Imagina despertar una mañana siendo la mujer más poderosa de uno de los imperios más antiguos de la Tierra. Dueña de palacios, joyas que valían fortunas, admirada por reyes y presidentes, fotografiada por las mejores revistas del mundo, y al día siguiente huir en la oscuridad, sin saber si volverás a ver tu hogar, con tus hijos aferrados a tus manos, mientras afuera una multitud incendia todo lo que alguna vez fue tuyo.
Eso no es una novela. Eso le ocurrió a una mujer real de carne y hueso, nacida en Teerán una mañana de octubre de 1938. Bienvenidos. Soy muy feliz de tenerte aquí hoy. Antes de continuar, quiero pedirte algo. Escribe en los comentarios una sola palabra que describa lo que sientes cuando todo lo que construiste en tu vida desaparece de un momento a otro. Una sola palabra.
Luego seguimos porque la historia que estamos a punto de contar no es solo la historia de una emperatriz, es la historia de una mujer que amó profundamente, que creyó profundamente, que perdió profundamente. Una mujer que vio cómo su destruido por la historia y que aún así siguió de pie. Su nombre era Fará Diva y su vida comenzó de una manera que nadie hubiera podido imaginar que terminaría como terminó. Teerán, 1938.
La ciudad era todavía un lugar donde lo antiguo y lo moderno convivían en una tensión silenciosa. Las mezquitas y los bazares centenarios compartían calles con los primeros automóviles y los primeros trajes occidentales. Irán vivía bajo el dominio de la dinastía Palabi, fundada apenas una década antes por Resá, el padre del hombre que más tarde cambiaría para siempre la vida de Fará.
En ese teerán nació Fará, hija única del capitán Sorap Diva y su esposa Faridé Gotby. Su familia pertenecía a una clase media educada y respetable, no a la aristocracia ni a la nobleza, pero sí a ese mundo de personas que valoraban la cultura, el conocimiento y el refinamiento. Su padre tenía raíces aceríes iraníes y su madre venía de las costas del mar Caspio, de esa región llamada Yilan, donde los paisajes verdes contrastan con el azul profundo del agua.
La pequeña Fara creció en un hogar donde la educación era sagrada. Primero estudió en la escuela italiana de Teerán, luego pasó a la escuela francesa Jan Dark y más tarde al Lisí. Desde niña, Fara absorbió idiomas, cultura, arte. Aprendió a amar la música, la arquitectura, la pintura. Era una niña curiosa, inteligente, con los ojos siempre abiertos al mundo.
Pero cuando Fara tenía apenas 9 años, su mundo se sacudió por primera vez. El capitán Sorab Diva, su padre, murió. Fara quedó bajo el cuidado de su madre, una mujer fuerte. que se negó a dejar que la adversidad aplastara a su hija. Fue quizás esa pérdida temprana la que forjó en Fara algo que la acompañaría toda la vida.
Una capacidad para resistir el dolor sin quebrarse, una dureza interior que con los años necesitaría más de lo que entonces podía imaginar. La joven Fara terminó sus estudios en Teerán con notas brillantes y entonces, en ese momento en que la vida abre sus puertas como un horizonte sin límites, tomó una decisión que lo cambiaría absolutamente todo.
Decidió ir a estudiar arquitectura a París, no a una universidad cualquiera, sino a la Ecolure, una de las escuelas de diseño más prestigiosas de Europa. París 1958. La ciudad de la luz, el mundo del arte, de la moda, de la cultura. Farad Diva tenía 20 años, hablaba francés con fluidez y caminaba por las calles de Montparnas con la sensación de que su vida estaba por fin comenzando de verdad.
estudiaba con pasión, soñaba con diseñar edificios, con crear espacios donde las personas vivieran mejor, con contribuir al desarrollo de su país. Era una estudiante comprometida, llena de ideales, una joven iraní en la ciudad más cosmopolita del mundo, libre, culta, feliz. Nadie le había dicho que el destino tenía preparada para ella una historia completamente diferente.
La embajada de Irán en París era, en aquellos años finales de la década de 1950 uno de los salones más elegantes de la ciudad. Funcionarios diplomáticos, intelectuales persas exiliados en Europa, artistas y estudiantes iraníes se reunían allí con cierta regularidad para mantener vivo ese vínculo invisible que une a los que están lejos de su tierra.
Fue en una de esas recepciones a finales de 1958 cuando la vida de Faradiva giró de manera irreversible. Aquella noche alguien la presentó a un hombre al que probablemente ya conocía de nombre, porque era imposible ser iraní y no conocer ese nombre. Mohamad reapalabi, el ya de Irán, el rey de reyes, el soberano del imperio persa. La presentación la hizo Ardir Sajedí, yerno del ya, hombre influyente en la corte imperial.
No hay registros de si fue premeditado o casual, si fue un encuentro buscado o simplemente el resultado de esa extraña alquimia que a veces produce la vida sin avisar. Lo que sí es cierto es que él ya miró a aquella joven estudiante y algo cambió en él. Mohamad Reza Palabi tenía entonces 39 años.
Era un hombre que cargaba con el peso enorme de gobernar uno de los países más complejos del mundo. Heredero de una dinastía joven pero ambiciosa, aliado de Occidente en plena Guerra Fría, reformador convencido, hombre de poder absoluto. Pero también era en ese momento de su vida un hombre solo. Había estado casado dos veces.
Su primera esposa fue la princesa Faucia de Egipto, hermana del rey Faruk, con quien se casó en 1939. Tuvieron una hija, la princesa Shan, pero Fausia no le dio el heredero varón que necesitaba para asegurar la continuidad de la dinastía y el matrimonio fracasó en 1948. Luego vino Soraya Esfandiari, una belleza legendaria de ojos verdes que los poetas comparaban con el color de los bosques del norte de Irán.
Soraya era adorada, fotografiada, admirada, pero tenía un problema que en la lógica de una monarquía era devastador. No podía tener hijos. Los médicos lo confirmaron tras años de intentos y tratamientos. Y el ya, que necesitaba un heredero, tomó la decisión más dolorosa de su vida, disolver ese matrimonio en 1958. A Soraya se le llamó desde entonces la princesa de los ojos tristes y ese apodo decía todo lo que había que decir.
Y entonces apareció Faradiva, joven, culta, sana, llena de vida, una mujer que no provenía de la nobleza ni de las familias reales de Oriente Medio, sino de la clase media ilustrada iraní. Alguien que había elegido por sí misma estudiar arquitectura en París, que hablaba francés, que amaba el arte, alguien completamente diferente a las esposas anteriores.
El ya la cortejó, las visitas se multiplicaron, los encuentros en la embajada se volvieron más frecuentes y en el otoño de 1959 él propuso matrimonio. Fará, que tenía entonces 21 años, dijo que sí. ¿Qué sentía una joven de 21 años al convertirse en la prometida del ya de Irán? En sus memorias, Fará escribiría años más tarde, que fue una mezcla de asombro, de miedo, de responsabilidad y también de amor genuino.
No era una transacción política, aunque tuviera implicaciones políticas enormes. Era, en el fondo, la historia de una mujer joven que se enamoró de un hombre complejo y poderoso. La boda se celebró el 21 de diciembre de 1959 en el Palacio Golestán de Teerán, uno de los edificios más magníficos de toda la historia persa.
Es el lugar donde los mosaicos y los espejos crean un mundo de geometría y luz que parece sacado de las 1 y una noches. El vestido de Fara fue diseñado por Iv San Saint Loran, uno de los grandes modistos del siglo XX. Era un traje de seda de marfil con bordados de oro y perlas con una cola que se extendía varios metros detrás de ella.
En la cabeza la tiara de diamantes Nurolain, una de las joyas más antiguas y valiosas del tesoro imperial iraní, cuyo nombre en persa significa la luz de los ojos. Las fotografías de aquella goda aparecieron en las portadas de las revistas de todo el mundo. Faradiva pasó de ser una estudiante de arquitectura en París a convertirse en el tema de conversación de los salones más sofisticados del planeta.
La prensa internacional la llamó la reina joven de Irán y ese título capturaba perfectamente algo que iba más allá del protocolo. Había en ella una frescura, una naturalidad, una autenticidad que la diferenciaba de las figuras reales habituales. La ceremonia incluyó el rito islámico del nic, el contrato matrimonial que en la tradición islámica establece los derechos y deberes de cada cónyuge, seguido de un banquete que duró horas.
Pero Fará recordaría siempre un pequeño detalle cómico en medio de toda esa magnificencia. En algún momento de la ceremonia se dieron cuenta de que no tenían alianza para el ya, un detalle menor en apariencia, pero que la novia no olvidaría nunca. Así comenzó una historia que duraría 20 años, atravesaría continentes, sobreviviría revoluciones y perduraría mucho más allá del exilio y de la muerte.
Cuando Faradiva cruzó las puertas del palacio Niabarán en Teerán como esposa del Sha, entró a un mundo de una complejidad que ninguna escuela de arquitectura en París podía haberle enseñado. La corte imperial iraní era un organismo vivo, lleno de jerarquías invisibles, de intrigas silenciosas, de lealtades y traiciones que circulaban como corrientes subterráneas.
En los primeros meses su papel fue principalmente ceremonial. Apareció junto al Ya en recepciones diplomáticas, inauguraciones, visitas de estado. Fue fotografiada en trajes de alta costura, con joyas que valían más que muchos edificios. Los medios la amaban. El pueblo iraní en general también. Había en ella algo que conectaba con la gente de una manera que las esposas anteriores del Ya nunca habían logrado.
Pero Fará no era una mujer que se conformara con ser decorativa. Tenía educación, tenía ideas, tenía una genuina preocupación por el bienestar de su país y muy pronto empezó a construir un espacio propio dentro de la rígida estructura de la monarquía. En octubre de 1960, apenas 10 meses después de la boda, nació el primogénito, el príncipe reacio.
Palab era el heredero que él ya llevaba décadas esperando, el niño que aseguraba la continuidad de la dinastía. El nacimiento fue celebrado en todo Irán con fuegos artificiales, con salvas de cañón, con días de fiesta nacional. Fará, que había cumplido su principal misión dinástica en menos de un año de matrimonio, ganó con ese nacimiento una posición de fortaleza que ninguna de sus predecesoras había tenido jamás.
Luego vendrían tres hijos más. En 1963 nació la princesa Faraná. En 1966 el príncipe Alí Resa. Y en 1970 la pequeña Leila. La benjamina de la familia. Cuatro hijos. Una familia que crecía en el corazón de uno de los palacios más opulentos del mundo. Con la maternidad vino también la ambición de dejar una huella real en Irán.
Faraá entendió que su posición le daba una capacidad de influencia enorme y decidió usarla. Se convirtió en patrocinadora activa de las artes, de la cultura, del patrimonio histórico iraní. Fundó museos, apoyó festivales de cine y teatro, promovió el intercambio cultural con Europa. En 1961, durante una visita a Francia, estableció una relación personal con André Mal, entonces ministro de cultura del gobierno de Deol, lo que dio lugar a un programa de intercambio de piezas artísticas entre museos iraníes y franceses, que duró décadas.
Una de sus iniciativas más significativas fue la fundación de la Universidad Palabi, destinada especialmente a mejorar el acceso de las mujeres iraníes a la educación superior. Era la primera universidad de estilo norteamericano en Irán, rompiendo con el modelo francés que hasta entonces dominaba el sistema universitario iraní.
Era también una señal de hacia dónde quería llevar Fará su influencia. hacia la modernización, hacia la igualdad, hacia un Irán que mirara hacia delante. También recorrió el país de punta a punta, visitando aldeas remotas en las montañas del norte, comunidades campesinas en el sur árido, hospitales y escuelas en las regiones más olvidadas.
Se sentó a comer con los más humildes, escuchó sus problemas, llevó sus peticiones directamente al Ya era una figura pública genuinamente comprometida y eso le ganó una popularidad que iba más allá del protocolo. Todo ese trabajo fue reconocido de manera formal el 26 de octubre de 1967 cuando se celebraron las grandes ceremonias de coronación en el Palacio Golestán.
Ese día Mohamad reapalabi fue coronado por primera vez como ya de manera oficial en una ceremonia de una magnificencia difícil de describir. Pero el momento más singular de aquella jornada fue otro. Por primera vez en la historia de Irán, él ya colocó la corona en la cabeza de su esposa.
Faradiva se convirtió así en la Shabanú, la emperatriz de Irán. Era el primer título de ese rango que se otorgaba a una mujer en la historia del Irán moderno. Y con él vino también algo todavía más inusual. Él ya la designó como regente oficial del imperio en caso de que él muriera antes de que su hijo rea cumpliera 21 años.
En una monarquía de Oriente Medio, en el contexto del siglo XX, ese nombramiento era un acto revolucionario en sí mismo. Pará, lo aceptó con la solemnidad que el momento exigía, pero en su interior quizás había algo que iba más allá del protocolo, una conciencia de que ese poder no era solo un honor, sino también una responsabilidad enorme, una carga que podía convertirse en el peso de toda una historia.
Los años 60 y 70 fueron la época dorada del imperio Palabi. El petróleo fluía en cantidades que convertían a Irán en uno de los países más ricos del mundo. Teerán se transformaba a una velocidad vertiginosa. Rascacielos donde antes había bazares, autopistas donde antes había senderos, universidades, hospitales, centrales eléctricas, fábricas.
El ya tenía una visión ambiciosa que llamó La Revolución Blanca, un programa de modernización económica y social que incluía la redistribución de tierras, el derecho al voto para las mujeres, la industrialización del país, la expansión de la educación pública. Fará era el rostro humano de esa transformación. Mientras él ya negociaba con presidentes y reyes, ella recorría hospitales de leprosos y escuelas rurales.
Mientras él firmaba decretos sobre producción de petróleo, ella inauguraba museos y festivales de cine. Eran dos caras de un mismo poder, dos lenguajes distintos para comunicar la misma ambición, hacer de Irán un gigante moderno del siglo XX. La vida en la corte imperial era de una opulencia que resultaba casi irreal para quien la contemplaba desde fuera.
Los palacios de la familia Empedial, el Niabarán en Teerán y el Sadabat en las colinas al norte de la ciudad eran universos autónomos con jardines extraordinarios, colecciones de arte de valor incalculable, servidumbre numerosa, cocinas que preparaban banquetes para cientos de invitados. Fará encargó su vestuario a los grandes modistos parisinos Jibeni, Dior, Valenciaga. Chanel.
Sus joyas eran piezas históricas del tesoro imperial iraní, algunas de ellas con siglos de antigüedad. El collar de rubíes que había pertenecido a reinas persas de hacía 300 años. Los graszaletes de esmeraldas que brillaban en las fotografías como pequeños soles verdes. En octubre de 1971, el ya organizó la que muchos consideran la celebración más extravagante del siglo XX, la conmemoración del 2500 aniversario del Imperio Persa en Persépolis, la antigua capital del imperio Aqueménide, cuyos restos milenarios se elevan todavía hoy en la
provincia de Fars, como testigos mudos de una grandeza que nadie ha vuelto a igualar. Durante tres días, los líderes más poderosos del mundo se reunieron en tiendas de campaña construidas especialmente para la ocasión, diseñadas por los mejores decoradores de París y equipadas con todos los lujos imaginables.
Las comidas las preparó el restaurante Maxims de París, que envió a sus mejores chefs. El vino era Chatola Fit Rotchild. Las flores llegaban en avión desde Holanda cada mañana. El costo total de aquellas festividades se estimó en 300 millones de dólares, una cifra que en 1971 era simplemente astronómica. Fará presidió aquellas celebraciones con una elegancia que impresionó incluso a quienes ya habían visto mucho.
Vestida de blanco, con la corona imperial sobre la cabeza, recibió a reyes, presidentes, primeros ministros y emperadores en aquel escenario de columnas milenarias iluminadas por antorchas. Fue el momento de mayor esplendor de la monarquía Palaví. Y también, aunque nadie lo sabía entonces, uno de sus últimos momentos de gloria.
Porque mientras Persépolis brillaba con una luz que se veía desde lejos, en la ciudades Iraníes crecía una oscuridad diferente. Los bazaristas y los clérigos, que no habían sido invitados a esas celebraciones, miraban con una mezcla de asombro y resentimiento. Los estudiantes universitarios, formados en las mismas universidades que Fará había ayudado a construir, leían a Marx y escuchaban a un ayatolá exiliado en Irak, cuyo nombre empezaba a circular como un susurro que se volvía más fuerte con cada año que pasaba.
Ese nombre era Jomeini. Él ya sabía que había tensiones. Sabía que la modernización rápida había creado ganadores y perdedores, que la riqueza del petróleo no llegaba por igual a todos los rincones del país, que las reformas que a él le parecían evidentemente buenas no eran vistas de la misma manera por todos los iraníes, pero subestimó la profundidad de ese descontento y esa subestimación costaría muy cara.
Fará, por su parte, seguía trabajando. Inauguraba hospitales, viajaba a provincias remotas, recibía artistas y escritores en sus salones, construía su imagen de emperatriz comprometida con su pueblo. Era genuinamente popular entre amplios sectores de la sociedad iraní, especialmente entre las mujeres que habían ganado derechos con la revolución blanca.
Pero también ella, como el ya, vivía dentro de una burbuja de poder que a veces impedía ver con claridad lo que estaba pasando más allá de los muros de los palacios. Los años 70 avanzaban, el petróleo seguía fluyendo, los palacios seguían brillando y en algún lugar de la historia el reloj avanzaba hacia una medianoche que nadie en la corte imperial quería ver llegar.
1978, el año en que todo empezó a quebrarse. No de golpe, no con un estruendo único, sino como se quiebra el hielo en primavera. Primero una grieta casi invisible, luego otra, luego el ruido sordo de algo que se rompe desde adentro. Las manifestaciones comenzaron en enero de ese año en las ciudades religiosas del sur de Irán.
Grupos de estudiantes y fieles musulmanes salieron a las calles exigiendo la vuelta del Ayatolá Rubolá Jomeini, que llevaba más de 15 años exiliado, primero en Irak y luego en Francia, desde donde enviaba mensajes grabados en cassette que circulaban clandestinamente por todo el país. La voz de Homeini llegaba a los mercados, a las mezquitas, a las cocinas de las casas iraníes.
Era una voz que hablaba un lenguaje completamente diferente al del ya. No hablaba de modernización, ni de petróleo, ni de alianzas con Occidente. Hablaba de Islam, de justicia divina, de la corrupción de los ricos, de la humillación de los pobres. Y ese lenguaje resonaba en millones de iraníes que se habían quedado fuera del reparto de la riqueza petrolera.
Él ya respondió con lo que siempre había respondido, con la Sabac, su policía secreta, con arrestos, con represión. Pero esta vez la represión solo alimentó la rabia. Los mártires se multiplicaban, las multitudes en las calles se hacían más grandes y el ya, que en esos meses empezaba a sentir los primeros síntomas de la leucemia que lo mataría dos años después, tomaba decisiones erráticas que confundían tanto a sus aliados como a sus adversarios.
En los palacios imperiales, Fará vivía esos meses con una angustia creciente que trataba de no mostrar en público. Recibía informes contradictorios. Unos le decían que la situación era controlable, otros le advertían que el país se estaba yendo de las manos. Viajó a provincias, habló con gobernadores y líderes religiosos, intentó tender puentes, pero los puentes ya no llegaban de un lado al otro.
En septiembre de 1978 ocurrió lo que se conoce como el viernes negro. Tropas del ejército abrieron fuego contra manifestantes en la plaza Yalé de Teerán. El número exacto de muertos fue y sigue siendo disputado, pero lo que no tiene disputa es el efecto que tuvo en la psicología colectiva del país. Fue el punto de no retorno.
La ilusión de que podía haber un diálogo, una reforma, una transición pacífica se esfumó aquel día. El ya decretó la ley marcial, nombró un gobierno militar, hizo gestos de apertura que llegaban demasiado tarde. Y mientras tanto, las calles de Teerán, de Mayad, de Isfaján, de Jiras se llenaban de millones de personas que ya no pedían reformas, pedían la caída de la monarquía.
Farano dormía. En sus memorias publicadas muchos años después bajo el título Un amor eterno, describió esas semanas como las más largas de su vida. Conversaciones interminables con el ya en las noches, mientras el ruido de las manifestaciones llegaba amortiguado desde las calles. Llamadas de presidentes y primeros ministros occidentales que empezaban a alejarse del régimen al que habían apoyado durante décadas.
La sensación que fue creciendo día a día de que algo irreversible estaba ocurriendo. Sus hijos eran jóvenes. Rea tenía 18 años, Faranás 15, Alirrea 12 y la pequeña Leila apenas ocho. Fará los miraba y pensaba en lo que vendría. Los enviaba a estudiar cuando podía, trataba de mantener cierta normalidad para ellos, pero los niños percibían lo que los adultos callaban.
En diciembre de 1978, durante los días sagrados de Muharram, el mes del luto en el Islam chiita, las manifestaciones alcanzaron una escala que no tenía precedente en la historia moderna de Irán. Millones de personas salieron a las calles en todo el país de manera simultánea. La economía estaba paralizada.
El ejército, diezmado por las desersiones, ya no era confiable. Los aliados occidentales habían abandonado en silencio al ya. El 16 de enero de 1979, Mohamad reza Palabí salió del palacio Niiabarán por última vez. Tenía en la mano un puñado de tierra iraní que un ayudante le había traído de los jardines del palacio. En el aeropuerto lloró.
Su esposa, la emperatriz, viajaba a su lado. Los dos sabían, aunque no lo dijeran con esas palabras, que no había vuelta atrás. El avión despegó sobre Teerán. Abajo, la ciudad que había sido el centro de su mundo durante décadas, se fue haciendo pequeña, luego borrosa, luego invisible entre las nubes de enero.
Fará miró por la ventana hasta que ya no hubo nada que ver. Hay algo en el exilio que ninguna palabra puede capturar del todo. Es una sensación física concreta, que va más allá de la melancolía o la añoranza. Es la sensación de caminar sobre un suelo que en cualquier momento puede desaparecer bajo tus pies. Es vivir en un presente permanente, sin pasado que puedas tocar y sin futuro que puedas imaginar con claridad.
Faradiva conoció esa sensación en enero de 1979 y ya nunca la abandonaría del todo. La primera parada fue Marruecos. El rey Hasan I ofreció asilo al Shai y a su familia con una generosidad que contrastaba con la timidez de los que durante años habían llamado amigo al monarca iraní. Teerán, el palacio niabarán, los jardines, los criados, los protocolos de la corte, todo quedaba atrás.
En Marraque, en la villa que el rey Hassán le cedió, la familia imperial iraní comenzó a descubrir lo que significaba depender de la hospitalidad ajena. Pero el mundo se estaba reorganizando rápidamente. El primero de febrero de 1979, Homeini regresó a Teerán. en un vuelo de Air France que fue seguido por millones de iraníes como si fuera el regreso de un profeta.
Las cámaras de televisión de todo el mundo captaron la escena. El avión aterrizando, la multitud enloquecida, el anciano de barba blanca y turbante negro descendiendo las escalerillas con la solemnidad de quien sabe que está entrando en la historia. El 16 de febrero de ese año, la República Islámica fue proclamada de manera oficial.
La monarquía persa, que en su forma u otra había existido durante 25 siglos, había dejado de existir. En la villa marroquí, la emperatriz escuchó las noticias por radio. No hay registros precisos de lo que sintió en ese momento, pero hay algo que ella misma diría años después en una entrevista que captura el estado de su alma en aquellos días, que a veces sentía que tenía 200 años.
Marruecos no podía ser el destino permanente. Las presiones políticas y diplomáticas hacían cada vez más incómoda la presencia del ya en territorio africano. En julio de 1979, la familia se trasladó a las Bahamas, un archipiélago caribeño, paraíso de turistas y de fortunas ofshore, no exactamente el lugar más indicado para que una familia imperial iraní encontrara la paz que buscaba, pero eran los únicos que los recibían.
Luego México. Luego una visita a Estados Unidos que estuvo rodeada de una polémica enorme. Él ya necesitaba tratamiento médico urgente para su leucemia y el gobierno de Jimmy Carter, presionado entre la compasión humanitaria y el miedo a las represalias del nuevo régimen en Teerán, autorizó la entrada del ya a territorio norteamericano.
Fue una decisión que desencadenaría consecuencias que cambiarían el mundo. El 4 de noviembre de 1979, un grupo de estudiantes iraníes tomó por asalto la embajada de Estados Unidos en Teerán y tomó como rehenes a 52 diplomáticos norteamericanos. La crisis de los rehenes duraría 444 días, humillaría al gobierno de Carter y remodelaría la política exterior norteamericana durante décadas y tuvo como detonante directo la presencia del ya en suelo americano para recibir tratamiento médico. Para Fará y el Yaá.
Todo esto significaba que cada país que los acogía se convertía en un problema diplomático. Ecuador los recibió brevemente, luego Panamá. Él ya estaba deteriorándose físicamente de manera visible. La leucemia avanzaba. Los tratamientos no daban los resultados esperados. El hombre que había gobernado uno de los países más poderosos de Oriente Medio se iba apagando con la velocidad que tienen las cosas que ya no tienen razón para seguir ardiendo.
Fará lo acompañaba en todo. Lo cuidaba, lo protegía, lo ayudaba a moverse, a hablar con médicos, a mantener cierta dignidad frente a los pocos visitantes que todavía acudían. era ya no solo su esposa, sino también su sostén. En esos meses del exilio, en esas habitaciones de hoteles y villas prestadas que olían a extranjero, la relación entre ambos alcanzó una intimidad y una profundidad que quizás no habían tenido en los años de gloria, cuando el protocolo ponía distancia entre todo y todos.
Finalmente fue Egipto el que los acogió de manera definitiva. El presidente Anuar el Sadad, hombre de una valentía política que le costaría la vida, ofreció al Ya refugios sin condiciones y sin presiones diplomáticas. Los instaló en el Palacio Cubé de El Cairo, una residencia digna, amplia, donde al menos podían vivir con cierta paz.
Pero era demasiado tarde para la paz. El cuerpo del Ya se estaba rindiendo. El verano de 1980 llegó al Cairo con un calor que aplastaba. El Shamo Jamathamat Resapalabi, postrado ya en su cama del palacio Cubé, apenas podía hablar. Sus ojos, que habían mirado de frente a los hombres más poderosos del mundo, tenían ahora esa cualidad vidriosa que tienen los ojos de quien ya está mirando desde un umbral.
Farano se separó de él en esas últimas semanas. Dormía poco, comía menos, pasaba horas sentada junto a su cama sosteniéndole la mano. Sus hijos habían llegado desde distintos rincones del mundo para estar presentes. Resa, el heredero, ya tenía 20 años y trataba de mantener la compostura con la determinación de quien sabe que pronto tendrá que cargar con el peso de un nombre y de una herencia.
que pesa mucho. Faranás, Alir y la pequeña Leila, que tenía apenas 10 años, se movían por los corredores del palacio con esa mezcla de confusión y dolor que tienen los niños cuando el mundo de los adultos les pide que entiendan cosas que ningún niño debería tener que entender. El 27 de julio de 1980, a las 9:50 minutos de la mañana, Mohamad Resalabi murió en el Cairo.
Tenía 60 años. Había reinado durante 37 años sobre uno de los imperios más ricos y complejos de Oriente Medio, y murió en el exilio, lejos de su país, en una cama prestada en un país que no era el suyo, cuidado por la mujer que había amado hasta el final. El presidente Sadad le rindió honores de estado.
El funeral fue austero comparado con la magnificencia de Persépolis, pero fue digno. Banderas, guardia de honor, oraciones. Fue enterrado en la mezquita al Rifá del Cairo, en la misma cripta donde descansaba el último ya de la dinastía Cajar, su antepasado. El sha de Irán descansaba así en tierra egipcia junto a los restos de una historia que él mismo no había podido continuar.
Para Fará, la muerte del Sha significó muchas cosas al mismo tiempo. Fue el fin de su matrimonio de 20 años, de su vida juntos, de esa relación que había comenzado en una recepción en París y había atravesado coronaciones y exilios y enfermedades. Fue el fin de cualquier ilusión de regreso inminente y fue también el comienzo de una nueva soledad que sería diferente a todas las que había conocido antes.
Técnicamente, desde el momento de la muerte del ya hasta el 3er cumpleaños de Reza en octubre de ese año, Fará fue regente del imperio iraní, un título que sonaba extraño en el Cairo con el régimen de Homeini firmemente instalado en Teerán. pero que tenía un significado simbólico importante para los miles de iraníes en el exilio que se negaban a reconocer la legitimidad de la República Islámica.
Permaneció en Egipto durante casi 2 años. El asesinato del presidente Sadad en octubre de 1981 la dejó sin su anfitrión y protector. El nuevo gobierno egipcio siguió dándole alojamiento, pero la atmósfera había cambiado. Era momento de partir. Fará salió de Egipto con sus hijos y comenzó una nueva etapa del exilio.
Esta vez ya sin el ya a su lado. El mundo que había conocido durante 20 años había desaparecido. Su país estaba en manos de un régimen que la consideraba enemiga. Su esposo estaba muerto y sus hijos, a los que había tratado de proteger de todo, llevaban en su interior heridas que todavía no habían terminado de sangrar. Se instaló en Europa primero, luego dividió su vida entre París y Coneticat en Estados Unidos.
No era una vida de pobreza. Conservaba parte del patrimonio que había podido salvar antes de la huida. Y los apoyos de la comunidad iranía en el exilio eran considerables, pero era una vida suspendida, una vida entre paréntesis, la vida de alguien que espera sin saber exactamente qué es lo que espera. Seguía siendo para millones de iraníes que vivían fuera de Irán un símbolo, no simplemente de la monarquía o del régimen del Sha, sino de una versión de Irán que muchos extrañaban.
moderna, culta, abierta al mundo, conectada con su historia milenaria. La emperatriz en el exilio la Shabanó sin trono. Pero el exilio, con toda su melancolía, no era el peor de los golpes que la vida le tenía reservados. Los peores golpes vendrían de adentro, de su propia familia, de sus propios hijos, y llegarían con la crueldad silenciosa de las tragedias que no anuncian su llegada.
Hay una frase que Faradiva repitió en varias entrevistas a lo largo de los años. Una frase que dice más que cualquier análisis político sobre lo que significa el exilio cuando te golpea en el corazón de tu familia. dijo Alí. Resa y Leila eran víctimas del exilio que nos tocó vivir. Resa, el primogénito, fue el que mejor encontró un camino en el exilio.
Se formó como piloto militar en Estados Unidos. Estudió relaciones internacionales. Construyó una identidad pública como heredero del trono iraní y voz política de la oposición monárquica. se casó, tuvo hijos, siguió adelante. Faranás, la segunda hija, fue más reservada, se mantuvo alejada de los focos, con una vida más privada, más discreta, también encontró su manera de continuar.
Pero Alí, Rea y Leila precio más alto. Nacidos con apenas 4 y 12 años cuando comenzó el exilio, eran demasiado jóvenes para haber consolidado una identidad antes de que el mundo se les derrumbara. crecieron entre culturas, sin un país al que pertenecieran de verdad, con la carga de un apellido que era al mismo tiempo una herencia y un peso.
La pequeña Leila fue la primera en romperse. Creció con la sensibilidad extrema de los que sienten el mundo demasiado, con una inteligencia que la hacía consciente de todo lo que había perdido su familia y de todo lo que el exilio le había quitado. desarrolló anorexia nerviosa, que en los años siguientes se convirtió en una enfermedad que la fue consumiendo lentamente.
También cayó en la adicción a los medicamentos y las drogas, una espiral que nadie en la familia logró detener a pesar de los intentos desesperados. Fará buscó ayuda para ella sin descanso. La acompañó a médicos, a clínicas, a terapeutas. en una entrevista dolorosamente honesta, admitió, “Yo lo intenté todo para ayudarla, incluso iba con ella al médico, pero tristemente decidió abandonar este mundo.

Y aún a día de hoy sigo sin comprender qué la llevó a hacerlo. El 10 de junio de 2001, la princesa Leila fue encontrada muerta en su habitación de un hotel de Londres. Tenía 31 años. La causa oficial fue una sobredosis de cocaína combinada con tranquilizantes. Irán, que tanto la había marcado sin que ella pudiera nunca regresar a él, no la dejó vivir.
Fará tenía 62 años cuando enterró a su hija. Hay dolores para los que el lenguaje humano resulta insuficiente y el de una madre que entierra a un hijo es uno de ellos. Pero la vida no le daría tiempo para recuperarse del todo de ese golpe antes de acest siguiente. Alí Resa, el tercer hijo, era por todas las cuentas un hombre brillante.
Había estudiado historia iraní y cultura de Oriente Medio con una profundidad que asombraba a sus profesores. Hablaba de la civilización persa con un amor y un conocimiento que emocionaban a quienes lo escuchaban. Era amable. tenía sentido del humor, era apasionado, pero también cargaba con el peso del exilio, con las depresiones cíclicas que fueron haciéndose más frecuentes y más profundas con el paso de los años.
Los que lo conocían veían en él a alguien que vivía en una tensión constante entre quién quería ser y el mundo en el que tenía que vivir. El 4 de enero de 2011, Alí Resalabi se suicidó en su apartamento de Boston. Tenía 44 años. Murió en el día en que esperaba el nacimiento de su primera hija. La noticia llegó a Fara como un rayo que cae dos veces en el mismo lugar.
Faradiva había perdido a su esposo, a una hija y ahora a un hijo. Tres de las personas más importantes de su vida, todas víctimas de maneras diferentes, de la misma historia. El exilio, el desarraigo, la imposibilidad de volver a casa. En una entrevista concedida poco después de la muerte de Alí Resa, Fará dijo algo que resume con una precisión brutal todo lo que había vivido.
A veces me siento como si tuviera 200 años. Pero siguió de pie, siguió hablando, trabajando, apareciendo en eventos, dando entrevistas, defendiendo la memoria de su esposo y el futuro de un Irán libre, porque derrumbarse era también, a su manera, una forma de rendirse a los mismos que habían destruido su mundo.
Y eso era lo único que Farad Diva nunca estaba dispuesta a hacer. Cuando Faradiva cruzó los 40 años de exilio, ya había enterrado a su esposo, a una hija y a un hijo. Ya había vivido en más países de los que la mayoría de las personas visitan en toda su vida. Ya había visto como la historia que ella había vivido desde adentro se convertía en objeto de estudio, de debate, de nostalgia y de condena.
Y sin embargo, seguía siendo reconocible. seguía siendo relevante. Seguía levantándose cada mañana con la misma determinación de quien sabe que aún tiene cosas que hacer. Se instaló definitivamente entre París y Coneticat. En Coneticat, porque su hijo rea y sus nietas vivían allí. Y la presencia de esas niñas a las que ama con la intensidad con que solo se puede amar a los que quedan cuando tantos otros se han ido, era su ancla más sólida en el presente.
En París, porque Francia siempre había sido su segunda casa, el país de su formación, el lugar donde el idioma y los paisajes le devolvían algo parecido a la pertenencia. Nunca regresó a Irán. 40 y tantos años después de aquel vuelo de enero de 1979, sigue sin poder pisar la tierra donde nació. El régimen de la República Islámica la considera un símbolo del pasado que quiso destruir.
Ella considera al régimen el responsable de la destrucción de todo lo que amaba. Pero si hay algo que define la vejez de Faradiva, es que no se convirtió en una figura del pasado encerrada en sus recuerdos. siguió activa, siguió hablando, siguió siendo una voz pública. Fundó su propia fundación, la fundación Shabanu Farap Paslaví, dedicada a promover la cultura iraní y apoyar a los iraníes en el exilio.
Apareció en bodas reales internacionales, en funerales de estado, manteniendo esa presencia digna y elegante que nunca perdió a pesar de todo. Asistió a la boda del príncipe Federico de Dinamarca en 2004, a la del príncipe Nicolás de Grecia en 2010, a la de Alberto II de Mónaco en 2011, a la del príncipe Jusín Bin Abdul de Jordania en 2023.
En cada una de esas ceremonias, la presencia de la Shabanú fue notada, comentada, fotografiada, no por protocolo, sino porque ella sigue siendo, para quienes la conocen, una figura que encarna algo más que un título abolido. Con los años empezó también a hablar más abiertamente sobre el régimen iraní. fue aumentando el tono, pasando de la diplomacia al llamado directo.
En un texto histórico que circuló ampliamente entre los iraníes, escribió, “Durante cuartent y tantos años habéis soportado penurias inimaginables, viendo a vuestro hermoso país caer bajo el control de quienes lo han destruido.” Su llamado al pueblo iraní resonó especialmente fuerte durante las protestas que sacudieron el país en distintos momentos de la historia reciente.
Habló también sobre la memoria de su esposo con una franqueza que a veces sorprende por su equilibrio. No pretendió que el reinado del ya fuera perfecto ni libre de errores, pero defendió su figura frente a lo que considera una demonización excesiva por parte de quienes lo convirtieron en el culpable de todos los males para justificar una revolución que, según ella, creó males mucho mayores.
Dijo en una entrevista que a pesar de todo lo que le sucedió, el Shah jamás tuvo una mala palabra contra su pueblo o sus compatriotas. En 2003 publicó sus memorias, que en español se publicaron bajo el título Fará diva Paslaví memorias. Era un libro largo, detallado, personal, que recorría su vida desde la infancia en Teerán hasta el exilio, pasando por todos los momentos que el mundo ya conocía de lejos, pero que ella describía desde adentro.
Fue un bestseller en varios países y una fuente primaria irreemplazable para entender no solo su vida, sino toda una época de la historia de Irán. En 2009, el director persa sueco Nahid Personani realizó un documental sobre ella titulado La reina y yo, que fue proyectado en festivales de todo el mundo, incluyendo Sandance y el festival de cine documental de Ámsterdam.
Era un retrato matizado, a veces incómodo, de una mujer que carga con el peso de la historia sin poder deshacerse de él. Y en los últimos años anunció que estaba trabajando en dos producciones sobre su vida y la de su esposo, un documental y una película de ficción. “Quiero mostrar qué es Irán y quiénes son los iraníes”, dijo.
“Quiero que hablen de mi país, especialmente de su historia y cultura. A los 86 años, Faradiva seguía contando su historia, porque esa historia era también la historia de millones de iraníes que la vivieron desde otro lado, desde las calles de Teerán, desde los bazares de Isfaján, desde las montañas del Kurdistán. Y porque mientras esa historia no se cuente completa, la emperatriz sin corona no puede descansar todavía.
Hay personas cuyas vidas resumen épocas enteras, que nacieron exactamente en el momento justo para vivir desde adentro y en primera persona, el ascenso y la caída de un mundo. Faradiva Palabí es una de esas personas. Nació en Teerán cuando Irán todavía era una monarquía joven, gobernada por un sha que soñaba con construir un segundo imperio persa a la altura del siglo XX.
Creció en una familia de clase media ilustrada que le dio el don más valioso que un padre puede darle a una hija. La certeza de que el conocimiento es el único patrimonio que nadie puede quitarte. Estudió en Europa. Abrió sus ojos a un mundo más ancho que las calles de Teerán.
Soñó con diseñar edificios, con construir espacios para las personas. Y luego la historia la eligió para algo completamente diferente. La historia la convirtió en reina, en emperatriz, en primera dama de un imperio que se creía destinado a durar otros 1000 años y que duró apenas dos décadas más. La historia la sentó en el trono más antiguo del mundo y luego la expulsó de él en una sola noche de enero.
Lo que hizo Fara con su posición de emperatriz no fue solo lucir vestidos de dior y presidir banquetes. Construyó hospitales, fundó universidades, protegió el patrimonio cultural de un país con miles de años de historia. Visitó comunidades de leprosos cuando nadie esperaba que lo hiciera. Defendió los derechos de las mujeres iraníes en una época en que ese era un acto político de consecuencias reales.
Fue nombrada regente del imperio, la primera mujer en tener ese cargo en una monarquía islámica moderna. Y cuando todo eso desapareció, cuando la revolución llegó y el mundo que había construido se derrumbó en semanas, no cayó en el cinismo ni en el silencio. Acompañó a su esposo moribundo por seis países en dos años.
Lo cuidó hasta el último día. Lo enterró en tierra extranjera y luego siguió viviendo, porque vivir era también, a su manera, una forma de resistencia. perdió dos hijos al exilio. Esa es quizás la frase más dura de toda esta historia, porque encierra en cinco palabras décadas de dolor que no tienen forma de describirse del todo.
Alí Rea y Leila no murieron de enfermedades comunes ni de accidentes. Murieron de una herida que el exilio abrió en su interior y que nunca pudo cerrarse. Y Fará, que los amaba con la intensidad con que solo puede amar una madre que sabe lo frágil que es la vida, tuvo que seguir viviendo con ese peso. Pero también hay algo más en esta historia, algo que va más allá de la tragedia personal y que toca una pregunta más amplia.
La pregunta sobre qué se pierde cuando una revolución destruye un mundo y construye otro en su lugar. Irán, el Irán de los bazares y las mezquitas, de las montañas nevadas y los desiertos infinitos, de la poesía de Jafés y la arquitectura de Isfaján, existía mucho antes de que los Palaví llegaran al poder y seguirá existiendo mucho después de que la República Islámica desaparezca.
Faradiva lo sabe. Por eso sigue hablando de Irán no como de un país perdido, sino como de un país en espera. Por eso sigue apareciendo en eventos, dando entrevistas, llamando a los iraníes a resistir y a no olvidar quiénes son. Por eso trabaja en documentales y películas, no para defender un régimen que tuvo sus propias sombras, sino para recordar que un país es más grande que cualquier gobierno y que una civilización de 25 siglos no se borra con una revolución.
A sus 86 años, Faradiva Palaví vive entre Concticat y París. Tiene nietas a las que adora. tiene el recuerdo de su esposo, de sus hijos perdidos, de los jardines del palacio nián, que ya no existen para ella, excepto en la memoria. Tiene la imagen de aquella joven de 21 años que subió a un avión en París sin saber que iba camino de un trono.
Y la imagen de esa misma mujer bajando de otro avión en Egipto décadas después con el ya enfermo a su lado y el mundo detrás de ella. convertido en cenizas. Y tiene algo más, la conciencia tranquila de quien sabe que hizo lo que pudo con lo que tuvo, que amó a su país, que amó a su familia, que no se rindió cuando hubiera sido más fácil rendirse.
No todas las historias tienen un final feliz. No todas las vidas terminan como comenzaron, pero hay historias que merecen ser contadas. Precisamente porque nos recuerdan que los seres humanos son capaces de llevar cargas que parecen imposibles y seguir caminando de todas formas. Esta es una de esas historias y la mujer que la vivió con todo su esplendor y toda su sombra merece que la recordemos. S.
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