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Bukele Encontró a un Niño de 14 Años Llorando en CECOT – 5 Meses Preso Sin Pruebas 🇸🇻

 Para entender cómo un niño de 14 años terminó en el infierno, hay que volver al principio.  Samuel Argueta nació en un cantón llamado El Rosario, en las afueras de Usulután. Las casas eran de adobe y lámina.  Los caminos de tierra se convertían en ríos de lodo cada invierno, y los sueños de los niños morían antes de aprender a caminar.

 Pero Samuel era diferente. Desde los 5 años mostraba una curiosidad que desconcertaba a los adultos. Preguntaba todo. ¿Por qué el cielo era azul? ¿Por qué los ríos corrían hacia abajo? ¿Por qué las estrellas no se caían? Su madre, doña Mercedes, trabajaba lavando ropa ajena para mantener a Samuel y a su hermana menor, Sofía, de 8 años.

El padre de Samuel había muerto cuando él tenía 6 años. Era agricultor y se había negado a pagar renta a la MS13. Una mañana lo encontraron en el camino que llevaba al mercado. Tres balazos. ningún testigo, ningún arresto. Mercedes se tragó el dolor y juró que sus hijos no terminarían como estadísticas de la violencia salvadoreña.

 Samuel no entendía la muerte a los 6 años, pero entendía la ausencia. Con el tiempo dejó de preguntar por su padre, no porque hubiera olvidado, sino porque había aprendido que algunas preguntas no tienen respuesta. Lo que sí tenía respuesta  era su futuro. Don Felipe, el maestro de la escuela rural, notó algo especial en Samuel desde el primer día.

 El niño no solo era inteligente, era apasionado. Mientras los demás alumnos miraban por la ventana, Samuel devoraba los libros con una hambre que don Felipe no había visto en 30 años de enseñanza. Este cipote va a ser alguien”, le dijo don Felipe a Mercedes. Tiene algo que no se puede enseñar, ganas de aprender. Samuel se convirtió en el mejor alumno de su escuela.

 Sacaba 10 en todo, pero lo que más le gustaba era enseñar. Cuando algún compañero no entendía algo, Samuel se sentaba con él después de clases y le explicaba con una paciencia imposible para un niño de su edad. Quiero ser maestro”, le dijo a su madre una noche. Quiero ser como don Felipe. Quiero enseñar a otros niños para que no se queden sin saber cosas importantes.

Mercedes lo miró con un orgullo que le dolía en el pecho. Vas a ser el mejor maestro de El Salvador, mi hijo. Te lo prometo. Todo cambió en una tarde de julio.  Samuel tenía 14 años y había terminado su último examen del año escolar. Como siempre, las mejores notas. Don Felipe lo había recomendado para una beca en un instituto de San Salvador.

 Esa tarde Samuel caminaba de regreso a casa por el sendero de tierra entre milpas y árboles de mango. Llevaba su cuaderno bajo el brazo y silvaba una canción que su padre le había enseñado. No vio la camioneta hasta que fue demasiado tarde. Una pickup negra se detuvo frente a él bloqueando el camino. Tres hombres bajaron.

 Dos llevaban armas al suelo. Cipote.  Samuel obedeció temblando. Su cuaderno cayó al polvo. ¿Sos de la 18? No, yo no soy de nada. Yo solo voy a mi casa. Llévenlo. Dijo uno. Puede ser un palabrero. Samuel sintió las manos rudas que lo agarraban. Lo metieron a la camioneta. Lo último que vio fue su cuaderno tirado en el polvo con las hojas volando en el viento.

 No, por favor, yo no soy pandillero, yo soy estudiante. Mi mamá me espera. Pero nadie lo escuchó. Lo que Samuel no sabía era que ese día se realizaba un operativo masivo del estado de excepción en Usulután. Las fuerzas de seguridad tenían información sobre células de la MS13. La orden era clara. capturar a todo sospechoso y cualquier joven que caminara solo por un sendero aislado podía ser sospechoso.

 Los hombres que lo capturaron no eran pandilleros, eran soldados que actuaban bajo la presión de cumplir cuotas de arrestos. Samuel fue llevado a una base militar junto con otros 47 detenidos. Lo metieron en una celda improvisada con 20 personas asinadas. Algunos eran pandilleros reales, otros eran como Samuel, jóvenes asustados en el lugar equivocado.

 “Quiero llamar a mi mamá”, le dijo a un soldado. No hay llamadas, pero yo no hice nada. Eso lo decidirá el juez. Mercedes,  mientras tanto, lo buscaba desesperada. Cuando Samuel no llegó a casa, corrió al sendero y encontró el cuaderno tirado en el polvo. Las páginas arrancadas por el viento contaban la historia de un niño que soñaba con ser maestro.

 Abrazó el cuaderno contra su pecho y gritó el nombre de su hijo hasta que la voz se le quebró. Fue a la base militar. La detuvieron en la entrada. Busco a mi hijo Samuel Argueta. Tiene 14 años. No es pandillero, es  estudiante. Aquí no hay ningún Samuel. Retírese o la detenemos a usted también. Mercedes volvió destrozada.

 No durmió esa noche ni la siguiente. Samuel fue trasladado a un centro de procesamiento en San Salvador. Un juez revisó su caso en menos de 5 minutos. El expediente decía, detenido en zona de operaciones de la MS13, sin identificación al momento de la captura. Posible colaborador. Posible colaborador. Dos palabras que destruyeron una vida.

 El abogado de oficio ni siquiera habló con Samuel. Tenía 200 casos ese día. El juez dictó la orden sin levantar la vista. Enviado al centro de confinamiento del terrorismo, Secot. Cuando Samuel escuchó la sentencia, se quedó paralizado. Secot, el lugar donde encerraban a los peores criminales de El Salvador. Y ahora él iba a estar ahí, un niño de 14 años que lo único que había hecho era sacar buenas notas.

 El traslado fue como descender al infierno. Le raparon la cabeza, le quitaron su ropa, le dieron un uniforme blanco y un número 7 849. Ya no era Samuel Argueta el mejor alumno del Rosario. Era el preso 7849. Cuando las puertas de Secot se abrieron, el aire cambió. Olía a sudor, a encierro, a desesperación. Los pasillos interminables de concreto gris  se extendían como las entrañas de un monstruo.

 Samuel fue asignado a una celda con otros 15 presos. Era el más joven por al menos 10 años. “¡Hey, bicho”, le dijo un hombre enorme con la cara tatuada. “¿Qué hiciste para caer aquí?” “Nada, señor. Yo soy estudiante.” El hombre se rió. Aquí todos somos inocentes. Pero con el tiempo algo en Samuel desconcertó a los demás presos.

 No actuaba como pandillero. En las noches lloraba en silencio, abrazando sus rodillas. Y en las mañanas hacía algo que ningún preso en Ceecot había hecho jamás. Dibujaba ecuaciones matemáticas en el suelo con un pedazo de tisa, triángulos, fracciones, raíces cuadradas para mantener la mente funcionando, para no volverse loco.

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