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3 IMPUTACIONES que SACUDEN a PETRO — LUZ ADRIANA CAMARGO NO RETROCEDE

Afuera pasa el bus, pasa la moto, pasa la vida y de pronto en la pantalla aparece una imagen que le llama la atención. El presidente Gustavo Petro hablando fuerte, con el ceño fruncido, no contra la oposición, no contra los ricos de siempre, sino contra la fiscalía, contra la misma fiscal que él ayudó a elegir.

Al otro lado, en otra imagen, usted ve una mujer seria, de gafas, de pocas palabras, entrando al búnker de la fiscalía, sin cámaras, sin discursos, sin aplausos. Es Luz Adriana Camargo, la fiscal general de la nación. No grita, no trina, no da ruedas de prensa todos los días. Pero sus decisiones se sienten como golpes secos sobre la mesa del poder.

Con su firma se abren procesos, se ordenan imputaciones, se llaman a responder a personas que hace poco parecían intocables. Así arranca esta historia con un presidente que siente que la justicia se le vino encima y con una fiscal que en silencio le recuerda a todos que la ley no escribió en ninguna parte, que el presidente y su gente están por encima del resto de los colombianos.

Para entender cómo llegamos a este punto, hay que ir un poco atrás. A cuando entre Gustavo Petro y Luz Adriana Camargo no había ataques ni reproches, sino confianza, elogios y sonrisas. Cuando se habló por primera vez del nombre de Camargo como posible fiscal general, fue el mismo Gustavo Petro quien la puso sobre la mesa. El la ternó, él la presentó como una mujer seria, como una abogada independiente, como una aliada para la paz total y para la lucha contra la impunidad.

En la televisión, en los periódicos, se leía y se escuchaba que por fin Colombia tendría una fiscal que no acabaría siendo la fiscal del presidente, como había pasado tantas veces antes. Muchos colombianos, sobre todo los que todavía tienen memoria de los años en que la justicia era un adorno, sintieron un poquito de esperanza.

Pensaron, “De pronto ahora si va a cambiar algo, de pronto esta vez la fiscalía va a investigar de verdad. Caiga quien caiga. Esas palabras, caiga quien caiga, las repetían todos, el gobierno, la oposición, los medios. En ese momento, la relación entre Petro y Camargo parecía perfecta. El presidente decía en público que respetaría la independencia de la fiscalía, que no metería las manos, que no llamaría a nadie para presionar.

La fiscal, por su lado, se mantenía discreta hablando poco, dejando que los papeles y las investigaciones hablaran por ella. era, al menos en apariencia, lo que siempre nos han dicho, que debe ser una justicia sana. Cada poder en su lugar, cada institución haciendo su trabajo. Pero en Colombia, y usted lo sabe mejor que nadie, las cosas cambian muy rápido cuando el poder se siente amenazado.

El primer ruido fuerte en esta relación fue un nombre que empezó a aparecer una y otra vez en los noticieros, Juliana Guerrero. Para muchos colombianos, ese nombre no decía nada al principio. ¿Quién será esa muchacha? Se preguntaban. No era una ministra famosa ni una figura conocida en la vida pública, pero por dentro, en la casa del gobierno, todos sabían quién era.

Juliana Guerrero no fue una funcionaria cualquiera. Fue asesora de confianza. Estuvo en cargos clave, llegó a ser viceministra. Estuvo cerca del corazón del petrismo, cerca del poder, cerca de esos espacios donde no entra cualquier persona. En un país donde a muchos les cierran la puerta en la cara, ella la tuvo abierta de par en par.

Y entonces pasó algo que nadie en el gobierno quería ver en los titulares. La fiscalía anunció que la iba a imputar por posibles irregularidades en sus títulos profesionales. En palabras simples, la estaban investigando porque al parecer los papeles que acreditaban que era profesional no cuadraban. Había dudas sobre cómo obtuvo su diploma, sobre si cumplió con los requisitos que se le exigen a cualquier joven colombiano para graduarse.

Para la calle, para la gente común, eso puede sonar como un tema técnico de papeles, de notas y exámenes. Pero para un estado y más para un gobierno que se presenta como el gobierno del cambio y de la transparencia es una bomba. Porque si alguien que no tenía los títulos en regla llegó tan alto, eso significa que el filtro falló.

Y cuando el filtro falla, entra cualquiera. Y cuando entra cualquiera, el país lo paga con corrupción, con mala gestión, con decisiones mal tomadas. La fiscalía dirigida por Camargo no se echó para atrás, no miró para otro lado, no dijo dejemos así para no pelear con el presidente, al contrario, siguió adelante.

documentos, escuchó testimonios, revisó bases de datos y cuando encontró lo que consideró suficiente, dio el paso que muchos no se atreverían a dar con alguien tan cercano al presidente, anunció la imputación. En ese momento, la relación Petro Camargo dejó de ser un mar en calma. La reacción del presidente no fue la de un jefe de estado que dice que se investigue todo, que se aclare, que si alguien hizo trampa que responda.

No. Gustavo Petro reaccionó como un líder político herido. Salió a defender a Juliana Guerrero de inmediato, en público, con fuerza. Dijo que la estaban persiguiendo, que eso era parte de un plan para debilitar a su gobierno, que detrás de la decisión de la fiscalía había intereses políticos. Para muchos, sobre todo los que conocen la política de años, esa respuesta sonó conocida.

En Colombia, cada vez que la justicia toca a alguien importante, el discurso es el mismo. Es persecución, es una guerra jurídica. Es porque les molestamos, es porque tocamos intereses. Pero esta vez había un detalle que hacía todo diferente. La jefa de esa justicia, que ahora era presentada como enemiga del cambio, había sido ternada por el mismo presidente que la criticaba.

Petro no podía decir que Camargo era una ficha del uribismo o de la oligarquía sin que eso se le devolviera como un bomerán, porque fue el quien puso su nombre. Eso para mucha gente empezó a oler a contradicción. Porque, dígame usted, ¿qué mensaje recibe un país cuando ve que la independencia de la justicia se aplaude cuando toca a los de siempre, a los de la orilla contraria? Pero se ataca y se insulta cuando se atreve a tocar a los míos.

En la casa de muchos adultos mayores, en los barrios populares, en los pueblos, la pregunta se repetía, “Entonces, la justicia es buena solo cuando va contra el otro y cuando toca al que está en el poder. De repente ya no sirve.” La grieta estaba abierta y lo que vino después la hizo mucho más grande. Si el caso de Juliana Guerrero encendió las alarmas, el caso de Ricardo Roa hizo temblar las paredes.

Ricardo Roa no es cualquier nombre. No es un funcionario de tercera fila, es el actual presidente de Ecopetrol, la empresa más grande del país, la joya de la corona en lo económico. Pero además fue el gerente de la campaña Petro Presidente en 2022. Es decir, fue el hombre que manejó la plata, los contratos, las cuentas, los aportes, los gastos de la campaña que llevó a Gustavo Petro al poder.

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