Lo ha vuelto a hacer. Nuestra Shakira, la reina indiscutible de la música latina, la mujer que ha sabido transformar su dolor en arte y su tragedia personal en un himno de empoderamiento global, lo ha conseguido. Si esta noche millones de espectadores a lo largo y ancho del planeta sienten el corazón a mil por hora, latiendo al ritmo frenético de los tambores y las luces de Ciudad de México, es porque el mundo entero acaba de ser testigo de un hito que muy pocas personas en la historia de la industria musical han logrado acariciar siquiera con la punta de los dedos. Shakira ha inaugurado dos mundiales. Dos ceremonias monumentales, dos momentos históricos grabados a fuego en la retina de la humanidad. El primero, en 2010 con aquel inolvidable “Waka Waka” que traspasó fronteras, idiomas y culturas para convertirse en el himno indiscutible de una generación entera. El segundo, ahora, en pleno 2026, interpretando “Da die” frente a millones de personas, demostrando que su reinado no tiene fecha de caducidad.
Dos mundiales. Dos himnos planetarios. Una sola mujer. Pero para comprender verdaderamente la magnitud titánica de lo que acabamos de presenciar en ese imponente estadio mexicano, es absolutamente imperativo detenernos a reflexionar sobre todo lo que ha ocurrido entre aquel lejano verano de 2010 y esta noche mágica de 2026. No podemos limitarnos a aplaudir la coreografía perfecta, la voz inconfundible y la energía inagotable de la colombiana sin pensar en la dolorosa y escabrosa travesía que tuvo que sortear para llegar hasta aquí, alzándose como el ave fénix desde sus propias cenizas.

Hablamos de los años de traición y engaño que descubrió de la manera más cruel y pública posible, viendo cómo su castillo de naipes familiar se desmoronaba ante los implacables focos de la prensa del corazón. Hablamos de la forzosa y mediática mudanza a Miami, llevándose consigo a sus tesoros más preciados, sus hijos Milan y Sasha, en un intento desesperado por protegerlos del huracán destructivo que amenazaba con devorar su infancia. Hablamos de las interminables y extenuantes batallas legales, de los ataques indiscriminados, de los dedos acusadores y de todas aquellas personas que apostaron ciegamente por verla hundida, derrotada, convertida en una sombra de lo que un día fue. Esas mismas personas que hoy, en pleno 2026, han tenido que tragar saliva y observar atónitas cómo esa mujer a la que intentaron quebrar es la encargada de abrir el torneo deportivo más colosal del planeta, coronada y reafirmada como la artista latina más importante y trascendental del mundo.
Porque la realidad más pura y contundente es que Shakira no se limitó a sobrevivir a todo ese infierno terrenal; Shakira lo superó, lo metabolizó y lo transformó en oro puro. Y la diferencia abismal entre sobrevivir a duras penas y superar un trauma con maestría es, exactamente, lo que el mundo vio esta noche sobre ese escenario en Ciudad de México. Vimos a una mujer que no solo está “bien”, sino a una mujer pletórica, imponente, que se encuentra indudablemente en el mejor momento de su vida, tanto a nivel artístico como espiritual.
Sin embargo, detrás del brillo ensordecedor de los fuegos artificiales, del rugido unánime del estadio y de la perfección milimétrica del directo, se esconde una historia paralela. Una intrahistoria fascinante, secreta y profundamente conmovedora que ocurrió cuando los ecos de la música se desvanecieron y Shakira abandonó el escenario. Un momento íntimo que ninguna cámara de televisión logró capturar en su totalidad y que nuestro equipo ha podido reconstruir meticulosamente gracias a los testimonios directos de trabajadores, asistentes de producción y personas del círculo de confianza que estuvieron presentes en ese instante histórico en el backstage. Lo que vais a leer a continuación cambiará por completo vuestra perspectiva sobre esta noche. Comprenderéis que hoy no solo hemos asistido a la noche más grande de la carrera profesional de la barranquillera, sino a la noche más especial, sanadora y reveladora de su vida personal.
Para entender el clímax emocional de esta historia, primero debemos sumergirnos en la atmósfera vibrante de lo que ocurrió sobre la tarima. Cuando Shakira pisó el escenario en Ciudad de México, el aire se electrificó. Desde el primer microsegundo, resultaba físicamente imposible desviar la mirada hacia otro lugar. Esa energía arrolladora, magnética y salvaje, capaz de llenar hasta el último rincón del recinto por gigantesco que fuera, se apoderó del estadio. Esa presencia escénica arrolladora que provoca que cualquier otro elemento a su alrededor palidezca y pase a un segundo plano de forma inmediata. Esa voz única y visceral que, cuando resuena en un estadio repleto, tiene el poder místico de fusionar a millones de personas en una sola entidad palpitante.
Eso es lo que visteis. Eso es lo que el mundo entero consumió a través de sus pantallas. Pero los que estaban cerca, los que conocen verdaderamente a la mujer detrás del mito, notaron algo cualitativamente diferente en ella esta noche en comparación con actuaciones del pasado. Quienes estuvieron a pocos metros de distancia, en los aledaños de la pista, lo describen de una forma muy concreta, casi poética: Shakira estaba libre. Completamente y absolutamente libre. Despojada por fin del pesado lastre de su pasado, sin cargar sobre sus hombros con nada que no fuera el peso de ese momento exacto, de esa canción (“Da die”), de ese escenario y del amor incondicional de las millones de personas que cantaban al unísono con ella desde todos los rincones del planeta Tierra.
Cuando los primeros acordes de “Da die” sonaron en vivo por primera vez, se desató una magia inenarrable. Las palabras se quedan cortas para describir el torrente de emociones que inundó el recinto, porque esa canción en particular posee una carga histórica e intrahistórica que trasciende con creces lo meramente musical. Esta actuación englobaba el espíritu indomable de la resiliencia; encapsulaba esa frase lapidaria que millones de seguidores interpretaron en su día como un mensaje directo, un dardo envenenado hacia su expareja, Gerard Piqué; y representaba el cierre de un círculo kármico y vital de proporciones épicas que comenzó a trazarse en Sudáfrica 2010 y ha culminado de manera gloriosa en Ciudad de México 2026.
Al cantar en directo, cada nota, cada respiración y cada movimiento de caderas de la colombiana llevaba impregnada toda esa densa historia vital. Y el estadio respondió. Según relatan los testigos presenciales, la reacción del público fue abrumadora, constituyendo uno de esos instantes sagrados que se quedan tatuados a fuego en el alma de quienes tienen el privilegio de vivirlos en primera persona. Millones de voces fusionadas, un coro ensordecedor que hacía temblar los cimientos del recinto, formando parte de una liturgia colectiva que el mundo solo conjura una vez cada cuatro años, y que esta noche tenía a Shakira como su indiscutible diosa pagana.
Al término de la actuación, cuando las luces del estadio comenzaron a atenuarse y el frenesí dio paso a los aplausos atronadores, el aire seguía vibrando. Era esa clase de vibración residual, pesada y cargada de electricidad estática, que no se evapora de golpe, sino que permanece flotando como un eco poderoso y persistente durante largos minutos después de que la música oficial ha cesado. El público necesitaba prolongar ese sentimiento, aferrarse a esa catarsis colectiva antes de dejarla ir.
Shakira abandonó el escenario escoltada por su equipo de seguridad, bajando las escaleras hacia las entrañas del estadio. Y es aquí donde la historia oficial termina y comienza la verdad oculta. Según nos describen con detalle las fuentes que presenciaron su llegada al backstage, la emoción que la barranquillera llevaba a flor de piel era de una intensidad imposible de disimular. Las lágrimas, cristalinas y cargadas de significado, estaban ahí, contenidas pero evidentes para cualquiera que se cruzara con su mirada. Eran las lágrimas honestas de alguien que acaba de atravesar una experiencia tan gigantesca, tan abrumadoramente grande, que el cuerpo humano y la mente racional no saben exactamente cómo procesar el torrente de estímulos y sentimientos.
Inmediatamente, fue arropada. Su equipo de toda la vida la rodeó en un círculo de protección y cariño. Los abrazos llegaron desde todas las direcciones; esa familia profesional inquebrantable que lleva años a su lado, sosteniéndole la mano en sus horas más oscuras y celebrando sus victorias más luminosas. Ellos, mejor que nadie, eran plenamente conscientes de que acababan de ser testigos privilegiados de uno de los hitos más colosales en la historia de la vida de esta mujer.
Y entonces, como dicta el protocolo ineludible de estos megaeventos, hizo su aparición la prensa. Un enjambre de periodistas ansiosos, micrófonos en alto y flashes cegadores, que aguardaban como lobos hambrientos para capturar las primeras palabras, la primera reacción en caliente de Shakira tras haber coronado la actuación más crucial de los últimos años de su dilatada carrera. Lejos de esconderse o adoptar la fría postura de la diva inalcanzable, Shakira los atendió. Y lo hizo haciendo gala de esa humildad innata, casi desconcertante, que siempre sorprende a propios y extraños cuando se contrasta con la magnitud cósmica de lo que acaba de lograr.
Se presentó sin poses artificiales, sin respuestas prefabricadas por un equipo de relaciones públicas, sin mantener esa distancia profiláctica y calculada que suelen emplear las megaestrellas. Se detuvo ante ellos con la emoción todavía fresca y palpitante en sus ojos, con el pecho agitado y las palabras brotando como un manantial desde un rincón muy profundo y genuino de su alma.
Habló de gratitud. Habló extensamente sobre lo que significaba para ella estar pisando ese suelo hoy, firme y empoderada, después de todo el vía crucis personal y mediático que tuvo que atravesar. Recordó, con una lucidez asombrosa, cómo en 2010 subió a ese escenario sudafricano siendo una mujer joven, enamorada y al principio de una historia cuyo devastador desenlace jamás podría haber imaginado. Y reflexionó sobre cómo ahora, en 2026, subía a la tarima siendo una mujer de hierro, curtida en mil batallas, alguien que ha bebido los tragos más dulces y los más amargos que la vida puede ofrecer. Explicó, con la voz entrecortada, que sin haber transitado por ese camino de espinas, dolor, lágrimas y reconstrucción, no sería de ninguna manera la artista consagrada, ni mucho menos la mujer inquebrantable que es a día de hoy.
El punto álgido de sus declaraciones llegó cuando mencionó el verdadero motor de su existencia: sus hijos, Milan y Sasha. Frente a las cámaras, Shakira confesó que absolutamente todo el esfuerzo hercúleo, las horas sin dormir, las mudanzas internacionales y las presiones asfixiantes cobran un sentido cristalino cuando piensa en ellos. Dejó claro, con una mirada feroz y maternal, que su principal objetivo vital es que sus niños vean en su madre el ejemplo viviente y rotundo de que los golpes del destino, por brutales que sean, no tienen el poder de destruir a las personas que toman la firme e innegociable decisión de levantarse del suelo, sacudirse el polvo y seguir luchando.
Los avezados periodistas, acostumbrados a escuchar discursos vacíos y respuestas de manual, escuchaban en un respetuoso y sepulcral silencio. Sabían perfectamente que no estaban ante una simple declaración corporativa ni un eslogan de marketing preparado por una discográfica. Estaban ante una mujer desnuda emocionalmente, hablando simultáneamente desde la herida profunda y desde la victoria más absoluta. Estaba expresándose desde ese lugar recóndito y sabio que solo existe en el corazón de aquellos seres humanos que han sufrido lo indecible y que, al mirar atrás, logran comprender que cada pedazo roto de su pasado tenía un propósito superior, aunque en la oscuridad del momento resultara imposible de ver.
Finalmente, la rueda de prensa exprés concluyó. El pelotón de comunicadores y cámaras comenzó a dispersarse, movidos por las implacables directrices de la FIFA y el inicio oficial del torneo. Los focos incandescentes se apagaron, los micrófonos de las agencias de noticias se bajaron, y el voraz interés mediático, que la había mantenido en el centro del huracán durante horas, comenzó a desplazarse hacia otros frentes: hacia los futbolistas que calentaban en el túnel de vestuarios, hacia el palco de autoridades y hacia el terreno de juego, donde el fútbol estaba a punto de reclamar el protagonismo de la noche.
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Y fue precisamente en ese instante exacto. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Cuando las luces rojas de grabación se apagaron definitivamente, cuando la atención del mundo giró su mirada hacia el balón, cuando Shakira se quedó técnicamente a solas en el refugio de su backstage, acompañada únicamente por su núcleo más íntimo y duro de colaboradores. En ese vacío de presión mediática, tras haber coronado la cima del mundo en la noche más importante de su carrera reciente, fue cuando apareció la figura de Clovis Nienow.
Los presentes en ese instante crucial describen a nuestro equipo la escena con una precisión milimétrica que habla volúmenes sobre la importancia de lo que allí se respiró. Clovis no hizo una entrada triunfal. No llegó corriendo histéricamente, ni gesticulando de forma teatral. No apareció con esa urgencia egocéntrica, tan habitual en las parejas de famosos, de quien anhela desesperadamente ser captado por los paparazzi reclamando su parte del botín de atención. Llegó, simplemente, como llega siempre él: impregnado de esa calma serena, madura y reconfortante que lo caracteriza. Esa tranquilidad asombrosa que no nace de la frialdad o del desinterés, sino que emana de la seguridad aplastante de un hombre cabal, que sabe con absoluta certeza quién es, qué lugar ocupa, lo que desea en la vida y que no siente la más mínima y absurda necesidad de apresurarse o hacer ruido para conseguirlo.
Había esperado. Este es, sin lugar a dudas, el detalle más definitorio y crucial para entender la naturaleza de la relación que ha transformado la vida de Shakira. Clovis había estado presente en ese estadio durante la totalidad de la jornada. Había presenciado, escudado en la penumbra, cada segundo de lo que su pareja hacía en ese escenario majestuoso. Había escuchado las vibraciones de “Da die” en riguroso directo. Había visto, con orgullo silencioso, cómo un estadio entero se rendía incondicionalmente a los pies de la mujer a la que ama, constatando el poder transformador que ella ejerce sobre las masas.

Y durante todo ese largo y frenético tiempo, Clovis simplemente esperó. Esperó pacientemente a que la impecable actuación concluyera. Esperó a que Shakira cumpliera con sus agotadoras obligaciones ante la prensa. Esperó a que las voraces cámaras fuesen apagadas y guardadas en sus fundas. Esperó, con la inteligencia emocional de un hombre que sabe leer el entorno, el momento exacto en el que la magia que iba a ocurrir perteneciera de manera exclusiva y sagrada a Shakira y a él, resguardados por el silencio y la lealtad de las pocas personas presentes en ese rincón del backstage.
Este asombroso nivel de consideración, empatía y prudencia nos revela todo lo que necesitamos saber sobre la madera de la que está hecho este hombre. Porque, seamos sinceros, Clovis tenía a su alcance todas las herramientas para haber convertido esa noche en su propio escaparate personal. Podría haber aparecido sigilosamente mientras los micrófonos aún grababan, posicionándose estratégicamente junto a Shakira para que las cámaras inmortalizaran su presencia y desataran un tsunami mediático de exclusivas, portadas y horas de debate en televisión. Podría haber usurpado una mínima fracción de ese gigantesco foco mundial para alimentar su propio ego. Pero no lo hizo. Y no fue un error de cálculo, fue una decisión plenamente consciente. Eligió deliberadamente no hacerlo. Eligió que el protagonismo absoluto, incontestable e indivisible de la noche recayera sobre los hombros de Shakira hasta exprimir el último segundo. Eligió protegerla de titulares sensacionalistas y permitirle saborear su monumental triunfo en privado antes de que el mundo profanara su intimidad. Eso, queridos lectores, no es otra cosa que respeto. Un respeto del tipo más puro, genuino y escaso que existe en el tóxico ecosistema de la fama mundial.
Cuando la figura de Clovis se materializó en el backstage, los ojos de Shakira se clavaron en él. Según relatan las emocionadas fuentes presentes, la reacción inmediata de la artista al ver aparecer a Nienow fue la de una mujer que, paradójicamente, no contaba con su presencia en ese milisegundo exacto, pero que simultáneamente sintió en lo más profundo de su ser que él era la única pieza que faltaba para completar el rompecabezas de su felicidad. En su rostro se dibujó esa expresión genuina, vulnerable y específica que las personas de su círculo ya han aprendido a identificar cuando Shakira y Clovis coinciden en el espacio y en el tiempo. Una mirada que resulta absolutamente imposible de ensayar frente al espejo, de fingir o de calcular en términos de relaciones públicas, porque brota de un territorio del alma que escapa a cualquier control consciente.
Clovis acortó la distancia entre ambos con paso firme pero delicado. Y lo que se desató entonces en ese pasillo de hormigón, según los testigos, es uno de esos sucesos íntimos que poseen una carga emocional tan brutal, tan densa y tan pura, que termina contagiando irremisiblemente a todos los que tienen el honor de presenciarlo.
Clovis rodeó a Shakira con sus brazos y la abrazó. No fue un abrazo protocolario, ni una felicitación de compromiso. Fue un abrazo largo, profundo, firme y protector. Uno de esos abrazos terapéuticos que logran comunicar, sin la torpeza de las palabras, que quien lo otorga ha estado ahí durante cada fase del proceso. Un contacto físico que transmitía el mensaje inequívoco de que él había seguido cada uno de sus pasos, que había sentido en su propia piel el nerviosismo previo, la responsabilidad del momento y el peso histórico que acarreaba esa noche para la mujer que sostenía entre sus brazos. La conoce lo suficientemente a fondo como para descifrar todo lo que subyacía tras esa sonrisa radiante y esa actuación impecable.
Shakira se derrumbó metafóricamente en ese abrazo. Se dejó sostener. Y este pequeño detalle, que podría pasar desapercibido para el ojo inexperto, es en realidad un hito monumental para quienes dominan la biografía reciente de la colombiana. Las personas de su entorno íntimo saben mejor que nadie que esta mujer se vio obligada a construir gigantescas murallas de titanio alrededor de su corazón y de su vida personal durante los últimos años. Saben que aprendió a través del dolor más desgarrador e insoportable el altísimo precio que se paga por bajar la guardia y entregar su confianza a quien no lo merece. Desde que la humillante traición de Gerard Piqué dinamitó su mundo, Shakira ha sido celosamente cuidadosa, casi quirúrgica, a la hora de decidir a quién permite cruzar el umbral de su intimidad. Verla allí, fundida en el pecho de Clovis, dejándose llevar con esa asombrosa naturalidad y esa entrega incondicional, era una declaración de intenciones mucho más potente y reveladora que cualquier comunicado oficial emitido por sus abogados o publicistas.
Pero el instante que dejó a todo el personal del backstage sin aliento, mudos y con la piel de gallina, estaba aún por llegar. Porque cuando ese abrazo sanador llegó a su fin, Clovis se separó apenas unos milímetros de Shakira, lo justo y necesario para buscar su mirada. Y allí, cuando sus ojos conectaron en ese microcosmos privado, ajenos por completo al equipo de producción, a los guardaespaldas y al ruido sordo del estadio que aún latía a su alrededor, Clovis la besó.
Fue un beso discreto. Breve. Nada excesivo ni teatral. Pero al mismo tiempo, fue un beso rotundo, real e innegablemente cargado de significado para todos los presentes. Según nos narran, los miembros de su staff cruzaron miradas de complicidad, compartiendo esa mezcla de estupefacción y alegría genuina de quienes saben que acaban de asistir a un punto de inflexión, a la confirmación de una sospecha y al inicio oficial de un capítulo de sanación. Ninguna indiscreta lente de cámara logró capturar el instante. Ningún micrófono direccional pudo registrar el sonido o los susurros posteriores. Clovis había orquestado ese momento con una precisión cirujana, garantizando que ese beso, esa confirmación de amor, fuera única y exclusivamente de Shakira, para que ella lo atesorara antes de que el implacable mundo mediático pudiera devorarlo.
La reacción de la intérprete de “Hips Don’t Lie”, según quienes observaron la escena de soslayo, fue la de alguien que de repente recibe el regalo que su alma llevaba años anhelando, incluso sin saber que lo necesitaba. Una sonrisa luminosa, incontrolable y pura afloró en sus labios; una de esas sonrisas que estallan de forma autónoma antes de que el cerebro haya tenido la oportunidad de procesar la felicidad del evento. El equipo de Shakira, en un acto de respeto reverencial y colectivo, apartó la mirada instintivamente, cediéndoles el espacio emocional que demandaba la situación, reconociendo tácitamente que ese oasis de amor puro merecía ser blindado. Esta delicadeza colectiva habla maravillas de la red de contención sana y protectora de la que, por suerte, hoy disfruta la colombiana.
Los minutos posteriores al beso, según cuentan, transcurrieron en una burbuja de paz casi irreal. La adrenalina de la mega-producción televisiva, la asfixiante presión de las entrevistas, la urgencia de los tiempos pautados… Todo eso se evaporó. Solo quedaban dos seres humanos en el rincón menos glamuroso de un estadio de fútbol, hablando en voz baja. Clovis se interesó genuinamente por su estado, le preguntó cómo se sentía, escuchándola de forma activa y dedicada. Shakira se vació con él; le habló de la exhaustión física, del inmenso peso emocional de volver a cerrar el círculo mundialista que comenzó en África y de la felicidad catártica que sintió cuando el público coreó su nombre. Clovis simplemente escuchó. Sin interrumpir, sin llevar la conversación hacia su propio terreno, anclado firmemente en el presente, siéndole cien por cien leal en su atención.
Antes de cerrar esta crónica definitiva, es imprescindible trazar una línea de análisis y hacer balance sobre el asombroso contraste que define este nuevo episodio amoroso. Porque la clave de todo no reside únicamente en el romanticismo del beso, sino en la elección de los tiempos y en el monumental respeto que evidencia. Clovis podría haber gritado su relación a los cuatro vientos. Podría haber capitalizado el momento. Pudo, pero no quiso. Porque este hombre, a diferencia de lo que ocurrió durante doce trágicos años de relación pasada, comprende la verdadera esencia de la mujer a la que acompaña. Entiende, con una empatía admirable, que Shakira necesita ser amada por el ser humano que es, no por la leyenda musical que representa, ni por la suculenta fama que atrae. Entiende que amar a una figura de su calibre exige, en muchísimas ocasiones, tener la nobleza de dar un paso atrás y ceder el primer plano, convirtiéndose en el sostén invisible pero irrompible sobre el que ella pueda edificar su gloria. Piqué jamás fue capaz de tolerar el brillo deslumbrante de su pareja sin sentir que su propio ego se veía amenazado. Clovis, por el contrario, parece regocijarse en los triunfos de ella con la misma pasión que si fuesen propios.
El paralelismo histórico es escalofriante y poético a partes iguales. En 2010, una joven e ilusionada Shakira cantaba el mítico “Waka Waka” en tierras sudafricanas y el destino ponía en su camino a un hombre que acabaría convirtiéndose en el arquitecto de su mayor dolor, traicionándola y dinamitando su hogar. Aquel evento mundialista tiñó de un amargo sabor el recuerdo de lo que, hasta entonces, había sido la cima indiscutible de su carrera. Hoy, en 2026, la diosa de Barranquilla canta en México, cierra bocas, demuestra que sigue reinando en el firmamento musical y, al bajar de la tarima, se encuentra con el antídoto perfecto para su antiguo veneno. Encuentra la discreción donde antes hubo exhibicionismo narcisista; la paciencia donde hubo prisas egoístas; la madurez donde reinaba la infidelidad infantil; y, sobre todo, encuentra un refugio seguro.
Los mundiales de fútbol siempre han actuado como gigantescos catalizadores en la intrincada vida de Shakira. De eso no cabía duda. Sin embargo, lo que nadie en sus cabales, ni siquiera la mente más fantasiosa de la industria, podría haber vaticinado cuando las cenizas de su separación aún humeaban, era que el Mundial de 2026 iba a erigirse como el escenario definitivo de su sanación. Que sería en las entrañas de este evento donde cerraría la cicatriz más profunda de su corazón, clamando al universo que no lograron hundirla.
Cuando, finalmente, Clovis se despidió y Shakira retomó sus compromisos de la noche con su núcleo duro de colaboradores, todos los allí presentes coincidieron en una observación maravillosa: la colombiana desprendía una ligereza de espíritu, un aura de tranquilidad y una paz que hacía años que no orbitaban a su alrededor. No era la euforia efímera del directo, ni la sobredosis de adrenalina. Era la certeza indudable de saberse valorada, querida y respetada de manera profunda y real.
Esta noche, cuando la historia del beso clandestino corra como la pólvora por los rotativos, las televisiones y las redes sociales de medio mundo, la imagen que verdaderamente prevalecerá no será la de la estrella pop conquistando estadios. La estampa imborrable será la de una mujer superviviente, resiliente y poderosa, que tras haberlo perdido todo, supo reconstruirse con una dignidad aplastante. Una leona herida que volvió a ponerse en pie, que cantó su dolor y su victoria frente a los ojos del planeta entero, y que, al apagar las luces del escenario, supo elegir mejor, amarse más y recibir el amor puro que siempre mereció.
En 2010, el mundial le cambió la vida para siempre con un inicio dulce y un desenlace trágico. En 2026, el mundial le ha devuelto la vida. Shakira inauguró la noche como la reina indiscutible del pop mundial y cerró la velada como la mujer victoriosa que sabe perfectamente cuánto vale, y más importante aún, qué clase de hombre merece tener a su lado. El círculo se ha cerrado, y el futuro de Shakira nunca había brillado con tanta luz.