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Hugo Sánchez: El Penal que México Nunca Perdonó

 Pero aquí en casa las reglas eran diferentes. Aquí no bastaba con ser bueno. Aquí tenías que ser perfecto. Si falló esto, [música] el pensamiento apareció sin permiso. Hugo lo aplastó antes de que pudiera completarse. No podía permitirse pensar así. No, ahora no. Con 100,000 pares de ojos clavados en su espalda.

 Pero antes de entender lo que sucedió en ese punto de penal, hay que entender cómo Hugo Sánchez llegó hasta ahí, cómo un niño de las calles de Ciudad de México se convirtió en el peso de toda una nación. ¿Y por qué ese peso terminaría aplastándolo? Retrocedamos. Hugo Sánchez había conquistado Europa. En el Real Madrid su nombre se pronunciaba con reverencia.

 Cinco [música] veces Pichichi, el máximo goleador de la Liga española durante 5co años consecutivos. Un récord que parecía imposible hasta que él lo hizo realidad. En el Santiago Bernabéu, 80,000 personas cantaban su nombre cada fin de semana. Los defensores más duros del continente le temían. Los porteros tenían [música] pesadillas con su número nueve.

 La prensa española lo llamaba el pentapichichi, un título que ningún otro extranjero había alcanzado jamás. Pero México es diferente. [música] En México, Hugo Sánchez no era solo un futbolista exitoso. Era el símbolo de un país que [música] necesitaba creer en algo. Un país que había sufrido apenas un año antes el terremoto más devastador de su historia.

 Miles [música] de muertos, ciudades destruidas, familias rotas. Y ahora, en junio de 1986, México tenía la oportunidad de mostrarle al mundo que seguía de pie, que podía levantarse de las cenizas, que podía soñar. Todo ese peso cayó sobre los hombros de Hugo Sánchez. [música] Tú eres nuestra esperanza”, le dijo un periodista días antes del torneo.

 “Todo México confía en ti.” Hugo sonrió para las cámaras, pero por dentro algo se retorció porque Hugo Sánchez sabía una verdad que nadie quería escuchar. En el Real Madrid tenía permiso para fallar. Un penal errado, un partido sin goles, una mala racha. Todo se perdonaba con el siguiente hattrick.

 La afición era exigente, sí, pero también era paciente. [música] En México no existía ese lujo. En el club te aplauden, [música] pensaba Hugo en las noches previas al mundial. En la selección te crucifican. No era paranoia, era historia. [música] Hugo había visto como la prensa mexicana destruía carreras con una sola línea, cómo los héroes se convertían en villanos en cuestión de minutos, cómo el amor del pueblo podía transformarse en odio con la misma velocidad con la que un balón cruza la línea de gol o la misma velocidad con la que un balón

golpea el poste. El técnico Bora Milutinovic lo había convocado con una misión clara. Hugo, tú eres el goleador, tú eres el que marca la diferencia. El equipo va a depender de ti en los momentos importantes. Palabras que sonaban como un honor, pero que pesaban como una condena, porque Hugo Sánchez entendía algo que pocos comprendían.

 Ser el mejor jugador de un equipo no significa ser el más libre, significa ser el más observado, el más juzgado, el que no tiene derecho a equivocarse. Los entrenamientos previos al mundial fueron intensos. Hugo se preparó como nunca. físicamente estaba en su mejor momento. Mentalmente, mentalmente intentaba convencerse de que todo estaría bien, pero las noches eran diferentes.

 En las noches, cuando el ruido del día se apagaba, Hugo se quedaba mirando el techo de su habitación, pensando, recordando, recordaba a su padre que le había enseñado a patear un balón antes de que supiera caminar. Recordaba las calles polvorientas donde jugaba de niño, soñando con estadios llenos. Recordaba el día que firmó con el Real Madrid, cuando su madre lloró de felicidad y recordaba también las veces que había fallado, porque Hugo Sánchez, el pentapichichiichi, el mejor delantero del mundo, también había fallado.

[música] Penales cerrados, partidos perdidos, momentos donde la presión fue más fuerte que el talento. Nadie hablaba de esos momentos, pero Hugo los recordaba todos. Esta vez será diferente, se decía a sí mismo. Esta vez no voy a fallar. Pero las promesas que nos hacemos en la oscuridad tienen una forma cruel de romperse bajo las luces del estadio.

 El día del partido contra Bulgaria amaneció caluroso. Ciudad de México hervía bajo un sol implacable. [música] Las calles estaban vacías porque todo el país estaba frente a un televisor o camino al Azteca. Hugo despertó temprano. No había dormido bien. Los sueños lo habían perseguido toda la noche. [música] Sueños donde corría, pero no avanzaba, donde pateaba, pero el balón nunca llegaba a la portería. se miró en el espejo del baño.

El hombre que le devolvió la mirada tenía ojeras, tenía dudas, [música] tenía miedo. “Hoy no”, susurró Hugo a su reflejo. “Hoy no puedes tener miedo.” El autobús del equipo atravesó las calles de la ciudad entre una marea de banderas verdes, blancas y rojas. La gente golpeaba las ventanas, [música] gritaba nombres, lloraba de emoción.

 Hugo miraba por la ventana sin ver realmente nada. Su mente ya estaba en el estadio. Su mente ya [música] estaba en el punto de penal, aunque todavía no lo sabía. El túnel del estadio Azteca olía a historia. Hugo Sánchez cerró los ojos por un momento [música] mientras esperaba en la fila. A su alrededor, sus compañeros saltaban, se golpeaban el pecho, gritaban palabras de motivación, pero Hugo necesitaba silencio.

 [música] Necesitaba encontrar ese lugar dentro de sí mismo, donde nada podía tocarlo. Lo había hecho cientos [música] de veces en el Bernabéu, ese ritual privado donde el mundo exterior desaparecía y solo quedaba él y el balón, donde dejaba de ser Hugo Sánchez la persona y se convertía en Hugo Sánchez el depredador.

Pero hoy era diferente. Hoy cada vez que cerraba los ojos veía rostros, miles de rostros. Los rostros de las personas que habían perdido todo en el terremoto, los rostros de los niños que llevaban su nombre en la espalda, los rostros de sus padres que estarían viendo el partido desde algún lugar de la ciudad.

 No puedo fallarles. El pensamiento era como una piedra en el estómago. El árbitro dio la señal. Los equipos comenzaron a caminar hacia la luz. Lo primero que golpeó a Hugo fue el sonido. No era un rugido, era algo más profundo, más primitivo, [música] como si el estadio entero fuera un solo organismo vivo, respirando al unísono.

[música] 100,000 voces fundiéndose en una sola nota que hacía vibrar el aire. El césped azteca brillaba bajo el sol de junio. Hugo pisó la hierba y sintió como sus músculos se tensaban automáticamente. Esto era lo que conocía. Esto era lo que dominaba. El campo de juego era su territorio, pero el Azteca no era el Bernabéu.

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