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SE RIERON DE LA JOVEN QUE HEREDÓ LA PEOR FINCA… SIN SABER LO QUE ESCONDÍA LA TIERRA

SE RIERON DE LA JOVEN QUE HEREDÓ LA PEOR FINCA… SIN SABER LO QUE ESCONDÍA LA TIERRA

El día que esta tierra dé agua, vendré yo mismo a beberla de rodillas. Se rió el hombre más rico del valle. No sabía que estaba apostando contra el cielo. Las carcajadas llenaron la carpa. Varios hombres golpeaban la mesa con la palma. El polvo bailaba en la luz que entraba por la lona. Aurelia no bajó la mirada.

Sostenía el papel de la herencia con las dos manos. lo sostenía como quien sostiene una promesa. El pedregal, dijo alguien entre risas. A ella le tocó el pedregal. Ni las cabras pisan esa loma, agregó otro. Solo piedra y sed. Don Severino se reclinó en su silla. Era dueño de los mejores pastos del valle. Su palabra pesaba más que la de cualquiera.

 “Niña”, dijo todavía sonriendo. “Te engañaron. Esa loma no da ni sombra.” Aurelia guardó el documento contra el pecho, respiró hondo, no respondió con rabia. Es mía dijo apenas y voy a trabajarla. La carpa volvió a reír, pero ella había decidido algo por dentro, algo firme. Nadie en esa mesa lo entendía. Aquella joven no había heredado tierra, había heredado fe.

 El pedregal quedaba al final del camino, donde el verde se cansaba, donde el suelo se volvía hueso. Aurelia llegó al amanecer siguiente con un saco al hombro y los ojos llenos de planes. Una casa vieja la esperaba. Techo hundido, puerta torcida, silencio. Adentro encontró una mesa, un catre y poco más.

 Sobre una repisa cubierta de polvo había una Biblia gastada. Alguien la había dejado allí hacía mucho. Aurelia la limpió con la manga y la guardó. Su abuelo le había enseñado a no despreciar lo viejo. Lo que parece inútil, decía don Eliseo, muchas veces guarda lo más valioso. Don Eliseo seguía vivo, mayor, frágil, con las manos temblorosas.

 Había repartido sus tierras todavía en vida. Aurelia le tocó el pedregal. No fue por castigo, fue por algo que ella aún no entendía. Esa loma escondía una razón. Esa primera mañana, Aurelia recorrió su tierra de punta a punta. Subió la loma, bajó al cauce seco, tocó cada piedra como si fuera suya. Porque lo era.

 No es mucho, se dijo en voz alta. Pero es un comienzo. El sol salía detrás del cerro y ella sonreía llena de planes y de fuerza. Imaginó la huerta verde, imaginó los animales, imaginó una casa con humo saliendo del techo. Nada de eso existía todavía. Pero ella ya lo veía. No sabía que aquellos sueños tardarían en llegar, ni cuánto le costaría cada uno.

 La tierra la pondría a prueba antes de entregarse. Días antes, Aurelia había ido a despedirse de su abuelo. Ayúdame a empezar, le había pedido. Don Eliseo negó con la cabeza. Despacio. Esta vez no, niña, dijo, esta tierra es tuya y es tu prueba. Yo ya no tengo fuerzas, pero la tierra te va a enseñar lo que yo no puedo.

 Aurelia no entendió esas palabras. Entonces, hasta le dolieron un poco, pero las guardó adentro. Algún día cobrarían sentido. Esa misma semana los hombres empezaron a pasar. Decían que venían a saludar. En realidad venían a reírse. Don Casimiro fue el primero. Frenó su carreta junto a la cerca rota. ¿Tú sola aquí? Preguntó con desprecio.

Este no es lugar para una mujer. Siguió. Vete antes de gastar tus zapatos. Aurelia cargó otra piedra. Gracias por la visita respondió sin mirarlo. Después llegó Rufino, el capataz de don Severino. Era hombre de manos grandes y burla fácil. la vio intentando levantar un cerco. Soltó una risa seca. “No sabes ni amarrar una cuerda”, dijo.

 “¿Y quieres domar el pedregal? Vuelve a la cocina, niña.” Le arrancó la soga de las manos, hizo el nudo en un segundo y lo deshizo solo para humillarla. “Así se hace.” Se burló, “pero tú nunca aprenderás.” Y se fue silvando, dejándola con el cerco a medias. Doña Petrona pasó en su coche al mediodía. Esposa de un criador del valle, mujer de mentón alto y mirada fría.

 No insultó a Aurelia. Hizo algo peor. La miró como se mira el aire. Aquí no hay nadie, le dijo a su acompañante junto a la cerca. Sigamos. Aurelia existía. Trabajaba bajo el sol y aún así para Petrona no estaba. La invisibilidad dolía distinto. A veces los hombres venían en grupo, frenaban sus caballos junto a la cerca y se reían todos juntos mirándola cargar piedras bajo el sol.

 “¡Miren a la dueña del pedregal”, decía uno, y todos estallaban. La risa de muchos era peor que el insulto de uno solo. Aurelia seguía sin levantar la cabeza. Solo un hombre no se rió. Aniseto era mayor, de paso lento y mirada limpia. Había trabajado años atrás junto a don Eliseo. Conocía esa loma desde joven. Le tenía cariño a la familia.

 “Déjenla en paz”, dijo una tarde frente a los demás. Trabaja más que muchos de ustedes. Don Severino lo escuchó y no le gustó. “¿La defiendes, viejo?”, preguntó frío. “Cuídate. Los que apuestan por perdedores pierden con ellos.” Aniceto bajó la cabeza, pero no se movió de allí. pagó su lealtad con la burla del patrón y se quedó igual.

 Al día siguiente, Aniceto volvió temprano al pedregal. Traía sus propias herramientas. “Dos manos cansadas hacen más que unas jóvenes solas”, dijo, y empezó a quitar piedras. Aurelia no supo qué decir. Hacía semanas que nadie la trataba con respeto. El viejo lo hacía sin pedir nada a cambio. “Solo por bondad.

 ¿Por qué me ayuda?”, le preguntó una tarde. Aneto se secó la frente. Tu abuelo me sacó del hambre una vez, respondió. Las deudas buenas no se olvidan. Aurelia entendió entonces que no estaba tan sola, que había una mano vieja dispuesta a sostener la suya, y eso, en medio de tanta burla, valía oro. Fue don Severino quien selló la apuesta. Lo hizo delante de todos junto al pozo del pueblo.

 Alzó la voz para que nadie se la perdiera. Escuchen bien, dijo, “Esa loma es piedra muerta, nunca dará grano ni gota de agua.” Levantó su vaso hacia el cielo, burlón. Los hombres esperaban el remate y llegó. El día que esa tierra de agua, vendré yo mismo a beberla de rodillas. Lo juro frente a todos. Los hombres aplaudieron la brabata.

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