Él sin trabajo fijo, pasando el tiempo adentro saliendo a ratos. Ella con su agenda, sus pacientes, sus horarios de consultorio, un departamento en Tlalpan, una pareja más en el edificio. Pero Alan tenía sus problemas, no era un secreto. La depresión lo había acompañado durante años, el alcohol también. El expediente lo describe como alguien que vivía con esos dos pesos sin haberlos resuelto del todo.
Había días en que el departamento olía encierro a cigarro, a las horas vacías que no saben cómo llenarse. Alejandra lo sabía. Tenía formación para entenderlo. Tal vez eso fue parte de lo que la atrajo hacia él desde el principio. Alguien que ella podía leer, que podía anticipar, que podía manejar. O al menos eso pensaba. Porque lo que no pudo manejar fue lo que encontró en el teléfono de Alan en octubre de 2014.
Los mensajes eran varios seguidos el tipo de conversación que no admite interpretación alternativa. Ayan tenía algo con otra persona. O al menos eso fue lo que Alejandra leyó, lo que decidió que esos mensajes significaban. Y desde ese momento algo dentro de ella se reorganizó de una manera que los de afuera no podían ver.
No cambió su rutina de golpe. No hubo gritos que los vecinos escucharan. Siguió yendo al consultorio. Siguió saludando al entrar y al salir, pero adentro ya había tomado una decisión. Hay un proceso en ciertas personas que la psicología clínica conoce bien. Cuando la mente empieza a construir una justificación para algo que todavía no ha hecho, empieza a buscar pruebas que confirmen lo que ya decidió que es verdad.
Cada gesto de Alan se volvió evidencia. Cada ausencia, cada llamada, cada vez que se distrajo en la mesa. Ella lo observaba todo y calculaba. Las benensodiacepinas son medicamentos que los psiquiatras recetan para tratar la ansiedad, el insomnio, las crisis de pánico, la depresión. tienen efecto sedante potente. En dosis altas, el cuerpo del que las toma se apaga lentamente, los párpados pesan, los músculos se aflojan, la conciencia se va borrando como tinta en agua.
El padre de Alejandra las resetaba con regularidad. Ella sabía exactamente qué hacían. Y en la tarde del 5 de noviembre de 2014, en ese departamento de la calle Mariano Abasolo, Alan Carrera Cuellar ingirió una dosis alta de venzodiacepinas. Las investigaciones de la Fiscalía de la Ciudad de México no determinaron con precisión si fue en una bebida o en algo que ella le dio directamente.
Lo que sí quedó comprobado es que esa noche, cuando la sustancia hizo efecto, Alan ya no pudo moverse, ya no pudo hablar, ya no pudo hacer nada. Quedó tendido y Alejandra fue a buscar lo que necesitaba. Hay que contarlo tal como ocurrió, porque este canal no le esquiva a la verdad. Así que si estás acompañada, bien y si estás sola, respira.
Con Alan inconsciente en el piso, Alejandra tomó un arma punzo cortante. Las pruebas forenses determinaron que le produjo heridas en el abdomen, múltiples, profundas, el tipo de heridas que indican que la persona que las infligió sabía que estaba haciéndolo y no paró. No hubo forcejeo. Él no pudo oponer resistencia.
Alan Carrera Cuelar murió en el piso de su propio departamento esa noche de noviembre. Tenía 41 años. Tenía una hija, una hermana, un padre que había dedicado su vida a la ley y lo habían dejado ahí en ese piso de un condominio en Tlalpan, muerto por la mujer que lo había convencido de casarse en una semana sin decírselo a nadie.
El calor del cuerpo todavía no se había ido cuando Alejandra fue a buscar la sierra. Lo que siguió duró horas. La fiscalía comprobó que Alejandra descuartizó el cuerpo de Alan con la ayuda de una sierra eléctrica. Lo que los forenses reconstruyeron después, a partir de los restos encontrados en distintos puntos de la ciudad, fue un trabajo metódico calculado.
El tipo de trabajo que requiere tiempo, concentración y una capacidad para disociarse de lo que se está haciendo, que la mayoría de las personas no tiene. Ella la tenía esa noche. Las partes del cuerpo fueron colocadas en bolsas de plástico. Algunas terminaron en el refrigerador del departamento, otras irían adentro de la maleta roja.
Alejandra limpió lo que pudo, cambió de ropa y cerca de la medianoche arrastró esa maleta hasta la caseta del vigilante. Ya conoces esa parte. Lo que el vigilante no supo en ese momento es que dentro de la maleta iban los restos de un hombre de 41 años. El mismo hombre que vivía en ese departamento, el que ella había presentado como su esposo unos meses antes, el que probablemente todavía figuraba en su contactos con su nombre, con sus notas de voz guardadas, con las fotos de esa boda de lunes a la que no fue nadie. El vigilante anotó en la
bitácora, la ayudó a subir la maleta a la camioneta. Alejandra salió del condominio, manejó hacia el norte de la ciudad, hacia la alcaldía Cuautemoc, hasta la colonia Roma Sur. Ahí dejó las primeras bolsas en la calle. Después continuó manejando hasta otro punto de Tlalpan, la colonia Valle Escondido. Más bolsas, las extremidades superiores e inferiores, sin manos ni pies, aparecerían después en esa colonia.
Los restos que quedaron en el departamento fueron al drenaje. A las 4:18 de la mañana, Alejandra regresó al condominio, se subió al elevador, entró al departamento y todo quedó en silencio. Fue el olor lo que alertó primero, no el de las bolsas en la calle, el olor que viene de adentro, del que se mete por las paredes y no se va a uno abra.
Un vecino que salía temprano esa mañana del 6 de noviembre vio el paquete en la esquina de la Roma Sur. Bolsas negras, forma irregular, un bulto que no se parecía a basura ordinaria. Llamó al 911. Los elementos de la policía de investigación llegaron en minutos. La niebla baja del amanecer capitalino todavía cubría las banquetas.
El parque de la colonia a una cuadra. Las casas de techos terrazos cerradas, la ciudad apenas despertando. Los policías se pararon frente a las bolsas un momento, dos llamaron a los forenses. El equipo llegó, abrió una de las bolsas con cuidado y lo que encontraron adentro confirmó que esto era un homicidio, un cuerpo, un torso adulto, sin extremidades, sin identificación todavía.
El caso se abrió sin nombre. Horas después, en la colonia Valle Escondido, llegó otro reporte. Más bolsas, mismo tipo, partes del mismo cuerpo, extremidades superiores e inferiores, sin manos ni pies. La Fiscalía Central de Investigación para Homicidios cruzó ambos hallazgos y empezaron a trazar una línea. Historias como esta ocurren más cerca de nosotras de lo que queremos creer.
En colonias que conocemos, en calles que caminamos. Si crees que este canal hace algo importante al contarlas, dale suscribir. Hay muchas más esperando. Mientras los forenses trabajaban en los dos puntos de la ciudad, Alejandra, la Fuente Casco, ya había dado el siguiente paso de su plan.
Tomó el celular de Alan y empezó a mandar mensajes. Llegaron a Margarita, la hermana de Alan, y a la hija de él. Los mensajes decían que Alan estaba arrepentido de haberse casado con Alejandra. que ahora tenía una relación con otra mujer, que le gustaba estar solo, que estaba pensando en viajar, que prefería no tener contacto por un tiempo.
Los mandaba como si fuera él, con su tono, con sus palabras, con los errores de tipeo que uno comete cuando escribe rápido, Margarita los leyó. Algo no encajaba. Ella conocía a su hermano. Sus mensajes tenían otra forma, otro ritmo. Y Alan, con todos sus problemas siempre avisaba cuando iba a desaparecer. Siempre.
Desde que eran chicos, ese era su acuerdo. Llamó al departamento. Nadie contestó. Llamó al celular de Alejandra tampoco. Y ahí, en ese silencio del teléfono, Margarita supo que algo había salido muy mal. Fue a ver a sus padres. a Adrián Carrera Fuentes, el hombre que había dirigido la policía judicial federal y que conocía mejor que nadie los mecanismos que se mueven cuando alguien desaparece.
Adrián escuchó a su hija y ese mismo día puso todo en movimiento. Pero para entonces Alejandra ya no estaba en el departamento. Antes de que nadie pudiera encontrarla, Alejandra la Fuente tomó una decisión que en retrospectiva es difícil de leer como otra cosa que no sea una estrategia. fue a ver a su padre y se internó en el Instituto Nacional de Psiquiatría voluntariamente bajo cuidado médico, protegida por las paredes de la institución que su padre conocía bien por su profesión. El Dr.
Alberto Eduardo Isidro la Fuente Grimaldi, psiquiatra de formación, llamó a los padres de Alan para informarles que su hija estaba internada, que se había puesto paranoica, que se la quería llevar la policía, que estaba siendo atendida y que no podían hablar con ella. Eso fue lo que dijo. La Fiscalía de la Ciudad de México.
Fue al condominio de la calle Mariano Abasolo con orden judicial. Las chapas del departamento habían sido cambiadas recientemente. Alejandra lo había pedido días antes. También había dejado instrucciones en la caseta que no dejaran entrar a nadie. A nadie, repitió, que si alguien preguntaba por ella o por su esposo, dijeran que no estaban.
Los agentes abrieron el departamento. El olor fue lo primero. El olor a encierro mezclado con algo más, con algo que no tiene nombre en el lenguaje cotidiano, pero que los agentes de homicidios reconocen desde la primera vez que lo sienten y no olvidan nunca. Revisaron cada cuarto. En el drenaje encontraron restos que los forenses después identificaron como parte del mismo cuerpo que habían encontrado en la Roma sur y en el valle escondido.
En el refrigerador encontraron más evidencia del tipo que no admite interpretación ambigua. Y en la bitácora de la caseta, el guardia nocturno les mostró lo que había anotado esa noche. 12:45 de la madrugada. Maleta Roja dijo que era equipo de cirujano. Regresó a las 4:18. Los investigadores leyeron eso y el caso dejó de ser anónimo.
El ADN de los restos encontrados en las tres ubicaciones, colonia Roma Sur, colonia Valle Escondido y el drenaje del domicilio, fue procesado en los laboratorios de la Fiscalía. Tardó días. Cuando el resultado llegó, lo compararon con muestras de los familiares de Alan Carrera Quel. Concordaban. Los restos eran de él.
El hombre de 41 años que vendía azulejos en el sur de la ciudad, el hijo de Adrián, el hermano de Margarita, el padre de la joven que un día había ido al consultorio de una psicóloga buscando ayuda y se había ido de ahí con una amenaza de muerte que nunca llegó a denunciar. Los agentes de la policía de investigación fueron al Instituto Nacional de Psiquiatría.
Alejandra la Fuente Casco seguía adentro. La detuvieron ahí mismo. La sala donde los agentes de la Fiscalía de la Ciudad de México interrogan a personas detenidas en casos de homicidio no tiene nada extraordinario. Sillas de metal tubular, mesa rectangular, luz fría de neón que no tiene puntos muertos, una cámara en la esquina superior que graba todo.
Alejandra la Fuente llegó al interrogatorio con el cabello recogido, la expresión contenida, las manos quietas sobre la mesa. Los investigadores habían preparado esa sesión durante días. Tenían la bitácora de la caseta con la hora exacta, tenían el ADN, tenían los mensajes enviados desde el celular de Alan después de su muerte.
tenían el registro de que ella había mandado cambiar las chapas, las instrucciones a los vigilantes, el expediente de 2011 con la acusación de lesiones que un juez había archivado y tenían algo que Alejandra no había calculado. El guardia que la ayudó a cargar la maleta roja estaba dispuesto a declarar, a describir sus ojos, la velocidad con que respondió cuando él preguntó qué llevaba adentro, la forma en que miró hacia los lados antes de salir.
Los agentes le presentaron todo esto de a poco. Un elemento, una pregunta, una espera, otro elemento. Ella respondió, intentó construir una versión, luego otra, luego otra. Cada versión contradecía la anterior en algún punto. Los agentes lo anotaban todo. Cuando le mostraron los resultados del ADN, Alejandra dejó de hablar por un momento largo.
Después preguntó si podía ver a su abogado. El interrogatorio llegó a su punto final natural, porque ya no había ninguna versión posible que explicara lo que los forenses habían encontrado. El proceso penal de María Alejandra, la Fuente Casco, fue largo. Tardó 8 años desde los hechos hasta la sentencia definitiva.
8 años en los que ella estuvo en proceso. Primero en el Instituto Nacional de Psiquiatría y luego bajo custodia mientras se preparaba el juicio. En ese tiempo, su defensa intentó construir varias líneas de argumentación, que había sufrido violencia dentro de la relación, que su estado mental era frágil en el momento de los hechos, que las pruebas no eran concluyentes sobre su participación directa.
El juez escuchó cada argumento. Después revisó el expediente, la bitácora de la caseta, el ADN en tres puntos distintos de la ciudad, los mensajes enviados desde el celular de un hombre muerto, las chapas cambiadas, las instrucciones a los vigilantes, el historial clínico de Alan que confirmaba que tenía benzodiacepinas en el organismo.
Las declaraciones de la hermana de Alan, de su hija, de los vecinos del condominio y el expediente de 2011, esa vez con un cuchillo, esa vez absuelta, la fiscalía presentó los cargos. Homicidio en razón de parentesco calificado. Eso significa, en términos simples, que el crimen se cometió contra el propio esposo, con ventaja y alevosía, con premeditación.
La ley mexicana trata este delito de manera más severa que el homicidio simple, porque implica una traición al vínculo más cercano que existe entre dos personas. El segundo cargo fue contra el respeto a los cadáveres o restos humanos, la descuartización del cuerpo, la distribución de los restos por distintos puntos de la ciudad, la violencia ejercida sobre lo que quedó de Alan Carrera, Cuelar después de su muerte.
La defensa pidió que se consideraran atenuantes. El juez negó todos. El veredicto llegó en septiembre de 2022, culpable en ambos cargos. La sentencia 46 años y 6 meses de prisión sin sustitutivos penales. Eso significa que no puede pagar una multa en lugar de cumplir la condena, sin beneficios de suspensión condicional, sin posibilidad de reducción por buen comportamiento.
Los derechos políticos suspendidos durante el tiempo de la condena. También se le ordenó pagar la reparación del daño y los gastos funerarios de Alan Carrera cuellar a su familia. La psicóloga que atendía adolescentes en su consultorio del sur de la ciudad escuchó esa sentencia en septiembre de 2022. 46 años y 6 meses.
Cuando salga, si sale, tendrá más de 80 años. Hay un detalle que prometí contarte desde el principio, el que los investigadores tardaron en ver del todo, el que la familia de Alan tardó en poder nombrar sin que se les quebrara la voz. Alejandra la Fuente no llegó a la vida de Alan por casualidad. No fue una conocida de la colonia, ni una amiga de amigos, ni alguien que se cruzó con él en algún lugar neutral.
Alejandra llegó a través de su hija, a través de la joven que ella misma atendía como terapeuta, la que llegó a su consultorio buscando ayuda con sus problemas de adolescencia en el espacio donde uno deposita lo más frágil que tiene porque confía en que la persona del otro lado sabe protegerlo. Alejandra le pidió a esa joven después de la tercera sesión que le presentara a su papá que quería conocerlo.
Esa fue la primera ruptura de todo lo que vino después, la más silenciosa, la que nadie vio como lo que era. La hija de Alan dejó la terapia, perdió al padre. Años después tuvo que sentarse frente al Ministerio Público y recordar cómo su psicóloga le había pedido que hiciera esa presentación. Tuvo que declarar sobre la amenaza de muerte que recibió y que nunca denunció.
Tuvo que ver cómo el nombre de su padre aparecía en titulares de nota roja. No hay terapia para eso. No hay nada que le dé forma a eso. Adrián Carrera Fuentes, el hombre que había dirigido la policía judicial federal, que conocía los mecanismos del sistema de justicia mexicano mejor que la mayoría, tuvo que ir a la fiscalía a identificar los restos de su hijo.
Los restos, no el cuerpo, los restos, porque eso fue lo que quedó de Alan Carrera Cueller. Margarita la hermana fue quien habló con los medios en los primeros días, quien no creyó los mensajes de WhatsApp, quien reconoció que esa escritura no era la de su hermano, quien fue a buscar a sus padres y puso en movimiento todo lo que se pudo poner en movimiento.
Ella fue parte de la razón por la que la verdad salió, pero la verdad cuando finalmente salió no devolvió nada. La familia de Alan también preguntó por el dinero, el patrimonio que él había acumulado durante años vendiendo sus negocios de azulejos, lo que tenía antes de casarse, lo que había en las cuentas, el dinero del que el expediente dice con esa economía de palabras que tiene el lenguaje legal, fortuna de la que se desconoce su paradero, nunca se recuperó.
Nadie de la familia pudo rastrear a donde fue y el sistema no encontró respuesta para eso tampoco. El guardia que esa noche anotó las 12:45 en la bitácora fue llamado a declarar semanas después. Le preguntaron si había notado algo extraño. Dijo que sí, que ella se veía muy nerviosa, que los ojos no se le quedaban quietos, que cuando él preguntó qué llevaba adentro de la maleta, la respuesta llegó demasiado rápido, demasiado preparada.
como si la hubiera ensayado. Pero él le creyó en ese momento, porque por qué no iba a creerle, era la Ale, la psicóloga del tercer piso, la que saludaba al entrar y al salir. Esa pregunta también se queda. ¿Por qué le creyó? ¿Por qué uno le cree a las personas que parecen ser lo que dicen ser? ¿Por qué la forma exterior de alguien, su título, su rutina, su saludo cotidiano puede cubrir también lo que hay adentro? No tiene una respuesta que satisfaga. Nunca la tiene.
María Alejandra La Fuente Casco cumple su condena en un centro penitenciario de la Ciudad de México. Su padre, el psiquiatra, que la internó esa semana y que llamó a los padres de Alan para decirles que ella estaba paranoica y que la policía la buscaba, siguió ejerciendo. No hay registro de que la familia Carrera haya vuelto a hablar con él.
El departamento de la calle Mariano Abasolo fue desocupado. Las chapas que Alejandra mandó cambiar la última vez siguen ahí. Los vecinos del condominio hablan poco del tema cuando alguien pregunta. La mayoría de ellos la recuerdan como la Ale, como la psicóloga, como la del saludo amable. Algunos dicen que a veces voltean al tercer piso sin querer y después desvían la mirada.
El caso de María Alejandra la Fuente Casco fue cubierto por Excelsior, Milenio, Univisión, Infobae y múltiples medios de la Ciudad de México en dos momentos distintos. Cuando ocurrió en noviembre de 2014 y cuando llegó la sentencia en septiembre de 2022, 8 años entre un momento y el otro. Durante esos 8 años, la hija de Alan creció.
El padre Adrián envejeció. Margarita guardó todo lo que guardamos cuando la justicia tarda demasiado y uno no sabe exactamente qué hacer con la espera. Y en algún juzgado de la ciudad, el expediente fue creciendo folio a folio, declaración a declaración, prueba a prueba, hasta que el juez leyó la sentencia. 46 años. 46.
No hay manera de cerrar esta historia que se sienta completa, porque no lo es. El cuerpo de Alian fue identificado. La mujer que lo mató fue condenada. El proceso penal llegó a su fin. Y a pesar de todo eso, la hija de Alan sigue siendo la misma joven que fue a un consultorio a buscar ayuda para sus cosas de adolescencia y terminó siendo la conexión involuntaria entre su padre y la mujer que lo mataría.
Eso no tiene sentencia, eso no tiene número de folio. Eso es lo que se queda. Grietas que no cierran solas, que nunca cierran solas. Cuéntanos en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Escribe tu ciudad, tu colonia, ¿de dónde nos sigu? Y si crees que hay historias como esta que merecen ser escuchadas completas, este canal tiene muchas más.
Todas esperando, todas reales, todas cercanas, de maneras que no siempre queremos admitir.