta obra maestra.

 Tony Yomi despliega una autoridad técnica inigualable, el sonido de la clase trabajadora transformado en una máquina de demolición. Tú cerrabas ojos y sentías como la estructura de la casa temblaba. exigía todo tu respeto. Esa pesadez industrial nos suelta de golpe en el asfalto caliente  de la ruta.

Número 12, Golden Earring, Radar Love.  El pulso acelerado del motor en la madrugada. Una advertencia oscura que te marca el carril rápido.  Fue un éxito mundial innegable, pero debajo del barniz comercial escondía una estructura brutal. se convirtió  en la banda sonora definitiva de la carretera gracias a esa clase rítmica que hipnotiza.

 Ese puente de batería y vientos le daba un honor y una épica que el rock de radio de la época no sabía cómo manejar.  Siempre la cantabas manejando. Te hacía sentir el dueño absoluto del asfalto a mitad de la noche  y de esa marcha solitaria en la carretera nos metemos de lleno en los callejones más peligrosos.

Número 11, Nazaret, Hair of the Dog. Un sonido pendenciero escupido directo  a la cara te avisa que te acabas de meter en el barrio equivocado.  Muchos los conocieron después  por sus baladas de amor, pero esto era pura autoridad callejera. El cantante se desgarra las cuerdas vocales creando una mística de peligro absoluto.

Ese uso de la tecnología para hacer hablar a la guitarra fue una genialidad que nadie debió olvidar jamás.  Nosotros la poníamos para sentirnos un poco más  duros. Era rebeldía sucia comprimida en 4 minutos.  Esa actitud pendenciera es la misma que alimentó a las leyendas  que estaban por venir.

Número 10, Budg Breadfan.  Una sierra eléctrica cortando metal a la mitad de la sala. El sonido crudo de una urgencia que no puede esperar.  Son el tesoro mejor guardado de los 70. Para el gran público fueron un one hit wonder, pero la brutalidad técnica  de esto hizo que Metáica los idolatrara y les hiciera versiones años después.

Una joya de fiereza oculta. Ese rif enloquecido sentó las bases para el thrash metal cuando el género ni siquiera tenía nombre.  Tú no podías creer los cambios de ritmo que metían. Era una lección de música pesada que exigía mucha atención.  Esa misma precisión de relojero nos lleva a la batalla más grande y pesada de la realeza del rock.

Número nueve, Led Zeppelin, a Chiles Last Stand.  Caballos de guerra bajando por la colina. El redoble más gigante que alguna vez se grabó en un estudio.  Pocos la pasan en la radio porque dura 10 minutos,  pero es la canción más pesada y épica de su historia. Mientras el cantante estaba en silla de ruedas por  un accidente, la banda armó esta mística de guerra sonora.

 Una cátedra de autoridad. Jimmy Page superpuso docenas de guitarras y John Bonham tocó como si el mundo se fuera a acabar esa tarde. ¿Sabías que esto no era solo música?  Era una experiencia mitológica. Te sentabas a escucharla en silencio absoluto.  Después de tanta guerra sonora, a veces hace falta un toque de locura pura para descomprimir.

Número ocho, Focus. Hocus, pocus.  Un machaque sólido y cuadrado. Todo parece estar en su lugar hasta que la realidad se quiebra por completo.  Fue un éxito rotundo en las radios y a la vez una de las canciones más enfermas y brutales de la historia. De la nada teclaban jodel, silvidos y solos de flauta que parecen salidos de un manicomio.

Demostraron que la clase técnica no tiene límites ni prejuicios. Es una genialidad absurda ejecutada a la perfección.  Nosotros nos reíamos al escucharla, pero sabíamos que había que ser unos músicos infernales para tocar así.  Si esta lista te está despertando recuerdos  que no sabías que tenías, suscríbete y quédate que ahora entramos a lo más oscuro.

Número siete, Rainbow Stargazer.  Una tormenta eléctrica rompiendo los cielos. El sonido inmenso de un baterista anunciando el apocalipsis.  Acá están Richie Blackmore y Ronnie James Dio, en su punto más alto de honor épico. Construyeron una mística de castillos, magia y esclavos que arrastran piedras envuelta en un sonido aplastante.

 Esa orquesta real grabada de fondo hace que brutal sea una palabra que le quede muy chica. Es una obra maestra titánica.  Cuando ponías este vinilo, la habitación entera se transformaba, te llevaba a otro mundo de un solo golpe. Toda esa mística medieval se rompe en pedazos cuando pisamos una pista de baile encendida.

Número seis, The Suite Ballroom Blitz.  Un pase de lista de safante y burlón.  La mecha encendida antes de que reviente la bomba de purpurina.  Los vendían como una bandita de pop inofensivo, pero ese ritmo de batería y esa energía punk rock estaban años adelantados a su tiempo.

 Era una pieza de autoridad festiva  que los críticos no supieron ver. Una explosión de decibelios basada en un hecho real cuando el público los echó de un escenario a botellazos.  Tú la bailabas sin culpa. Era la mezcla perfecta entre la fuerza del rock y el brillo descarado de la época. Esa energía descontrolada se vuelve más espesa  cuando los teclados reclaman su lugar.

Número cinco, Uría Hip, Easy Living.  El ronroneo mecánico de un motor viejo exigido al máximo. Un teclado que suena más amenazante que cualquier guitarra. Fueron un one hit wonder en much mercados, pero esta canción definió el hard rock británico. Esa mística de órgano pesado y voces en coro tenía una clase insuperable que los puso en el radar del mundo.

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