En el complejo y siempre cambiante tablero de la política internacional y nacional, pocas intervenciones logran sacudir los cimientos del discurso oficial con la fuerza y la contundencia que se presenció recientemente en la capital mexicana. La diputada española Cayetana Álvarez de Toledo, conocida por su retórica afilada y su postura crítica, se presentó en la Universidad de la Libertad en la Ciudad de México para pronunciar un discurso que ha dejado a la administración de Claudia Sheinbaum en una posición sumamente incómoda. Ante un público conformado por empresarios, académicos y líderes de opinión convocados por Grupo Salinas, la legisladora europea no tuvo reparos en desarticular, punto por punto, la narrativa oficialista sobre la soberanía, el nacionalismo y las prioridades de la actual agenda gubernamental. En un país donde la conferencia matutina dicta el ritmo de la conversación pública, las palabras de Álvarez de Toledo irrumpieron como un vendaval que expone las dolorosas contradicciones de una nación asediada por la violencia y la polarización.
El eje central de la magistral intervención de la legisladora giró en torno a una palabra que ha sido constantemente manipulada y desgastada por la retórica del poder: la soberanía. Durante años, el gobierno mexicano ha utilizado este concepto como un escudo protector contra cualquier crítica externa y como un arma arrojadiza para culpar a actores internacionales de los problemas domésticos. Sin embargo, Álvarez de Toledo propuso una redefinición
cruda y realista de lo que realmente significa ser un país soberano en el siglo veintiuno. Para ella, la soberanía no se reduce a ondear una bandera tricolor, pronunciar discursos inflamados de corte nacionalista, o lanzar reproches históricos desde un atril presidencial. La verdadera soberanía, argumentó con vehemencia, radica en aspectos fundamentales y cotidianos de la vida civil: la libertad de un ciudadano para salir a la calle sin tener que pedirle permiso a un criminal, o el derecho inalienable de un emprendedor a abrir las puertas de su negocio sin el terror paralizante de tener que pagar extorsiones o derechos de piso a las mafias locales.
“Un país no es soberano solo porque nadie lo invada”, sentenció la diputada en una de las frases más resonantes de su ponencia. Con esta afirmación, dejó en claro que la ausencia de ejércitos extranjeros en territorio nacional no garantiza la libertad de su gente si, al mismo tiempo, otros poderes fácticos están vaciando a la nación desde sus entrañas. Fue en este punto donde la oradora identificó y desglosó las que, a su juicio, representan las verdaderas amenazas existenciales para México. Rompiendo con el relato de que el peligro proviene de Estados Unidos, de la corona española o de la lejana figura de Hernán Cortés, Álvarez de Toledo apuntó su dedo acusador hacia tres fenómenos estrictamente internos, corrosivos y devastadores: el crimen organizado, el populismo autoritario y la instauración de una mentalidad de dependencia impulsada desde las más altas esferas del Estado.

Al abordar el primero de estos flagelos, el crimen organizado, la legisladora pintó un panorama desgarrador que millones de familias mexicanas conocen de primera mano. Explicó cómo el Estado ha claudicado en su obligación más básica y primordial: mantener el monopolio legítimo del uso de la fuerza. Esta abdicación de la responsabilidad gubernamental ha permitido que agrupaciones delictivas altamente armadas se erijan como gobiernos paralelos, controlando vastas extensiones del territorio nacional. En estas zonas de silencio, los criminales imponen su propia ley, deciden quién vive y quién muere, e institucionalizan delitos tan atroces como la extorsión sistemática y la desaparición forzada de personas. Para ilustrar la magnitud del colapso, Álvarez de Toledo afirmó no conocer una imagen que refleje con mayor exactitud una soberanía quebrada que la de un país que acumula la espeluznante cifra de más de doscientos mil asesinatos.
El contraste entre esta sangrienta realidad y las prioridades discursivas de la presidenta Claudia Sheinbaum fue el terreno donde la diputada española lanzó sus críticas más incisivas. Calificó de verdaderamente obsceno el intento del gobierno de reducir la compleja crisis de seguridad y Estado de derecho a una simple coartada verbal contra el extranjero. Específicamente, cuestionó la obstinada insistencia de la mandataria mexicana de exigir disculpas formales a España por los abusos cometidos durante la conquista. Mientras el oficialismo gasta energía y capital político en esta cruzada retórica, señaló Álvarez de Toledo, en estados como Jalisco se descubren fosas clandestinas con tal nivel de frecuencia y crudeza que han dejado de ser la noticia principal.
“Menos teatro histórico y más responsabilidad contemporánea”, fue el llamado de atención que retumbó en el auditorio. En un señalamiento que ha cobrado enorme tracción en redes sociales por su innegable peso moral, la diputada sugirió que, antes de exigir que Madrid pida perdón, la presidenta Sheinbaum debería tener la empatía y el valor de pedirle perdón a las incansables madres buscadoras. Estas mujeres, que se ven forzadas a escarbar la tierra con sus propias manos buscando los restos de sus hijos desaparecidos, representan el rostro más doloroso del fracaso institucional. Exigir redención por eventos de hace siglos mientras se voltea la mirada ante el clamor de las víctimas de la violencia actual es un acto que desnuda las prioridades de la clase política.
El segundo pilar de su advertencia se centró en el peligroso avance del populismo autoritario. Álvarez de Toledo alertó sobre cómo la administración actual está llevando a cabo una estrategia calculada para concentrar un poder desmedido, eliminando sistemáticamente cualquier obstáculo institucional que pueda cuestionar sus mandatos. Esta ofensiva se materializa de forma evidente en el embate frontal contra el Poder Judicial y en el desmantelamiento progresivo de diversos organismos autónomos. Estas instituciones, diseñadas a lo largo de arduas batallas democráticas para servir como contrapesos necesarios frente a los abusos del poder ejecutivo, están siendo neutralizadas para garantizar la hegemonía de un solo proyecto político. El resultado es una sociedad cada vez más indefensa frente al Estado.

Finalmente, el tercer gran riesgo expuesto fue la creación de lo que ella definió como una mentalidad de dependencia económica. Al analizar los programas sociales implementados por la llamada Cuarta Transformación, la diputada no desestimó la obligación del Estado de ayudar a los sectores vulnerables. Sin embargo, hizo una separación fundamental entre el apoyo que busca emancipar al individuo y el asistencialismo diseñado para someterlo. Explicó que, cuando una persona sustituye el esfuerzo propio y la aspiración de mejora por las transferencias del gobierno como principal vía para salir adelante, pierde irremediablemente las riendas de su propio futuro.
Este modelo, argumentó tajantemente, deja de ser un mecanismo solidario para convertirse en una herramienta de dominación política. Una ciudadanía que depende financieramente del gobierno para subsistir enfrenta inmensas dificultades para cuestionarlo o discrepar de sus decisiones. La dependencia adormece el espíritu crítico y crea una base electoral cautiva, sacrificando la verdadera movilidad social a cambio del control del electorado.
Para cerrar su contundente intervención, Cayetana Álvarez de Toledo presentó una disyuntiva definitiva que marcará el futuro de México. Aseguró que la elección a la que se enfrentan los mexicanos es sumamente clara y no admite medias tintas. La sociedad debe decidir el camino a seguir: soberanía real o crimen organizado, Estado de derecho o populismo autoritario, libertad de emprendimiento o dependencia absolutista y, en resumidas cuentas, una democracia funcional o un narcoestado innegable. Las repercusiones de su mensaje siguen sacudiendo la agenda pública, invitando a una profunda reflexión sobre el país que se está construyendo frente a los ojos de todos.