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Cayetana de Alba: La Mujer Más Noble del Mundo Que Murió Sin Amor

Golpeaba suavemente la puerta tres veces. Esa era la señal. Su madre desde la cama golpeaba suavemente tres veces el cabecero con un libro. Esa era la respuesta. Toc toc toc. Buenas noches, mamá. Toc toc toc. Buenas noches, hija. Esa era toda la conversación, esa era toda la interacción diaria que Cayetana tenía con su madre.

Tres golpes desde cada lado de una puerta durante 4 años. El día en que los golpes desde dentro dejaron de responderle, la niña entendió que su madre había muerto. Nadie tuvo que decírselo con palabras. lo supo por el silencio. En enero de 1934, cuando Cayetana acaba de cumplir 7 años, María del Rosario muere. La niña no está a su lado, nadie se lo permite.

Incluso en sus últimas horas, el protocolo médico de la época exige que Cayetana permanezca lejos. Cuando por fin le permiten entrar a la habitación, su madre ya está muerta. Le entregan un retrato pequeño que su madre había estado sosteniendo entre las manos en sus últimos días. Un retrato de ella misma, de Cayetana, pintado cuando tenía 5 años.

Eso es lo único que Cayetana tiene de su madre, un retrato y 4 años de distancia. Muchas décadas después, cuando Cayetana escriba sus memorias, va a decir una frase que desconcierta a todos sus biógrafos. Va a decir que no recuerda casi nada de su madre, ni su voz, ni su olor, ni el tacto de sus manos. Solo recuerda una silueta lejana en una cama, saludándola con la mano desde el otro lado de una habitación prohibida. Y va a decir algo más.

Algo terrible, algo que va a escandalizar a España cuando se publique. Va a decir que en sus memorias le dedicó más páginas a la muerte de su pony que a la muerte de su madre. Porque al pony lo podía tocar, al pony lo podía abrazar, al pony le podía contar sus secretos, a su madre no. El pony murió cuando Cayetana tenía 9 años. Se llamaba Apolo.

Era blanco, pequeño, con una crin rubia. Cuando le dijeron que Apolo había muerto, Cayetana lloró durante tres días seguidos. No quiso comer, no quiso hablar con nadie. Se encerró en su habitación con la manta que usaba para cubrir al pony en las noches frías y durmió abrazada a esa manta durante una semana. Cuando murió su madre, no lloró.

Según los testimonios recogidos por sus biógrafos, la niña de 7 años recibió la noticia en silencio, asintió con la cabeza y volvió a sus clases esa misma tarde. No era frialdad, era algo mucho más triste. Era que Cayetana no sabía llorar por alguien a quien nunca había podido tocar.

Esa herida, esa ausencia temprana, esa imposibilidad de llorar a su propia madre va a marcar toda su vida emocional y cada hombre al que elija, cada matrimonio, cada decisión aparentemente absurda, todo va a tener la misma raíz. Cayetana de Alba pasará 88 años buscando un abrazo y cuando por fin lo encuentre le habrán costado un palacio, un imperio y la mitad de su fortuna.

Pero antes de llegar a eso, hay que hablar de la infancia con su padre, porque Jacobo Fitz James Stewart, el séptimo duque de Alba, era un hombre extraordinario y aterrador. Era embajador de España, era historiador, era políglota. Hablaba siete idiomas con fluidez. Era amigo personal de Winston Churchill, de los reyes de Inglaterra, de los intelectuales más importantes de Europa.

En su biblioteca tenía cartas manuscritas de Napoleón, de la reina Isabel la Católica, de Cristóbal Colón, y a su hija Cayetana le exigía desde los 5 años que se comportara como una princesa medieval. Las cenas en el palacio de Liria eran ceremonias rigurosas. Cayetana tenía que vestirse con vestido de noche.

Tenía que sentarse en una silla demasiado grande para ella. Tenía que comer con 30 cubiertos diferentes y saber exactamente cuál usar para cada plato. Tenía que mantener la espalda recta. No podía hablar a menos que su padre le dirigiera la palabra. Primero no podía levantarse de la mesa hasta que él terminara.

Una vez Cayetana tenía 6 años. derramó una copa de agua sobre el mantel durante una cena formal. Su padre no le dijo nada, no le gritó, no la castigó, hizo algo peor. La miró en silencio durante lo que a ella le pareció una eternidad y luego, sin apartar la mirada, levantó la servilleta, la colocó sobre la mancha y continuó comiendo como si nada hubiera pasado.

Esta noche, Cayetana lloró sola en su cuarto, no porque su padre la hubiera castigado, sino porque no la había castigado, porque aquella mirada silenciosa le dijo algo que ningún grito hubiera podido decirle. Le dijo que una duquesa de alba no se equivoca nunca, ni siquiera con una copa de agua. Y aún así, Cayetana amaba a su padre.

Lo amaba con una intensidad casi dolorosa, porque su padre era todo lo que tenía. Su madre estaba muerta, no tenía hermanos. La casa de Alba había decidido que Cayetana sería hija única. Jacobo fue quien le enseñó a cabalgar, quien le presentó a los reyes de Inglaterra cuando tenían 9 años, quien la llevó de la mano a los mejores museos de Europa, quien le leía fragmentos de Shakespeare en inglés por las noches, quien le mostró las cartas de Napoleón y le dijo, “Mírala bien, Tana.

Esto es lo que significa tener un nombre que sobrevive a los siglos.” Y Cayetana aprendió. Aprendió todo lo que su padre le enseñaba. Aprendió con la desesperación de una niña que sabe que solo será amada si es perfecta. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Cuando estalla la guerra civil española en 1936, la familia Alba se refugia en Londres. Jacobo es nombrado embajador de España ante el gobierno británico. Vive en una residencia diplomática en Belgrave Square, Cayetana, que tiene 10 años. Asiste a clases privadas con institutrices inglesas. Aprende a tomar el té como una dama británica.

Aprende a montar a caballo al estilo de Hide Park. Aprende a bailar el vals en salones de la aristocracia inglesa. Los años en Londres son paradójicamente los más felices de su infancia. Su padre está más presente. La vida social es intensa. Asú, Cayetana conoce a los futuros reyes de Inglaterra.

Juega con las princesas Isabel y Margarita en los jardines de Buckingham Palace, cena con Winston Churchill. asiste a fiestas donde Carry Grant le pregunta si quiere bailar. Ella tiene 13 años. Grant tiene 35. Ella dice que sí. Bailan un foxrot lento en un salón de la embajada rusa. Cayetana recordaría ese baile toda su vida como uno de los recuerdos más bonitos de su adolescencia.

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