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El Heredero Olvidado de Sevilla: Del Abandono por Fragilidad a la Cúspide del Oro Mundial

El Heredero Olvidado de Sevilla: Del Abandono por Fragilidad a la Cúspide del Oro Mundial

Parte 1

La madrugada en Sevilla tenía esa manera tan suya de parecer antigua incluso cuando acababa de empezar. Las calles olían a piedra mojada, azahar dormido y café que todavía nadie había puesto en la cafetera, pero que uno ya imaginaba en cualquier cocina con persianas verdes. La lluvia caía fina, sin escándalo, como si también quisiera entrar de puntillas en la historia y no despertar a los vecinos.

Frente a la iglesia de Santa Catalina, una figura envuelta en un abrigo oscuro se detuvo junto a la puerta lateral. Miró a un lado, miró al otro, y durante unos segundos pareció que iba a arrepentirse. Pero hay personas que, cuando se convencen de que están haciendo algo necesario, se vuelven peligrosamente tranquilas. Dejaron un pequeño bulto junto al portón, protegido por una manta color crema, con una medallita dorada prendida en una esquina.

El bebé no lloraba. Apenas respiraba con un sonido débil, casi educado, como si incluso para sufrir pidiera permiso.

La figura se marchó sin mirar atrás.

A los tres minutos, que en una tragedia pueden parecer tres años, apareció don Anselmo, el sacristán, con una bolsa de basura en una mano y un paraguas roto en la otra. Don Anselmo era de esos sevillanos que desconfiaban de todo lo que ocurriera antes de las siete de la mañana. Decía que a esas horas no se podía decidir nada importante, porque ni Dios había calentado todavía el día.

—Madre del Amor Hermoso… —murmuró al ver la manta.

Se acercó despacio, esperando encontrar un gato, un paquete olvidado o, con mala suerte, una caja de propaganda de algún grupo parroquial que siempre llegaba sin avisar. Pero cuando apartó la manta y vio la cara del niño, se quedó tan quieto que la lluvia le cayó sobre la nariz sin que se acordara de protestar.

—Pero bueno… ¿y tú de dónde has salido, criatura?

El bebé abrió los ojos. Eran grandes, oscuros, demasiado despiertos para alguien tan pequeño. Don Anselmo tragó saliva.

—No me mires así, que yo bastante tengo con abrir la iglesia y que no se me apague el cirio grande.

Lo cogió con un cuidado torpe, de hombre que nunca había cambiado un pañal pero que había movido imágenes de Semana Santa con precisión de cirujano. El niño pesaba poco. Muy poco. Como si la vida todavía no hubiera decidido quedarse dentro de él.

Dentro de la iglesia hacía frío. Don Anselmo lo envolvió en su propia chaqueta y empezó a gritar hacia la sacristía:

—¡Padre Julián! ¡Padre Julián, venga usted corriendo!

Desde el fondo apareció el cura, con el alzacuello mal puesto y cara de haber dormido menos que una persiana en agosto.

—Anselmo, como sea otra gotera, te juro que me hago budista.

 

—No es una gotera, padre.

El sacerdote vio al bebé y se le borró el sueño de golpe.

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