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Grace Kelly: Abandonó Hollywood por un Príncipe… y se Arrepintió Toda su Vida

llegas a ser suficiente. Grace nació el 12 de noviembre de 1929 en el próspero barrio de East Falls, Pennsylvania. El mundo financiero estaba a punto de colapsar con la gran depresión, pero la familia Kelly no lo notaría. Su padre John Brendon Kelly, conocido como Jack, era un titán, un irlandés católico, curpulento y rudo, que empezó apilando ladrillos como peón y acabó levantando el mayor imperio de la construcción de la costa este.

Pero los negocios no eran su verdadera pasión, era el remo. Jack era un atleta legendario, ganador de tres medallas de oro olímpicas. Años antes, la élite británica le había prohibido participar en la prestigiosa regata de Henley por ser un trabajador manual. Jack se vengó ganando en los Juegos Olímpicos y enviándole su gorra sudada al rey de Inglaterra con una nota que decía: “Salud.

” Esa historia de venganza y triunfo se recitaba cada noche en el comedor familiar. Su madre, Margaret no se quedaba atrás en disciplina. exmodelo y directora de educación física de la Universidad de Pennsylvania, era estricta y ferozmente competitiva. En la casa de los Kelly solo se respiraba un mandamiento. Había que ganar siempre.

El segundo puesto era un fracaso. Entre los cuatro hermanos, Grace comprendió desde la cuna que ella no era la favorita. Jack adoraba a su hijo varón Kel, a quien entrenó desde niño para que lograra la victoria en remo que a él le habían negado. Y Kell lo logró. El día que eso ocurrió, el duro Jack Kelly lloró de orgullo.

Grace observaba todo desde las sombras. Ella era abrumadoramente diferente, enfermiza, delgada, usaba gafas, no destacaba en los deportes y prefería pasar las tardes encerrada en su habitación leyendo. Su padre no la maltrataba físicamente, hacía algo mucho más destructivo para la p sique de una niña. Simplemente la ignoraba.

Ese rechazo silencioso fue la semilla que impulsaría cada decisión vital de Grace en las siguientes décadas. El punto de inflexión ocurrió cuando Grace tenía unos 10 años. Un hermano de Jack, el tío George Kelly, fue a pasar unos días a la casa. George era todo lo que Jack despreciaba. Un dramaturgo ganador de un premio Pulitzer, un artista sensible y refinado.

Durante una cena, George observó fascinado a la pequeña Grace. notó su forma elegante de moverse y la manera inquietante en la que imitaba las expresiones de los adultos. Esa noche se acercó a la niña solitaria y le dijo tres palabras que reescribirían su destino. Tienes algo especial. Para una niña muerta de hambre por un poco de validación, aquello fue un faro cegador.

George le habló del teatro como un arte noble. A partir de ese segundo, Grace lo tuvo claro. Quería subirse a un escenario para obligar al mundo entero, pero especialmente a su padre, a que la miraran. A los 18 años soltó la bomba en el comedor. Se iba a Nueva York para ser actriz. Jack Kelly enfureció. Para él la actuación era una profesión frívola e indigna del apellido Kelly.

Pero Grace no pidió permiso. Hizo las maletas y se matriculó en la Academia Americana de Artes Dramáticas, pagando sus propios estudios gracias a interminables jornadas como modelo publicitaria. Su rostro era un lienzo de perfección clásica, pero ella repudiaba a ser tratada como una simple cara bonita. Quería ser una actriz seria.

Sus inicios en Manhattan fueron un ejercicio de estoicismo. Vivía confinada en el Barbison Hotel para mujeres, un edificio con reglas carcelarias, toque de queda estricto y la prohibición absoluta que entrara un hombre. Comía sándwiches baratos en su cama para ahorrar y aceptaba papeles irrelevantes en sótanos polvorientos.

Mientras sus compañeras salían a divertirse, ella trabajaba exhaustivamente para borrar su acento nasal de Penilvania y ensayaba monólogos frente al espejo. La gran oportunidad llegó en 1950 cuando un casatalentos la vio en un pequeño papel y la envió a realizar una prueba de cámara a Los Ángeles. Tenía 21 años.

Cuando el director gritó acción ocurrió un milagro técnico. A diferencia de las actrices de la época, Grace no gesticulaba en exceso ni sobreactuaba. Había una quietud absoluta en ella, una contención magnética. La cámara literalmente se enamoró de ella. En 1953, los estudios la enviaron a África para rodar Mogambo junto a Clark Gable y Ava Gardner.

Allí, rodeada de leones y calor asfixiante, Grace inició un intenso romance con Gable, un hombre 30 años mayor. La edad no le importaba. De manera casi patológica, Grace buscaba constantemente en nombres mayores e inaccesibles la aprobación y protección paterna que Jack le había negado. Ese papel le valió su primera nominación a los Oscar.

Hollywood entendió que no era una moda, sino un arquetipo nuevo. La década de los 50 estaba dominada por la sensualidad carnal de Marilyn Monroe y el fuego escandaloso de Elizabeth Taylor. Grace era el bolo opuesto. Poseía un misterio insondable. Mirarla en pantalla era tener la certeza de que ocultaba un secreto detrás de esos ojos azules.

Rodó cinco películas casi consecutivas, un ritmo demencial. tuvo otro romance con William Holden, también mayor y casado. El patrón destructivo en su vida sentimental era un disco rayado. Y entonces apareció el genio oscuro, Alfred Hitchcock. El maestro del suspenso, vio en ella lo que nadie más había articulado. La definió con una frase que pasó a la historia, un volcán cubierto de nieve.

Hitchcock comprendió que detrás de esa fachada intachable de hielo y guantes blancos ardía un fuego devorador. La convirtió en su musa absoluta para rodar crimen perfecto, la ventana indiscreta y atrapa a un ladrón. En la ventana indiscreta hay una escena histórica en la que ella entra a la habitación, se inclina y besa a James Stuart.

En esos brevísimos segundos, Grace destiló más talento y erotismo inteligente del que muchas actrices lograban en toda su carrera. Hitchcock estaba subyugado, controlaba obsesivamente su vestuario, su maquillaje y la llamaba de madrugada para discutir las motivaciones de su personaje. Poco después, Rodaron atrapa a un ladrón en la resplandeciente costa azul.

Compartiendo pantalla con Carry Grant, Grace condujo un descapotable a toda velocidad por las carreteras sinuosas de Mónaco. La macabra ironía es que esas mismas curvas sobre el Mediterráneo, donde bromeaba despreocupadamente, serían exactamente el mismo asfalto asesino donde encontraría la muerte 27 años más tarde. En 1955 llegó el triunfo definitivo.

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