14 de mayo de 2008, 11:47 de la noche. Estoy arrastrando al hombre más poderoso de México por un túnel de drenaje que apesta a y agua podrida. Mi pierna izquierda está destrozada. Bala atravesó el muslo hace 20 minutos, pero no puedo parar. No puedo pensar en el dolor, solo puedo pensar en mantenerlo vivo.
Joaquín Guzmán lo era el Chapo, el hombre que controla la mitad del narcotráfico mundial. Está semiconsciente en mis brazos. Sangre empapa su camisa desde dos heridas, una en el hombro derecho, otra que rozó su cabeza. Centímetros más y le hubiera volado el cráneo. El agua negra me llega a la cintura. Cada paso es agonía. Mi cuerpo quiere rendirse.
Mi pierna grita que me detenga. Pero atrás escucho voces, linternas, botas chapoteando. Los sicarios de Arturo Beltrán nos encontraron. “Aguante, patrón”, susurro mientras lo arrastro más rápido. No se me muera. No, hoy el Chapo abre los ojos por un segundo. Me mira. Hay algo en esa mirada que nunca había visto en 8 años de protegerlo. Miedo.
El hombre que ha ordenado cientos de ejecuciones. El hombre que construyó imperio sobre cadáveres. El hombre que hace temblar a gobiernos. tiene miedo y eso me aterra más que los 40 sicarios que nos persiguen. Hay momentos en la vida donde todo lo que creías saber sobre alguien cambia en un instante, donde ves que detrás del monstruo hay un hombre y ese hombre puede morir igual que cualquier otro.
Este fue uno de esos momentos. Me llamo Roberto Maldonado. Tengo 34 años. Durante los últimos 8 años he sido el guardaespaldas personal de Joaquín Guzmán. Y esta es la historia de la noche que casi muere, la noche que nadie supo hasta ahora. Pero para entender cómo terminamos en este túnel, yo desangrándome, el inconsciente, 40 hombres queriendo matarnos.
Tengo que regresar al principio, a 6 horas antes. Cuando todo parecía normal, 14 de mayo de 2008, 5:22 de la tarde. Estoy sentado en la cocina del rancho principal del Chapo en las afueras de Culiacán. Es cocina enorme, más grande que toda la casa donde crecí. Mármol italiano, electrodomésticos de acero inoxidable, ventanas que dan a jardín con fuente y árboles frutales.
Pero yo no estoy aquí por la decoración, estoy aquí porque es el único lugar del rancho donde puedo hablar con mi esposa sin que me escuchen. Mi teléfono está pegado a mi oreja. La voz de Elena me llena de algo que rara vez siento en este trabajo. Paz. Diego pregunta, “¿Cuándo vas a venir a verlo jugar?”, dice ella. Su partido es el sábado.
Voy a intentar estar ahí. Roberto siempre dice eso. Lo sé, pero esta vez voy a intentar de verdad. Escucho Suspiro al otro lado. Elena sabe la verdad. Sabe que mi trabajo no tiene horarios, que cuando el Chapo necesita algo, todo lo demás desaparece. Camila dibujó algo para ti, dice cambiando de tema. Es un tigre. Dice que es porque tú eres el tigre.
Sonrío. Camila tiene 4 años. No entiende qué hace su papá. Solo sabe que la gente me llama el tigre y que siempre estoy ocupado. Dile que lo voy a poner en mi cartera. Se lo digo. Te amo, Roberto. Cuídate. Yo también te amo. Cuelgo. Me quedo mirando el teléfono por un momento. En la pantalla tengo foto de los tres.
Elena, Diego, Camila, mi familia. La razón por la que hago este trabajo, porque este trabajo paga bien, muy bien, 150,000 pesos mensuales más bonos, casa pagada en fraccionamiento privado con seguridad, escuelas privadas para los niños, seguro médico, todo lo que mi padre, jornalero, que murió de cansancio a los 52, nunca pudo darle a su familia, pero el precio es alto.
Noche sin dormir, semanas sin ver a mis hijos y el conocimiento constante de que cualquier día puede ser el último. Roberto, me volteo. Es Tomás uno de los guardias del perímetro. El patrón te busca en su oficina. Me levanto. Camino por pasillo largo hasta oficina del Chapo. Toco dos veces. Adelante.
Entro. La oficina del Chapo es sorprendentemente modesta. Escritorio de madera, silla de cuero, estantes con libros que nunca lee pero que le gusta tener. En la pared foto de su madre, la única persona que el Chapo ama sin condiciones. Él está sentado detrás del escritorio. Tiene 51 años, bigote poblado, ojos pequeños pero intensos.
Lleva camisa de vestir azul y pantalón de mezclilla. Sin joyas, sin ostentación. El Chapo nunca necesitó mostrar su poder. Todos lo saben. Siéntate, tigre. Me siento en silla frente a su escritorio. ¿Qué necesita, patrón? El Chapo saca una botella de whisky de su cajón. Sirve dos vasos, me ofrece uno. Esto es raro.
El Chapo rara vez bebe y nunca bebe conmigo durante horas de trabajo. Tomo el vaso, pero no bebo. Espero. Esta noche tengo reunión, dice, finalmente en Culiacán, 11 de la noche, con ¿quién? Con los Carrillo quieren negociar acceso a Plaza de Juárez. Ofrecen 30 millones de dólares anuales, los Carrillo, Cartel de Juárez.
Enemigos históricos que ahora quieren ser socios. Esto es grande. ¿Quiere que prepare convoy completo? No, solo tres camionetas. Perfil bajo. Frunzo el seño. Patrón, con todo respeto, tres camionetas es muy poco para reunión de este nivel. Lo sé, pero los Carrillo pidieron discreción. Dicen que si llegamos con ejército, el trato se cancela.
Y usted confía en ellos. El Chapo me mira. Sus ojos tienen ese brillo calculador que he aprendido a reconocer en 8 años. No confío en nadie, tigre. Por eso te llevo a ti. Asiento. Es todo lo que necesito escuchar. ¿Quién más va? Tú manejas la camioneta principal conmigo. Comandante Flores, coordina las otras dos.
10 hombres en total. Comandante Flores, jefe de seguridad del convoy. Lleva 3 años trabajando para el Chapo. Buen historial, sin problemas, pero algo en mi estómago se revuelve cuando escucho su nombre. Instinto, no sé por qué, pero algo no me gusta. ¿A qué hora salimos? 9:30. Quiero llegar con tiempo para revisar el lugar antes de que lleguen los carrillos. Entendido.
Voy a preparar todo. Me levanto para irme. La voz del Chapo me detiene. Roberto, me volteo. Elena me contó que Diego tiene partido el sábado. Me sorprende. El Chapo habla con mi esposa regularmente, le manda regalos a los niños en sus cumpleaños. Los trata como si fueran sus propios sobrinos. Sí, patrón.
Después de esta reunión, tomate el fin de semana. Ve al partido de tu hijo. Gracias, patrón. El Chapo asiente, regresa a sus papeles. Salgo de la oficina con mezcla de gratitud y esa sensación incómoda que no puedo explicar. Algo no está bien, pero no sé qué. 7:40 de la noche estoy en el estacionamiento del rancho supervisando preparación del convoy.
Tres suburban blindadas negras, vidrios polarizados. Cada una pesa casi 4 toneladas por el blindaje nivel 5, capaz de resistir disparos de rifle de asalto. Mis hombres cargan armas en las camionetas. AK47, AR15, granadas, chalecos antibalas. Munición suficiente para pequeña guerra. Comandante Flores se acerca.
Tiene 42 años. Alto, delgado, cara de águila, siempre impecable. Uniforme planchado, botas brillantes, cabello peinado. Todo listo, tigre, dice. Camionetas revisadas, hombres armados, comunicaciones verificadas. Ruta carretera 15 hasta Entronque de El Dorado. Después entramos a Culiacán por Libramiento Sur.
Evitamos centro de ciudad, asiento, ruta estándar, lógica, pero esa sensación en mi estómago no desaparece. Flores, ¿notaste algo raro últimamente? ¿Algún movimiento de los Beltrán? Flores me mira. Su expresión es perfectamente neutral. Nada fuera de lo normal. Los Beltrán están ocupados con sus propios problemas desde que capturaron a Alfredo el mes pasado.
Tiene razón. Alfredo Beltrán Leiva fue arrestado en enero. Su hermano Arturo, el Barbas, está furioso. Culpa al Chapo de haberlo delatado. Hay rumores de que quiere venganza, pero rumores siempre hay. Después guarda el teléfono y su cara vuelve a ser neutral. Probablemente es nada. Probablemente estoy paranoico.
Pero mi trabajo es ser paranoico. Mi trabajo es ver amenazas donde otros ven normalidad. Y algo en flores no me gusta esta noche. 9:25 de la noche. El Chapo sale del rancho. Lleva chaleco antibalas bajo camisa casual, pistola 9 mm en cintura, nada ostentoso. Se sube a la suburban principal. Yo voy al volante.
A su lado va Martín, su asistente personal. Las otras dos camionetas se posicionan, una adelante con flores y tres hombres, otra atrás con cuatro hombres más. ¿Listos? Pregunto por radio. Camioneta uno, lista. Responde Flores. Camioneta tres, lista. Responde Jesús. Desde atrás. Salimos. El convoy avanza, portones del rancho se abren.
Entramos a carretera. La noche es clara. Luna casi llena, estrellas visibles. Culiacán está a 45 minutos. Durante primeros 20 minutos todo es normal. Carretera vacía, pocas luces. Campo abierto a ambos lados. El Chapo está en silencio, mirando por ventana pensando, “Patrón, digo, ¿puedo preguntarle algo? Pregunta, ¿por qué los Carrillo quieren negociar ahora después de tantos años de guerra?” El Chapo suspira porque están perdiendo.
Los setas les están comiendo territorio por el este, nosotros por el oeste. Necesitan aliados o van a desaparecer. Y usted confía en que no es trampa. Toda negociación puede ser trampa. Tigre. Por eso vamos preparados. Miro por espejo retrovisor. Camioneta de flores va adelante. Camioneta de Jesús va atrás.
Todo en orden, pero esa sensación no desaparece. Entramos a tramo de carretera más angosto. Curvas, colinas bajas a ambos lados. Zona perfecta para emboscada. Grito antes de procesar conscientemente lo que veo. La camioneta de flores, la que va adelante, se detiene abruptamente. Al mismo tiempo, explosión masiva detrás de nosotros. Miro por retrovisor.
La camioneta de Jesús está en llamas, volteada. Todo pasa en segundos. De las colinas a ambos lados aparecen luces, docenas, linternas montadas en rifles y el sonido que todo guardaespaldas teme. El rugido de múltiples AK47 disparando simultáneamente. Balas impactan nuestra suburban. El blindaje aguanta los primeros disparos, pero el sonido es ensordecedor.
Metal contra metal, vidrio blindado agrietándose. Patrón, agáchese. Grito mientras acelero, pero la camioneta de Flores sigue bloqueando el camino. No se mueve y entonces entiendo. Flores no está siendo atacado. Flores es parte de esto. Hijo de Gritó girando volante violentamente. Salgo de carretera. La suburban derrapa sobre tierra.
El peso del blindaje hace que el vehículo sea difícil de controlar. Más disparos. Una bala penetra ventana trasera. El vidrio finalmente se dio y escucho grito de Martín. Martín está herido grita el Chapo. No puedo voltear. Estoy manejando a 100 km porh sobre terreno irregular. Árboles aparecen frente a nosotros. Esquivo 1 2 3 impacto. La suburban golpea roca enorme.
El airbag explota en mi cara. Por 2 segundos no veo nada. Cuando recupero la visión, el vehículo está detenido. Motor humeando. Luces de sicarios acercándose desde todos lados. Me volteo. El Chapo tiene sangre en la cara, herida en la cabeza. Bala rozó su cráneo, otra herida en el hombro, pero está consciente, Martín no tuvo tanta suerte.
Bala en el cuello, ojos abiertos, muerto. Patrón, tenemos que movernos ahora. Abro mi puerta, saco al Chapo por mi lado. Las balas silvan sobre nuestras cabezas. Corremos hacia zona de árboles más densa, el Chapo cojeando, yo disparando hacia atrás con mi pistola. Detrás de nosotros escucho voces gritando órdenes. Ahí van. No dejen que escapen.
El Barbas los quiere vivos. El Barbas. Arturo Beltrán Leiva. Esto no es emboscada random. Esto es ejecución planeada. Venganza por lo que el Chapo supuestamente hizo a su hermano y Flores nos vendió. Corremos. El Chapo pierde sangre rápidamente. Su paso se vuelve más lento. Tigre. No puedo. Dice jadeando. Sí puede, patrón.
Siga moviéndose. Lo agarro del brazo, lo arrastro hacia adelante. Atrás, las linternas se multiplican. 40 sicarios persiguiéndonos, tal vez más. Y solo tengo 15 balas en mi pistola. Esta noche uno de nosotros va a morir, tal vez ambos. Pero si voy a morir, voy a morir protegiendo al hombre que confíó en mí, porque ese es mi trabajo y yo soy muy bueno en mi trabajo.
14 de mayo de 2008, 10:1 de la noche. Corremos entre árboles, ramas me golpean la cara. El Chapo está perdiendo fuerza. Cada 10 pasos tengo que jalarlo para que siga moviéndose. La sangre de su hombro empapa mi mano. La herida de su cabeza sigue sangrando. No tanto como antes, pero suficiente para preocuparme.
Detrás de nosotros, las linternas se acercan. Puedo escuchar a los sicarios comunicándose por radio, organizándose, cerrando el perímetro. Son profesionales entrenados, probablemente exmilitares o expolicías que ahora trabajan para el Barbas y son 40 contra uno. Tigre. El Chapo jadea. Déjame.
Sálvate con todo respeto, patrón, cállese y siga caminando. Es orden. Es orden estúpida y no voy a obedecerla. El Chapo me mira, incluso herido, incluso al borde de la inconsciencia. Hay algo de furia en sus ojos. Nadie le habla así. Nadie. Pero no tengo tiempo para protocolo. Tengo tiempo para sobrevivir. Hay barranco adelante, digo señalando.
Si llegamos al otro lado, podemos perderlos en la maleza. No responde, solo asiente y sigue caminando. Llegamos al borde del barranco. Es caída de 4 m. En condiciones normales saltaría sin pensarlo, pero con el Chapo herido es riesgo enorme. Voy primero, digo, después lo bajo a usted. Me deslizo por el borde.
Mis botas resbalan sobre tierra suelta. Caigo, el impacto me saca el aire, pero me recupero rápido. Ahora usted, patrón, siéntese en el borde y deslícese. Yo lo agarro. El Chapo obedece. Se sienta, se deja caer, lo atrapo. El peso combinado con su impulso casi me tumba, pero mantengo el equilibrio. Vamos, seguimos. El barranco nos lleva a zona de Después de 10 minutos de caminar, minutos que se sienten como horas, veo algo entre los árboles.
Estructura, paredes, techo, casa abandonada. Ahí señalo. Podemos escondernos mientras pienso qué hacer. Llegamos a la casa. Es construcción vieja. probablemente de campesinos que abandonaron la zona hace años. Paredes de adobe agrietadas, techo de lámina oxidada, ventanas sin vidrios, puerta de madera podrida, empujo. La puerta se abre con quejido.
Adentro hay oscuridad total. Huele a humedad y animales muertos. Pero hay paredes y las paredes significan cobertura. Siento al Chapo contra la pared. Saco mi teléfono. Enciendo la linterna. La luz revela su estado real. Es peor de lo que pensaba. La herida del hombro es profunda. Puedo ver hueso, la sangre no para. Y la herida de la cabeza, aunque superficial, ha sangrado tanto que la mitad de su cara está cubierta de rojo.
Patrón, necesito detener el sangrado. El Chapo asiente débilmente. Sus ojos se están cerrando. No se duerma. Míreme. Hábleme. ¿De qué quieres que hable? ¿De lo que sea, de su madre? ¿De sus hijos? de cuando era joven, lo que sea. Mientras él balbucea algo sobre su infancia en la tuna, yo trabajo rápido, me quito la camisa, la rompo en tiras, hago torniquete improvisado para el hombro, el Chapo grita cuando aprieto, el dolor lo despierta completamente.
Hijo de maldice. Lo siento, patrón, pero si no aprieto, se desangra. Uso otra tira para la cabeza. Vendo la herida lo mejor que puedo. No soy médico, no tengo entrenamiento formal, pero en 8 años como guardaespaldas he visto suficientes heridas de bala para saber lo básico. Reviso mi teléfono sin señal.
Estamos demasiado lejos de cualquier torre de comunicación. ¿Qué pasa? Pregunta el Chapo. Sin señal. No puedo llamar refuerzos. El radio quedó en la camioneta. Silencio. El Chapo procesa la situación. Entonces, estamos solos. Estamos solos. Afuera escucho voces acercándose. Las linternas brillan entre los árboles.

Los sicarios están peinando la zona. Me asomo por ventana. Cuento luces. 15 20 25. No son todos. Probablemente se dividieron en grupos para cubrir más área, pero 25 hombres buscándonos es más que suficiente para matarnos. Tigre. La voz del Chapo es más clara ahora. El dolor lo mantiene despierto. ¿Cuántos? 25 en esta zona, tal vez 15 más en otras direcciones.
¿Cuántas balas tienes? Reviso mi pistola. Cuento. Ocho. Ocho balas contra 40 hombres. Sí. El Chapo se ríe. Es risa débil, adolorida, pero genuina. tigre. Hemos estado en situaciones malas antes, pero esta es la peor. Lo sé. Me siento junto a él. Ambos miramos hacia la puerta esperando. Flores nos vendió.
Digo después de momento de silencio. ¿Cómo lo sabes? Su camioneta se detuvo antes del ataque. No fue alcanzada por nada. Se detuvo sola para bloquearnos. El Chapo cierra los ojos. Cuando los abre hay algo diferente en ellos. Furia fría. El tipo de furia que ha destruido familias enteras.
3 años, dice, 3 años trabajó para mí, le pagué bien, le di casa, protección para su familia y me vende al Por eso he trabajado para el Chapo 8 años sin fallar. Por eso arriesgo mi vida cada día, porque cuando das tu palabra la cumples sin importar el costo. Afuera las voces se acercan más. Revisen esa estructura. Escucho ordenar. Patrón, nos encontraron.
El Chapo intenta levantarse. Lo detengo. Usted no puede pelear, apenas puede pararse. Entonces, ¿qué sugieres? Miro alrededor de la casa, busco opciones, cualquier opción, y entonces veo algo en el piso. Rejilla de metal oxidada en la esquina de la habitación. Drenaje túnel, digo arrastrándome hacia la rejilla.
Esta casa tiene sistema de drenaje. Jalo la rejilla. Está atorada por años de óxido y tierra. Jalo más fuerte. Mis manos se cortan con el metal, pero no me importa. Se abre. Abajo hay oscuridad total. Huele a agua estancada y podredumbre, pero es salida. Patrón, tiene que entrar ahí. El Chapo mira el agujero, después me mira a mí.
Si entro ahí, no voy a poder salir solo. Lo sé. Voy detrás de usted. Los pasos afuera están más cerca. Segundos. Tenemos segundos ahora, patrón. El Chapo se desliza hacia el agujero. Gruñe de dolor cuando su hombro herido roza el borde. Pero entra. Yo sigo inmediatamente. Después jalo la rejilla de vuelta a su lugar, justo cuando la puerta de la casa se abre violentamente.
Aquí no hay nadie. Escucho gritar arriba. Revisen todo, cada rincón. Contengo la respiración. El Chapo también. Estamos inmóviles en la oscuridad del túnel. Paso sobre nuestras cabezas, linternas moviéndose, voces. La sangre llega hasta aquí. Estuvieron en esta casa. Pero ya no están. Deben haber seguido hacia el río.
Avisen a los demás que cierren perímetro hacia el este. Los pasos se alejan, las voces se desvanecen. Espero. 2 3 minutos. Silencio. Vámonos. Susurro. El túnel es angosto. Apenas suficiente para que un hombre pase agachado. El piso está cubierto de agua negra que me llega a las rodillas. Empiezo a caminar. El Chapo me sigue usando la pared como apoyo.
¿A dónde lleva esto?, pregunta, no sé, pero cualquier lugar es mejor que esa casa. Caminamos en oscuridad. Solo la luz de mi teléfono ilumina el camino. Cada paso es incertidumbre. Cada metro es posibilidad de encontrar salida o trampa. Después de lo que siento como eternidad, pero que probablemente son 10 minutos, el túnel se amplía.
Llegamos a cámara más grande, junction de drenaje. Tres túneles se conectan aquí y hay algo más. Radio tirado en el suelo, viejo, oxidado, pero hay radio. Lo recojo, lo examino. Es radio de frecuencia abierta, probablemente de algún trabajador de mantenimiento que lo perdió hace años. Lo enciendo. Estática. Giro el dial buscando frecuencia, cualquier frecuencia.
Y entonces escucho algo que me congela la sangre. Flores reportando. El Chapo no está en la casa, probablemente sigue hacia el río. Necesito más hombres en el perímetro este. Es la voz de flores en frecuencia de los sicarios. El Chapo escucha también su cara se endurece. Sigo escuchando. Entendido. Flores responde otra voz.
El barbas dice que los quiere vivos. Lo sé, pero el guardaespaldas es problema. El tigre no va a dejar que lo agarren sin pelea. Entonces mata al tigre primero. El barba solo quiere al Chapo vivo. Entendido. Flores. Fuera. La transmisión termina. Miro al Chapo. Él me mira. ¿Sabías que Flores era traidor? Dice, “Sospechaba, no tenía pruebas.
Debiste decirme, ¿y qué hubiera hecho, patrón? Matar a un hombre por sospecha.” El Chapo no responde porque sabe que tengo razón. En este mundo las sospechas no son suficientes. Necesitas pruebas. Y cuando tienes las pruebas, usualmente ya es demasiado tarde. ¿Qué hacemos ahora? Pregunta. Miro los tres túneles. Uno va hacia el este, donde Flores dice que están concentrando hombres.
Otro va hacia el oeste, hacia la carretera donde nos emboscaron. El tercero va hacia el norte, no sé hacia dónde. El norte, digo, es la única dirección que no mencionaron. podría no llevar a ningún lado o podría llevarnos a salida que no conocen. El Chapo asiente. No tiene energía para discutir. Empezamos a caminar hacia túnel norte.
El agua está más profunda. Aquí me llega a la cintura, al Chapo le llega al pecho. Cada paso esfuerzo monumental. El frío del agua entumece mis piernas. El peso del Chapo, que ahora se apoya casi completamente en mí, hace que cada metro se sienta como kilómetro. Tigre, dice el Chapo después de varios minutos. Si no salimos de aquí, vamos a salir.
Déjame terminar. Si no salimos de aquí, quiero que sepas algo. Patrón, cállate y escucha. Es orden, me callo. Cuando te contraté hace 8 años, eras nadie, exmilitar sin trabajo, sin dinero, sin futuro. Pero vi algo en ti. Vi lealtad, y la lealtad es lo único que no se puede comprar. Hace pausa. Toma aire con dificultad.
Me has salvado la vida tres veces antes de esta noche. Tres veces. Y nunca pediste nada a cambio. Nunca trataste de sacar ventaja. Nunca me traicionaste, aunque tuviste cientos de oportunidades. Es mi trabajo, patrón. No, tu trabajo es protegerme. Lo que haces es más que eso. Lo que haces es lealtad. Y eso te hace más que empleado, te hace familia.
Siento nudo en mi garganta, patrón. No es momento para discursos emotivos. Es exactamente el momento porque si muero esta noche quiero que la última cosa que diga sea esto. Gracias Roberto por todo. Es primera vez en 8 años que me llama por mi nombre. Siempre es tigre, siempre es el apodo profesional.
Pero ahora en este túnel de a punto de morir, soy Roberto. No va a morir esta noche, patrón. Se lo prometo. ¿Cómo puedes prometer eso? Porque todavía tengo ocho balas y solo necesito una para flores. El Chapo se ríe. Es risa que se convierte en tos, pero hay algo de vida en ella. Matar a flores no nos va a sacar de aquí.
No, pero me va a hacer sentir mucho mejor. Seguimos caminando. El túnel parece interminable. Oscuridad adelante, oscuridad atrás. Solo nosotros dos y el sonido del agua. Y entonces, después de lo que siento como horas, veo algo. Luz. Al final del túnel hay luz, patrón, mire. El Chapo levanta la cabeza. Ve la luz también. Salida. Susurra. Salida.
Acelero. El agua hace resistencia, pero no me importa. Cada paso nos acerca a la luz. Cada metro es es esperanza. Llegamos al final del túnel. La luz viene de arriba. Hay abertura en el techo. Rejilla de metal. Empujo, la rejilla se mueve. Me asomo. Estamos en medio de campo abierto. Puedo ver la carretera a lo lejos y más allá luces de casas, civilización, pero también puedo ver algo más. Camionetas, tres de ellas.
Estacionadas a 200 m. Sicarios, nos están esperando. Flores nos adelantó. Sabía que este túnel era la única salida y puso hombres aquí. bajo de vuelta al túnel. ¿Qué pasa?, pregunta el Chapo. Nos están esperando afuera tres camionetas, al menos 10 hombres. El Chapo cierra los ojos. Entonces, estamos atrapados.
Estamos atrapados. 40 hombres buscándonos en los túneles. 10 esperando en la única salida. El Chapo perdiendo sangre cada minuto. Y yo con ocho balas. Esta noche voy a tener que hacer milagro o vamos a morir. 14 de mayo de 2008, 11:23 de la noche. Estoy parado en el túnel mirando hacia arriba a través de la rejilla.
10 icarios esperando afuera, 40 más rastreándonos atrás. El Chapo desangrándose junto a mí. Ocho balas en mi pistola. Matemáticamente estamos muertos, pero las matemáticas no cuentan una variable, la desesperación. Y un hombre desesperado es capaz de cosas. Después mira su hombro herido, después me mira a mí. No sé si puedo con el hombro así.
Yo lo llevo. Usted solo tiene que flotar. Tigre, si me llevas, no vas a poder defenderte. Si nos encuentran en el agua, entonces más vale que no nos encuentren. No le doy tiempo de responder. Lo agarro del brazo bueno y empiezo a caminar en dirección contraria a la rejilla, donde el agua fluye, el túnel se vuelve más angosto, el techo más bajo.
Pronto estoy agachado, después casi arrastrándome. El agua me llega al pecho. El Chapo gruñe de dolor cada vez que su hombro roza algo, pero sigue moviéndose porque no tiene opción. Después de 50 m, los cuento mentalmente para no perder la cordura. El túnel termina abruptamente. Hay abertura grande. El agua cae hacia abajo como pequeña cascada. Me asomo.
Abajo hay río, no muy ancho, tal vez 15 m, pero con corriente visible. La luna se refleja en la superficie negra del agua. Y lo más importante, no hay sicarios a la vista. Encontré salida, le digo al Chapo. Pero hay caída de 2 m al río. ¿Puedes ver el otro lado? Me asomo más. El otro lado del río es vegetación densa, árboles, arbustos, cobertura perfecta.
Sí, si llegamos al otro lado podemos perdernos en la maleza. Y si hay sicarios esperando ahí también, entonces morimos. Pero si nos quedamos aquí también morimos. Al menos en el río tenemos oportunidad. El Chapo asiente. Hazlo. Me posiciono en el borde de la abertura. Agarro al Chapo por la cintura.
Cuando caigamos, no luche contra el agua. Déjese flotar. Yo lo jalo hacia la orilla. ¿Entendido? A la cuenta de tres. 1, dos, tres, salto. La caída es breve, pero el impacto con el agua es brutal. El frío me golpea como puñetazo. Pierdo orientación por segundo. Arriba y abajo se confunden, pero no suelto al Chapo. Salimos a la superficie.
El Chapo toce, escupe agua, pero está vivo. La corriente nos jala río abajo. Es más fuerte de lo que esperaba. Tengo que nadar con un brazo mientras sostengo al Chapo con el otro. Aguante, patrón. Ya casi llegamos. Nado hacia la orilla. Cada abrazada es batalla contra la corriente. El peso del Chapo, aunque es hombre pequeño.
Se siente como ancla arrastrándome hacia abajo. Mis músculos gritan, mis pulmones queman, pero sigo nadando. 10 m de la orilla. 8 cco. Y entonces escucho el sonido que temía. Gritos arriba en la colina, linternas encendiéndose. Nos encontraron. Ahí están en el río. Los disparos empiezan inmediatamente. Balas golpean el agua a mi alrededor.
Salpicaduras por todos lados. El sonido de los rifles resuena en el valle. Nado más rápido. Desesperación pura. 3 m de la orilla. Dos. Siento impacto en mi pierna izquierda. Al principio no hay dolor, solo fuerza, como si alguien me hubiera golpeado con martillo. Después viene el dolor ardiente, explosivo, mi pierna deja de responder.
Tigre, grita el Chapo. Estoy bien, miento. Siga nadando. No estoy bien. Puedo sentir la sangre caliente mezclándose con el agua fría del río. Puedo sentir mi pierna volv Después me arrastro yo mismo. Los disparos siguen. Pero ahora hay árboles entre nosotros y los sicarios. Cobertura imperfecta, pero cobertura.
Muévase, le digo al Chapo hacia los árboles. El Chapo gatea. Yo intento seguirlo, pero mi pierna no responde. Me arrastro sobre codos y la pierna buena. Cada centímetro es agonía. Llegamos a zona de árboles densos. Me apoyo contra tronco. Miro mi pierna. La bala atravesó el muslo. Entrada por un lado, salida por el otro.
Sangre brotando de ambos agujeros. Maldice el Chapo al ver la herida. Tigre, ¿estás? Voy a estar bien. Solo necesito detener el sangrado. Me quito el cinturón, lo amarro alrededor del muslo, arriba de la herida. Aprieto. El dolor es cegador. Veo estrellas. ¿Puedes caminar? Pregunta el Chapo. Intento pararme. Mi pierna cede. Caigo.
No muy bien. El Chapo, a pesar de sus propias heridas, se acerca. Pone mi brazo sobre sus hombros. Entonces nos apoyamos el uno en el otro. Lo miro. Este hombre, el narcotraficante más buscado del mundo, está usando lo último de sus fuerzas para ayudarme a caminar. Patrón, usted está peor que yo. ¿Debería? Cállate y camina. Es orden.
Caminamos. Dos hombres rotos apoyándose mutuamente. Cada paso es tortura compartida. Atrás escucho a los sicarios cruzando el río. Están siguiéndonos, pero la vegetación densa los ralentiza y no saben exactamente hacia dónde fuimos. Después de 10 minutos de caminar, los minutos más largos de mi vida, veo algo entre los árboles.
Camioneta vieja, oxidada, abandonada en medio del campo. Ahí señalo. Llegamos a la camioneta. Es Ford F150, modelo 90 y algo, pintura descascarada, llantas ponchadas en un lado, pero las otras dos llantas se ven decentes. Y hay motor. ¿Sabes hacer puente?, pregunta el Chapo. Aprendí en el ejército. Abro la puerta del conductor.
El interior huele a mo y rata muerta, pero no me importa. Me meto debajo del tablero. Encuentro los cables rojo con rojo, negro con negro. Chispa. El motor toce una vez, dos veces, arranca. Suba, patrón. El Chapo se sube al asiento del pasajero. Yo me arrastro hacia el volante. Pongo la camioneta en marcha.
Las llantas ponchadas hacen que el vehículo se incline hacia un lado, pero se mueve. Acelero hacia el campo abierto sin camino, sin dirección clara, solo alejándonos de los sicarios. Por espejo retrovisor veo linternas emergiendo de los árboles. Nos vieron, pero ya es tarde. Manejo durante 20 minutos. El dolor de mi pierna es constante.
Puedo sentir la sangre acumulándose en mi bota, pero no puedo parar. Finalmente llegamos a carretera, pequeña, secundaria, pero pavimentada. ¿Hacia dónde?, pregunto. El Chapo piensa, está pálido, sudando. Sus ojos se cierran intermitentemente. Ay, clínica. del cartel a 40 minutos hacia el sur. O podemos ir a hospital de Culiacán, está más cerca.
Hospital significa policía. Policía significa arresto. Prefiero morir. Lo miro. Está hablando en serio. Patrón, con todo respeto, usted necesita cirugía real. La clínica del cartel. Tiene doctor, buen excirujano del Seguro Social, sabe lo que hace. Y si no es suficiente, entonces muero como hombre libre, no en celda de prisión.
Es decisión suicida, irracional, pero entiendo su lógica. Para el Chapo, la libertad vale más que la vida. Está bien. Clínica del cartel. ¿Hacia dónde exactamente? El Chapo me da direcciones. VZ cada vez más débil, ojos cerrándose más frecuentemente. Patrón, necesito que se mantenga despierto. Hábleme.
¿De qué? de lo que sea, de cuándo era joven, de cómo empezó en el negocio, lo que sea. El Chapo toma aire con dificultad. Empecé vendiendo naranjas en la calle tenía 8 años. Mi padre era campesino, no teníamos nada. ¿Cómo pasó de naranjas a esto? Un día un hombre me ofreció trabajo. Llevar paquete de un pueblo a otro. me pagó más por ese paquete que lo que mi padre ganaba en un mes. Hace pausa. 12.
Después fueron más paquetes. Después fueron mis propios paquetes. Después fueron mis propias rutas. Y un día desperté y era el hombre más buscado de México. ¿Alguna vez se arrepintió? El Chapo me mira. Sus ojos, a pesar del dolor, tienen claridad momentánea. El arrepentimiento es lujo de gente con opciones.
Yo nunca tuve opciones, solo sobrevivencia. Seguimos manejando. El silencio es pesado. Solo el sonido del motor descompuesto y mis propios latidos en mis oídos. Tigre, dice el Chapo después de varios minutos. No va a morir. Prométemelo. Lo miro. Sus ojos están suplicando. Por primera vez en 8 años veo al hombre detrás del monstruo, al padre, al hijo, al ser humano.
Se lo prometo, patrón. Asiente. Cierra los ojos. Patrón, no se duerma. No responde, “Patrón, nada.” Acelero. El velocímetro marca 120. La camioneta tiembla. Las llantas ponchadas hacen que el vehículo vibre peligrosamente. Pero no puedo ir más lento. Cada segundo cuenta. 15 minutos después veo las luces. Casa grande aislada, muros altos.
Parece rancho ganadero, pero sé que es la clínica del cartel. Llego al portón, toco bocina desesperadamente, un hombre sale armado, me apunta con rifle. Soy Roberto Maldonado, el tigre. Traigo al patrón. Está herido. El hombre reconoce mi nombre. Baja el rifle, grita hacia adentro. Es el Chapo. Abran el portón. Traigan al doctor.
El portón se abre. Entro. Tres hombres sacan al Chapo de la camioneta. Está inconsciente, pálido como papel, pero respira. Lo llevan adentro. Intento seguirlos, pero mis piernas finalmente ceden. Caigo al suelo. Lo último que veo antes de perder conciencia es el techo de la clínica girando sobre mí.
Y lo último que pienso es, “Lo logré. Lo traje vivo.” Después, oscuridad. Despierto con olor a antiséptico y sonido de máquinas. Estoy en cama, habitación blanca, luces fluorescentes. Túo en mi brazo conectado a bolsa de suero. Intento moverme. Dolor explota en mi pierna. No te muevas. La voz viene de mi izquierda. Me volteo.
El mayo Zambada está sentado en silla junto a mi cama. Tiene 60 y tantos años. Rostro de piedra, ojos que han visto demasiado. El patrón, preguntoó con voz ronca. Vivo en cirugía todavía, pero el doctor dice que va a sobrevivir. Cierro los ojos. Alivio inunda mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? 4 horas.
Perdiste mucha sangre. El doctor tuvo que operarte también. La bala dañó arteria. Casi pierdes la pierna. Miro hacia abajo. Mi pierna izquierda está vendada, inmovilizada. ¿Voy a poder caminar? El doctor dice que sí, pero vas a cojear. Probablemente para siempre. Para siempre. La palabra resuena en mi cabeza.
Mi carrera como guardaespaldas de campo acaba de terminar. No puedes proteger a alguien si no puedes correr. No puedes pelear si no puedes moverte rápido. ¿Qué pasó con los sicarios?, pregunto. Perdieron tu rastro después del río. Cuando Flores se dio cuenta de que habían escapado, intentó huir. Mis hombres lo interceptaron hace dos horas.
Está vivo. Está vivo. El Chapo quiere verlo personalmente cuando despierte. Asiento. Sé lo que eso significa. Mayo. Sí, puedo ser yo el que lo mate. El mayo me mira largo. Después asiente lentamente. Creo que te lo has ganado. Cierro los ojos otra vez, pero no puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos veo el túnel, el río, las balas, la sangre.
Veo la cara de Flores neutral, profesional, traidor. 3 años trabajando junto a mí, 3 años fingiendo lealtad y todo el tiempo esperando el momento perfecto para vendernos. ¿Cuánto le pagaron los Beltrán? Un millón, dos. ¿Vale eso la vida de un hombre? Para algunos aparentemente sí. La puerta se abre. Entra hombre de bata blanca.
Doctor, cant y tantos años, manos manchadas de sangre. El señor Guzmán salió de cirugía. Dice, “Está estable, van a poder verlo en una hora. ¿Va a recuperarse completamente?”, pregunta el mayo. La herida del hombro era grave, pero limpia. La de la cabeza era superficial. Perdió mucha sangre, pero las transfusiones funcionaron.
En dos semanas debería estar de pie. Dos semanas. Solo dos semanas. Y el Chapo va a estar caminando otra vez. Mientras tanto, yo voy a estar aprendiendo a caminar con cojera permanente, el precio de la lealtad. No me arrepiento. Haría lo mismo mil veces, pero el precio duele más de lo que esperaba. Tigre, dice el mayo.
Cuando el Chapo despierte va a querer hablar contigo. Vas a tener que decirle todo lo que pasó, cada detalle. Lo sé. Y va a querer venganza, no solo contra Flores, contra todos los Beltrán. Lo sé. Esta noche empezó guerra. Guerra que va a durar años. Miles van a morir. Lo miro. Está diciéndome que es mi culpa.
No, estoy diciéndote que te prepares porque después de esta noche nada va. El mayo se levanta, camina hacia la puerta, antes de salir se voltea. Lo que hiciste esta noche, Roberto, nadie lo va a olvidar, especialmente el Chapo. Sale. Me quedo solo con mis pensamientos, con el dolor de mi pierna, con el peso de lo que viene.
Esta noche salvé la vida del hombre más peligroso de México y ahora voy a tener que vivir con las consecuencias. 15 de mayo de 2008, 6:43 de la mañana. La luz del amanecer entra por la ventana de mi habitación en la clínica. No he dormido. Cada vez que cierro los ojos veo el túnel, el río, la sangre y la cara de flores neutral, profesional, esperando el momento perfecto para traicionarnos.
Un enfermero entra, revisa mis signos vitales, cambia la bolsa de suero. El señor Guzmán despertó hace una hora. Dice, “Preguntó por usted, mi corazón se acelera. ¿Puedo verlo? El doctor dice que puede moverse en silla de ruedas. Le traigo una. 10 minutos después estoy siendo empujado por pasillo blanco hacia la habitación del Chapo.
Cada bache del piso me recuerda que mi pierna ya no es la misma, que nunca volverá a ser la misma. El enfermero abre la puerta. El Chapo está acostado en cama de hospital. Tubos en su brazo, vendajes en su hombro y cabeza. Está pálido, demacrado, pero sus ojos, esos ojos que han visto tanto, están completamente alertas.
Cuando me ve, algo cambia en su expresión. Algo que nunca había visto dirigido hacia mí. Gratitud. Déjenos solos le dice al enfermero. El enfermero sale, cierra la puerta, el silencio se extiende por varios segundos. El Chapo me mira, yo lo miro. El mayo me contó todo. Dice finalmente el túnel, el río. ¿Cómo me cargaste con una bala en la pierna? Era mi trabajo, patrón.
No, tu trabajo era protegerme. Lo que hiciste fue salvarme la vida arriesgando la tuya. Eso es más que trabajo. Intento responder, pero él levanta la mano. Déjame terminar. En 51 años de vida he conocido miles de personas, socios, enemigos, empleados, familia. Y de todos ellos puedo contar con una mano los que realmente darían su vida por mí.
Hace pausa. Toma aire con dificultad. Anoche, cuando estábamos en ese túnel, pensé que iba a morir. Estaba seguro. Y lo único que me daba paz era saber que si moría, moría junto a alguien que realmente me era leal. Patrón, tigre, me has servido 8 años, pero después de anoche ya no eres empleado, eres hermano.
Y a los hermanos no se les paga con dinero. Se estira hacia mesa de noche, saca sobre Manila, me lo extiende. Ábrelo. Abro el sobre. Adentro hay documentos, escrituras, app, papeles legales. ¿Qué es esto? La casa donde vive tu familia. Ahora está a tu nombre, pagada, completamente tuya. Miro los documentos, no puedo creer lo que veo.
También hay cuenta bancaria ,000ó para la educación de tus hijos, para que tu esposa nunca tenga que preocuparse por dinero. Patrón, no puedo aceptar esto. No te estoy preguntando si puedes. Te estoy diciendo que es tuyo porque me salvaste la vida y esa deuda no se paga con salario mensual. Las lágrimas amenazan con salir. Las contengo.
No voy a llorar frente al Chapo. Gracias, patrón. No me agradezcas. Agradéceme haciendo una cosa. ¿Qué cosa? Mata a Flores. Personalmente, quiero que sea tu mano la que termine con él. Lo miro. Sus ojos no tienen rastro de duda. ¿Dónde está? En el sótano. Mis hombres lo tienen desde hace 4 horas. No lo han tocado.
Quería que estuvieras presente. Puedo hablar con él antes puedes hacer lo que quieras. Es tu venganza tanto como la mía. Asiento. Necesito silla de ruedas. No, el Chapo me mira intensamente. Necesitas entrar caminando, aunque te duela, aunque tengas que arrastrarte. Flores tiene que verte entrar en tus propios pies.
Tiene que saber que no te quebró. Entiendo. Es cuestión de poder, de mensaje. ¿Entendido, patrón? Me levanto de la silla de ruedas. Mi pierna izquierda grita en protesta. Cada fibra de músculo dañado me recuerda el precio que pagué, pero me mantengo de pie. Ve dice el Chapo. Y cuando termines, regresa. Tenemos mucho que planear.
El sótano de la clínica es frío, húmedo, paredes de concreto sin ventanas, una sola bombilla colgando del techo bajo las escaleras lentamente. Cada escalón es agonía, pero no muestro dolor. No puedo. Abajo, dos hombres del mayo custodian una puerta de metal. Cuando me ven, se hacen a un lado. Está adentro, dice uno de ellos.
No ha dicho nada en 4 horas. Ahora vas a hablar. Abro la puerta. Flores está sentado en silla de metal en el centro del cuarto, manos atadas atrás, pies atados a las patas de la silla. Su uniforme, antes impecable, se está sucio y arrugado, pero su cara está intacta. Nadie lo ha golpeado, nadie lo ha torturado todavía.
Cuando me ve entrar, sus ojos se abren ligeramente. Sorpresa, no esperaba verme vivo. Tigre, dice. Su voz es calmada, controlada. Pensé que habías muerto en el río. Pensaste mal. Camino hacia él. Mi cojera es obvia. No intento esconderla. Veo que te dieron. Dice mirando mi pierna. Sí. Uno de tus amigos tuvo buena puntería.
No son mis amigos, son socios temporales. Socios que te pagaron para matarnos. Flores no niega. No tiene sentido negar. ¿Cuánto? Pregunto. ¿Cuánto te pagaron los Beltrán? Dó. Y protección para mi familia en caso de que algo saliera mal. 5 millones. El precio de traicionar al hombre más poderoso de México. Y tu lealtad. Tres años trabajando para el Chapo no significaron nada. Flores me mira.
Por primera vez algo real en sus ojos. No arrepentimiento, algo peor. Justificación. Lealtad. Dice, “¿Hablas de lealtad? Trabajé para Guzmán 3 años. Arriesgué mi vida docenas de veces. ¿Y qué recibí? 100,000 pesos mensuales. Una casa rentada. La promesa de que si moría cuidarían de mi familia.” Hace pausa. Los Beltrán me ofrecieron 5 millones de dólares en una sola noche.
Eso es más de lo que hubiera ganado en toda mi vida con el Chapo. ¿Y tú me hablas de lealtad? La lealtad no tiene precio. Por eso los traidores nunca la entienden. La lealtad es lujo de gente que no tiene familia que alimentar. Yo tengo esposa, tres hijos. ¿Qué les digo cuando no puedo pagar sus escuelas? que papá es muy leal para buscar mejor trabajo.
Les dices que papá tiene honor, que papá cumple su palabra. El honor no paga facturas, tigre. Lo miro. Parte de mí entiende su lógica. Parte de mí reconoce que en su posición otros hubieran hecho lo mismo. Pero eso no cambia lo que hizo. Casi muero anoche, flores. Una bala en mi pierna. Voy a cojear el resto de mi vida. Y el Chapo casi muere también.
Dos heridas de bala, horas desangrándose, pero no murieron. No, porque yo no traiciono, porque cuando doy mi palabra la cumplo sin importar el precio, me acerco más. Estoy a un metro de él. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Flores? Los dos venimos de nada. Los dos llegamos a este mundo buscando algo mejor.
Pero yo encontré algo que vale más que dinero. ¿Qué? propósito, razón para levantarme cada día, algo en qué creer. ¿Y qué es eso? Proteger narcotraficantes. No, proteger a las personas que confían en mí. Da igual si es el Chapo o mi familia. Cuando alguien pone su vida en mis manos, yo la protejo hasta el final. Flores me mira.
Por un segundo creo ver algo de duda en sus ojos, algo de remordimiento, pero desaparece rápido. Entonces, supongo que somos diferentes. Dice, “Yo no tengo el lujo de ideales, solo tengo hijos que alimentar. Tenías, ahora no tienes nada. Saco mi pistola. La misma pistola que llevé toda la noche. Todavía tiene ocho balas. Las mismas ocho balas que nunca disparé porque las estaba guardando.
Para este momento, el Chapo me dio permiso de hacer lo que quiera contigo. Digo, podría torturarte. Podría hacer que duraras días antes de morir. Eso es lo que tú mereces por lo que hiciste. Flores no muestra miedo. Está preparado para morir. Lo supo desde el momento en que lo capturaron.
Pero no voy a hacer eso. Continúo, porque no soy como tú. No disfruto el sufrimiento de otros, incluso de traidores. Levanto la pistola, apunto a su cabeza. Últimas palabras. Flores me mira directo a los ojos. Cuida a mi familia. Mis hijos no tuvieron nada que ver con esto. Tus hijos van a crecer sabiendo que su padre fue traidor.
Esa es tu culpa, no la mía. Pero no tienen que morir por mis errores, lo pienso. Él tiene razón. Sus hijos son inocentes. Su esposa probablemente ni sabía lo que estaba haciendo. Voy a hablar con el Chapo. Si accede, tu familia no será tocada, pero van a tener que desaparecer. Salir de México, nunca volver. Gracias. No me agradezcas. No lo hago por ti.

Lo hago porque yo tengo hijos también y no quiero que crezcan en mundo donde los niños pagan por pecados de sus padres. Flores asiente. Entonces, hazlo. Termina esto. A punto. Mi dedo se posa sobre el gatillo y en ese momento veo algo en los ojos de Flores. No miedo, no arrepentimiento, alivio. Está cansado.
Cansado de correr, cansado de esconderse, cansado de vivir con el peso de lo que hizo. La muerte es su escape. Disparo. El sonido resuena en el cuarto pequeño. Flores se desploma. Sangre en la pared detrás de él. Me quedo mirando su cuerpo por varios segundos, esperando sentir algo. Satisfacción, victoria, cierre.
Pero no siento nada de eso. Solo vacío. Matar no trae paz, solo trae más muerte. Guardo mi pistola, camino hacia la puerta. Mi pierna duele más que nunca, pero ya no me importa. Subo las escaleras. Cada escalón es recordatorio de lo que perdí anoche y de lo que gané. Una semana después. Estoy en la oficina del Chapo en su rancho principal.
Él está sentado detrás de su escritorio. Todavía tiene vendajes, pero se ve mejor, más fuerte. El mayo confirmó que la familia de flores salió del país. Dice, “Están en Guatemala, no van a volver. Asiento. Gracias por perdonarlos, patrón. No los perdoné, los exilié. Es diferente, pero lo hice porque tú lo pediste y después de lo que hiciste por mí, no podía negarte nada.
Se levanta, camina hacia mí. Tigre, tenemos que hablar de tu futuro. Lo sé. No puedo seguir siendo guardaespaldas de campo. No con esta pierna. Exacto. Pero eso no significa que no tengas lugar aquí. Saca carpeta de su escritorio, me la da. Quiero que seas jefe de seguridad, no de mi seguridad personal, de toda la operación.
Vas a coordinar protección para todos mis hijos, para mis propiedades, para mis rutas, todo. Abro la carpeta. Es descripción de puesto, responsabilidades, salario. El salario es tres veces lo que ganaba antes. Patrón, no sé si puedo hacer esto. Nunca he coordinado operación tan grande. Aprendiste tácticas en el ejército.
Has estado a mi lado 8 años viendo cómo funciona todo. Conoces a la gente, conoces los riesgos. Nadie está más calificado. Y si fallo el después lo miro a él. Acepto. El Chapo sonríe. Es sonrisa rara, genuina. Bien, empiezas el lunes, pero primero ve a tu casa, ve a tu familia, tu hijo tiene partido de fútbol mañana.
Me sorprende que recuerde, ¿cómo sabe eso? Porque me importa, tigre, me importas tú y me importa tu familia. Eso es lo que hacemos por la gente que amamos. Recordamos las cosas pequeñas. Sábado 3 de la tarde. Estoy sentado en gradas de cancha de fútbol en Culiacán. Elena está a mi lado. Camila está en mi regazo jugando con su muñeca.
En el campo, Diego corre detrás del balón. Tiene 7 años. Piernas flacas, cabello despeinado, toda la energía del mundo. Mi pierna izquierda está estirada. Todavía duele. El doctor dice que va a doler por meses, tal vez, tal vez siempre, pero estoy aquí vivo con mi familia. Diego anota gol. Corre hacia las gradas gritando de emoción.
Papá, ¿viste? Anoté, vi campeón. Estuvo increíble. Elena me toma la mano, la aprieta. ¿Valió la pena? Pregunta en voz baja. No tengo que preguntar a qué se refiere. Ella sabe lo que pasó, no los detalles, pero sabe que algo cambió, que casi no regreso. Miro a Diego celebrando con sus compañeros.
Miro a Camila en mi regazo. Miro a Elena junto a mí. Después miro mi pierna, la pierna que nunca volverá a ser la misma. Sí, digo finalmente, valió la pena, aunque nunca puedas volver a correr. Aunque nunca pueda volver a correr, porque algunas cosas valen más que un cuerpo funcional, algunas cosas valen más que la comodidad o la seguridad. La lealtad tiene precio.
Esa noche pagué ese precio con mi pierna, con mi carrera como guardaespaldas de campo, con meses de dolor y años de cojera, pero a cambio recibí algo que el dinero no puede comprar. Respeto de un hombre que respeta a muy pocos. Seguridad para mi familia, para siempre. Y la certeza de que cuando llegó el momento, cuando todo estaba en la línea, no fallé.
Me llamo Roberto Maldonado, el tigre. Tengo 34 años. Una esposa que me ama, dos hijos que me admiran y una pierna que nunca va a sanar completamente. Soy el hombre que salvó la vida del Chapo Guzmán la noche que casi muere, la noche que nadie supo hasta ahora. Y si tuviera que hacerlo otra vez, el túnel, el río, las balas, todo lo haría sin dudarlo, porque mi trabajo no es matar por él, es morir por él si es necesario.
Y esa noche casi lo hice, pero sobreviví y eso es suficiente.