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FERNANDO VALENZUELA: EL ASQUEROSO SECRETO QUE OCULTO SU FAMILIA POR 20 AÑOS

El piter mexicano más joven en ganar Saong y novato del año en la misma temporada. Único en toda la historia del béisbol profesional mundial, campeón de serie mundial. millones de dólares ganados arriba del montículo. Y ese mismo hombre, despedido de la forma más asquerosa que ningún campeón mexicano había vivido en la historia del deporte profesional, muriendo solo en un oscuro hospital de Los Ángeles, destrozado por cuatro décadas de algo que su familia ocultó del público mexicano durante toda su vida, y sus cuatro asquerosos hijos

peleándose por la herencia del toro esa misma noche, mientras el cuerpo todavía no estaba enterrado, enviando el cuerpo del toro frío y muerto, a otro país. Hoy vas a saber la asquerosa verdad de lo que le hicieron al toro Valenzuela dentro del vestuario de los Dodgers la mañana del despido de marzo del 1991, aún más oscuro.

La asquerosa guerra entre sus cuatro hijos por los 20 millones de dólares de herencia. El mismo día de la muerte del padre. Y lo más asqueroso de toda la historia del béisbol mexicano, ¿por qué su cuerpo no descansa en Los Ángeles, donde vivió 45 años, sino en el panteón polvoroso de Hecho Joaquila, Sonora? Pero antes, antes del último lanzamiento profesional del toro en 1997, antes del knockout emocional del 22 de octubre del 2024 en la habitación del hospital Cedar Sinai de Los Ángeles.

Antes de la guerra de herencia que estalló esa misma noche entre los cuatro hijos, hay que retroceder al primero de noviembre del 1960, a un rancho polvoroso de Sonora,  donde una mujer mayo de 39 años de edad daba a luz al undécimo de sus 12 hijos en una choa de adobe sin agua corriente.

Era el primero de noviembre del 1960. Rancho Echoaquila, municipio de Nabojoa, estado de Sonora. A las 5:20 de la madrugada nació un niño regordete de piel oscura, ojos cerrados por la luz del querosén y manos sorprendentemente grandes para su tamaño. La madre María Soledad Anguamea tenía 39 años aquella madrugada.

El padre Abelino Valenzuela  era jornalero agrícola en los campos de algodón del Valle del Mayo y al niño le pusieron por nombre Fernando Anguamea Valenzuela. El niño era el undécimo de 12 hermanos, 11 antes de él, una hermana menor después. La familia entera vivía en una choosa de adobe de tres habitaciones, sin agua corriente, sin electricidad estable, sin más piso que la tierra apisonada del rancho.

La cocina era un fogón de leña en el  patio trasero, el baño, una letrina al fondo del terreno y el ingreso familiar dependía completamente de los $ semanales  que Abelino Valenzuela conseguía levantando algodón en los campos del Valle. El niño Fernando aprendió a hablar dos idiomas antes de los 4 años.

El mayo era el idioma del padre, el de los  abuelos, el de los rituales de los domingos. El español era el idioma de la escuela, el de la radio, el del comercio del pueblo. Y en esa mezcla cotidiana entre dos lenguas, dos culturas y una pobreza brutal,  se forjó el carácter del muchacho dequila durante los primeros 10 años de su vida.

A los 6 años, Fernando empezó a trabajar en los campos de algodón. Salía de la choa a las 5 de la mañana junto con sus tres hermanos mayores. Caminaba hora y media hasta los terrenos arrendados por los patrones del valle y se pasaba el día completo hasta las 5 de la tarde,  levantando algodón con las manos sin guantes, los pies descalzos sobre la tierra caliente y un pañuelo amarrado a la cabeza para protegerse del sol del norte.

Por cada saco de algodón levantado, los patrones pagaban un peso. Un niño de 6 años podía levantar tres sacos en un día  bueno, 3 pesos diarios, 21 pesos semanales, equivalente en dólares de la época a 70 por semana de trabajo infantil en los campos del Valle del Mayo. Ese trabajo infantil en los campos de algodón de Sonora  entre los 6 y los 12 años de edad, no era una anécdota más en la biografía del toro Valenzuela.

Era el origen exacto de algo que iba a marcarlo durante toda su vida adulta. La mano izquierda con la que Fernando levantaba los sacos de algodón a los 6 años era la misma mano con la que iba a lanzar el scrwball más temido del béisbol profesional mundial 10 años después. A los 12 años, en 1972, Fernando entró por primera vez a un equipo amateur de béisbol del municipio de Nabojoa.

El equipo se llamaba  Los Mayos. Jugaba los domingos en el campo deportivo del pueblo, compuesto por 20 muchachos del rancho Echo Aquila  y los rancheríos cercanos, sin uniforme oficial, con guantes de cuero remendado y bates prestados por las familias del barrio. Pero Fernando, según los testimonios que han ido apareciendo durante las últimas décadas, mostró desde el primer entrenamiento algo que ningún muchacho del Valle del Mayo había mostrado antes.

era zurdo natural, tenía las manos enormes, desproporcionadas para su edad y descargaba el brazo izquierdo con una rotación de muñeca que ningún entrenador del valle había visto. A los 14 años,  en 1974, un casatalentos del Tepic en el estado de Nayarit escuchó hablar del muchacho de Hecho Joaquila  en una conversación de cafetería.

Manejó las 9 horas de carretera entre Tepic  y Nabojoa. Llegó al campo deportivo un domingo a las 11 de la mañana  y se quedó parado detrás del catcher durante tres entradas completas, viendo lanzar  al toro Valenzuela. Esa misma tarde el casatalentos firmó al muchacho de 14 años para los mayos de Nabojoa de la Liga Estatal.

Bolsa de fichaje 120 pesos.  A los 15 años, Fernando ya jugaba en la Liga Mexicana del Pacífico. A los 16, en 1976, fue vendido por el equipo de Nabojoa a los Leones de Yucatán de la Liga Mexicana Profesional. A los 17, en 1977, debutó como piter profesional en la Liga Mexicana del Pacífico con los Cañeros de los Mochis  y a los 18 en 1979, según los reportes históricos del béisbol mexicano,  ocurrió el momento que iba a cambiar para siempre la vida del muchacho de Hechoquila.

Un casatalentos estadounidense, Mike  Brito, contratado por la organización de los Dodgers de Los Ángeles, viajó al puerto de Guaimas en Sonora para ver lanzar al muchacho de 18 años durante un partido de invierno. Brito sacó la libreta de apuntes en la tercera entrada. tomó nota durante los siguientes  seis innings completos y al terminar el partido esa misma noche llamó por teléfono al gerente general de los Dodgers de Los Ángeles al Campanis desde un teléfono público del puerto de Guaimas. Le dijo a

Campanis una sola frase que iba a entrar en la historia del béisbol  profesional mundial. Le dijo, “Tengo al piter mexicano que va a llenar el Dodger Stadium durante los próximos 10 años.” Esa frase de Mike Brito pronunciada en un teléfono  público del puerto de Guaimas, Sonora, en el verano del 1979,  no era una promesa de casatalentos cualquiera, era una sentencia exacta, porque el muchacho dehuaquila, hijo de campesinos mayo, un décimo de 12 hermanos, que apenas había salido tres veces de su rancho en toda su vida, iba

a convertirse durante los siguientes 22 meses en el pitcher más famoso del planeta entero y nadie del Valle del Mayo iba a estar preparado para lo que se le venía encima. El 27 de julio del 1979, la organización Dodgers firmó oficialmente el contrato  profesional del muchacho de 18 años, Fernando Anguamea Valenzuela.

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