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Así Cayó Leandro Norero Alias “El Patrón” y Su Fortuna de 100$ Millones en Ecuador

En el pabellón de máxima seguridad de la cárcel de Cotopaxi, Ecuador, el 3 de octubre de 2022. El hombre que había fingido morir una vez no pudo esquivar la muerte por segunda vez. 36 años, 100 millones de dólares en activos, 111 celulares encriptados y en esos teléfonos el nombre de jueces, fiscales, generales de policía, asambleístas, funcionarios del Estado.

El narco había muerto, pero lo que dejó atrás apenas estaba empezando a arder. La tarde del 3 de octubre de 2022 comenzó como cualquier otra en el centro de rehabilitación social de Cotopaxi, una prisión en la sierra centro del Ecuador que en los últimos meses había conocido demasiada sangre. Los guardias penitenciarios realizaron el censo rutinario del mediodía, contaron cabezas, cerraron rejas.

Poco después de la 1 de la tarde llegó el primero de los disparos. Cuando la balacera cesó donde el subdirector del Sistema Nacional de Atención Integral a personas adultas privadas de la libertad confirmó en rueda de prensa lo que ya circulaba entre rumores. Leandro Antonio Norero Tigua, conocido en el submundo del crimen organizado ecuatoriano como el patrón, estaba entre las personas fallecidas.

No era un preso ordinario, era el hombre que, según la inteligencia policial había financiado a las tres bandas criminales más peligrosas del país, los lobos, los tiguerones y los sh killers. El hombre que había enviado hasta 5 toneladas mensuales de cocaína hacia Europa y Estados Unidos, oculta en contenedores de banano y mariscos.

El hombre que dos años  antes había fingido su propia muerte para escapar de una orden de captura internacional. Pero el verdadero enigma no estaba en su muerte, estaba en lo que vino después. En su celda, en maletas, en bolsillos, los agentes encontraron 111 celulares encriptados.

Cuando los peritos de la fiscalía comenzaron a procesar esos dispositivos, lo que emergió no era la historia de un solo narco,  era el mapa completo de un estado infiltrado. Más de 14,000 páginas de chats con jueces,  fiscales, abogados, generales de la policía, asambleístas nacionales, funcionarios del sistema penitenciario.

un hombre que desde su celda, en una prisión de máxima seguridad, había continuado dirigiendo su organización criminal con la misma eficiencia  que desde la libertad. Chic, un hombre que compraba voluntades con la precisión de un contador  y la frialdad de un estratega. ¿Cómo llegó un adolescente de las calles polvorientas  de Monte Sinaí, un barrio marginal del sur de Guayaquil, a convertirse en el eje central de la mayor red de corrupción en la historia del Ecuador? Esa es la pregunta que atraviesa esta

historia de principio a fin y la respuesta es más perturbadora que la pregunta misma. Monte Sinaí, en el sur de Guayaquil. Chichu no es un lugar que aparezca en las guías turísticas. Es un sector de calles sin asfaltar, donde el agua potable llegaba con cuentagotas y la electricidad era una promesa intermitente.

En ese entorno nació Leandro Antonio Norero Tigua el 3 de julio de  1986. Su infancia transcurrió en la miseria concreta  y cotidiana de los barrios olvidados de la ciudad portuaria más grande del Ecuador, donde las pandillas no eran una amenaza abstracta, sino la única  estructura social disponible para un adolescente sin oportunidades.

La educación formal de Norero fue breve.  Completó apenas los primeros años de la primaria, no porque careciera de inteligencia, sino porque  las calles ofrecían un currículo más urgente: lealtad pandillera, astucia para evadir a la policía y la lógica implacable de la supervivencia  en entornos donde un error de cálculo podía costar la vida.

A los 14 años, en 2001, Norero dio el primer paso formal hacia el crimen organizado al unirse a los nietas, una pandilla de raíces puertorriqueñas que se había arraigado profundamente en las prisiones y barrios de Guayaquil. Los nietas operaban como una red simultáneamente  callejera y carcelaria, dedicada a la extorsión de pequeños comerciantes, el microtráfico de drogas y las disputas territoriales  violentas por el control de cuadras en el sur de la ciudad.

Dentro de esa estructura, pues el joven norero no buscaba el protagonismo. Eso lo distinguía. Mientras otros pandilleros disputaban reconocimiento a golpes, él cultivaba una habilidad más valiosa, la negociación. Participaba en riñas por el control de zonas en Montes Sinaí  y esquemas de extorsión a negocios locales.

Pero su verdadero valor para la organización era su capacidad de mediar en  conflictos internos, de mantener la calma cuando las tensiones escalaban, de encontrar soluciones que evitaran guerras innecesarias.  Se un pragmatismo frío que lo protegía del radar policial y le construía silenciosamente una reputación de hombre confiable.

Su prontuario judicial durante esa fase era sorprendentemente escueto para el nivel realidades. Enfrentó cargos menores por riñas y tenencia ilegal de armas, pero evitó condenas significativas. No porque la justicia fuera benévola con él, sino porque Norero estaba aprendiendo algo que definiría toda su carrera criminal.

La impunidad se compra, no se negocia y se administra con la misma lógica que cualquier otro recurso. El contexto político de Ecuador en esa época le ofreció una oportunidad que ningún pandillero de barrio hubiera podido imaginar. Durante el gobierno del expresidente Rafael Correa, entre 2007 y 2017, el Ministerio del Interior impulsó un ambicioso programa de pacificación de pandillas.

La idea era desmovilizar grupos violentos mediante incentivos  sociales, wis amnistías informales y promesas de no persecución judicial a cambio del cese de actividades armadas. Para implementarlo, el gobierno necesitaba interlocutores reconocidos dentro de cada organización. Norero, ya posicionado como operador de nivel intermedio dentro de Los Nietas, se presentó como representante autorizado del grupo.

Firmó acuerdos públicos con el Estado ecuatoriano. Apareció en fotografías con funcionarios. Se convirtió de la noche a la mañana y en un joven rehabilitado que había elegido  la paz. Era una ficción perfecta. Mientras el gobierno lo exhibía como ejemplo de su política  social, Norero utilizaba la impunidad temporal que le otorgaba ese estatus para dar el salto que cambiaría  todo.

De las extorsiones callejeras al narcotráfico de escala, del barrio al puerto,  del pandillero al operador de carteles internacionales. En 2012, con 26 años, Norero abandonó definitivamente el mundo del microtráfico y emergió como un capo de nuevo tipo. No construyó una banda propia de sicarios, no buscó el control territorial visible.

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