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Bukele Retó a un Indigente a Jugar Ajedrez – No Sabía Que Era el Campeón Nacional 🇸🇻

El tablero era una caja de cartón de pizza cortada y aplanada con 64 cuadros dibujados con marcador negro. Algunos cuadros estaban borrosos por el uso, otros por la lluvia, pero el hombre los conocía todos de memoria. No necesitaba verlos. Se llamaba Roberto. Roberto Alfaro Guevara. Tenía 58 años. La barba le cubría el pecho, enredada y canosa.

No usaba zapatos porque los últimos que tuvo se los robaron hacía 3 años. Su ropa era una colección de trapos que alguna vez habían sido prendas individuales, pero que ahora formaban una sola masa de tela sobre su cuerpo. Para el mundo era un loco que jugaba ajedrez con tapas de botella en el parque Libertad.

 Para el mundo del ajedrez, si alguien se hubiera detenido a recordar, era el tres veces campeón nacional de El Salvador, representante en tres olimpiadas de ajedrez y el jugador con el rating más alto que el país hubiera producido jamás. Pero nadie se detenía a recordar. El ajedrez no paga las cuentas en El Salvador y los campeones olvidados no salen en las noticias.

 Roberto se sentaba en la misma banca cada mañana a las 7. Ponía su tablero de cartón sobre la banca, acomodaba sus tapas de botella y esperaba. Siempre había alguien dispuesto a jugar. Taxistas en descanso, estudiantes que mataban el tiempo, jubilados que buscaban con quién hablar, algún turista curioso. La apuesta era siempre la misma. La partida.

 Si le ganabas, Roberto te daba un dó. Si Roberto te ganaba, tú le dabas uno. En 10 años en la calle, Roberto había perdido exactamente cuatro partidas, cuatro de miles. Y tres de esas derrotas habían sido porque se quedó dormido a mitad del juego. Para entender cómo el mejor ajedrecista de la historia de El Salvador terminó jugando con tapas de botella, hay que retroceder 45 años.

 Roberto Alfaro nació en el mercado central de San Salvador, literalmente. Su madre, doña Estela, vendía verduras en el puesto número 47 del mercado. Cuando empezaron las contracciones,  no le dio tiempo de llegar al hospital. Roberto nació entre cajas de tomates y sacos de frijoles, asistido por tres vendedoras del mercado que sabían más de partos que muchos médicos.

Nació en el puesto de las verduras. bromeaba Estela. Por eso salió tan terco, terco como un repollo. El padre de Roberto era desconocido. Estela nunca habló de él. Roberto aprendió a no preguntar. creció en el mercado. Mientras otros niños iban a la escuela y al parque. Roberto pasaba sus días entre puestos de frutas, carnicerías y vendedores ambulantes.

 El mercado era su escuela, su parque, su mundo entero. A los 7 años, Roberto descubrió el ajedrez por accidente. Don Fermín, un viejo que vendía periódicos en la entrada del mercado, jugaba ajedrez todas las tardes con otro vendedor. Tenían un tablero viejo de madera descascarada con piezas a las que les faltaban pedazos.

 Un caballo sin cabeza, una torre sin punta, un alfil pegado con cinta. Roberto se sentaba a ver. No entendía el juego, pero le fascinaba. los movimientos, los patrones, la geometría invisible que conectaba las piezas. ¿Querés aprender, Cipote?, le preguntó don Fermín un día. Sí.

 Don Fermín le enseñó lo básico, los movimientos de cada pieza, las reglas fundamentales, las aperturas más comunes. Roberto lo absorbió como una esponja absorbe agua. En una semana sabía los movimientos. En un mes le ganó a don Fermín. En tres meses le ganaba a todos los jugadores del mercado. Este cipote es diferente, le dijo don Fermina Estela.

 Tiene algo en la cabeza que yo no he visto en 40 años jugando. Diferente como ve cosas que nadie ve. Calcula 10, 15 movimientos adelante y tiene 8 años. Estela no le dio importancia. Para ella, el ajedrez era un juego de viejos en el mercado. No era una carrera, no era un futuro, no era nada que pudiera sacar a su hijo de la pobreza.

 Pero el ajedrez pensaba diferente sobre Roberto. A los 10 años, Roberto empezó a jugar en torneos locales. Estela no tenía dinero para inscribirlo. Don Fermín pagó las primeras inscripciones de su propio bolsillo. Roberto ganó su primer torneo a los 11 años. Le ganó a adultos que llevaban décadas jugando, no con experiencia, sino con una intuición que parecía sobrenatural.

 ¿Cómo supiste que iba a mover la torre ahí? Le preguntó un rival después de perder. No lo supe. Lo sentí. El tablero me habla. El tablero te habla. Las piezas tienen personalidad. Los caballos son traviesos. Siempre quieren saltar donde no los esperás. Los alfiles son elegantes. Les gusta ir en diagonal. Las torres son directas. Van recto.

 Cuando entendés su personalidad, sabés qué quieren hacer antes de que el otro jugador lo decida. A los 14, Roberto era el jugador juvenil número uno de El Salvador. A los 16 ganó su primer torneo nacional absoluto venciendo a jugadores con el doble de su edad y experiencia. El periódico tituló El niño del mercado es el rey del ajedrez.

 Estela lloró cuando vio la nota. Su hijo, el que nació entre tomates, era campeón. Roberto no fue a la universidad, no porque no pudiera, sino porque el ajedrez le consumía todo.  Entrenaba 8 horas diarias, estudiaba partidas de grandes maestros, Fisher, Kasparov, Karpov. memorizaba aperturas, defensas, finales.

 Su mente era una biblioteca infinita de posiciones y variantes. Ganó el campeonato nacional en 1994, 1997 y 2001. Tres veces campeón. Representó a El Salvador en tres olimpiadas de ajedrez, en Moscú, en Estambul y en Bled. No ganó medallas internacionales, pero jugó de igual a igual con grandes maestros que el mundo entero conocía.

Roberto Alfaro es el mejor jugador que El Salvador ha producido”, dijo un comentarista internacional después de la Olimpiada de 2002. Si tuviera el apoyo que tienen los jugadores europeos, estaría entre los 100 mejores del mundo. Pero no tenía ese apoyo.  El Salvador no invertía en ajedrez, no había federación con presupuesto, no había becas, no había entrenadores profesionales.

 Roberto era un genio que se entrenaba solo con un tablero de madera descascarada que don Fermín le había regalado hacía 20 años. La falta de apoyo fue la grieta por donde entró la frustración y la frustración fue la puerta por donde entró todo lo demás. Roberto empezó a beber después de la olimpiada de 2002. No fue una decisión consciente.

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