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La trágica muerte de Gilda — La maestra que se convirtió en santa

 Quizás estaba durmiendo, quizás estaba mirando la oscuridad de la ruta, quizás, como tantas veces, estaba tarareando en silencio alguna melodía nueva que se le ocurrió de repente. Una de esas canciones que nacían dentro de ella como flores silvestres, sin aviso, sin permiso. Un camión de carga conducido por el brasileño Renato Santana quiso adelantar a otro vehículo.

La maniobra salió mal. El camión mordió la banquina. El cordón de 20 cm que separaba la ruta del costado fue suficiente para hacerlo rebotar hacia el carril contrario. El chóer del micro intentó esquivarlo. No hubo tiempo, no hubo espacio. El impacto fue frontal, brutal, sin misericordia. El estruendo se escuchó en los campos silenciosos de Entre Ríos, como un trueno que no venía del cielo.

 De las 20 personas que viajaban en ese colectivo, solo uno salió completamente ileso. Edwin Manrique. Solo uno. Los demás quedaron atrapados entre los hierros retorcidos, entre el vidrio roto, entre el silencio helado, que sigue a una catástrofe. Cuando el ruido termina de pronto y el mundo no sabe todavía qué acaba de pasar. Hilda murió esa noche.

 Su madre murió esa noche. Su hija Mariel de 6 años murió esa noche. Tres músicos de su banda murieron esa noche. Fabricio, su hijo de 8 años, sobrevivió en la banquina. Tirado entre los escombros del accidente, entre los pedazos de metal y los objetos personales desparramados sobre el asfalto mojado, alguien encontró un cassette, un pequeño cassette de audio milagrosamente intacto.

 Adentro de ese cassette estaban grabados los demos de su próximo disco, las últimas canciones que había compuesto, y entre esas canciones una que nadie había escuchado todavía, una canción que ella había terminado de grabar. apenas días antes del accidente. Una canción cuyas palabras en ese momento, en esa banquina, bajo esa lluvia sonaban como algo imposible de explicar con el lenguaje ordinario de los seres humanos.

 La canción se llamaba No es mi despedida y decía, quisiera no decir adiós, pero debo marcharme. No llores, por favor, no llores porque vas a matarme. No pienses que voy a dejarte. No es mi despedida. Aquella noche, en el kilómetro 129 de la ruta 12, una maestra jardinera de Buenos Aires, que había tardado 30 años en atreverse a cantar, se convirtió en leyenda, se convirtió en mito, se convirtió para millones de personas en Argentina y en toda América Latina en algo que va más allá de lo que las palabras pueden explicar. Pero para

entender por qué, para entender como una mujer común y corriente, una maestra de guardapolvo blanco que soñaba en secreto, se convirtió en la reina de la bailanta argentina y después en una santa popular venerada como un milagro. Hay que volver atrás. Hay que volver mucho atrás. Hay que volver al principio.

 Hay que volver al barrio de Villa de Boto en Buenos Aires en el año 1961. Villa Devoto, en los años 60 era un barrio de clase trabajadora, calles de adoquines, casas bajas con jardines pequeños, el olor a pan recién horneado saliendo de las panaderías a las 6 de la mañana, el ruido del tranvía que todavía recorría algunas avenidas.

 Era un barrio donde la gente se conocía, donde los vecinos se saludaban en la vereda, donde los niños jugaban en la calle hasta que oscurecía y las madres llamaban desde las ventanas con esa voz que solo tienen las madres argentinas cuando el atardecer se convierte en noche. El 11 de octubre de 1961 nació Miriam Alejandra Bianqui en ese barrio.

 Su madre, Isabel Sioli, era profesora de piano. Su padre, Omar Eduardo Bianchi, era empleado público. Una familia de clase media, trabajadora, ordenada. Una familia donde la música no era un lujo, sino parte del aire que se respiraba, donde el piano en el living no era un adorno, sino un instrumento que se usaba, que se tocaba, que llenaba las tardes de melodías que la pequeña Miriam escuchaba con unos ojos enormes y una atención que ya decía algo sobre lo que llevaba dentro.

 Sus padres querían llamarla Shill, pero en las oficinas del Registro Civil les dijeron que ese nombre no era posible, que necesitaban elegir uno más convencional, así que quedó registrada como Miriam Alejandra. Pero en casa, en el mundo pequeño y cálido de ese departamento de Villa Devoto, ella siempre fue Shill, para los suyos, o Hill, un apodo que vino después, sin ningún plan, sin ninguna intención de que algún día se convertiría en el nombre con el que millones de personas la conocerían.

Desde pequeña, Miriam tenía algo que los demás niños no tenían, o al menos no de la misma manera. No era solo que le gustara la música, aunque eso era evidente desde que podía caminar, era algo más difícil de definir. Era una presencia, una manera de entrar en una habitación que hacía que la gente volviera la cabeza, una forma de sonreír que hacía que los demás sonrieran también, casi sin darse cuenta, como si la alegría fuera contagiosa cuando ella estaba cerca.

 Le gustaba disfrazarse, le gustaba imitar a las cantantes que escuchaba en la radio, se ponía los zapatos de taco de su madre y desfilaba por el living con una seriedad absoluta, como si ese living fuera el escenario más importante del mundo. Y en cierto sentido, para ella lo era. Pero la vida no siempre nos deja seguir el camino que elegimos de niños.

 A veces la vida interrumpe los sueños con una brutalidad que no pide permiso. Miriam tenía 10 años cuando su padre sufrió un ataque que lo dejó hemiplégico. De pronto, en ese departamento de Villa Devoto, que había sido un lugar de música y alegría, entró la sombra de la enfermedad, de las cuentas médicas, del miedo al futuro.

 La madre de Miriam tuvo que trabajar más. La familia tuvo que reorganizarse y Miriam, que tenía 10 años y unos sueños que llenaban su corazón, aprendió muy pronto que los sueños no siempre son lo primero. Durante 6 años, su padre vivió con esa hemiplegia. 6 años en los que la familia cargó con el peso de los cuidados, de los gastos médicos, de la incertidumbre.

 Y cuando Miriam tenía 16 años, Omar Bianki murió. 16 años. La edad en que una chica debería estar pensando en sus amigos, en su futuro, en la música que le gusta, en los chicos que la hacen sonrojar. Y Miriam estaba pensando en cómo ayudar a su madre a mantener la familia, en cómo ser responsable, en cómo hacer lo que había que hacer, aunque no fuera lo que una quería.

 Dejó de lado por el momento, la idea de seguir estudiando lo que soñaba. Empezó el magisterio, no porque fuera su pasión, aunque tampoco le disgustaba, sino porque era práctico, porque era rápido, porque la familia necesitaba estabilidad y ella era la hija mayor y eso significaba algo en esa familia y en esa época y en esa cultura.

 A los 18 años conoció a Raúl Kagnin, fabricante de escobas, novio de toda la vida, como se decía en esa época. Un hombre correcto, trabajador, sin grandes complicaciones. El tipo de hombre con el que una chica de clase media de Villa Devoto se casaba en los años 80. El tipo de hombre con el que una construía, la familia feliz, esa postal perfecta para mostrar al mundo. Se casaron.

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