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Lola Beltrán: Lo Que Le Hizo Su Propio Sobrino a Su Hija Mientras Ella Triunfaba en París

 París, Madrid, Buenos Aires, Tokio, Moscú, Nueva York. Cantó en el Palacio de Bellas Artes. Fue la primera mujer de música ranchera que pisó ese escenario que antes solo había sido para la ópera. Cantó en el Carnegijol. Cantó en el Olimpia de París, ese teatro donde había cantado Edit Piaf, a la que Lola admiraba tanto que se le quebraba la voz al decir su nombre.

Yo te quiero contar algo que se contaba en los pasillos de la Chihuebliu, mi gente. Algo que las viejitas que trabajaban en aquella estación recordaron muchos años después. Decían que cuando Lola empezó, los productores la veían rarísima. Decían que Lola no era como las otras cantantes. Las otras cantantes llegaban arregladas como si fueran al baile, con pestañas postizas, con joyas con perfume.

 Lola llegaba sencilla, con su rebozo en los hombros, con el pelo recogido en chongo, con una libretita en la mano donde traía anotadas las canciones que se iba aprendiendo. Y decían que cuando Lola se ponía a cantar, los técnicos de la cabina se quedaban en silencio. Se les caía la cuchara del café, se les olvidaba que estaban grabando.

Porque esa voz, esa voz de contralto que subía y bajaba como si tuviera vida propia, esa voz no era de este mundo. Esa voz se sentía como si tu mamá te estuviera cantando una canción cuando eras niño. Esa voz te traía a la memoria a los muertos. Esa voz te recordaba al primer hombre que te rompió el corazón.

Esa voz te ponía a llorar antes de que entendieras la letra. En aquella época, mi gente, los grandes compositores mexicanos empezaron a buscarla. José Alfredo Jiménez quería de intérprete para sus canciones. Cu Sánchez le mandaba canciones inéditas. Tomás Méndez, el compositor de Cucurrucucu Paloma, dijo una vez en una entrevista que él había escrito la canción pensando que iba a ser para un mariachi de hombres y que la primera vez que escuchó a Lola interpretarla se quedó callado un minuto entero y después le dijo, “Esta

canción ya no es mía, es tuya. Llévatela.” y Lola se la llevó y la convirtió en un himno. La cantaron desde entonces todas las cantantes del mundo en todos los idiomas. Pero la de Lola, la versión original de Lola, esa nunca nadie la ha igualado. Había una relación especial, mi gente, entre Lola y los grandes compositores hombres de aquella época.

 Su propia hija María Elena, lo contó muchos años después en una entrevista a la prensa. Dijo que Lola había tenido una relación muy estrecha con Tomás Méndez, con José Alfredo Jiménez, con Cuco Sánchez, tres de los más grandes nombres de la canción ranchera mexicana. Tres hombres que escribían canciones de despecho, de traición, de borrachera, de amores imposibles.

 Y Lola era la voz que les daba vida. Sin Lola esas canciones se hubieran quedado escritas en un papel. Con Lola se volvieron eternas. Había también una conexión profunda con Salvador Novo. El poeta Salvador Novo le escribió canciones a Lola. Una de esas canciones, Cuenta perdida, está documentada en los archivos del propio Novo, con cartas escritas a mano por Lola en hojas de la aerolínea Western Airlines, fechadas en septiembre de 1970.

Esas cartas se guardan hoy en archivos universitarios. Son la prueba de que Lola tenía vida propia, vida secreta, vida de relaciones íntimas con los grandes de la cultura mexicana. Una vida que el público no veía, una vida que ocurría detrás del telón. Y mientras tanto, mi gente, mientras Lola se iba volviendo Lola, también se iba enamorando.

 Aquí entra el primer hombre importante de esta historia. Se llamaba Alfredo Lealcuri. Le decían el príncipe torero. Era hijo de un general del ejército mexicano y de una libanesa. Había nacido en 1930 y desde chiquito su papá lo había metido a los toros. Era guapo, era elegante, era el matador más codiciado de México. Tomó la alternativa a los 22 años.

 fue presidente de la Asociación de Matadores, Novilleros y Rejoneadores Mexicanos y además de torear le entraba al cine. Hizo películas como Tiempo de Morir, La fuerza del odio, hermanos de sangre. Era guapo de un guapo que ya no se hace, mi gente, de ese guapo de los años 60, con bigote fino, con traje impecable, con la mirada esa de hombre que sabe exactamente dónde está parado.

Lola y Alfredo se conocieron y fue como un terremoto. Se casaron y de ese matrimonio nació allá por los años 60 la única hija biológica que Lola tendría en toda su vida. Le pusieron María Elena Leal Beltrán. Yo te quiero contar cómo era ese matrimonio, mi gente, porque las revistas de la época lo pintaban como un cuento de hadas.

Lola, la grande casada con el príncipe torero, la cantante más famosa de México con el matador más elegante del país. Las fotos eran espectaculares, los dos vestidos siempre impecables. Ella con sus trajes de china poblana, él con su traje de luces o con sus trajes hechos a la medida.

 Salían en las portadas de cinema repórter, de vanidades, de TV y novelas. eran la pareja del momento, pero por dentro, mi gente, ya estaba pasando lo que pasa con dos estrellas casadas que tienen agendas imposibles. Lola se iba de gira un mes a Europa. Alfredo se iba a torear a España. Lola regresaba y Alfredo no estaba. Alfredo regresaba y Lola se acababa de ir.

Vivían como dos satélites en órbita. Se veían en los hoteles, se encontraban en los aeropuertos, se mandaban telegramas, pero su casa, su casa de Coyoacán, casi siempre estaba vacía y vino la infidelidad. Lo contó muchos años después Francisco Beltrán, el hermano menor de Lola. Dijo que Alfredo Leal había sido infiel a Lola, que esa fue la gota que derramó el vaso, que Lola, que era una mujer brava de Sinaloa, no perdonó.

 cerró la puerta, cortó por lo sano. Y aunque mantuvieron una relación cordial el resto de sus vidas, aunque siguieron siendo amigos hasta la muerte de Lola en 1996, el matrimonio se acabó. Alfredo se volvió a casar después, en 1985, con una abogada de origen judío llamada Susana Balk, y con ella tuvo otro hijo, Alfredo Lealbalk.

 Lola, en cambio, mi gente, Lola nunca se volvió a casar, nunca, ni una sola vez. Después del príncipe torero, Lola cerró ese capítulo y no volvió a abrirlo. Hubo rumores, claro, en los pasillos de Televisa se decía que Lola había tenido relaciones discretas con varios hombres a lo largo de los años, compositores, productores, empresarios, pero ninguno la llevó al altar, ninguno se quedó en su vida.

Lola Beltrán - Wikipedia

Lola, después de Alfredo, decidió que su vida iba a ser para la música y para su hija y para esos sobrinos a los que crió como hijos. Y eso fue todo. Te quiero que te quedes con ese nombre. María Elena Leal, una niña que nació siendo la heredera de la mujer más famosa del guapango y del torero más elegante del país.

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