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12 PREGUNTAS EN VIVO — JUAN LOZANO DESAFÍA a CARLOS CARRILLO DIRECTOR de la UNGRD EN LA FM

inmediato porque podría ser la abuela de cualquier colombiano con el agua llegándole a la cintura, cargando en una mano una bolsa de plástico con lo poco que pudo salvar. Tal vez unos documentos, tal vez una foto de sus hijos, tal vez nada que valga dinero, pero que vale todo lo que ella tiene. Y con la otra mano agarrándose a la pared de su propia casa para no caerse, para no ser arrastrada por una corriente que no pedía permiso, que no respetaba edades ni sacrificios, ni cuántos años llevaba esa mujer viviendo en ese mismo

lugar. Esa imagen existe. Ese momento ocurrió de verdad. Y detrás de esa imagen hay una historia que Colombia necesita conocer completa. No el resumen de 2 minutos que dan los noticieros de la noche, no el comunicado oficial con palabras de condolencia y promesas de atención, sino la historia real, la historia de lo que pasó en Córdoba en las primeras semanas de febrero de 2026, de cómo llegó esa tragedia, de cuánto tardó el Estado en responder, de cuánto faltó cuando respondió y de lo que un funcionario del gobierno de Gustavo

Petro dijo en vivo y en directo ante millones de colombianos cuando un periodista le preguntó por qué habían rechazado la ayuda que Estados Unidos idos les ofreció mientras la gente todavía tenía el agua al cuello. Para entender lo que pasó, hay que entender primero dónde queda Córdoba en el corazón de Colombia, porque este no es solo un departamento en un mapa, sino un lugar con una historia de sufrimiento y de resiliencia que va mucho más allá de esta emergencia.

Un departamento que los colombianos de las grandes ciudades conocen poco, pero que guarda dentro de sí algo que es muy colombiano, muy profundo, muy de este país, que a veces parece tener dos caras. La cara de los edificios de cristal de Bogotá, la cara de los barrios que se inundan en montería cada vez que llueve demasiado. Córdoba está en el norte de Colombia, en esa región que llaman el Caribe colombiano, la región del calor y de la música y de la gente que camina despacio porque el sol aprieta, pero que tiene un corazón que late rápido cuando alguien

necesita ayuda. la región donde los ríos son parte de la vida cotidiana, donde el Sinúi, el San Jorge y el Canalete han sido durante siglos los caminos naturales que conectan las comunidades, los mismos ríos que le dan vida a la Tierra y que le permiten a los campesinos sembrar y cosechar los mismos ríos que cuando se desbordan, cuando el cielo descarga más agua de la que la tierra puede absorber, se convierten en una amenaza que lo arrasa todo, que no distingue entre la casa del rico y la del pobre. Aunque en Córdoba casi todos

son pobres y por eso cuando el río se desborda casi todos pierden todo. Los habitantes de Córdoba llevan generaciones aprendiendo a vivir con esa realidad. Llevan generaciones construyendo sus casas sabiendo que en algún momento el agua puede llegar, que hay temporadas de lluvia que ponen a prueba la resistencia de todo lo que uno ha construido con tanto esfuerzo.

Y esa convivencia con el riesgo no es ignorancia ni descuido, sino la realidad de una región que nunca ha tenido. los recursos para construir la infraestructura que la proteja como merece, que nunca ha tenido los diques suficientes, los sistemas de drenaje suficientes, la inversión del estado suficiente para decirle al río que hay un límite que no puede cruzar.

Lo que ocurrió en febrero de 2026 fue diferente a todo lo que Córdoba había visto en muchos años. Fue diferente, no porque el río se haya desbordado, que eso ha pasado antes y seguramente va a pasar después, sino por la magnitud, por la velocidad y por el momento en que ocurrió. Porque las lluvias que cayeron sobre Córdoba en esos días no eran las lluvias normales de una temporada lluviosa, sino algo que los expertos del Instituto de Hidrología de Colombia describieron con una frase que lo dice todo. En un solo día cayó la lluvia que

se esperaba para todo un mes. Eso significa que los ríos no tuvieron tiempo de adaptarse, que la Tierra no tuvo tiempo de absorber, que las comunidades no tuvieron tiempo de prepararse, que lo que en condiciones normales hubiera sido una alerta, una señal de cuidado, tiempo para mover a los más vulnerables y poner a salvo lo más importante.

Se convirtió en cuestión de horas en una emergencia que desbordó la capacidad de respuesta de los alcaldes, de los gobernadores y eventualmente del gobierno nacional. una emergencia que en los primeros días dejó al menos 14 personas muertas, cerca de 9,000 viviendas destruidas, más de 35,000 haáreas de cultivos bajo el agua y 300,000 personas afectadas en un departamento donde la pobreza ya era grande antes de que llegara el agua.

El río Sinú, que en condiciones normales tiene un nivel de 1,48 cm en su punto de medición en Montería. Llegó en los días más críticos de la emergencia a 5 m80 cm, casi cuatro veces su nivel normal. Y eso en la práctica significó que 18 barrios de la ciudad de Montería quedaron bajo el agua, que barrios enteros como el Dorado, el barrio Vallejo, los corregimientos de las palomas, Huaimal, Leticia y Martinica, lugares donde viven familias que llevan décadas construyendo su vida en ese mismo rincón del país. Quedaron

convertidos en lagos donde lo único que se podía hacer era navegar en lo que hubiera disponible. Una canoa si había suerte, una tabla de madera si no había más, los hombros de un vecino si no había nada. Imagínese por un momento lo que eso significa para una familia cordobesa de las que viven en esos barrios.

Para una familia que tiene tal vez un televisor que compró a cuotas durante 2 años, una nevera que guarda la comida de la semana, una cama donde duermen los hijos, unas fotos en la pared que son los únicos registros que quedan del bautizo del nieto mayor o de la primera comunión. de la hija del medio, una familia que tiene poco, pero cuida mucho lo que tiene porque sabe lo que costó.

conseguirlo, que se levanta cada día a las 4 o a las 5 de la mañana para salir a trabajar, sabiendo que lo que gane ese día es lo que hay para comer esa noche. Para esa familia, el agua que entró por debajo de la puerta en las primeras horas de la madrugada no fue solo una inconveniencia, sino el fin de algo que tardó años en construirse.

Fue la nevera que se dañó. Fue los colchones que quedaron empapados de una humedad que los dejó inservibles. Fue los documentos de identidad y los papeles del seguro y los cuadernos del colegio de los niños flotando en una mezcla de agua sucia y barro que no respetó nada. Fue la semana de mercado que estaba guardada en la alacena y que quedó perdida.

Fue el negocio pequeño que tal vez funcionaba en la sala de la casa y que quedó arrasado antes de que amaneciera. Y después de todo eso, después de esa noche que no se olvida, después de ese momento en que uno sale de su casa con lo que puede cargar y se da vuelta a mirar por última vez, antes de que el agua cubra la puerta, viene la espera, la espera de que alguien llegue, de que alguien traiga algo, de que el estado que uno ha pagado con sus impuestos toda la vida aparezca con un mercado, con una cobija, con agua potable, con algo que

diga que no están solos, que el país los ve, que Colombia no los olvidó. Esa espera en muchos barrios de Montería y en muchos municipios del departamento de Córdoba duró demasiado y cuando la ayuda llegó no alcanzó para todos. Y cuando no alcanzó para todos, la gente lo dijo. Lo dijo en las cámaras de los periodistas que llegaron a cubrir la emergencia.

Lo dijo en los micrófonos de las emisoras que preguntaban cómo estaba la situación. Lo dijo con una claridad y una sencillez que no necesita adornos. No nos ha llegado nada. Llevamos días sin comer, los niños están enfermos, nadie ha venido. Fue en ese contexto, con esas palabras todavía resonando en los micrófonos de la radio colombiana, con esas imágenes todavía frescas en las pantallas del país, que el Departamento de Estado de los Estados Unidos anunció que iba a enviar ayuda humanitaria a las víctimas de las inundaciones de Córdoba, una

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