No se despertó un día y dijo, “Voy a destruir mi vida.” Fue gradual. Una cerveza después de un torneo, un trago después de una derrota, una botella después de enterarse de que la federación había cancelado su viaje a la siguiente olimpiada por falta de fondos. ¿Para qué entreno?, se preguntaba. ¿Para qué soy el mejor si este país no me da ni para un boleto de avión? La cerveza se convirtió en aguardiente.
El aguardiente se convirtió en algo más fuerte y lo más fuerte se convirtió en una adicción que le quitó todo. Primero la concentración, después los torneos, después los amigos, después la dignidad. En 2005, Roberto jugó su último torneo oficial. llegó borracho. Perdió en la primera ronda contra un jugador de 15 años al que habría demolido en 5 minutos estando sobrio.
Se levantó de la mesa, tiró las piezas al suelo y salió del salón maldiciendo. Nadie lo llamó después. Nadie preguntó si estaba bien. El campeón tres veces era ahora el borracho que hacía escenas en los torneos. Y el mundo de la ajedrez, como todos los mundos pequeños, tiene memoria corta para los caídos y larga para los escándalos.
Estela murió en 2008, un infarto en el puesto 47 del mercado, el mismo lugar donde Roberto había nacido. Murió como vivió trabajando. Roberto no fue al funeral. Estaba en algún lugar de la ciudad, perdido en una nebulosa de alcohol y sustancias que le habían borrado la noción de qué día era. Cuando se enteró, tres días después fue al mercado.
El puesto de Estela ya estaba ocupado por otra vendedora. Las cajas de tomates eran de otra persona. El espacio donde su madre había pasado 40 años vendiendo verduras ya no le pertenecía. Roberto se sentó en la acera frente al puesto y lloró, no por su madre solamente, por todo. Por el tablero que no podía sostener, por las botellas que no podía soltar, por la vida que se le había escapado entre los dedos, como agua entre las piezas de un juego que ya no sabía jugar.
Después de la muerte de Estela, Roberto no tenía donde vivir. El cuarto que compartían en el centro era de ella. Sin Estela no había dinero para la renta. La calle lo tragó. Los primeros años fueron borrosos. Alcohol, sustancias, noches en refugios, días pidiendo monedas. El cerebro que podía calcular 20 movimientos de ajedrez por adelantado, ahora no podía calcular dónde dormir esa noche.
Pero algo curioso, pasó en el quinto año en la calle. Roberto tocó fondo y desde el fondo encontró la única cosa que siempre lo había salvado, el tablero. No tenía tablero ni piezas, así que los hizo. La caja de pizza fue su primer tablero, las tapas de botella, sus primeras piezas, marcó cada una con un cuchillo para distinguirlas y se sentó en el parque Libertad a jugar. No fue fácil.
Las primeras semanas sus manos temblaban. La abstinencia del alcohol hacía que los dedos no obedecieran, las piezas se caían, las jugadas se confundían. El genio que había sido parecía haberse ahogado en las mismas botellas que lo habían destruido. Pero Roberto jugó cada día contra quién quisiera sentarse.
Y poco a poco, movimiento a movimiento, partida a partida, el monstruo que dormía dentro de su cerebro empezó a despertar. Primero volvieron las aperturas, después las defensas, después la visión de 10, 15, 20 movimientos por adelantado. El alcohol le había quitado todo, pero no le había quitado eso. El talento estaba intacto, esperando debajo de los escombros como un diamante enterrado en basura.
Para el séptimo año, Roberto era invencible otra vez, no en torneos oficiales, porque no participaba en ninguno, en el parque, en las bancas, con tapas de botella y un tablero de cartón. Los taxistas que jugaban con él no sabían que estaban jugando contra un tres veces campeón nacional.
Los estudiantes no sabían que el indigente que les ganaba en 4 minutos había jugado contra grandes maestros en Moscú. Nadie sabía. Roberto no lo decía. No por vergüenza, por irrelevancia. ¿De qué sirve decir que fuiste campeón cuando vivís debajo de un puente? Los títulos no dan calor, las medallas no alimentan y los aplausos de hace 20 años no se escuchan a las 3 de la mañana.
cuando la lluvia te moja y no tenés techo. Y entonces llegó Bukele. Era un sábado por la tarde. Bukele tenía una reunión con el alcalde de San Salvador en un edificio frente al parque Libertad. Llegó 15 minutos temprano. Su equipo entró al edificio, pero Bukele se quedó afuera. Vio al hombre en la banca con su tablero de cartón.
vio a un estudiante levantarse frustrado después de perder en 3 minutos. Vio al hombre acomodar las tapas de botella con una precisión que no correspondía a sus manos sucias y temblorosas. Bukele sabía jugar ajedrez, no era experto, pero sabía las reglas. Conocía las aperturas básicas, podía dar pelea en una partida casual. De joven había jugado con amigos.
Le gustaba el juego, aunque no tenía tiempo para practicarlo. Algo lo impulsó a caminar hacia la banca. ¿Cuánto por una partida?, preguntó. Roberto levantó la vista. No reconoció a Bukele. O si lo reconoció, no le importó. En el tablero todos son iguales. Y si pierdo me das y si gano Roberto lo miró fijamente.
No vas a ganar. No era arrogancia, era estadística. Roberto no había perdido una partida en años. Era un hecho, no una opinión. Bukele se sentó. Los guardaespaldas se tensaron. Un asesor intentó intervenir. Señor presidente, la reunión. Que esperen. Roberto acomodó las tapas. Blancas para Bukele, negras para él. Abrí voz, dijo Roberto.
Bukele movió peón de rey a E4. La apertura más clásica, la más jugada en la historia del ajedrez. Roberto respondió con la defensa siciliana. Un movimiento agresivo, sofisticado, que decía mucho más sobre el jugador que cualquier palabra. Bukele lo notó. No era el movimiento de un indigente que había aprendido a jugar en la calle.
Era el movimiento de alguien que conocía la teoría. La partida duró 12 movimientos, 3 minutos y 47 segundos. En el movimiento 12, Roberto sacrificó su alfil en una combinación que Bukele no vio venir. Dos movimientos después, la reina de Roberto controlaba el centro del tablero. Un movimiento más y era Jaque Mate.
Mate en uno dijo Roberto señalando con la tapa de Pepsi que era su reina. Buele miró el tablero, analizó la posición. Roberto tenía razón, no había escape. ¿Quién sos?, preguntó Bukele. Un indigente que juega ajedrez. No, ¿quién sos de verdad? Esa defensa, ¿ese sacrificio de alfil? ¿Esa combinación? ¿Eso no lo hace alguien que aprendió a jugar en un parque? Roberto se recostó en la banca, miró al hombre de traje que le hacía preguntas.
Finalmente lo reconoció. ¿Usted es Bukele? Sí. Pues le acabo de ganar al presidente. ¿Me da mi dólar? Bukele sacó un billete de $y 20 si me decís quién sos. Roberto miró el billete. $ era comida para una semana, pero no aceptó inmediatamente. Había algo en la pregunta que lo hacía sentir algo que no había sentido en años, la posibilidad de ser visto.
Me llamo Roberto Alfaro Guevara. Fui campeón nacional de ajedrez del Salvador tres veces. En el 94, el 97 y el 2001 representé al país en tres olimpiadas mundiales. Bukele no movió un músculo, campeón nacional tres veces. ¿Y cómo terminaste aquí? Roberto tomó una de las tapas de botella, la giró entre sus dedos.
Perdí todas las partidas de la vida, señor presidente, menos las del tablero. Bukele no respondió durante un momento largo, luego sacó su teléfono y buscó Roberto Alfaro Ajedrés El Salvador. Los resultados aparecieron inmediatamente. Fotos de un hombre joven, delgado, concentrado frente a un tablero profesional. Noticias de campeonatos ganados. Resultados de olimpiadas.
El hombre de las fotos y el hombre de la banca eran la misma persona, 30 años y un abismo de diferencia. ¿Podés jugar otra?, preguntó Bukele. ¿Querés perder de nuevo? No, quiero ver algo. Jugaron otra partida. Esta vez Bukele no jugó para ganar, jugó para observar. Cada movimiento de Roberto era una clase magistral.
La velocidad de cálculo, la profundidad de la visión, la creatividad de las combinaciones. Era como ver a un pianista virtuoso tocar en un piano roto. El talento trascendía las condiciones. La segunda partida terminó en 15 movimientos. Bukele perdió otra vez, pero no le importó. Don Roberto, ¿cuánto tiempo llevas en la calle? 10 años.
Y en esos 10 años, nadie del mundo de la ajedrez vino a buscarte. Nadie. Cuando caés, caés solo. Cuando ganás, te acompañan miles. Cuando perdés, no te conoce nadie. ¿Seguís bebiendo? Roberto bajó la mirada. No dejé hace 5 años. El tablero me salvó. Cuando juego no necesito tomar. Cuando no juego, es cuando el demonio vuelve.
¿Podrías volver a competir? Roberto se rió, una risa seca, oxidada, que sonaba a puerta que no se abre hace años. Señor presidente, míreme. Soy un indigente de 58 años con un tablero de cartón. ¿Quién me va a dejar competir? Yo. Roberto dejó de reírse. ¿Qué? Escúchame bien, don Roberto.
Lo que acabo de ver en este tablero no es algo que se consigue con práctica, es algo que nace con la persona y si nació con vos, todavía está ahí. No importa cuántos años pasaron, no importa cuántas botellas tomaste, no importa cuántas noches dormiste en la calle, el talento no se muere, se duerme. Y yo acabo de verlo completamente despierto.
Buele se levantó. Voy a hacer algo, pero necesito que confíes en mí. ¿Podés hacer eso? Roberto lo miró con ojos que habían aprendido a desconfiar de todo, de las promesas. de la gente, de la esperanza. La última persona que me dijo, “Confía en mí”, me robó las últimas monedas que tenía.
No te voy a robar monedas, don Roberto. Te voy a devolver lo que este país te quitó. Esa tarde, Bukele no fue a la reunión con el alcalde. En cambio, hizo tres llamadas. La primera, a la Federación Salvadoreña de Ajedrez. ¿Saben quién es Roberto Alfaro? Claro, fue campeón nacional hace años. Desapareció del circuito. Creíamos que estaba muerto. No está muerto.
Está viviendo en la calle y acaba de ganarme dos partidas en menos de 6 minutos. Silencio al otro lado. La segunda llamada fue al Ministerio de Deportes. Quiero saber cuántos deportistas nacionales retirados viven en condiciones de pobreza o indigencia. La tercera, a un centro de rehabilitación. Necesito un programa para un exdportista con historial de adicciones, que sea digno, no un internamiento forzado, una oportunidad real.
Roberto fue llevado esa misma tarde a un albergue temporal. Baño caliente, ropa limpia, comida de verdad. Un médico lo examinó. Estaba desnutrido. Tenía problemas dentales, infecciones en los pies por caminar descalzo durante años, pero sorprendentemente su capacidad cognitiva estaba intacta. “Este hombre tiene un cerebro extraordinario”, dijo el neurólogo después de las evaluaciones.
A pesar del alcoholismo y los años en la calle, sus funciones cognitivas superiores están prácticamente intactas. Su capacidad de cálculo, memoria de trabajo y velocidad de procesamiento están muy por encima del promedio. El ajedrez lo salvó”, dijo Roberto cuando le contaron los resultados.
jugar todos los días mantuvo el cerebro vivo. Mientras las manos temblaban, la mente seguía calculando. Roberto ingresó a un programa de rehabilitación voluntario. 3 meses de terapia, atención médica y algo que no había tenido en una década. Un tablero de ajedrez de verdad, con piezas de verdad, con un reloj de verdad. La primera vez que sostuvo una pieza de madera real después de 10 años con tapas de botella, Roberto la acarició como si fuera una reliquia sagrada.
“Hola, vieja amiga”, le susurró a la reina blanca. “Te extrañé.” Mientras Roberto se recuperaba, Bukele descubrió algo que lo enfureció. Los datos del Ministerio de Deportes revelaron que el 78% de los atletas nacionales retirados vivían bajo la línea de pobreza. Boxeadores que habían ganado medallas centroamericanas vendiendo dulces en semáforos.
Futbolistas que habían jugado para la selección lavando carros. Atletas olímpicos pidiendo limosna. Este país usa a sus atletas como propaganda cuando ganan y los tira a la basura cuando se retiran”, dijo Bukele. Eso no es un sistema deportivo, es una fábrica de héroes desechables. Presentó ante la asamblea el programa Yaque al olvido.
Dignas para deportistas retirados, programa de rehabilitación y reintegración, escuelas deportivas gratuitas en zonas marginales dirigidas por atletas retirados y un fondo de emergencia para deportistas en crisis. El nombre fue idea de Roberto. ¿Por qué jaque al olvido? Le preguntó Bukele. Porque el olvido es el peor enemigo, señor presidente.
No la pobreza, no la adicción. El olvido. Cuando el mundo te olvida, vos empezás a olvidarte a vos mismo. El programa fue aprobado con 71 votos a favor, 6 meses después de salir de rehabilitación. Unoco. A Roberto jugó su primer torneo oficial en 18 años. Tenía 59 años. Era el jugador más viejo del torneo por dos décadas.
Los otros competidores lo miraban con curiosidad y un poco de lástima. Un viejo que había sido alguien hace mucho tiempo tratando de revivir una gloria pasada. Roberto no les prestó atención, se sentó frente al tablero, acomodó las piezas y jugó. ganó su primera partida en 22 movimientos, la segunda en 18, la tercera en 31 después de una batalla que hizo que los espectadores contuvieran la respiración. Llegó a la final.
Su oponente era un joven de 21 años, el número uno del ranking nacional, un prodigio que había crecido con computadoras y programas de entrenamiento que Roberto nunca tuvo. La partida duró una hora y 47 minutos. Fue un duelo de generaciones, la intuición de 40 años contra la tecnología de la era digital, la experiencia del sufrimiento contra la frescura de la juventud.
Roberto perdió por un movimiento, un solo movimiento que hizo en el minuto 94, cuando el cansancio le nubló la visión por un instante. Segundo lugar, después de 10 años en la calle, cuatro de ellos borracho y seis jugando con tapas de botella, Roberto Alfaro quedó segundo en el campeonato nacional. El público lo ovasionó de pie, no por el segundo lugar, por lo que representaba la prueba de que el talento puede sobrevivir al infierno.
Roberto se levantó de la mesa, estrechó la mano de su joven rival y caminó hacia la salida. El joven campeón lo detuvo. Don Roberto, quiero que sepa algo. Aprendí a jugar ajedrez viendo sus partidas en internet. Usted fue mi ídolo desde que tenía 8 años. Ganarle a usted hoy es el mayor honor de mi vida.
Roberto lo miró con ojos húmedos. Y perder contra vos es el mayor honor de la mía, porque significa que este país tiene futuro en el ajedrez y eso vale más que cualquier título. 6 años después, don Roberto tenía 64 años. vivía en un apartamento pequeño, pero digno que el programa le había proporcionado. Tenía un tablero de madera profesional en la mesa del comedor y en la pared, junto a sus tres diplomas de campeón nacional, había algo nuevo, un certificado de instructor de la Federación Internacional de Ajedrez.
Roberto era entrenador. Dirigía una escuela de ajedrez en Soyapango, uno de los barrios más peligrosos de San Salvador. 60 niños de entre 6 y 15 años aprendían a mover piezas en lugar de mover drogas. El ajedrez me salvó la vida. Les decía a sus alumnos. Cuando todo se derrumbó, el tablero fue lo único que quedó de pie.
Si yo pude salir del infierno con 64 cuadros, ustedes pueden salir de este barrio con los mismos 64. Un día Bukele lo invitó a la inauguración del Centro Nacional de Deporte y Memoria, el edificio principal del programa Jaque al olvido. Roberto subió al escenario, llevaba un traje nuevo, le quedaba bien esta vez y en el bolsillo del saco una tapa de Coca-Cola.
Hace 6 años, dijo frente al micrófono, yo era un indigente con un tablero de cartón y tapas de botella. Dormía debajo de un puente, comía de la basura y jugaba ajedrez contra taxistas por sacó la tapa de Coca-Cola del bolsillo y la puso sobre el podio. Esta tapa era mi reina, la más poderosa del tablero.
Una tapa de botella de 50 centavos. Era mi pieza más valiosa, pero me ganó más partidas que cualquier pieza de marfil. Miró a Bukele. Señor presidente, usted se sentó en mi banca y me retó una partida. Perdió en 12 movimientos, pero lo que usted ganó fue algo mucho más grande que una partida. Ganó la oportunidad de ver lo que nadie veía.
Un campeón debajo de la mugre, un genio debajo de la derrota. miró al público. Hay campeones en cada esquina de este país, en los mercados, en los basureros, en las cárceles, en los parques. Gente que fue alguien y que el mundo olvidó. Gente que todavía puede ser alguien si alguien se detiene a jugar una partida con ellos.
Respiró profundo. Yo perdí todas las partidas de la vida. Perdí la sobriedad, perdí la casa, perdí a mi madre, perdí la dignidad, pero nunca perdí el tablero. Y el tablero me trajo de vuelta. Levantó la tapa de Coca-Cola. Esta tapa me recuerda de dónde vengo y me recuerda algo más importante, que las piezas no importan, lo que importa es el jugador.
El aplauso fue largo y sostenido. Esa noche Roberto volvió a su apartamento. Puso la tapa de Coca-Cola en el estante junto a sus trofeos de campeón. Luego se sentó frente a su tablero de madera, acomodó las piezas y jugó una partida contra sí mismo, como hacía todas las noches.

Blancas contra negras, Roberto contra Roberto, el hombre que fue contra el hombre que es. Y en algún movimiento de esa partida infinita, los dos Robertos se encontraron en el centro del tablero y hicieron las paces. Esta es la historia de Roberto Alfaro Guevara. El niño que nació en un mercado entre tomates, el campeón que ganó todo y lo perdió todo.
El indigente que jugaba con tapas de botella y no perdía nunca. El hombre que hoy enseña a 60 niños que el ajedrez puede salvar vidas, porque a veces la partida más importante no es la que jugás en un torneo, es la que jugás contra vos mismo, en una banca de parque con tapas de botella. Cuando el mundo ya te dio por muerto, pero el tablero sigue ahí.