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Stalin ATACÓ CON 6.200 BM-13 — El horizonte DESAPARECIÓ y 690.000 Alemanes PULVERIZADOS en Moscú

Stalin ATACÓ CON 6.200 BM-13 — El horizonte DESAPARECIÓ y 690.000 Alemanes PULVERIZADOS en Moscú

El otoño de 1941 marcó el momento más oscuro en la historia de la Unión Soviética, cuando las divisiones blindadas de la Wermch se encontraban a menos de 30 km del Kremlin y los ciudadanos de Moscú podían escuchar el estruendo de la artillería alemana resonando a través de las calles heladas de su ciudad.

3 millones y medio de soldados alemanes habían invadido territorio soviético en la operación Barbarroja, la invasión más masiva que el mundo había conocido, y ahora estaban a punto de tomar la capital del comunismo mundial y destruir el corazón mismo de la resistencia soviética. Adolf Hitler había declarado públicamente que Moscú sería arrasada hasta los cimientos, que no quedaría piedra sobre piedra, que la ciudad sería convertida en un lago artificial que borraría hasta el recuerdo de su existencia.

Sus generales habían planificado un desfile de victoria bajo la nieve moscovita para finales de octubre, con el furer mismo marchando triunfalmente por la Plaza Roja mientras las banderas nazis sondeaban sobre el Kremlin. La caída de Moscú no era una posibilidad, era una certeza absoluta que todos los expertos militares del mundo aceptaban como inevitable.

Pero lo que Hitler y sus generales no sabían, lo que la inteligencia alemana había fallado completamente en detectar, era que en fábricas secretas dispersas por toda la Unión Soviética, trabajando 24 horas al día bajo condiciones que mataban a los trabajadores por agotamiento, los soviéticos estaban produciendo un arma que cambiaría para siempre la naturaleza de la guerra moderna.

Un arma tan devastadora en su poder destructivo, tan aterrorizante en su efecto psicológico, que los soldados alemanes que la enfrentaron la recordarían en sus pesadillas durante el resto de sus vidas. El BM13 Kayusa no parecía particularmente impresionante a primera vista, era simplemente un camión ordinario, un CIS6 soviético o incluso camiones americanos studer enviados bajo el programa Lendlis, sobre el cual se habían montado rieles de lanzamiento para 16 cohetes de 132 mm.

No tenía el blindaje imponente de un tanque, no tenía la precisión quirúrgica de la artillería convencional, no tenía nada de la sofisticación tecnológica que caracterizaba a las armas alemanas. Era brutal, simple y absolutamente letal. Cada cohete pesaba 42 kg de explosivo de alto poder, diseñado no para penetrar blindaje, sino para crear zonas de devastación masiva donde todo ser viviente simplemente dejaba de existir.

Cuando un catyusa disparaba su carga completa, 16 cohetes salían rugiendo de sus rieles en un lapso de 7 a 10 segundos, volando a 355 m por segundo hacia objetivos que podían estar a 8m y5 de distancia. Y el sonido que hacían durante su vuelo era algo que ningún ser humano que le escuchara podría olvidar jamás.

Los cohetes estaban diseñados con aletas estabilizadoras que giraban durante el vuelo, creando un silvido agudo y penetrante que los alemanes describían como el sonido del infierno mismo abriéndose bajo sus pies. Era un aullido que comenzaba suave y distante, luego crecía en intensidad hasta convertirse en un chillido que perforaba los tímpanos y hacía que hasta los soldados más veteranos sintieran que sus entrañas se convertían en agua helada.

Y cuando ese sonido alcanzaba su punto máximo, cuando el chillido se volvía insoportable, era cuando los cohetes impactaban y el mundo se convertía en fuego. Los alemanes lo llamaban Stalin Orel, el órgano de Stalin, porque los rieles de lanzamiento se parecían a los tubos de un órgano de iglesia y porque el sonido de los cohetes en vuelo era como una sinfonía de mente tocada por un dios enloquecido.

Pero para los soldados alemanes en el frente no había nada musical en ese sonido. Era pura muerte vestida de ruido. Era el presagio de una destrucción tan completa que los hombres que la sobrevivían emergían tambaleándose de sus refugios con los ojos vidriosos y la mente rota. La primera vez que los alemanes enfrentaron los Kayusa fue en julio de 1941, cuando una batería experimental de siete lanzadores bajo el mando del capitán Ivan Flerov atacó la estación ferroviaria de Orsa en Bielorrusia.

En menos de 20 segundos, Flerob y sus hombres dispararon 100 cohetes sobre la estación donde tropas y suministros alemanes se concentraban para su avance hacia Moscú. El resultado fue tan devastador que Fran Salder, jefe del Estado Mayor alemán, escribió en su diario palabras que revelaban un terror que raramente aparecía en documentos militares alemanes.

Los rusos usaron un arma desconocida hasta ahora. Una tempestad de bombas quemó la estación ferroviaria de Orsa, así como todas las tropas y equipos militares. El metal se derretía y el suelo ardía. Soldados alemanes que sobrevivieron al ataque contaron historias que sus superiores inicialmente descartaron como histeria de combate.

Hablaban de camaradas que simplemente desaparecieron, vaporizados por la intensidad de las explosiones. Hablaban de tanques convertidos en chatarra retorcida, de cañones de artillería fundidos en masas informes de acero líquido, de edificios que colapsaban como castillos de naipes bajo la presión de las ondas expansivas, pero sobre todo hablaban del sonido de ese aullido infernal que anunciaba la llegada de la muerte y que hacía que hombres que habían marchado victoriosamente a través de Polonia, Francia y los Balcanes simplemente perdieran la cordura y

comenzaran a correr sin rumbo, gritando incoherencias mientras sus mentes se fragmentaban bajo el peso del terror puro. Stalin reconoció inmediatamente el valor de esta nueva arma. El líder soviético, quien raramente mostraba entusiasmo por innovaciones tecnológicas y que había purgado a miles de oficiales talentosos durante sus paranoyas de los años 30, dio órdenes personales para que la producción de catusas se convirtiera en la máxima prioridad industrial de la Unión Soviética.

No importaba que la nación estuviera al borde del colapso, no importaba que las fábricas estuvieran siendo evacuadas hacia los urales bajo fuego alemán. No importaba que los trabajadores estuvieran muriendo de hambre y agotamiento. Los catyusas tenían que ser producidos en cantidades masivas y producidos rápidamente. Para agosto de 1941, apenas un mes después del primer uso en combate, Stalin había ordenado la creación de ocho regimientos especiales de Katyusa, cada uno equipado con docenas de lanzadores.

La producción se aceleró a un ritmo que desafiaba toda lógica industrial. Fábricas que habían estado produciendo tractores agrícolas fueron convertidas en líneas de ensamblaje de catusas. Trabajadores que nunca habían visto un plano técnico en sus vidas aprendieron a soldar rieles de lanzamiento y ensamblar sistemas de ignición.

Mujeres y adolescentes, muchos de ellos familiares de soldados que ya habían muerto en el frente, trabajaban turnos de 18 horas forjando los componentes que convertirían camiones ordinarios en instrumentos de apocalipsis. La seguridad alrededor del programa Katyusa era absoluta. Stalin había dado órdenes de que cualquiera que revelara información sobre los lanzadores sería ejecutado inmediatamente junto con toda su familia.

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