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MARCO ANTONIO RUBIO: de CAMPEÓN MUNDIAL a DESAPARECIDO… El oscuro SECRETO que nadie contó

y los programas contra la adicción que impulsó desde su cargo de regidor tenían el mismo espíritu, usar el deporte como herramienta de prevención, no como espectáculo, porque él sabía mejor que nadie que la energía de la juventud necesita un cauce positivo o de lo contrario encuentra los negativos que siempre están disponibles en las ciudades fronterizas.

Aquí estás tú siguiendo a un boxeador en su carrera, viendo cómo sube en el ranking celebrando sus knockouts. Y mientras tanto, ese mismo hombre está batallando con algo que podría arrebatarle todo. No las derrotas, no los rivales, no las lesiones, el alcohol, la fiesta, las noches que no terminan bien. El boxeo tiene una hipocresía particular con esto.

Te exige disciplina monástica para competir. entrenamiento dos veces al día, dieta controlada, peso preciso, sueño medido. Pero al mismo tiempo el entorno que rodea al boxeador profesional es con frecuencia exactamente lo opuesto. Dinero de repente, fama de repente, gente que aparece de la nada ofreciéndote celebraciones, mujeres, alcohol, todo lo que un joven de 22 años de Torreón que creció en una familia trabajadora nunca había visto antes.

La combinación es devastadora. Y Marco Antonio Rubio cayó en eso. Él mismo lo reconoció. Las fiestas no paraban, el alcohol fluía a caudales. En esa misma entrevista de Milenio dijo algo que lleva mucho tiempo resonando. Tuve una etapa desastrosa y tuve mis descalabros fuertes. No detalló exactamente qué tan desastrosa. No describió noches específicas ni episodios concretos con fecha y hora, pero lo que sí dijo es suficiente para entender lo que estaba en juego.

Sin la decisión de dejarlo, él mismo calculó que para 2006 ya hubiera estado retirado. Se retiró en 2015. Ese intervalo de 9 años, esos 9 años adicionales de carrera, esas tres peleas por el campeonato mundial, el cinturón verde y oro del CMB, todo eso dependió de una decisión que tomó en algún momento de mediados de la primera década del 2000.

En esa entrevista de 2020 dijo que al momento tenía 15 años sobrio sin probar una gota de alcohol. Si hacemos la cuenta, eso significa que dejó de beber alrededor de 2005. Tenía 25 años. Había ganado y perdido. Había tenido las fiestas y las amistades que vienen con el dinero. Y en algún punto, él solo, sin que se lo pidiera nadie externo, decidió que no iba a seguir por ese camino. Escucha esto. Eso no es fácil.

Nadie que haya estado en ese ciclo te va a decir que es fácil. El alcohol no suelta a los deportistas de élite más fácil que a cualquier otra persona. La presión de rendir, el dolor físico de entrenar, el miedo a perder, el vacío que queda cuando la adrenalina de la pelea desaparece y tienes que enfrentarte a una vida normal el resto de la semana.

Todo eso empuja hacia la escapatoria que está más cerca. Y en muchos entornos deportivos, la más cercana es la botella. Marco la soltó y cuando la soltó algo cambió en su carrera. Piensa en la magnitud de esa decisión por un momento. En un mundo donde la mayoría de los jóvenes boxeadores que llegan a tener algo de éxito se dejan llevar por la corriente de las fiestas y el reconocimiento repentino, Marco Antonio Rubio tuvo la claridad mental y la fuerza de voluntad para decir basta.

No fue una intervención de su familia, no fue un escándalo público que lo obligara a cambiar, no fue una lesión que lo pusiera en cama a reflexionar. Fue una decisión interna tomada en silencio en algún momento alrededor de 2005, cuando tenía 25 años y ya había probado tanto el sabor de las victorias como el de las resacas que vienen después de las noches que no terminan bien.

Esa decisión no solo le salvó la carrera, le dio una década adicional de boxeo de alto nivel. Le permitió llegar a tres peleas por el título mundial, le permitió ganar el cinturón que tanto había buscado. Le permitió construir una vida después del ring, que aunque no fue la de un millonario, fue la de un hombre íntegro que podía mirar a sus hijas a los ojos sinvergüenza.

El alcohol en el boxeo no es solo un problema de rendimiento, es un problema de identidad. El boxeador que bebe para celebrar o para olvidar está en muchos casos usando la misma sustancia que lo ayuda a soportar el dolor físico y emocional del deporte. Soltarlo requiere reemplazar esa muleta con algo más fuerte: propósito, familia, disciplina interna.

Rubio encontró eso y el boxeo, que a menudo premia el talento natural, pero castiga la falta de carácter, le recompensó con los mejores años de su carrera justo después de esa decisión. Después de 2005 y 2006, sus victorias fueron más consistentes. La racha que lo llevó a la primera pelea por el título fue de varios años sin perder.

En 2007, 2008, 2009 peleaba y ganaba. Sus knockouts seguían llegando. La derecha seguía siendo el veneno que le daba el apodo. Y en octubre de 2008 en Atlantic City, en la función de Kelly Public contra Bernard Hopkins, Rubio peleó en el undercard contra el mexicano Enrique Ornelas. Ganó por decisión dividida y con esa victoria se ganó algo que para él representaba todo lo que había esperado, el número uno del ranking del CMB en los pesos medios.

El título estaba a un paso y lo que vino después fue su primera gran derrota, pero también fue el momento donde el boxeador que era de verdad empezó a revelarse. El 21 de febrero de 2009 en el Chevrolet Centre de Jongstown, Ohio, Marco Antonio Rubio se convirtió en el primer boxeador coahuilense en pelear por un título mundial.

El rival era Kelly Public, el fantasma, campeón unificado del CMB y la OMB, un peleador devastador con un knockout sobre Germain Taylor que todavía se recuerda en el boxeo americano. Public estaba en su pico. Rubio sabía que la pelea era difícil. Lo sabía. Pero ir a Ohio, a la casa de public, con el público del fantasma llenando el estadio sin importar las probabilidades, eso requiere algo específico que no todo el mundo tiene. Y Rubio lo tenía.

Él no le tenía miedo a perder si la alternativa era no pelear. Ese rasgo, esa disposición a arriesgarse iba a definir toda su carrera. La pelea fue dura. Nueve rounds de intercambios. Rubio resistió. aguantó golpes que mandaron a otros boxeadores a la lona. Pero antes del décimo round su esquina detuvo el combate. Rubio no había caído.

Su esquina consideró que había demasiado daño acumulado y que continuar era arriesgar algo más que el título. En el boxeo eso se llama TKO por el corner. En el lenguaje de la calle se llama Aquí hasta donde llegamos. Rubio tenía 28 años, había llegado a su primera pelea por el título mundial y había perdido. Muchos boxeadores en esa situación retroceden, se reconsideran, buscan peleas más fáciles.

Rubio no volvió al gimnasio, volvió a ganar, encadenó victorias a lo largo de 2009, 2010 y 2011. Peleas donde su knockout llegaba, donde su derecha funcionaba, donde el veneno seguía siendo un apodo ganado. En abril de 2011, en el Bell Centre de Montreal, enfrentó a David Lemw, un canadiense joven, invicto, peligroso, que era el favorito de la noche ante su público.

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