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2.3 SALARIOS MÍNIMOS OBLIGATORIOS — PETRO y GUSTAVO BOLÍVAR FRENTE a PALOMA VALENCIA

 Antes de comenzar este relato, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves. Para entender lo que pasó esta semana, hay que empezar por el principio, hay que volver atrás, hay que cerrar los ojos y recordar cómo era Colombia hace 30, 40 años. Cuando un hombre salía de su casa de madrugada con las manos callosas y el corazón lleno de una convicción muy sencilla, pero muy poderosa, la convicción de que si trabajaba duro, si cumplía, si cotizaba puntualmente, si hacía todo lo que el sistema le pedía que hiciera, al final

de su vida iba a tener una recompensa. No una fortuna, no un palacio, sino algo mucho más modesto y mucho más valioso que todo eso. la tranquilidad de saber que cuando el cuerpo ya no aguantara más, cuando las rodillas dijeran basta y los ojos ya no vieran bien en la oscuridad, iba a tener una mesada que le permitiera vivir con dignidad, sin tener que pedirle nada a nadie, sin tener que depender de la caridad del Estado ni de la buena voluntad de sus hijos.

 Esa convicción fue la que sostuvo a millones de colombianos durante décadas de trabajo duro. Fue la que hizo que madres de familia en los barrios populares de Bogotá y de Medellín y de Cali se levantaran a las 4 de la mañana para llegar a tiempo al trabajo. Fue la que hizo que campesinos en los departamentos más alejados del país siguieran trabajando la tierra, aunque el jornal fuera pequeño y el camino para llegar al banco fuera largo.

 fue la que hizo que conductores de bus y albañiles y vendedores de mercado y costureras y tenderos de esquina cotizaran mes a mes, semana a semana, con la disciplina de quien sabe que está construyendo algo importante, algo que va a valer la pena cuando llegue el momento de cobrar lo que se sembró con tanto esfuerzo. Esa convicción tiene un nombre, se llama sistema pensional.

 Y en Colombia ese sistema nació con fuerza en el año 1993, cuando el Congreso aprobó la ley 100, la ley que cambió para siempre la manera en que los colombianos iban a ahorrar para su vejez y que prometía algo que sonaba justo y sensato, que cada colombiano que trabajara y cotizara iba a tener derecho a una pensión, que ese derecho no se le podía quitar, que era suyo, que estaba garantizado por el Estado y por las instituciones del país.

 33 años han pasado desde esa promesa. Y la realidad de Colombia hoy es una de esas realidades que duelen cuando uno las mira de frente. Porque la realidad es que de cada 100 colombianos que llegan a la vejez, 75 llegan sin pensión. Llegan a la vejez con las manos vacías después de toda una vida de trabajo. Llegan dependiendo de sus hijos si los tienen, de la caridad si no los tienen o de un subsidio del Estado que durante años fue de 80.000 1000 pesos mensuales.

 Una cifra que no alcanza ni para la comida de una semana. Un número que ofende cuando uno lo lee y piensa en la dignidad que merece un ser humano que pasó 50 años trabajando en este país. Esa es la realidad que el gobierno de Gustavo Petro encontró cuando llegó al poder en el año 2022. Esa es la realidad que justificó que su ministra del trabajo impulsara durante dos años una reforma pensional, que prometía cambiar ese panorama, que prometía que más colombianos iban a poder llegar a la vejez con algo en el bolsillo, con una

mesada digna, con la seguridad que toda una vida de trabajo debería garantizarle a cualquier persona. Y esa promesa hay que decirlo con honestidad, porque esta historia no es de los que esconden las cosas. Esa promesa tiene una parte que es justa y necesaria, porque es verdad que Colombia tiene una deuda enorme con los adultos mayores más pobres de este país, con los que llegaron a los 60, a los 70 años sin haber podido cotizar porque trabajaron toda su vida en la informalidad, porque vendieron arepas en una esquina o lavaron ropa ajena o

trabajaron en el campo sin que nadie les descontara ni un peso para su pensión futura. Y esos colombianos también merecen una vejez digna, también merecen comer bien y tener para sus medicamentos y no tener que depender de la generosidad de extraños cuando ya no pueden trabajar. Pero hay otra parte de esa promesa que es donde está el problema, que es donde los números empiezan a no cuadrar, que es donde la historia que el gobierno quiere contar y la historia que los números cuentan empiezan a alejársela. Una de la otra,

de una manera que cualquier colombiano que haya manejado las cuentas de su casa, aunque nunca haya estudiado economía ni haya pisado una universidad, puede entender perfectamente. Para explicar ese problema, hay que hablar de una mujer y de un hombre que esta semana se sentaron frente a frente en los micrófonos de la W Radio en el programa de las 6 de la mañana que muchos colombianos escuchan mientras toman el primer tinto del día y que le dijeron al país con una claridad que pocas veces se ve en la política colombiana. Todo lo

que el debate sobre la reforma pensional había tenido guardado durante meses detrás de comunicados oficiales y presentaciones con gráficas de colores. La mujer se llama Paloma Valencia, es senadora del Centro Democrático, es abogada, es precandidata presidencial para las elecciones de 2026 y es la persona que radicó ante la Corte Constitucional la primera demanda formal contra la reforma pensional del gobierno de Petro.

 La demanda que hoy tiene a esa reforma en un limbo jurídico del que todavía no ha podido salir, la demanda que tiene al gobierno desesperado porque cada mes que pasa sin que la ley entre en vigencia es un mes. Menos de un gobierno que ya está en sus últimos meses de vida. El hombre se llama Gustavo Bolívar, es ex senador del pacto histórico, es escritor, es una de las figuras más reconocidas del petrismo en Colombia y en este debate no estaba hablando solo por sí mismo, sino también como vocero de la campaña presidencial de Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico

que hoy lidera las encuestas para las elecciones de mayo de 2026. El hombre que si las cosas siguen como están más posibilidades que nadie de sentarse en la silla presidencial. El 7 de agosto de este año, esos dos, Paloma Valencia y Gustavo Bolívar, se encontraron esa mañana ante millones de colombianos que estaban escuchando la radio.

 Y lo que salió de ese encuentro fue mucho más que un debate político. Fue una radiografía del corazón del problema pensional de Colombia. Una radiografía que mostró con una claridad brutal que detrás de las promesas y de los discursos y de los números que el gobierno presenta en sus presentaciones, hay una realidad muy diferente, una realidad que afecta directamente el bolsillo, el futuro y la tranquilidad de millones de colombianos que llevan toda una vida trabajando y ahorrando y esperando que el sistema cumpla lo que prometió.

Pero para entender ese debate, hay que entender primero cómo llegó Colombia hasta aquí. Hay que entender de dónde vienen los problemas que la reforma quiere resolver y de dónde vienen los nuevos problemas que la reforma misma está creando. Porque esta no es una historia que empezó esta semana, sino una historia que lleva décadas construyéndose en silencio.

 Una historia de promesas y de deudas y de decisiones que se fueron postergando hasta que el peso de todo lo postergado se volvió tan grande que ya no había manera de seguir mirando para otro lado. En Colombia, en este momento, solo el 25% de los adultos mayores tiene una pensión. Solo uno de cada cuatro colombianos que llega a la vejez puede decir que tiene una mesada fija que le llegue todos.

 Los meses para cubrir sus gastos, para pagar el arriendo, para comprar los medicamentos, para comer tres veces al día sin depender de nadie, solo uno de cada cuatro. Y eso en un país de 52 millones de personas es una cifra que debería quitarle el sueño a cualquier gobierno, a cualquier político, a cualquier colombiano que tenga padres o abuelos o que algún día vaya a ser viejo.

 ¿Qué es decir a todos? El 75% restante, los que no tienen pensión, los que llegaron a los 60 o a los 70 años sin haber acumulado las semanas de cotización que la ley exige para tener derecho a una mesada, esos colombianos tienen básicamente tres opciones y ninguna de las tres es digna de lo que una persona que trabajó toda su vida merece.

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