El supermercado cerró en 2019. Una cadena regional que no aguantó la competencia de los grandes, las deudas con los proveedores, la caída de clientes que preferían irse al Walmart de la carretera. bajó la cortina un viernes por la tarde. Los empleados se llevaron sus cosas en bolsas de plástico.
El dueño puso un candado y el edificio se quedó ahí en una avenida principal de un municipio de Jalisco, con el letrero todavía colgando, los carritos de compras oxidándose en el estacionamiento y los anaqueles vacíos visibles a través de los vidrios sucios de la fachada. 3 años vacío, 3 años juntando polvo, graffiti en las paredes, vidrios rotos, basura que el viento metía por las rendijas.
Los vecinos se acostumbraron a verlo como parte del paisaje urbano deteriorado de la zona. Otro negocio que tronó, otro local abandonado, otro pedazo de ciudad que nadie reclama hasta que alguien sí lo reclamó. Los marinos que entraron a las 4 de la mañana un miércoles esperaban encontrar un punto de almacenamiento de drogas.
La inteligencia indicaba que el edificio del supermercado abandonado estaba siendo utilizado por el CJNG como bodega. Esperaban paquetes, esperaban estivas, esperaban droga apilada en los pasillos donde antes había latas de frijoles y botellas de aceite. Lo que encontraron fue diferente y peor, mucho peor. Los anaqueles seguían vacíos. Los pasillos seguían polvorientos.

La sección de frutas y verduras seguía con sus estantes de plástico verde desteñido por el sol que se filtraba por los tragalces del techo. Pero la sección de congelados, la que está al fondo de todos los supermercados, detrás de la carnicería y la cremería, esa sección había sido transformada. Los congeladores industriales, esas vitrinas horizontales con tapa de vidrio donde se exhiben las bolsas de verduras congeladas, las pizzas, los helados, seguían ahí 18 congeladores en fila, [música] desconectados obviamente desde
que el supermercado cerró, con los vidrios empañados por dentro, con los cables de corriente enrollados y colgando de las agarraderas, parecían lo que eran congeladores abandonados en un supermercado abandonado. Los marinos los abrieron. Dentro de los congeladores no había pizzas. Había rifles, pistolas, granadas, municiones, chalecos antibalas, equipo táctico, radios de comunicación, visores nocturnos, todo metido dentro de los congeladores como si fueran productos en exhibición, organizados por tipo, envueltos en
plástico y tela para protegerlos de la humedad, acomodados con el mismo cuidado con el que un empleado de supermercado acomodaría los productos en el estante. 18 congeladores, cada uno con su contenido. Rifles AR15 en los primeros tres. Rifles AK47 en los siguientes dos, pistolas de diferentes calibres en el sexto y el séptimo, granadas y explosivos en el octavo, separados del resto por razones obvias de seguridad.
Municiones en el noveno y el décimo, organizadas por calibre en cajas de plástico etiquetadas, chalecos antibalas y cascos en el undécimo y duodécimo. Equipo de comunicación en el 1ercero, visores nocturnos y equipo óptico en elo. Y los últimos cuatro congeladores contenían algo que los marinos no esperaban.
Componentes de drones, motores, hélices, cámaras, baterías, controles remotos y armazones de drones de diferentes tamaños, algunos ya ensamblados y otros en piezas, listos para ser armados. un supermercado convertido en arsenal, congeladores convertidos en estantes de armas y componentes de drones de combate almacenados donde antes había helados de chocolate.
Pero el supermercado no estaba abandonado del todo. Porque cuando los marinos terminaron de revisar la sección de congelados y se movieron hacia la parte trasera del edificio, hacia la zona que en un supermercado normal es el almacén, la cámara de refrigeración, la oficina del gerente y el andén de descarga, encontraron que esa zona había sido completamente remodelada y ahí estaban 84 personas, 84 operadores del CESCO NG viviendo en la trastienda de un supermercado abandonado.
El almacén había sido convertido en dormitorio. La cámara de refrigeración, que ya no refrigeraba, era un cuarto de operaciones con mesas, computadoras, mapas en las paredes y un sistema de comunicaciones por radio. La oficina del gerente era la habitación del jefe de la célula y el andén de descarga donde antes los camiones de proveedores dejaban la mercancía era ahora el punto de entrada y salida de vehículos del CJNG que llegaban de noche a cargar armas, dejar suministros y rotar personal. 84 personas. Es el número más
alto de detenidos en un solo punto que hemos cubierto en este canal. más que los 76 del taller de blindaje de Guadalajara, más que los 63 de la bodega de Ecatepec, 84 personas operando desde un supermercado que los vecinos creían vacío y lo que encontraron en la antigua cámara de refrigeración, lo que había en las computadoras, lo que revelan los interrogatorios sobre la función de este punto dentro de la estructura del CJNG en Jalisco, es lo que te vine a contar.
Quédate porque este caso tiene implicaciones que van mucho más allá de un arsenal en unos congeladores. El municipio donde estaba el supermercado forma parte de la zona metropolitana de Guadalajara. No voy a dar el nombre exacto por razones de seguridad operativa. Es un municipio denso, de clase media baja, con avenidas comerciales que mezclan tiendas de ropa, ferreterías, papelerías, farmacias, bancos y los locales vacíos que dejó la crisis económica de los últimos años.
Es el tipo de municipio donde caminas por una avenida y cuentas tres negocios abiertos por cada dos cerrados, donde los letreros de se renta y se vende son tan comunes como los de abierto. En ese contexto, un supermercado cerrado no llama la atención. Es uno más en la lista de negocios que no sobrevivieron. Los vecinos pasan frente a él todos los días camino al trabajo, camino a la escuela, camino al mercado.
Lo ven sin verlo. Se volvió invisible por familiar. Y esa invisibilidad es exactamente lo que el CJNG buscaba. La inteligencia que llevó a los marinos hasta el supermercado empezó con algo que parece sacado de una película de espías, Un paquete extraviado. Un servicio de mensajería nacional entregó por error un paquete destinado al supermercado abandonado en una dirección equivocada, una casa particular a dos cuadras de distancia.
El destinatario del paquete en la casa, confundido porque él no había pedido nada, lo abrió. Adentro había componentes electrónicos que no pudo identificar, circuitos, sensores, un módulo de GPS. Intrigado, llamó a la empresa de mensajería para reportar el error. La empresa verificó la dirección de entrega original.
Era el supermercado abandonado. El dato llegó por canales que la marina no ha revelado a los analistas de inteligencia naval. un paquete con componentes electrónicos dirigido a un supermercado que se supone está cerrado. Raro, suficientemente raro como para investigar. Y aquí quiero detenerme a reconocer al ciudadano que reportó el paquete porque pudo haberlo tirado a la basura, pudo haberlo ignorado, pudo haber dicho, “No es mi problema” y seguir con su vida.
En cambio, llamó a la empresa de mensajería. reportó el error y esa llamada puso en marcha una cadena de investigación que terminó con el desmantelamiento de una base del CJ y la detención de 84 personas. Un ciudadano que hace una llamada, una llamada que salva una investigación que salva vidas. Es el mismo patrón que vemos en muchos de los casos que hemos cubierto.
La persona común que decide hacer algo en lugar de mirar para otro lado. El albañil que golpea el suelo y escucha un eco. El pescador que ve una estructura donde no debería haber ninguna. El agente de tránsito que nota que una puerta de camioneta pesa más de lo que debería. Y ahora un vecino que recibe un paquete equivocado y llama para reportarlo.
La inteligencia ciudadana, la información que proporcionan personas comunes en el curso de su vida cotidiana es una herramienta de combate al narcotráfico que México subutiliza de manera criminal. Hay millones de ojos en las calles, millones de personas que ven cosas raras y no saben a quién reportarlas, que notan actividad sospechosa en el edificio de al lado y no tienen un canal seguro para comunicarlo, que quisieran ayudar, pero tienen miedo de que su denuncia los exponga.
Crear canales seguros y anónimos para la inteligencia ciudadana debería ser prioridad nacional. Líneas telefónicas donde puedas reportar sin dar tu nombre. aplicaciones móviles con cfrado de extremo a extremo donde puedas enviar una foto o una ubicación sin que nadie pueda rastrearte. Mecanismos que protejan al denunciante y que le den confianza de que su información va a ser utilizada sin ponerlo en riesgo.
Nada de eso existe de manera funcional hoy en México y mientras no exista, los paquetes extraviados van a seguir siendo la única forma de descubrir lo que hay dentro de los supermercados abandonados. Los analistas revisaron los registros de la empresa de mensajería y encontraron que la dirección del supermercado había recibido docenas de paquetes en los últimos meses.
Paquetes de diferentes remitentes de diferentes ciudades con diferentes contenidos declarados, equipo deportivo, herramientas industriales, material de oficina, equipo electrónico. Todos entregados en el supermercado que según los registros municipales estaba abandonado y no tenía actividad comercial. Eso fue suficiente para activar la vigilancia.
Los marinos desplegaron equipos de observación que monitorearon el supermercado durante semanas y lo que documentaron confirmó que el edificio estaba lejos de estar abandonado. De noche, vehículos entraban por el andén de descarga trasero. Personas se movían dentro del edificio, visibles a través de los tragaluces del techo cuando encendían luces internas.
Y los paquetes de mensajería seguían llegando, recibidos por personas que abrían brevemente una puerta lateral y desaparecían de nuevo dentro del edificio. El patrón era claro. El supermercado abandonado era una base del CJNG que operaba con un nivel de discreción que la hacía casi indetectable. Si no hubiera sido por un paquete entregado en la dirección equivocada, los marinos probablemente nunca habrían investigado ese edificio.
Un error de mensajería, un paquete extraviado, el tipo de casualidad que decide el curso de una investigación. Se autorizó el operativo. Los marinos rodearon el edificio de madrugada cubriendo todos los accesos, la entrada principal del supermercado, la puerta lateral, el andén de descarga trasero y las salidas de emergencia.
Un helicóptero proporcionaba vigilancia aérea y a las 4 en punto entraron simultáneamente por tres puntos. Antes de contarte cómo se desarrolló el asalto, quiero hablar de cómo el CJNG adquirió el supermercado, porque esa parte de la historia revela un modus operandi que se repite en todos los casos de infraestructura criminal que hemos cubierto.
El supermercado era propiedad de un empresario local que al cerrar el negocio se quedó con un inmueble que no podía vender porque nadie quería comprar un supermercado en una zona donde los supermercados fracasan. Lo puso en venta. Pasaron meses sin oferta. Lo puso en renta, más meses sin interesados. Mientras tanto, pagaba predial, pagaba cuota de mantenimiento del estacionamiento, pagaba agua, pagaba impuestos sobre un inmueble que no generaba un centavo de ingreso.
El edificio se estaba comiendo su capital. Entonces apareció un interesado, una persona que se presentó como representante de una empresa de logística que necesitaba un espacio grande para almacenar mercancía. ofreció rentar el inmueble por debajo del precio de mercado, pero pagando un año de renta por adelantado. En efectivo, el dueño, agotado por los gastos de un edificio vacío, aceptó sin hacer muchas preguntas, firmó el contrato, recibió el dinero y dejó de preocuparse por el supermercado.
Hay un dato sobre la transacción que me parece relevante. El contrato de arrendamiento se firmó ante notario público, un notario que, según las primeras investigaciones no verificó la autenticidad de la documentación de la empresa arrendataria más allá de lo que la ley mínimamente exige. El RFC existía, el acta constitutiva existía, el representante legal tenía una identificación que parecía legítima.
Todo en papel estaba bien. Que la empresa fuera una fachada del CJNG, que su único propósito fuera rentar inmuebles para uso criminal, que el dinero del adelanto fuera producto del narcotráfico, nada de eso aparece en los papeles. Y el notario, cuya función es dar fe pública de que los documentos están en orden, no tiene la obligación ni la capacidad de investigar si una empresa es real o es una pantalla.
Eso plantea un problema legal interesante. ¿Debería el notario haber detectado algo? ¿Tiene responsabilidad por haber formalizado un contrato que facilitó la instalación de una base del narcotráfico? La respuesta legal es complicada, pero la respuesta práctica es que el sistema notarial mexicano, que da fe de miles de transacciones al día, funciona con un nivel de verificación que es insuficiente para detectar operaciones del crimen organizado.
Un CJNG con documentación falsa de buena calidad puede rentar, comprar o adquirir cualquier inmueble en México pasando por todos los filtros legales sin que ninguno lo detenga. La solución requiere modernizar el sistema de verificación de identidad empresarial en México. Conectar los registros notariales con las bases de datos de inteligencia financiera.
Alertar automáticamente cuando una empresa recién creada renta un inmueble grande pagando en efectivo. Cruzar datos del SAT con datos del registro público de la propiedad para detectar patrones de adquisición sospechosos. Todo eso es técnicamente posible con la tecnología actual, pero implementarlo requiere reformas legales, inversión en sistemas informáticos y voluntad política para enfrentar a un sistema notarial que en muchos estados opera con la opacidad que conviene a sus usuarios.
No volvió a pisar el edificio en más de un año. Cuando los marinos lo contactaron después del operativo, dijo que no tenía idea de lo que pasaba dentro. Puede ser cierto. Un propietario que cobra su renta y no visita su propiedad no tiene por qué saber lo que su inquilino hace ahí. Pero la facilidad con la que el CJNG pudo acceder a un edificio de más de 1000 m² en una avenida comercial, pagando en efectivo a un propietario desesperado, demuestra lo simple que es para el crimen organizado conseguir infraestructura urbana en México. Solo necesitas dinero y dinero
es lo que al CJNG le sobra. Ahora bien, las armas que había en los congeladores también tienen una historia de origen que vale la pena explorar. Los peritos están rastreando los números de serie de las 147 armas largas y las 53 armas cortas decomizadas. Los resultados preliminares indican que la mayoría provienen de Estados Unidos, como es habitual, pero hay un lote de rifles que llamó la atención de los investigadores porque tenían características que sugieren un origen diferente, posiblemente armas de fabricación
europea o de Europa del Este que podrían haber llegado a México por una ruta que no es la frontera norte. Ese dato, si se confirma, abriría una línea de investigación sobre rutas alternativas de tráfico de armas hacia México. La ruta tradicional es por la frontera con Estados Unidos, pero si el SEO ONG está importando armas de Europa o de otras fuentes a través de puertos marítimos o de la frontera sur, eso significa que la diversificación de su cadena de suministro de armamento ha avanzado más de lo que se pensaba. La resistencia fue
mínima. El equipo de seguridad del CJNG, que estaba concentrado en la zona del andén trasero, fue sorprendido por la entrada simultánea desde la fachada. Algunos intentaron huir por las salidas de emergencia, pero fueron interceptados por los cordones que los marinos habían establecido.
En menos de 20 minutos, los 84 ocupantes del supermercado estaban sometidos, esposados y sentados en filas en el estacionamiento mientras los equipos de registro empezaban a recorrer el edificio. Ahora voy a contarte lo que encontraron zona por zona, porque el supermercado había sido transformado de una manera que revela un nivel de planificación y de inversión que supera a muchos de los casos que hemos cubierto.
La zona de ventas, la parte del supermercado que el público veía cuando estaba abierto con sus pasillos de anaqueles y sus cajas registradoras fue la que menos había cambiado. Los anaqueles seguían ahí vacíos, cubiertos de polvo. Las cajas registradoras seguían en su lugar. Los carritos de compras estaban apilados en una esquina. Era el escenario perfecto de un supermercado abandonado, mantenido intencionalmente para que cualquiera que se asomara por los vidrios de la fachada viera exactamente lo que esperaba ver.
Un local comercial muerto. Pero si mirabas con más atención, había detalles que delataban la ocupación. Las cámaras de seguridad del supermercado, las que estaban instaladas cuando el negocio operaba, habían sido reactivadas. Los cables que antes iban al sistema de grabación del supermercado ahora iban hacia la trastienda, donde alimentaban los monitores del centro de operaciones del CJNG.
Las cámaras que antes vigilaban a los clientes para prevenir robos, ahora vigilaban la calle para prevenir operativos policiales. Mismas cámaras, diferente propósito y los congeladores. Los 18 congeladores de la sección de productos congelados que ahora contenían el arsenal. Los peritos que inspeccionaron los congeladores quedaron impresionados por la lógica del sistema de almacenamiento.
Los congeladores industriales de un supermercado son contenedores herméticos diseñados para mantener temperaturas bajas y constantes. Eso significa que también son excelentes para mantener un ambiente seco y controlado cuando están desconectados. Las juntas de goma de las tapas sellan el interior, protegiendo el contenido de la humedad, el polvo y la temperatura ambiente.
Son, en esencia cajas fuertes de vidrio y acero inoxidable. Quiero profundizar en la innovación que representan los congeladores como sistema de almacenamiento de armas, porque me parece que es uno de los aspectos más ingeniosos y más preocupantes de este caso. Los congeladores de un supermercado tienen varias características que los hacen ideales para almacenar material militar.
Primera, son discretos, están donde se espera que estén. Un congelador en un supermercado es tan normal como una silla en una sala. Nadie lo mira dos veces. Nadie se pregunta qué hay dentro si la tapa está cerrada y el vidrio está empañado. Segunda, son modulares. Puedes organizar tu arsenal por tipo de arma asignando un congelador diferente a cada categoría, exactamente como el supermercado organizaba sus productos: congelador de verduras, congelador de carnes, congelador de helados, solo que ahora es congelador de rifles,
congelador de pistolas, congelador de granadas. Tercera, son transportables. Si necesitas mover el arsenal, puedes desconectar un congelador, cargarlo en un camión con un montacargas y llevártelo a otro lugar con todo su contenido intacto. Es un arsenal portátil disfrazado de electrodoméstico. Y cuarta, la más astuta.
Son registrables sin generar sospecha. Si alguien entra al supermercado y abre la tapa de un congelador, ve lo que parece ser un congelador lleno de bultos envueltos en plástico. A primera vista podrían ser bolsas de verduras congeladas cubiertas de escarcha. Necesitas mirar con atención, tocar los bultos, sentir el peso para darte cuenta de que lo que hay dentro no son chicharos congelados, sino rifles de asalto envueltos en tela aceitada.
La forma de los paquetes, deliberadamente amorfa, estaba diseñada para que una inspección visual superficial no revelara el contenido. Los marinos que abrieron los congeladores sabían lo que estaban buscando. Tenían la inteligencia previa. Pero un inspector municipal que entrara a revisar el estado del inmueble probablemente habría abierto una tapa, habría visto bultos, habría pensado mercancía abandonada y habría seguido de largo.
El camuflaje funcionaba en múltiples niveles. El edificio parecía abandonado, el interior parecía un supermercado muerto y los congeladores parecían contener restos de mercancía congelada. capa sobre capa de apariencia falsa protegiendo un arsenal que podía equipar a un ejército. El CJNG agregó una capa adicional de protección, bolsas de gel de silice dentro de cada congelador para absorber la humedad residual.
Las armas estaban envueltas en tela aceitada y dentro de bolsas de plástico selladas. Las municiones estaban en sus cajas originales, selladas con cinta de embalar. Los componentes electrónicos de los drones estaban en bolsas antiestáticas del tipo que se usa para transportar componentes de computadora. Todo pensado para preservar el material en condiciones óptimas durante periodos prolongados de almacenamiento.
Los peritos contaron el arsenal completo. El inventario final incluía 147 rifles de asalto de diferentes modelos, 53 pistolas, 21 granadas de fragmentación, siete lanzagranadas de un solo uso, más de 80.000 1000 cartuchos de munición de diversos calibres, 32 chalecos antibalas, 22 cascos tácticos, 18 visores nocturnos, 15 radios de comunicación encriptada y los componentes para ensamblar aproximadamente 30 drones, de los cuales ocho estaban completamente armados y listos para volar.
Quiero poner esos números en perspectiva. 147 rifles de asalto. El ejército mexicano tiene batallones de infantería con menos rifles que eso. Un batallón de infantería ligera tiene entre 300 y 500 efectivos, no todos armados con rifles de asalto. Un contingente significativo porta armas secundarias, de apoyo o de uso específico.
Que un arsenal en un supermercado de Jalisco tenga 147 rifles de asalto, significa que el CJNG tenía en un solo punto suficientes rifles para equipar a una unidad militar de tamaño respetable. Los 80,000 cartuchos de munición son otro dato que requiere contexto. En un enfrentamiento típico, un combatiente puede disparar entre 100 y 300 cartuchos.
Con 80,000 cartuchos tienes munición para entre 260 y 800 combatientes en un enfrentamiento. O visto de otra manera, tienes munición para sostener una serie de enfrentamientos a lo largo de semanas sin necesidad de reabastecimiento. Es una reserva de guerra, no la dotación de un grupo que va a una operación puntual. Los 32 chalecos antibalas y los 22 cascos tácticos hablan de una fuerza que no solo ataca, sino que se protege.
Los 18 visores nocturnos hablan de una fuerza que opera de noche con la misma eficacia que de día. Y los 15 radios de comunicación encriptada hablan de una fuerza que se coordina con la seguridad de que sus comunicaciones no pueden ser interceptadas por las autoridades. Cada pieza de equipo cuenta una historia.
Los visores nocturnos, por ejemplo, son equipo controlado que en México solo pueden poseer legalmente las fuerzas armadas y las corporaciones de seguridad autorizadas. Que el CJNG tenga 18 de ellos en un congelador de supermercado significa que alguien los compró, los importó o los robó de un inventario militar.
Los analistas están rastreando su origen. Si provienen de un robo a instalaciones militares, la implicación es gravísima. Si fueron comprados en el mercado negro internacional, la cadena de suministro de equipo militar del CJNG es más sofisticada de lo que se pensaba. Y si fueron importados directamente de un fabricante extranjero, hay una empresa en algún país que le está vendiendo equipo militar a un cártel mexicano.
Los drones merecen una atención especial porque su presencia en el arsenal amplía la lectura del caso. El CJNG ha estado usando drones de combate con cada vez mayor frecuencia. Drones que llevan explosivos y los dejan caer sobre objetivos. Drones de vigilancia que monitorean movimientos de fuerzas de seguridad. Drones de reconocimiento que mapean territorios antes de operaciones.
Los componentes encontrados en los congeladores del supermercado incluían motores de alta potencia, cámaras de alta definición, módulos de GPS y lo que los peritos identificaron como mecanismos de liberación de carga. los dispositivos que permiten al drone soltar un explosivo en vuelo. Quiero profundizar en los drones porque lo que encontraron en el supermercado revela que el programa de drones del CJNG ha alcanzado un nivel de madurez que debería alarmar a cualquiera que entienda de guerra moderna.
De los ocho drones completamente ensamblados, los peritos identificaron tres tipos diferentes. El primero era un drone de vigilancia, pequeño, silencioso, con una cámara de alta definición y un módulo de transmisión de video en tiempo real diseñado para volar sobre una zona y enviar imágenes a un operador que podía estar a varios kilómetros de distancia.
Es el ojo en el cielo del CJ, la capacidad de ver lo que pasa en un área sin estar físicamente ahí. El segundo tipo era un dron de carga media más grande, con cuatro motores potentes y un chasis reforzado. Este dron tenía adaptado un mecanismo de liberación que consistía en una pinza electromagnética controlada por el operador.
El dron carga un objeto, vuela hasta el punto designado y el operador activa la liberación. El objeto cae. Si el objeto es un explosivo improvisado, el resultado es un bombardeo aéreo de precisión ejecutado por control remoto. Es la versión narco de un ataque con drones como los que usan los ejércitos modernos en Medio Oriente, solo que en lugar de un predator de millones de dólares, es un dron comercial modificado que cuesta unos miles de pesos.
El tercer tipo era el más perturbador, un dron FPB de los que se controlan con gafas de realidad virtual que le muestran al operador lo que la cámara del drone ve en primera persona. Los drones FPB se hicieron famosos en la guerra de Ucrania, donde ambos bandos los usan como armas suicidas. El drone carga un explosivo, el operador lo guía visualmente hasta el objetivo y lo estrella contra él.
Es un misil guiado por control remoto que cuesta menos que una cena para dos en un restaurante de Guadalajara. Que el CJNG tenga drones FPV de combate almacenados en los congeladores de un supermercado de la zona metropolitana de Guadalajara es un dato que debería estar en primera plana de todos los periódicos del país, porque significa que el cártel tiene la capacidad de ejecutar ataques con drones suicidas en una zona urbana, contra un convoy militar, contra una patrulla de policía, contra un vehículo blindado, contra la casa de un rival, contra
cualquier objetivo. que pueda ser alcanzado por un aparato que vuela a 100 km porh y que es prácticamente indetectable hasta que es demasiado tarde. Los nueve técnicos de drones detenidos en el supermercado representan una capacidad técnica que el CJ ANG ha cultivado durante años. Varios de ellos tenían canales de YouTube donde publicaban bajo pseudónimos videos de vuelos de drones recreativos.
Aprendieron en el mundo civil y trasladaron sus habilidades al mundo criminal. Es transferencia de conocimiento que ocurre de manera natural en una sociedad donde la tecnología de drones es accesible, barata y fácil de aprender. Cualquier adolescente con un dron de juguete y acceso a internet puede aprender a volar.
El paso de volar un drone recreativo a volar un drone con explosivos es un paso técnico pequeño y un paso moral enorme. Pero para el CJNG el paso moral no existe. El supermercado era un depósito de armas convencionales y de componentes para guerra aérea con drones. La combinación habla de una capacidad militar cada vez más sofisticada, un ejército con fusiles, granadas, visores nocturnos, comunicación encriptada y drones de combate.
No, un grupo de delincuentes con pistolas, un ejército. Ahora vamos a la trastienda, porque lo que había ahí es lo que transforma este caso de un decomiso de armas a algo mucho más significativo. La antigua cámara de refrigeración del supermercado, un espacio de unos 50 m² con paredes de acero inoxidable y aislamiento térmico que la hacía prácticamente insonorizada, había sido convertida en un centro de operaciones y comunicaciones.
Las paredes de acero inoxidable tenían mapas pegados con cinta, mapas de la zona metropolitana de Guadalajara con puntos marcados en rojo y azul, mapas de carreteras de Jalisco con rutas trazadas a plumón y un mapa del municipio donde estaba el supermercado con direcciones de casas y negocios señalados con alfileres de colores. Los alfileres rojos, según determinaron los investigadores al cruzar la información con bases de datos, correspondían a domicilios de policías municipales, estatales y federales que vivían en la zona. Los alfileres azules
correspondían a negocios que pagaban cuota al CJNG. Los alfileres verdes correspondían a puntos de distribución de droga al menudeo y los alfileres amarillos correspondían a lo que los operadores llamaban objetivos, cuya naturaleza exacta los investigadores todavía están determinando. Ese mapa es inteligencia pura.
El CJNG tenía fichados a los policías de la zona. Sabía dónde vivían. Sabía a qué hora salían de su casa. Sí. Sabía qué ruta tomaban para ir a su trabajo. Esa información se usa para dos cosas. para comprarlos o para matarlos. El policía que acepta el soborno es útil y se le deja en paz. El policía que se niega es un riesgo y se le pone un alfiler rojo en el mapa.
La implicación es aterradora. Cada policía de ese municipio que tenía un alfiler rojo en el mapa del supermercado vivía con una amenaza encima sin saberlo. Quiero que dimensiones lo que significa ese mapa para los policías que aparecen en él. Imagina que eres policía municipal, ganas 10,000 pesos al mes, sales de tu casa a las 6 de la mañana, caminas hasta la parada del camión, llegas a tu base, te pones tu uniforme, sales a patrullar, regresas a las 8 de la noche, cenas con tu familia, te duermes y no sabes que a 15 cuadras de tu casa, en un
supermercado que crees abandonado, hay un mapa con tu nombre, tu dirección, tu horario, tu ruta al trabajo y un alfiler rojo clavado sobre tu casa. Los investigadores encontraron más de 30 alfileres rojos en el mapa, 30 policías fichados con fotografías de vigilancia tomada sin su conocimiento, pegadas al lado de sus alfileres.
Fotos de ellos saliendo de sus casas, fotos de ellos en sus patrullas, fotos de sus familias, la esposa que sale a comprar tortillas, los hijos que van a la escuela, todo documentado, todo fichado, todo listo para ser usado. Y el cártel decide que ese policía es un problema que hay que resolver.
Las autoridades notificaron a los policías que aparecían en el mapa. Algunos pidieron traslado inmediato, otros pidieron protección, otros renunciaron y otros probablemente llamaron al CJNG para preguntar si todavía estaban a tiempo de aceptar el soborno que habían rechazado antes. Porque cuando te enteras de que el narco sabe dónde viven tus hijos, la línea entre valentía y estupidez se vuelve muy fina.
Ese mapa es la herramienta de coersión más eficaz que tiene el crimen organizado. No necesitan amenazar a un policía con palabras. Solo necesitan que sepa que saben dónde vive, que sepan que lo vigilan, que sepan que pueden llegar a él cuando quieran. La información es la amenaza. Y la amenaza, cuando es creíble es tan efectiva como la violencia misma.
Las computadoras del centro de operaciones contenían información que los analistas de inteligencia están procesando con carácter de urgencia. Registros de comunicaciones por radio encriptada con otras células del CJNG en Jalisco. Registros financieros de las operaciones de la célula. Pagos a informantes, compras de armas, pagos de cuotas a la cadena de mando del cártel, fotografías de vigilancia de personas y lugares y lo que una fuente cercana a la investigación describió como un directorio de operaciones que abarca media zona metropolitana de Guadalajara.
Si esa información se explota correctamente, el decomiso del supermercado podría llevar al desmantelamiento de toda la red del CJNG en el municipio y posiblemente en municipios adyacentes. Es el tipo de inteligencia que rara vez se obtiene de un solo operativo y que puede generar una cascada de detenciones y de comisos si se trabaja con la velocidad y la confidencialidad que requiere.
Pero hay un riesgo con esa inteligencia que me parece importante señalar. Las computadoras contenían información sobre policías corruptos que colaboran con el CJ. Si esa información se filtra, si llega a las personas equivocadas antes de que las autoridades puedan actuar, los policías corruptos van a huir, a destruir evidencia, a cambiar de teléfono, a desaparecer y la oportunidad de desmantelar la red de corrupción policial se pierde.
La confidencialidad en el manejo de la inteligencia obtenida es tan importante como la inteligencia misma. y en un sistema institucional mexicano donde las filtraciones son la norma, proteger esa información va a ser un desafío monumental. También quiero hablar de algo que este caso revela sobre la estrategia territorial del CJ en zonas urbanas.
El supermercado no era un punto aislado, era un nodo dentro de una red de infraestructura urbana que el cártel ha construido en la zona metropolitana de Guadalajara a lo largo de varios años. Talleres de blindaje en polígonos industriales, bodegas de distribución en parques empresariales, casas de seguridad en colonias residenciales y ahora bases militares en supermercados abandonados.
La estrategia es la dispersión. En lugar de concentrar sus operaciones en un solo punto grande que sería fácil de detectar y golpear, el CJNG distribuye sus funciones en múltiples puntos pequeños y medianos distribuidos por toda la zona metropolitana. Las armas en un lugar, la droga en otro, las comunicaciones en otro, los dormitorios en otro.
Cada punto cumple una función específica y está conectado con los demás a través de una red de comunicaciones y logística que los investigadores están tratando de mapear. Es la misma lógica que usan las redes terroristas en Europa y Medio Oriente. Células dispersas, autosuficientes, conectadas por comunicación, pero operativamente independientes.
Si cae una célula, las demás siguen funcionando. Si descubren un punto, los otros permanecen ocultos. es resiliencia organizacional aplicada al crimen urbano y combatirla requiere inteligencia de red, la capacidad de ver el mapa completo en lugar de los puntos individuales, que es precisamente lo que las computadoras del supermercado podrían proporcionar si se trabajan bien.
El supermercado también revela algo sobre el horizonte temporal del CJ, una organización que establece una base permanente en una zona urbana con dormitorio, comedor, taller de drones, centro de operaciones y arsenal. No está pensando en el corto plazo, está pensando en años. está invirtiendo en infraestructura que va a usar durante mucho tiempo.
Está construyendo una presencia que va más allá del operativo puntual. está plantando raíces y esas raíces son las más difíciles de arrancar porque no se trata de cerrar un supermercado, se trata de desmantelar una presencia que se ha integrado en el tejido urbano de la ciudad, que tiene ojos en cada esquina, que sabe dónde viven los policías, que tiene cámaras en las calles, que conoce las rutas, los horarios, los hábitos de la comunidad, que se ha vuelto parte del barrio, invisible, pero omnipresente, como una sombra que camina contigo sin que la
veas. Hablemos de los 84 detenidos, porque el número en sí es llamativo y el perfil del grupo revela cómo el CJ TNG estructura sus fuerzas en una zona urbana. De los 84, 41 eran personal de seguridad y vigilancia. 41. Casi la mitad del grupo eran guardias, vigías, patrulleros y personal de reacción rápida.
El nivel de seguridad que el CJNG asignó a este punto habla de la importancia que le daban al arsenal almacenado en los congeladores y a la información que guardaban en el centro de operaciones. 12 eran operadores del centro de comunicaciones y operaciones, personas que monitoreaban las radios, analizaban información, coordinaban con otras células y mantenían actualizado el mapa de alfileres que tenían en la pared.
Eran los analistas de inteligencia del CJNG. gente que en un contexto diferente estaría trabajando en el departamento de análisis de una empresa de seguridad privada o en una agencia de inteligencia gubernamental. Nueve eran técnicos de drones, personas que ensamblaban, programaban, probaban y operaban los drones de combate y vigilancia del CJNG.
Algunos tenían formación en electrónica o en sistemas computacionales. Otros eran autodidactas que habían aprendido a manejar drones con tutoriales de YouTube y práctica. El CJNG tiene un programa de formación de operadores de drones que funciona como un taller de robótica clandestino.
Los novatos aprenden a ensamblar drones con los componentes disponibles, a programar rutas de vuelo, a operar las cámaras y eventualmente a adaptar los drones para aportar y liberar cargas. explosivas. Ocho eran personal de logística, las personas que coordinaban la recepción de paquetes de mensajería con componentes y equipo, que organizaban el inventario del arsenal en los congeladores y que preparaban los envíos de armas y equipo hacia otras células que los necesitaban.
y 14 eran lo que los investigadores clasifican como personal de apoyo. Cocineros que alimentaban al grupo, personas que hacían limpieza y mantenimiento del edificio, conductores que transportaban personal y material y un par de individuos cuya función específica aún no se ha determinado. La vida dentro del supermercado tenía una rutina que los detenidos describieron con una monotonía que contrasta con la gravedad de lo que hacían.
Se levantaban temprano, desayunaban en el antiguo comedor de empleados del supermercado, que había sido rehabilitado con una estufa, un refrigerador funcional y mesas. Después de desayunar, cada quien iba a su puesto, los guardias a sus posiciones, los técnicos de drones al área de ensamblaje que habían montado en la sección de electrodomésticos del supermercado, los operadores de comunicaciones al centro de operaciones en la cámara de refrigeración, los logísticos a revisar el inventario.
[música] A mediodía se juntaban a comer. Por la tarde, los que no estaban de turno veían televisión, jugaban cartas, hacían ejercicio en un pequeño gimnasio improvisado que habían montado en la sección de muebles de jardín con pesas fabricadas con latas de cemento y tubos de acero.
Y por la noche, los que tenían turno nocturno se iban a sus posiciones y los demás a dormir en el almacén convertido en dormitorio. Parecía un cuartel militar y en muchos sentidos lo era. Con su comedor, su dormitorio, sus turnos. su cadena de mando, su disciplina interna. El supermercado había dejado de ser un comercio abandonado y se había convertido en una base militar urbana del CJNG, operando a plena luz del día en una avenida comercial de un municipio de la zona metropolitana de Guadalajara.
Quiero contarte algunos detalles de la vida dentro del supermercado que me parecen reveladores de la cultura organizacional del CJNG. tenían reglas escritas. Pegadas en la pared del comedor con cinta adhesiva. En una hoja de papel bond tamaño carta había un listado de reglas de convivencia que todos los ocupantes debían respetar.
Nada de drogas dentro de la base, nada de alcohol, nada de peleas. Turnos de limpieza rotativos. Silencio absoluto entre las 10 de la noche y las 6 de la mañana. Prohibido salir del edificio sin autorización. Celulares personales prohibidos. Quien rompa una regla responde ante el jefe. Son reglas de cuartel.
Son las mismas reglas que un sargento colgaría en el barracón de una unidad militar. Orden, disciplina, silencio, control. El CJNG no quiere borrachos en su base. No quiere drogadictos, no quiere peleas que atraigan atención. Quiere operadores funcionales que cumplan sus turnos, hagan su trabajo y mantengan la discreción que la operación requiere.
Es gestión de recursos humanos con puño de hierro. Varios detenidos describieron al jefe de la célula, el que ocupaba la antigua oficina del gerente como un hombre de unos 45 años, tranquilo, metódico, que hablaba en voz baja y que rara vez levantaba el tono. Lo describieron como alguien que parecía más un contador que un narco.
No gritaba, no amenazaba con frecuencia. daba instrucciones claras, esperaba que se cumplieran y resolvía los problemas con una calma que, según varios detenidos, daba más miedo que los gritos. Porque cuando alguien que nunca levanta la voz finalmente la levanta, sabes que la cosa es seria. Ese perfil de liderazgo técnico y calmado, en lugar de violento y explosivo, es consistente con la evolución del sexo TNG hacia una organización que prioriza la eficiencia sobre la brutalidad en su gestión interna. La brutalidad se reserva para

los enemigos con su propia gente. El CJNG opera cada vez más como una empresa, con reglas, con jerarquías, con evaluaciones de desempeño informales, con incentivos y con sanciones. Los operadores que cumplen son recompensados con bonos, los que no cumplen son sancionados. Los que roban o traicionan son eliminados.
Es un sistema de gestión de personal que combina lo corporativo con lo criminal de una manera que funciona con una eficacia perturbadora. El dormitorio en el antiguo almacén del supermercado tenía capacidad para unas 60 personas en literas improvisadas. Las otras 24 dormían en diferentes puntos del edificio, algunos en la zona del comedor, otros en la sección de electrodomésticos, donde los técnicos de drones tenían su taller, y el jefe en la oficina del gerente, solo con puerta cerrada.
La distribución del espacio para dormir reflejaba la jerarquía, los de menor rango en las literas apretadas del almacén, los técnicos especializados en espacios más cómodos y el jefe en su oficina privada. Misma lógica que en cualquier organización. Tu posición determina tus privilegios. La comida la preparaban dos cocineros que trabajaban en turnos, compraban los ingredientes en el mercado del pueblo, llegando y saliendo del supermercado siempre por la puerta del andén trasero.
Cocinaban para 84 personas tres veces al día en la cocina del antiguo comedor de empleados. Los menús eran simples, frijoles, arroz, huevos, carne cuando había, tortillas que compraban en la tortillería de la esquina. 84 bocas que alimentar tres veces al día genera un volumen de compras de alimentos que, visto en retrospectiva, debería haber levantado sospechas en el mercado del pueblo.
Alguien comprando 100 kg de tortillas a la semana, decenas de kilos de frijol, cajas enteras de huevo. Son cantidades que no corresponden con una familia ni con un restaurante pequeño. Pero nadie preguntó en México, el que compra mucho puede tener muchas razones. Y preguntar por qué alguien compra tanta comida puede ser la última pregunta que hagas.
Los vecinos más cercanos describieron señales que vistas en retrospectiva deberían haber levantado sospechas. Luces que se veían de noche a través de los tragalces del techo, carros que entraban por la parte de atrás del edificio a horas inusuales, un generador eléctrico que se escuchaba zumbar de madrugada.
Y un dato curioso, varios vecinos notaron que los vidrios sucios de la fachada nunca se ensuciaban más, como si alguien los mantuviera en un nivel constante de suciedad, lo suficientemente sucios para que no se pudiera ver adentro con claridad, pero no tanto como para parecer completamente abandonados. Era suciedad calibrada, suciedad intencional.
Incluso la mugre de los vidrios era parte del camuflaje. Ahora quiero hablar de algo que este caso pone sobre la mesa y que tiene implicaciones que van mucho más allá de un supermercado en Jalisco. El problema de los inmuebles abandonados en México. México tiene miles de propiedades comerciales e industriales abandonadas. Supermercados que cerraron, fábricas que quebraron, bodegas que se vaciaron, cines que se convirtieron en cascarones vacíos, gasolineras que dejaron de operar, hoteles que nunca abrieron.
Cada crisis económica deja un rastro de inmuebles muertos que nadie reclama, que nadie vigila, que nadie mantiene. Se quedan ahí deteriorándose, atrayendo graffiti y basura, convirtiéndose en parte del paisaje de decadencia urbana que los vecinos aprenden a ignorar. Cada uno de esos inmuebles abandonados es una base potencial para el crimen organizado.
Cada supermercado cerrado es un arsenal posible. Cada fábrica vacía es un laboratorio potencial. Cada bodega abandonada es un centro de distribución en espera. El crimen organizado busca exactamente lo que los inmuebles abandonados ofrecen. Espacio cerrado, sin supervisión, sin vecinos inmediatos, con infraestructura básica ya instalada y con la invisibilidad que da el abandono.
Las cifras son difíciles de precisar porque no existe un registro nacional de inmuebles abandonados, pero estimaciones basadas en datos del sector inmobiliario sugieren que hay decenas de miles de propiedades comerciales e industriales sin uso en las zonas urbanas de México. En la zona metropolitana de Guadalajara, los corredores inmobiliarios hablan de cientos de locales comerciales vacíos solo en los municipios conurbados.
En la ciudad de México la cifra es mayor, en Monterrey similar. Cada uno de esos locales es un punto ciego, un espacio donde puede pasar cualquier cosa sin que nadie lo sepa. Y el sistema legal mexicano no tiene mecanismos efectivos para vigilar lo que pasa dentro de propiedades privadas que están cerradas y aparentemente vacías.
Los municipios no tienen la obligación ni los recursos de inspeccionar inmuebles abandonados. Los propietarios, muchos de los cuales viven en otra ciudad o incluso en otro país, no visitan sus propiedades durante años. Y los vecinos, que son los únicos que podrían notar actividad sospechosa, han normalizado el abandono hasta el punto de no ver nada raro en un edificio cerrado con luces encendidas de noche.
La solución pasa por crear registros municipales de inmuebles abandonados que se actualicen periódicamente. Obligar a los propietarios a dar de alta sus inmuebles desocupados en un registro público. implementar inspecciones periódicas de propiedades que llevan más de cierto tiempo sin actividad comercial y desarrollar programas de reconversión que le den uso productivo a los inmuebles abandonados para que dejen de ser espacios disponibles para el crimen.
Convertir un supermercado abandonado en un centro comunitario, en una biblioteca, en un centro deportivo, es quitarle una base potencial al CJNG. es ocupar el espacio antes de que el narco lo ocupe. Es la misma lógica que hemos discutido en otros casos. Cada espacio que recuperamos del abandono es un espacio que le quitamos al crimen.
Y quiero agregar algo sobre lo que pasa con las comunidades que descubren que tenían una base del CJNG al lado de su casa. Porque el impacto psicológico y social de ese descubrimiento merece atención. Los vecinos del supermercado se enteraron del operativo al despertar y ver la calle llena de militares. Lo primero que sintieron fue miedo.
Miedo de que los confundieran con cómplices. Miedo de que el cártel tomara represalias contra el barrio. Miedo de que hubieran estado en peligro durante meses sin saberlo. Es un miedo retroactivo que se instala con fuerza cuando te das cuenta de que vivías al lado de un arsenal con 84 sicarios y que cualquier enfrentamiento habría convertido tu calle en zona de guerra.
Después del miedo viene la desconfianza. Los vecinos se empiezan a mirar entre ellos con sospecha. ¿Quién sabía? El dueño de la tienda de al lado era cómplice. El vecino del fondo que siempre salía de noche estaba involucrado? El tipo que vendía tacos en la esquina era vigía del CJNG. La sospecha corroe el tejido social de una comunidad más rápido que la violencia misma, porque la violencia es obvia.
La ves, la escuchas, la reconoces. La sospecha es invisible. No sabes si el que te saluda por la mañana es un vecino o un informante del cártel. Y después de la sospecha viene el duelo. El duelo por la sensación de seguridad que se perdió. El barrio donde creciste, donde conoces a todo el mundo, donde dejabas la puerta abierta porque confiabas en tus vecinos.
Ese barrio ya cambió. Ahora tiene un supermercado clausurado con sellos de la Marina en la cortina. Tiene vecinos que se miran con recelo. Tiene niños que le preguntan a sus padres por qué vinieron los soldados. Y tiene una historia que nadie quería tener, pero que ahora es parte de la identidad del lugar.
Los psicólogos que trabajan en intervención comunitaria después de eventos de violencia describen un fenómeno que llaman herida comunitaria, el daño que sufre una comunidad como grupo social cuando un evento traumático rompe los lazos de confianza que la sostenían. La herida comunitaria no se cura con el tiempo, se cura con intervención, con programas de reconstrucción del tejido social, con espacios de diálogo, con apoyo psicológico grupal, con actividades que reconstruyan la confianza entre vecinos.
Nada de eso se está haciendo en la comunidad del supermercado y mientras no se haga, la herida va a seguir abierta y el CJNG va a seguir aprovechando comunidades heridas porque las comunidades que desconfían entre sí son más fáciles de controlar que las que están unidas. Nada de eso existe hoy. Y mientras no exista, los supermercados abandonados de México van a seguir disponibles para quien quiera usarlos.
El primero en llegar se los queda y el CJNG suele ser el primero en llegar. Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para la guerra contra el narcotráfico en zonas urbanas, porque creo que aquí hay una lección que las autoridades necesitan aprender. El supermercado abandonado de Jalisco demuestra que el CJNG ha logrado establecer bases militares permanentes en el corazón de zonas urbanas densamente pobladas, bases con arsenales que pueden equipar a más de 100 combatientes, bases con centros de inteligencia que tienen fichados a los
policías de la zona. Bases con capacidad de ensamblaje de drones de combate. Todo funcionando a pocos metros de casas donde viven familias con niños, de escuelas, de iglesias, de negocios legítimos. Eso cambia las reglas del enfrentamiento. Cuando el narcotráfico operaba desde ranchos en la sierra, los operativos militares podían desplegarse con potencia de fuego máxima sin riesgo para civiles.
Pero cuando la base del narco está en un supermercado de una avenida comercial entre una papelería y una farmacia, la potencia de fuego no es opción. Un enfrentamiento armado en esa ubicación pone en riesgo a decenas de familias que viven en los edificios adyacentes. Los marinos que entraron al supermercado lo sabían y por eso entraron con la velocidad y la precisión que la situación requería.
Rápido, silencioso, sin dar tiempo a que se iniciara un enfrentamiento que habría puesto en peligro a todo el barrio. Y eso es exactamente lo que el CESO TNG quiere. Al ubicar sus bases en zonas urbanas densas, obliga a las fuerzas de seguridad a limitar su poder de fuego. Un helicóptero artillado que puede destruir una base en la sierra con un par de pasadas no puede disparar sobre un supermercado que tiene una papelería a la izquierda y una escuela a 100 m.
Un tanque que podría derribar las paredes de un rancho no puede operar en una avenida comercial sin causar pánico y destrucción colateral. El CJNG usa la ciudad como escudo y los civiles que viven alrededor de sus bases son, sin saberlo, la armadura que protege al cártel. Esa urbanización del crimen organizado es la tendencia que me más preocupa de todos los casos que hemos cubierto.
Los cenotes estaban en la selva, los monasterios en la sierra, los barcos en los manglares, las presas en las montañas, pero los talleres de blindaje están en polígonos industriales, las bodegas de distribución están en parques empresariales, las tortillerías están en barrios populares, los campos de fútbol están en colonias residenciales y los supermercados abandonados están en avenidas comerciales.
La tendencia es clara. El CJNG se acerca cada vez más a donde vive la gente y cuanto más cerca está de la gente, más difícil es combatirlo sin dañar a los mismos civiles que se supone que estás protegiendo. La urbanización del crimen organizado obliga a las fuerzas de seguridad a desarrollar capacidades que no necesitaban cuando el narco estaba en la sierra.
Capacidades de operaciones urbanas especializadas, inteligencia de señales en entornos urbanos, vigilancia discreta en zonas comerciales, asalto de edificios en áreas civiles. Todo eso requiere entrenamiento específico, equipo especializado y una doctrina de uso de fuerza que minimice el riesgo para los civiles que están literalmente al otro lado de la pared.
México está avanzando en esa dirección, pero la velocidad del avance no coincide con la velocidad a la que el CJNG está urbanizando sus operaciones. El cártel se mueve más rápido y cada vez que abre una base en un supermercado abandonado, en una bodega industrial, en un campo de fútbol, está subiendo la apuesta. está diciendo, “Vengan a buscarnos aquí, en medio de la ciudad, donde cada bala que disparen puede darle a un inocente.
Es un escudo humano involuntario. Millones de civiles que viven alrededor de las bases urbanas del seco ONG sin saberlo y que se convierten en factor disuasorio contra los operativos militares. A ti que llegaste hasta aquí, gracias. Y la pregunta que te dejo es la más cercana de todas las que te he hecho en este canal.
Hay un supermercado abandonado cerca de tu casa. Un local comercial que cerró hace tiempo y que nadie ha vuelto a abrir, una bodega con la cortina siempre cerrada. ¿Un edificio donde a veces se ven luces de noche, aunque se supone que está vacío? Piénsalo, porque los 84 operadores del CJNG que vivían en el supermercado de Jalisco tenían vecinos como tú.
vecinos que veían el edificio todos los días, que pasaban frente a él camino al trabajo, que nunca se imaginaron lo que había adentro, hasta que una madrugada de miércoles los marinos les mostraron la verdad. Dale like, suscríbete, activa la campanita porque la información de las computadoras del Centro de Operaciones está siendo analizada y el mapa de alfileres está revelando la red completa del CJNG en la zona metropolitana de Guadalajara.
Cuando esos datos se procesen, van a caer más bases. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si pasas frente a un supermercado abandonado y ves que los vidrios están sucios, pero no más sucios que la última vez que los viste, pregúntate quién los está manteniendo así. Porque en este México hasta la mugre vidrio puede ser una mentira calculada.
Y detrás de esa mugre puede haber 84 personas, 18 congeladores llenos de armas, 30 drones de combate y un mapa con alfileres de colores donde tu policía de la esquina tiene un punto rojo sobre su casa. Quiero cerrar con una imagen que se me quedó grabada de este caso. Cuando los marinos terminaron de registrar el supermercado y sacaron a los 84 detenidos al estacionamiento, el sol ya había salido.
Era una mañana normal de miércoles. Los vecinos se estaban levantando. Los niños iban a la escuela. Los carros empezaban a circular por la avenida y frente al supermercado abandonado había un estacionamiento lleno de camionetas militares, soldados con armas largas y 84 personas sentadas en el suelo con las manos esposadas detrás de la espalda.
Una señora que iba al mercado con su bolsa de mandado se detuvo en la banqueta de enfrente y se quedó mirando. Un marino que custodiaba el perímetro le dijo que circulara. La señora dio unos pasos, pero se detuvo de nuevo. Miró el supermercado, miró a los detenidos y dijo en voz lo suficientemente alta para que el marino la escuchara.
Con razón el otro día vi luces. Yo pensé que eran rateros. Rateros. La señora pensó que el supermercado abandonado tenía rateros y resulta que tenía 84 sicarios del CJNG, un arsenal para equipar a un batallón, un centro de inteligencia con mapas de policías fichados, un taller de drones de combate y suficientes armas para iniciar una guerra urbana en la zona metropolitana de Guadalajara. Rateros.
Eso pensó y se fue al mercado. Esa señora es México. Somos todos. Vemos las luces en el edificio de al lado y pensamos que son rateros. Escuchamos el generador de madrugada y pensamos que es una obra. Notamos que los vidrios nunca se ensucian más y pensamos que el dueño debe mandar a alguien a limpiarlos. Siempre la explicación más inocente, siempre la interpretación más cómoda, porque la alternativa que detrás de esos vidrios haya un arsenal es demasiado aterradora para procesarla mientras vas camino al mercado. Y el CJNG cuenta con
eso. Cuenta con que vamos a pensar en rateros, cuenta con que vamos a buscar la explicación más simple. Cuenta con que no vamos a llamar a nadie. Cuenta con que vamos a seguir caminando. La señora del mercado no tiene la culpa. La culpa es de un sistema que no le ha dado razones para sospechar algo peor que rateros.
Un sistema que no le ha enseñado a reconocer las señales. Un sistema que no le ha dado un número de teléfono seguro donde reportar lo que ve. Un sistema que ha abandonado tantos edificios en su colonia que uno más con luces de noche ya no parece raro. Ese sistema somos todos. Y cambiarlo empieza por dejar de pensar en rateros y empezar a preguntarnos qué hay realmente detrás de los vidrios sucios.
Porque la respuesta en este México puede ser mucho peor de lo que imaginamos. Y saberlo aunque duela, es mejor que no saberlo. Siempre es mejor. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana y la próxima vez que pases frente a un local cerrado en tu avenida, no lo ignores. Míralo. Fíjate en los vidrios, fíjate en las luces, fíjate en quién entra y quién sale.
Y si algo te parece raro, repórtalo. Porque la señora del mercado vio las luces y pensó en rateros. Y resulta que eran 84 sicarios con drones de combate y un mapa donde los policías de su barrio tenían un alfiler rojo sobre su casa. A veces lo que parece un supermercado abandonado es exactamente eso.
Y a veces es lo peor que te puedas imaginar. La diferencia la hace quien se detiene a mirar. \