Eso fue Abelardo de la Espriella cuando salió de Montería rumbo a la capital hace más de 30 años con la maleta llena de sueños y el bolsillo casi vacío. Dispuesto a demostrarle a una ciudad que nunca lo esperaba que un costeño sin rosca también podía llegar lejos. Colombia es un país que lleva décadas eligiendo presidentes que vienen de las mismas familias, de los mismos colegios, de los mismos clubes, de los mismos círculos donde se reparten los cargos antes de que el pueblo vote y donde el apellido que uno carga vale más que
cualquier título universitario o cualquier año de trabajo honesto. Esa es una realidad que los colombianos mayores conocen bien porque la han vivido en carne propia, porque han visto como sus hijos se quedan sin empleo mientras el hijo del político de turno consigue tres contratos.

sin hoja de vida, porque han visto como los que mandan protegen a los suyos y dejan al resto mirando desde afuera. Y sin embargo, en medio de ese sistema que parece inamovible, de vez en cuando aparece alguien que no encaja en el molde. Alguien que no viene del club correcto, ni tiene el apellido correcto, ni debe favores a los de siempre, alguien que llega desde abajo y que por eso mismo habla diferente, piensa diferente y propone diferente.
Esa figura siempre genera una mezcla de esperanza y desconfianza en el corazón colombiano, porque este país ha aprendido a desconfiar de las promesas, pero también porque en el fondo nunca ha dejado de esperar que alguien llegue a cumplirlas de verdad. Esta semana, mientras el gobierno del presidente Gustavo Petro seguía acumulando escándalos, mientras la fiscalía seguía avanzando con sus investigaciones, mientras los nombres de los suyos seguían apareciendo en los titulares por razones que ningún gobierno del cambio
debería tener que explicar. Abelardo de la Espriella se sentó frente a un micrófono en un programa de radio y televisión y habló durante horas con una calma que sorprendió a muchos, con una claridad que desarmó a sus críticos y con una honestidad que para bien o para mal es difícil de ignorar. No fue una entrevista de esas en que el político llega con sus respuestas preparadas, con sus asesores de imagen detrás de cámara diciéndole qué decir y qué evitar, con el traje perfecto y la sonrisa calculada de quien ya sabe que todo está bajo
control. Fue una conversación larga, desordenada en algunos momentos, llena de interrupciones y de risas, de anécdotas personales y de posiciones políticas fuertes, de recuerdos del pasado y de propuestas para el futuro, de momentos en que se le veía incómodo con las preguntas y de momentos en que se le veía disfrutar del debate como alguien que lleva toda la vida preparándose para esta pelea.
Y en esa conversación que tuvo lugar ante miles de colombianos que la siguieron en vivo por YouTube y por los canales de Radio del Caribe, pasaron cosas que vale la pena contar con detalle, porque lo que de la Esprella dijo ese día y la forma en que lo dijo no es solo una noticia de política, es el retrato de un país que está buscando desesperadamente algo que no encuentra desde hace mucho tiempo, una voz que suene verdadera.
Para entender por qué lo que pasó en ese programa importa tanto, hay que empezar por el principio. Por la historia de un hombre que llegó a la política desde un lugar completamente inesperado y que por eso mismo genera reacciones tan intensas y tan contradictorias en un país acostumbrado a los políticos de siempre.
Abelardo de la Espriella no viene de la política, viene del derecho, de los tribunales, de los juzgados, de esos espacios donde los casos no se ganan con discursos, sino con argumentos, con pruebas, con conocimiento de la ley y con la capacidad de mirar a un juez a los ojos y convencerlo de que uno tiene razón.
Durante más de 20 años ejerció la abogacía en Colombia. Llevó casos que marcaron la historia jurídica del país, defendió a personas que nadie más quería defender y también representó a víctimas que sin él no habrían tenido voz, ni en los juzgados ni en la opinión pública. Y en esos 22 años de ejercicio profesional, algo que él mismo se encargó de recordar en el programa con una claridad que no admite malentendidos.
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No acumuló ni una sola sanción penal ni una sola sanción disciplinaria. Eso en Colombia no es un detalle menor, porque en un país donde la justicia muchas veces depende de a quién conoces y de cuánto puedes pagar, llevar dos décadas trabajando en los casos más difíciles, más controversiales y más observados del país, sin que ninguna instancia judicial o disciplinaria haya encontrado razones para sancionarte.
Es una prueba que no se puede ignorar ni se puede fabricar, pero hay algo que los críticos de de la espriella repiten cada vez que su nombre aparece en los medios, algo que lo ha seguido durante años como una sombra y que él mismo tuvo que enfrentar esa mañana frente a las cámaras con la misma contundencia con que ha enfrentado siempre los argumentos que no le gustan, el nombre de David Murcia Guzmán y los supuestos millones de dólares que según una narrativa que circula en ciertos círculos, él habría retenido de ese caso. La historia de Murcia Guzmán es
una de las más oscuras y más complejas de la historia reciente de Colombia. una historia de pirámides de dinero, de miles de colombianos que perdieron sus ahorros, de redes criminales que se extendían desde el país hacia Venezuela y hacia los mercados ilegales internacionales y de un juicio que terminó con Murcia extraditado a los Estados Unidos y condenado por las autoridades de ese país.
En medio de todo ese enredo, de la esprilla fue el abogado de Murcia durante un tiempo y eso le generó una mancha en la imagen que sus adversarios políticos han usado una y otra vez para intentar destruir su candidatura antes de que despegue. Ese día en el programa, cuando le preguntaron por los supuestos 472 millones de dólares, de la espriella no se escondió, no desvió la pregunta, no intentó cambiar el tema.
respondió con una pregunta simple que dejó en el aire una verdad que muchos no se habían preguntado antes. ¿Qué abogado en el mundo maneja la plata de sus clientes? Eso no existe. Eso no es lo que hacen los abogados. Eso es lo que ven en las series de televisión, quienes no conocen cómo funciona el derecho en la vida real.
Lo que él cobró por su trabajo como abogado lo facturó, pagó sus impuestos y está documentado hasta el último peso. Y más aún, dijo que Murcia le quedó debiendo cerca de 700 millones de pesos de honorarios que nunca terminó de pagar. Esa respuesta no cierra el debate definitivamente, porque Murcia, por su parte, tiene su propia versión y ha dicho lo contrario.
Y esos dos relatos enfrentados están hoy en manos de instancias jurídicas que tendrán que resolver cuál de los dos tiene razón. Pero lo que importa para esta historia no es quién tiene razón en ese pleito específico, sino la forma en que de la espriella enfrentó la pregunta más incómoda que le podían hacer sin bajar la cabeza, sin ponerse nervioso, sin buscar salidas laterales, mirando a la cámara y respondiendo con la misma claridad con que respondió todas las demás preguntas de esa mañana.
Hay algo en la forma de hablar de de la espriella que no encaja con lo que Colombia ha visto en sus políticos durante décadas. Algo que los colombianos mayores detectan enseguida con ese sexto sentido que da la experiencia de haber visto. Demasiados discursos vacíos y demasiadas promesas que nunca se cumplieron. Cuando este hombre habla no suena a político, suena a alguien que viene de la calle, del trabajo real, de los problemas reales, de ese mundo donde las cosas no se resuelven con declaraciones, sino con decisiones.
Habla rápido con el acento caribeño que nunca perdió a pesar de sus años en Bogotá, usando palabras que la gente común entiende sin necesidad de diccionario, mezclando la rigurosidad jurídica con el humor de quien creció en la costa y sabe que una carcajada bien puesta. puede abrir más puertas que 10 discursos solemnes.
Y eso en un país donde los políticos suelen hablar como si estuvieran leyendo un documento oficial, genera una sensación extraña pero poderosa. La sensación de que uno está escuchando a alguien que dice lo que piensa, no lo que le enseñaron a decir. Eso no significa que todo lo que dice sea correcto, ni que sus propuestas no tengan puntos que merezcan discusión y debate.
Porque la política no se trata de encontrar al hombre perfecto, sino de evaluar con cabeza fría y corazón abierto que es lo que el país necesita y quien tiene las condiciones para intentar darlo. Pero sí significa que en un momento en que la credibilidad de los políticos colombianos está en uno de sus puntos más bajos de la historia reciente, la autenticidad de alguien que no parece estar actuando tiene un valor que va más allá de la política misma.
Esa mañana en el programa, uno de los momentos que más llamó la atención de quienes lo vieron no fue una declaración política ni una propuesta de gobierno. Fue una historia personal que de la Espriella contó cuando le preguntaron por algo que nadie esperaba que terminara, siendo el tema más comentado de toda la entrevista, su conversión religiosa.
Hace algunos años, Abelardo de la Espriella era conocido públicamente como ateo, no como alguien que tenía dudas sobre la existencia de Dios, ni como alguien que evitaba el tema para no meterse en problemas con nadie. Era ateo de convicción, lo decía abiertamente, lo explicaba con argumentos y lo defendía con la misma claridad con que defendía cualquier otra posición.
Decía que no creía en nada que la razón no pudiera explicar. Y en una sociedad como la colombiana, mayoritariamente católica y profundamente religiosa, esa posición le costó críticas de muchos y simpatías de pocos. Y luego pasó algo que cambió todo. La muerte de Beatriz, la hermana menor de su madre, una mujer que se había criado con él y que era para el más que una tía, casi una hermana, lo golpeó de una manera que ningún argumento racional pudo procesar.
El dolor de esa pérdida lo llevó a un camino que él no buscó conscientemente, un camino de lectura, de reflexión, de búsqueda de algo que llenara ese vacío que ni los libros ni los logros profesionales podían cerrar. Y ese camino lo llevó a Dios 5 años antes de que nadie supiera que iba a lanzarse a la política.
Lo contó ese día con una voz diferente a la que usa cuando habla de seguridad o de justicia, con una voz más lenta y más quieta, como si estuviera tocando algo que todavía duele, algo que pertenece a ese espacio íntimo donde los seres humanos guardan las cosas que más los han marcado. Y cuando llegó a la parte de Buga, cuando describió cómo lo llevaron ante el Señor de los Milagros, sin saber que había cámaras, cuando contó que al pararse frente a esa imagen, empezó a llorar sin poder controlarse, de una manera que él mismo no entendía porque
nunca había sido un hombre de lágrimas. Algo en el estudio cambió de temperatura. Ese momento en Buga fue real, fue documentado, fue visto por miles de colombianos que lo grabaron sin que él lo supiera y ese vídeo circuló por las redes sociales y llegó a millones de personas que se preguntaron lo mismo.
¿Puede un hombre que busca el poder inventarse ese tipo de llanto? Hay quienes dijeron que sí, que todo en política es cálculo, que las lágrimas se producen cuando conviene. Pero hay otros, muchos de ellos colombianos mayores, que han visto suficiente dolor en su vida para reconocer cuando alguien llora de verdad, que dijeron algo diferente.
Ese hombre estaba sintiendo algo que no se fabrica. Mientras ese momento personal tocaba el corazón de muchos que lo vieron, de la Esprella también estaba respondiendo en ese programa las preguntas más duras sobre política, sobre seguridad, sobre justicia, sobre economía, sobre los temas que a los colombianos de a piel les quitan el sueño cada noche y que ningún gobierno ha podido resolver de manera definitiva.
Y en esas respuestas apareció una de las propuestas que más revuelo generó, no solo entre sus seguidores, sino también entre sus críticos, la idea de construir megacárceles en Colombia, seis o siete instalaciones de máxima seguridad ubicadas en los lugares más remotos del país, entregadas a la administración privada, donde los delincuentes más peligrosos cumplan sus condenas sin acceso a celulares, sin acceso a redes, sin posibilidad de seguir dirigiendo negocios criminales desde adentro como ocurre hoy en la mayoría de las cárceles
colombianas. El modelo que propone está inspirado en lo que hizo el presidente Nayib Bukele en El Salvador, un experimento que ha sido aplaudido por millones de centroamericanos que por fin pueden caminar por las calles sin miedo y que al mismo tiempo ha sido criticado duramente por organizaciones de derechos humanos que señalan las condiciones de los reclusos y la forma en que se llevaron a cabo las capturas masivas.
de la Espriella no esquivó esa tensión, la enfrentó directamente y dijo lo que piensa, que los derechos humanos no pueden ser el argumento para que un recluso tenga teléfono en la cárcel y desde ahí extorsione a la mamá de un trabajador honesto, que los derechos de los que trabajan y cumplen la ley tienen que estar por encima de los privilegios de los que delinquen.
Esa posición es polémica, genera debate, tiene sus defensores y sus críticos. Y en una democracia sana, eso es exactamente lo que debe pasar, que las propuestas se discutan, se evalúen y se mejoren. Pero lo que importa en esta historia no es si la propuesta es perfecta o imperfecta, sino el hecho de que hay alguien que está dispuesto a decirla en voz alta, con nombre y apellido, asumiendo las consecuencias de lo que propone y sin el lenguaje doble de los políticos que dicen una cosa en campaña y hacen otra en el gobierno.
Hubo otro momento en ese programa que quedó grabado en la memoria de quienes lo siguieron. Un momento que tuvo que ver con la fuerza pública, con los policías y los soldados que hoy trabajan en Colombia con el miedo de que si actúan para defender su vida o la vida de los demás, el gobierno los va a abandonar, los van a enredar en procesos judiciales y van a quedar solos frente a una justicia que parece haberse olvidado de que ellos también son seres humanos.
En uno de los momentos más emotivos de la entrevista, le mostraron a de la espriella un vídeo donde se veía a un ciudadano atacando a un miembro de la fuerza pública y la reacción que tuvo fue inmediata y sin filtros. Dijo que eso era inadmisible, que un país que permite que agredan a sus policías y soldados sin consecuencias reales es un país que le ha dicho a sus propias instituciones que no valen nada, que eso fractura la confianza de los ciudadanos en el estado y que en su gobierno eso se va a acabar.
Pero también dijo algo que no todos los candidatos que hablan de mano dura dicen, que la fuerza pública tiene que actuar siempre dentro de la Constitución y la ley, que hay obligaciones y hay derechos de ambos lados, que el respeto por los derechos humanos no es un obstáculo para hacer cumplir la ley, sino la condición que separa una democracia de una dictadura.
Esa combinación de dureza con principios, de exigencia con límites, es la que muchos colombianos llevan años esperando escuchar en lugar del discurso de los que solo hablan de derechos cuando conviene o de los que solo hablan de orden cuando conviene. Y mientras todo esto pasaba en ese estudio de radio, mientras de la exprya respondía preguntas, contaba historias, hacía reír a los periodistas y de vez en cuando los silenciaba con un argumento que no tenía respuesta fácil.
En el Palacio de Nariño, el presidente Gustavo Petros seguía en su propia batalla, una batalla muy diferente, mucho más difícil, mucho más solitaria de lo que parecía hace apenas unos meses. Petro llegó al poder en 2022 con una de las mayorías más grandes que ha logrado un candidato de izquierda en la historia de Colombia, con el respaldo de millones de personas que creyeron en su promesa de cambio, que pensaron que por fin llegaba alguien que iba a gobernar para los de abajo, que iba a poner a la justicia a trabajar para todos y no solo
para los poderosos, que iba a demostrar que la política honesta era posible en un país donde la corrupción parecía haberse convertido en el idioma oficial del Estado. Y lo que pasó después es una historia que ya empezamos a contar en otros vídeos de este canal, una historia de ministros presos, de asesoras con títulos universitarios que no eran válidos, de la gerente de la campaña presidencial imputada por la fiscalía, de un presidente que prometió respetar la independencia de la justicia y que cuando esa justicia se acercó a su
propio círculo, salió a atacarla, a señalar a la fiscal que él mismo había propuesto, a construir teorías de conspiración sin pruebas. para convencer al país de que lo que está pasando no es justicia, sino persecución política. La pregunta que muchos colombianos se hacen cuando comparan lo que está pasando en el gobierno con lo que están viendo en candidatos como de la Espria, es una pregunta sencilla pero muy poderosa.
¿Qué tan diferente puede ser alguien que viene de afuera del sistema de alguien que lleva toda la vida dentro de él? Y la respuesta honesta es que no se sabe todavía porque de la espriella no ha gobernado. Porque las promesas de campaña son una cosa y el ejercicio real del poder es otra muy diferente. Porque Colombia ha visto antes a candidatos que llegaron como outsiders y terminaron haciendo exactamente lo mismo que criticaban.
La historia política colombiana está llena de esos casos y sería ingenuo ignorarlos. Pero hay algo que esta semana quedó claro para millones de colombianos que siguieron esa entrevista. Algo que no depende de si uno va a votar por de la espriella o no. Algo que trasciende la política y tiene que ver con algo más básico.
¿Qué hay en este país? una sede enorme de autenticidad, una necesidad desesperada de escuchar a alguien que hable de verdad, que defienda sus ideas, aunque sean impopulares, que cuente su historia personal sin maquillajes, que llore cuando siente llorar y que ría, cuando siente reír, sin calcular en cada momento como lo van a ver en las noticias de la noche.
Esta sed, esa necesidad es la misma que llevó a millones de colombianos a votar por Gustavo Petro en 2022, creyendo que él era ese hombre diferente que el país estaba esperando. Y esa misma set es la que hoy, cuando el gobierno del Cambio enfrenta sus horas más difíciles, cuando los expedientes de la fiscalía siguen creciendo y los escándalos no dan tregua, está buscando una nueva respuesta, una nueva voz, un nuevo nombre al que aferrarse con la esperanza de que esta vez sí sea diferente.
Si Abelardo de la Espriella es esa respuesta, si puede convertir lo que mostró en ese programa en un proyecto de gobierno real y coherente, si puede mantener la autenticidad que demostró ese día cuando llegue la presión inevitable del poder. Eso es algo que solo el tiempo y las urnas van a poder revelar. Pero lo que ya nadie puede negar es que algo pasó esa mañana en ese estudio.
Algo que se sintió diferente a lo que Colombia ha visto en mucho tiempo, algo que tocó a muchos colombianos en un lugar donde los discursos normalmente no llegan. El lugar donde vive la esperanza que uno nunca termina de abandonar del todo por más decepciones que haya sufrido. En la segunda parte de esta historia vamos a entrar a fondo en lo que de la Espriella propone para la seguridad, para la salud y para la economía de Colombia.
Y vamos a comparar esas propuestas con la realidad que el gobierno de Petro ha dejado en cada uno de esos frentes para que cada colombiano pueda sacar sus propias conclusiones con la información completa sobre la mesa. Porque esta historia no es sobre un candidato ni sobre un presidente. Es sobre un país que lleva demasiado tiempo esperando que alguien cumpla lo que promete y que esta vez, como todas las veces anteriores, vuelve a preguntarse en silencio antes de dormir si de verdad va a llegar ese día.
Cuando un país lleva demasiado tiempo viviendo con miedo. Cuando la gente sale a trabajar por la mañana sin saber si va a volver a casa por la noche, cuando los comerciantes pagan vacunas para que no les quemen el negocio. Cuando los campesinos abandonan sus tierras porque un grupo armado llegó a decirles que tienen tres días para irse cuando las madres le enseñan a sus hijos desde pequeños a no hablar con extraños ni tomar bebidas en los bares, porque la escopolamina ya es un peligro cotidiano.
Cuando todo eso se vuelve normal, cuando la gente deja de indignarse porque se cansó de indignarse. Es en ese momento cuando el país está en el punto más peligroso de todos, el punto en que la resignación reemplaza a la esperanza y el miedo reemplaza a la libertad. Colombia lleva décadas viviendo cerca de ese punto, a veces más cerca, a veces más lejos, pero nunca del todo alejada de él.
Y uno de los temas que más dolió en esa entrevista larga y reveladora de Abelardo de la Espriella fue precisamente ese, la seguridad, el orden, la posibilidad de que un colombiano común pueda vivir sin miedo en su propio país, sin pagar vacuna, sin esquivar balas, sin ver como los delincuentes hacen lo que quieren mientras el Estado mira para otro lado.
Ese dolor no es abstracto. No es una estadística en un informe gubernamental, no es un número en una presentación de PowerPoint en un ministerio de Bogotá. Ese dolor tiene cara. Tiene nombre. Tiene la cara de la señora que perdió a su hijo en un atraco en el barrio. Tiene el nombre del tendero que cierra su negocio porque no puede seguir pagando la extorsión.
Tiene la voz del campesino que llora cuando cuenta como tuvo que dejar la parcela que su padre le dejó. Porque llegaron los armados y le dijeron que esa tierra ya no era suya. De la espriella habló de ese dolor con una claridad que no usa eufemismos ni adornos. con la directitud de alguien que ha visto el lado más oscuro de Colombia desde los tribunales, desde los expedientes, desde los testimonios de víctimas que llegaron a su oficina buscando justicia y que muchas veces se fueron con más preguntas que respuestas porque el sistema simplemente no estaba
diseñado para protegerlos. y su diagnóstico fue contundente. Colombia no tiene un problema de leyes, porque leyes hay muchas, bien escritas, bien redactadas, llenas de garantías y de principios que en el papel suenan perfectos. El problema de Colombia es que esas leyes no se aplican, que hay una distancia enorme entre lo que está escrito en los códigos y lo que pasa en la realidad de las calles, los barrios, los campos y los territorios donde la gente común vive y trabaja y sufre todos los días.
Esa frase, tan simple y tan devastadora, Colombia tiene mucho derecho y poca justicia. La dijo con la tranquilidad de quien lleva 22 años viendo exactamente eso. Y cayó en el estudio como una piedra en el agua, generando ondas que se extendieron por toda la conversación y que resonaron en los oídos de muchos colombianos mayores que la han vivido en carne propia sin haber encontrado nunca las palabras exactas para describirla.
Cuando le preguntaron qué iba a hacer con la seguridad en su gobierno, de la espriella no dio una respuesta vaga, ni prometió que todo iba a estar bien sin explicar cómo. No usó el lenguaje nebuloso de los políticos que hablan de estrategias integrales y enfoques diferenciales y articulación institucional, sin decir nada concreto que la gente pueda evaluar, entender o recordar.
dijo algo específico, algo que se puede imaginar, algo que tiene un peso visual poderoso, megacárceles, seis o siete instalaciones de máxima seguridad construidas en la mitad de la nada, en los lugares más remotos del territorio colombiano, entregadas a empresarios privados para su administración, donde los criminales más peligrosos del país van a cumplir sus condenas sin teléfono, sin internet, sin redes, sin la posibilidad de seguir dirigiendo bandas criminales, coordinando secuestros extorsionando ciudadanos desde adentro,
como ocurre hoy en las cárceles colombianas. Y cuando le preguntaron por los derechos humanos, por las críticas que ha recibido el modelo de Bukele en El Salvador, por las organizaciones internacionales que han señalado las condiciones de esas instalaciones, de la Esprella respondió con una pregunta que no tiene respuesta fácil.
¿Quién está violando los derechos humanos? El estado que encarcela a los criminales con condiciones básicas y les impide tener celular o el bandido que desde su celda llama para amenazar a la familia de un trabajador honesto y exigirle que pague o se muere. Esa pregunta abrió un debate que va más allá de la política colombiana.
Un debate que tiene que ver con cómo una sociedad democrática equilibra la seguridad de la mayoría con las garantías de los que han decidido vivir fuera de la ley. Y no hay una respuesta perfecta ni una fórmula mágica. Pero lo que sí hay en esa pregunta es una inversión de la lógica que ha dominado el discurso de seguridad en Colombia durante años.
Una lógica donde los derechos de los criminales parecían protegerse con más vigor que los derechos de sus víctimas. Pero de la espriella no solo habló de cárceles, habló también de la fuerza pública, de los policías y los soldados que hoy hacen su trabajo con las manos atadas. Con el miedo permanente de que si actúan para defender su vida o la de un ciudadano, el gobierno los va a abandonar, los medios los van a destruir y la justicia los va a perseguir mientras los criminales que atacaron quedan libres a los tres días.
Ese miedo que de la Esprilla describió con precisión quirúrgica es uno de los problemas más graves que tiene hoy la seguridad colombiana. Porque un policía que tiene miedo de actuar no es un policía, es un uniforme caminando por la calle esperando que no le pase nada. y un ejército que no puede cumplir su función constitucional porque el gobierno de turno le corta las alas en cada operación.
No es un ejército, es una burocracia armada que consume presupuestos sin dar resultados. En su gobierno, dijo de la espriella, eso se va a acabar. La fuerza pública va a tener respaldo total del Estado para hacer su trabajo. Va a tener mejores salarios, mejores condiciones de salud, mejores garantías para sus familias y va a tener la certeza de que cuando actúa dentro de la Constitución y la ley, el presidente va a estar detrás de ella, no en contra de ella, y que el que se atreva a levantarle la mano a un miembro de la fuerza pública va a saber lo duro
que puede caerle. el peso completo del Estado. Esa promesa resonó con fuerza entre los colombianos que han visto como durante el gobierno de Petro la relación entre el Estado y la fuerza pública se deterioró de maneras que pocos habrían imaginado antes de 2022 con ministros que parecían más preocupados por los derechos de los grupos armados ilegales que por las condiciones de los soldados que los enfrentaban con un discurso oficial que muchas veces sonaba más comprensivo con el narcoterrorismo que con las instituciones del Estado. Y ahí
es donde esta entrevista se conecta directamente con el momento político que vive Colombia, porque lo que de la Espriya estaba describiendo en ese estudio de radio no era solo un plan de gobierno abstracto, era el negativo fotográfico exacto de lo que Colombia ha vivido bajo el gobierno de Gustavo Petro.
Y esa comparación que muchos colombianos hicieron solos sin que nadie se la señalara fue una de las razones por las que la entrevista generó tanto impacto. Petro llegó al poder prometiendo la paz total, prometiendo que se podía negociar con todos los grupos armados al mismo tiempo, prometiendo que el diálogo era la única salida y que la guerra había demostrado ser un fracaso.
Esa promesa tenía una lógica, tenía un argumento y había colombianos, especialmente los que más habían sufrido la violencia directamente, que querían creerle aunque fuera un poco. Pero la paz total no llegó y lo que llegó, en cambio, fue una serie de ceses del fuego que los grupos armados usaron para reorganizarse, armarse mejor y extender su control territorial.
Fue una posición oficial que a veces parecía más defensiva que ofensiva. Fue un mensaje que los criminales leyeron como debilidad y que usaron para avanzar en los territorios donde el Estado había dejado de llegar. Fue, en resumen, el resultado que muchos temían y que los hechos terminaron confirmando que negociar sin fortaleza no es paz, es rendición con otro nombre.
de la Esprilla fue directo sobre ese punto también, sin rodeos y sin el lenguaje diplomático que los políticos usan para no molestar a nadie. La experiencia empírica de Colombia demuestra que los procesos de paz no han funcionado, que cada vez que Colombia desmovilizó un grupo armado, ese grupo se fracturó y se multiplicó, que hoy hay cinco versiones de las FART, donde antes había una, que el narcotráfico no se redujo, sino que se expandió, que los territorios que se prometió que iban a ser libres siguen bajo el control de los
mismos actores armados con diferentes nombres y diferentes siglas. Y su propuesta para ese problema fue clara también. El que no se someta a la justicia será dado de baja y el que se someta irá a una cárcel de verdad con respeto por sus derechos fundamentales, pero sin privilegios, sin teléfonos, sin la posibilidad de seguir operando desde adentro.
Porque la justicia en Colombia tiene que dejar de ser un proceso que los criminales aprenden a burlar y tiene que convertirse en una consecuencia real y efectiva de quien decide vivir fuera de la ley. Esa posición va a generar debate, va a tener defensores y críticos y ese debate es necesario y es sano en una democracia.
Pero lo que ya no admite discusión es que lo que Colombia ha hecho en los últimos años no ha dado los resultados que se prometieron y que seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes es una definición conocida que no lleva a ningún lado bueno. Pero la entrevista no fue solo de seguridad, porque los problemas de Colombia no se reducen a la violencia, aunque esta sea el más urgente y el más visible.
Y de la espriella habló también de temas que tocan la vida cotidiana de millones de colombianos que tal vez no tienen miedo a los grupos armados, pero si tienen miedo a enfermarse, a perder el trabajo, a no poder pagar la renta, a ver cómo sus ahorros de toda la vida se van desvaneciendo mientras el costo de la vida sube sin parar. El sistema de salud de Colombia, que durante años fue considerado uno de los mejores de América Latina y que lograba dar cobertura a millones de personas a un costo mucho más bajo que los sistemas de países desarrollados, está hoy en una
crisis que de la Espriella describió con números concretos y con imágenes que duelen. Gente muriendo en los bordillos de los hospitales porque no los operan. tratamientos negados, medicamentos sin entregar, médicos y enfermeras que llevan meses sin recibir su salario porque las EPS no tienen plata, hospitales que no pueden pagar sus deudas y que están al borde del colapso.
Esa crisis no es una invención de sus críticos ni una exageración de la oposición. Es una realidad que los colombianos ven todos los días en las salas de urgencias, en los centros de salud de los barrios populares, en los municipios pequeños donde el único médico disponible lleva semanas sin recibir su paga y donde los pacientes tienen que viajar horas para conseguir un medicamento que antes llegaba a su puerta.
Y es una realidad que tiene un origen claro. La reforma al sistema de salud que el gobierno de Petro intentó imponer generó una incertidumbre tan grande en el sector que terminó afectando a las mismas personas que decía querer proteger. Frente a esa crisis, de la Esprilla propuso algo que sonó a muchos colombianos como lo más sensato que han escuchado sobre el tema en mucho tiempo, estabilizar primero y reformar después, no al revés.
dijo que lo primero que necesita el sistema de salud colombiano no es una revolución ideológica, sino 10 billones de pesos para pagar las deudas acumuladas, para que los médicos reciban su salario, para que los hospitales puedan abrir sus puertas y atender a los pacientes que llevan esperando semanas o meses para que los tratamientos que están negados se autoricen y los medicamentos que están retenidos lleguen a quienes los necesitan.
10 billones de pesos es una cifra enorme. Y cuando los periodistas le preguntaron de dónde iba a sacar ese dinero, de la espriella no se escondió en una respuesta vaga, sino que mencionó tres opciones. El presupuesto general de la nación, recortes en gastos que no son prioritarios como ministerios que no sirven o embajadas que no hacen nada o emisión de bonos deuda.
Y fue claro en que en ese caso específico, cuando se trata de salvar vidas humanas, endeudarse es una obligación moral y constitucional que ningún gobierno serio puede evadir. Esa respuesta generó debate en el mismo estudio con periodistas que le señalaron que Colombia ya tiene una deuda alta y que seguir endeudándose tiene consecuencias macroeconómicas.
Y de la espriella le respondió con una pregunta simple que muchos colombianos se hicieron en silencio mientras escuchaban. Si su hijo está enfermo y necesita una operación urgente, usted se pone a calcular si puede endeudarse o llama al médico. Y hubo otro tema económico que generó tanto interés como polémica, su propuesta sobre el salario mínimo.
De la Esprilla dijo algo que en el panorama político colombiano suena diferente a lo que normalmente se escucha. propuso que el aumento del salario mínimo deje de ser una decisión del gobierno y pase a ser una decisión técnica dirigida por la junta directiva del Banco de la República para que ese aumento esté conectado con la realidad económica del país y no con las necesidades electorales de quién esté en el poder.
Esa propuesta tiene defensores que dicen que quitarle al gobierno la decisión sobre el salario evita que los presidentes suban los sueldos cuando conviene políticamente, aunque eso genere inflación. y tiene críticos que señalan que la Constitución no le da esa función al Banco de la República y que los trabajadores necesitan tener voz en esa negociación.
Y de la Espriella fue claro en que esa es una propuesta que requeriría una reforma y que los trabajadores y los sindicatos seguirían participando en el proceso, pero con la junta del banco como árbitro técnico que garantice que el número final tenga sentido económico. Lo importante no es si esa propuesta específica es la solución perfecta, porque en economía las soluciones perfectas no existen y cada medida tiene sus ventajas y sus costos.
Lo importante es que hay alguien que está pensando en los problemas económicos del país con una lógica diferente a la del populismo de prometer sueldos altísimos sin explicar de dónde sale el dinero. Y eso en el contexto del gobierno de Petro, que prometió reformas económicas y terminó generando una crisis de confianza que afectó la inversión, el empleo y el crecimiento del país.
No es un detalle menor. Mientras de la esprya hablaba de todo esto en ese estudio, mientras proponía, debatía, respondía y a veces desafiaba a los periodistas que intentaban acorralarlo con preguntas difíciles. En el Palacio de Nariño el ambiente era muy diferente, pesado, tenso, con un presidente que ya no tiene la energía ni la credibilidad de los primeros meses de su gobierno y que enfrenta una tormenta que el mismo contribuyó a crear.
El presidente Petro llegó al poder con una promesa que emocionó a millones, la promesa del cambio. La promesa de que Colombia iba a dejar de ser un país donde los ricos mandan y los pobres obedecen, donde la justicia es para los de arriba y el abandono es para los de abajo, donde las oportunidades se reparten según el apellido y no según el mérito.
Esa promesa era hermosa, era poderosa, era exactamente lo que Colombia necesitaba escuchar después de décadas de gobiernos que llegaron prometiéndolo mismo y entregáron lo de siempre. Pero gobernar resultó diferente a prometer y la distancia entre el discurso y los hechos fue creciendo semana a semana, mes a mes, hasta convertirse en un abismo que hoy es difícil de ignorar.
Los exministros Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco, hombres de confianza del presidente, están presos desde diciembre de 2025, enviados a la cárcel por el Tribunal Superior de Bogotá por delitos relacionados con el desvío de recursos de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, la entidad que debía atender a los colombianos en momentos de desastre natural y que, en cambio fue usada, según los jueces, para otros propósitos.
Y esa imagen, la de dos exministros del gobierno del cambio detrás de las rejas, contrasta de una manera que duele con el discurso de transparencia y lucha contra la corrupción, que fue uno de los pilares más importantes de la campaña de Petro en 2022. Contrasta con los discursos en las plazas donde el presidente prometió que en su gobierno la plata del Estado iba a llegar a los pobres y no a los bolsillos de los corruptos.
Contrasta con la imagen que millones de colombianos creyeron cuando pusieron su voto en esa urna pensando que esta vez sí iba a ser diferente. No es que Petro sea personalmente responsable de todo lo que hicieron sus ministros, porque en un gobierno de miles de funcionarios el presidente no puede controlar cada decisión de cada persona, pero sí es responsable de haberlos elegido, de haberles dado su confianza, de haberlos mantenido en sus cargos cuando las señales de alerta ya eran visibles.
y sobre todo es responsable de la forma en que reaccionó cuando la justicia empezó a tocar a su círculo, atacando a la fiscalía, sembrando dudas sobre la fiscal que él mismo propuso y construyendo narrativas de conspiración que no resistían el peso de los hechos. Esa comparación entre lo que prometió Petro y lo que entregó su gobierno es el telón de fondo sobre el que se proyecta la figura de Deyaella con tanta fuerza en este momento, porque la gente no evalúa a un candidato en el vacío, sino siempre en comparación con lo que ya
vivió. con lo que ya probó, con lo que ya le prometieron y no le cumplieron. Y lo que Colombia vivió en los últimos años fue precisamente eso, un gobierno que llegó prometiendo ser diferente y que terminó repitiendo muchos de los mismos errores de los gobiernos que criticó. Un gobierno que habló de transparencia y acumuló escándalos, que habló de independencia judicial y atacó a la fiscalía, que habló de los más pobres y gobernó con un nivel de caos institucional que afectó exactamente a los más pobres, que son los que más
dependen de que el Estado funcione bien. Esa realidad es la que hace que la entrevista de de la Espriella haya resonado tan fuerte, no porque él sea perfecto ni porque sus propuestas no tengan puntos débiles que merezcan discusión, sino porque en este momento específico de la historia colombiana, cuando la decepción con el gobierno es tan grande y la necesidad de encontrar una alternativa creíble es tan urgente, cualquier voz que suene auténtica, que proponga cosas concretas y que tenga el valor de decirlas sin filtros, tiene una
ventaja enorme sobre el silencio y la confusión que rodea al poder hacia el final de esa larga entrevista, cuando ya habían pasado horas y el tema pasó de la seguridad a la economía y de ahí a la política internacional, de la esprilla dijo algo sobre Colombia que muchos de los que lo escuchaban sintieron como un golpe directo al corazón, no de tristeza, sino de algo diferente, de ese orgullo mezclado con nostalgia que uno siente cuando alguien le recuerda lo hermoso que es su país y lo lejos.
¿Qué está de ser lo que podría ser? dijo que Colombia tiene todo para ser una nación milagro, que tiene dos mares, que tiene selva y desierto y picos nevados, que tiene ríos que no se acaban y tierras que producen de todo, que tiene la mejor gente, gente trabajadora y apasionada y llena de talento, que solo necesita que el estado se quite del camino y deje de ser un obstáculo para convertirse en un trampolín y que él cree que ese milagro es posible, que no es una fantasía ni un sueño de campaña, que es una realidad que está esperando
el liderazgo correcto para manifestarse. Esas palabras dichas con la emoción contenida de alguien que de verdad cree en lo que dice. llegaron a muchos colombianos mayores, de una manera que pocas cosas llegan a esa edad, como un recordatorio de que la esperanza no tiene fecha de vencimiento, de que nunca es demasiado tarde para que un país encuentre el camino, de que Colombia, a pesar de todo lo que ha sufrido, a pesar de todas las guerras y las traiciones y las promesas rotas, sigue siendo un lugar que vale la pena defender y que
vale la pena construir. En la tercera y última parte de esta historia vamos a ver lo que todo esto significa para Colombia de aquí a las elecciones. ¿Qué puede pasar con las investigaciones de la fiscalía y con el legado del gobierno de Petro? ¿Qué tan real es la opción de la espriella? ¿Y cuáles son los retos que tendría que superar para convertir ese momento televisivo en una victoria electoral? Y sobre todo, vamos a dejarle a Colombia una pregunta que ningún político puede responder por nosotros. Una pregunta que
solo cada colombiano puede responder desde adentro. Desde ese lugar silencioso donde uno decide en qué tipo de país quiere vivir y qué está dispuesto a hacer para conseguirlo. Colombia tiene una costumbre muy antigua, una costumbre que viene de siglos de historia, de generaciones que vivieron bajo el poder de unos pocos y que aprendieron a aguantar, a esperar y a sobrevivir con lo que el sistema dejaba caer.
Y esa costumbre es la de esperar que las cosas cambien solas, que el tiempo arregle lo que los hombres no pudieron arreglar, que llegue un día en que sin necesidad de grandes decisiones ni grandes sacrificios, el país simplemente despierte, convertido en algo mejor de lo que fue el día anterior. Y esa espera, esa paciencia que a veces es virtud y a veces es resignación, es la que hoy, en este momento específico de la historia colombiana está siendo puesta a prueba como pocas veces en las últimas décadas.
Porque Colombia no puede esperar más. Porque los problemas que tiene no se van a resolver solos. Porque la inseguridad no va a desaparecer. Porque sí, porque la corrupción no se va a curar con el tiempo. Porque la crisis de la salud no se va a sanar mientras nadie tome decisiones difíciles.
Y porque el país que heredará la próxima generación de colombianos depende directamente de lo que esta generación decida hacer con las oportunidades que todavía tiene frente a sus ojos. Esa es la verdad que esta historia ha estado contando desde el principio. La verdad que emergió con tanta fuerza en esa entrevista de Abelardo de la Espriella y que resonó en millones de hogares colombianos donde la gente mayor se sentó frente a la pantalla.
Escuchó y sintió algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. La sensación de que alguien al fin estaba diciendo lo que ellos pensaban, pero no tenían ni el poder ni el espacio para decir en voz alta. Para entender el peso de ese momento, hay que entender primero qué tan profundo es el desencanto que vive Colombia con su clase política y cuánto de ese desencanto tiene que ver directamente con lo que pasó en los últimos años bajo el gobierno de Gustavo Petro.
Petro llegó al poder en agosto de 2022 con algo que pocos presidentes colombianos habían tenido antes, una legitimidad emocional enorme, el respaldo de millones de personas que no solo votaron por él, sino que creyeron en él, que pusieron en su gobierno esperanzas acumuladas durante décadas, esperanzas de justicia, de igualdad, de un estado que por fin trabajara para los que siempre habían quedado por fuera del reparto, para los campesinos sin tierra, para los jóvenes sin empleo, para las familias que necesitaban una clínica que
funcionara y una escuela que enseñara de verdad. Esa legitimidad era un capital político enorme y ese capital se fue gastando poco a poco, primero lentamente y luego con una velocidad que dejó a muchos sin palabras. hasta que en 2025 y en lo que va de 2026, lo que quedó de ese capital es tan poco que el propio gobierno parece ya no saber muy bien en qué gastarlo.
Los números hablan solos y los números de la corrupción en el gobierno del cambio son una historia que ningún colombiano debería olvidar cuando llegue el momento de decidir, no para odiar a nadie ni para gozarse del fracaso ajeno, sino para aprender la lección que la historia siempre intenta enseñar y que siempre cuesta tan cara cuando se ignora.
El exministro de Hacienda, Ricardo Bonilla, y el exministro del Interior, Luis Fernando Velasco, dos de los hombres más cercanos a Petro durante su gobierno, están hoy en la cárcel, enviados allí por el Tribunal Superior de Bogotá a finales de 2025, acusados de haber liderado una organización criminal que desvió más de 612,000 millones de pesos de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo para pagar sobornos a congresistas a cambio de apoyo legislativo, es decir, para comprar con la plata de colombianos más vulnerables los votos que le faltaban al gobierno para aprobar
sus reformas en el Congreso. Ese solo hecho, la imagen de dos exministros del gobierno del cambio detrás de las rejas por corrupción sería suficiente para escribir un capítulo entero de la historia de las promesas rotas en Colombia, pero no es el único capítulo, porque la lista sigue y cada nombre que aparece en ella es un pedazo más del proyecto político que prometió ser diferente y terminó siendo devastadoramente igual.
El exdirector del Departamento Nacional de Planeación, Jorge Eduardo Londoño, tiene circular roja de la Interpol porque escapó de la justicia colombiana y se fue a vivir a Nicaragua, donde fue visto en fiestas y actos oficiales, mientras en Colombia la justicia lo buscaba por los mismos delitos del caso Ungr, una imagen que golpeó la credibilidad del gobierno de una manera que ningún discurso pudo reparar después.
La campaña presidencial de Gustavo Petro en 2022 fue sancionada por el Consejo Nacional Electoral con una multa de más de 6000 millones de pesos, porque superó los topes legales de financiación en más de 5100 millones de pesos con pagos no reportados, aportes ilegales de sindicatos y gastos que nunca aparecieron en los informes oficiales y uno de sus representantes fue referido a la fiscalía por fraude procesal en medio de esa investigación.
Y luego está Nicolás Petro, el hijo del presidente, el exdiputado del Atlántico, que en 2023 fue capturado y procesado por financiación irregular de la campaña presidencial de su padre, con testimonios que revelaron recepción de dineros de dudosa procedencia y que en 2025 acumuló nuevas acusaciones por celebración indebida de contratos, peculado y tráfico de influencias.
Una historia que añadió una dimensión personal al escándalo institucional y que puso a muchos colombianos frente a una pregunta que no quisieron hacerse, pero que no pudieron evitar. Si el hijo del presidente que prometió acabar con la corrupción está siendo investigado por corrupción, ¿qué clase de cambio fue este? Y sobre todo ese panorama, sobre todos esos expedientes y todas esas noticias que llegaron semana tras semana como golpes que el gobierno nunca pudo amortiguar del todo.
Petro eligió una estrategia que, en lugar de calmar los ánimos, los exacerbó aún más. Atacar a la fiscalía, señalar a la fiscal Luz Adriana Camargo, que él mismo propuso para el cargo construir narrativas de persecución política para convencer al país de que todo lo que la justicia hacía contra su círculo era parte de un complot.
orquestado desde los mismos poderes que él prometió combatir. Esa estrategia tuvo un resultado predecible. En lugar de convencer a los indecisos, convenció a los que ya creían y terminó de perder a los que todavía dudaban. Porque los colombianos que han vivido suficiente saben distinguir entre un presidente que defiende a su equipo con argumentos y pruebas, y un presidente que ataca a la justicia porque la justicia está llegando demasiado cerca de su propia casa.
El gobierno del cambio acumuló en sus 4 años un número de cambios ministeriales sin precedentes en la historia reciente de Colombia, con carteras que tuvieron tres, cuatro y hasta cinco titulares distintos en un solo periodo. Y ese dato por sí solo dice algo sobre la inestabilidad, la improvisación y la dificultad de gobernar que marcaron este periodo.
Y esa rotación permanente es el retrato más fiel de lo que fue este gobierno. un experimento lleno de buenas intenciones que no pudo traducir esas intenciones en resultados concretos para la gente de a pie. Es en ese contexto, sobre ese telón de fondo oscuro y pesado, donde hay que entender por qu la figura de Abelardo de la Espriella ha crecido tan rápido y tan fuerte en el panorama político colombiano.
¿Y por qué esa entrevista que dio esta semana generó tanto impacto en un país que lleva meses buscando con desesperación algo en que creer? En diciembre de 2025, de la Espriella entregó ante la Registraduría Nacional 4,7 millones de firmas ciudadanas para inscribir su candidatura presidencial por el Movimiento Defensores de la Patria, en un acto lleno de color, música y emoción que se convirtió en un espectáculo político que nadie en Colombia había visto antes.
Porque 4,7 millones de firmas no son un número cualquiera. son el equivalente a decenas de pueblos enteros que dijeron su nombre en un papel, que pusieron su huella, que se comprometieron con algo en un momento en que comprometerse con algo en la política colombiana requiere una buena dosis de esperanza que la vida no siempre deja intacta.
Ese número habla de algo que las encuestas no siempre capturan bien, la temperatura emocional de un país, la energía de la gente que no aparece en los sondeos porque no tiene teléfono fijo ni vive en los municipios que las firmas de encuestas seleccionan para sus muestras la gente del campo, de los barrios populares, de los pueblos pequeños de la costa y del interior donde la política suele llegar solo en forma de promesas que nunca se cumplen y donde cualquier voz que suene diferente genera una esperanza que es al mismo tiempo poderosa y frágil.
Las encuestas formales cuentan una historia diferente, más compleja, que también hay que mirar con honestidad, porque un análisis completo de este momento político colombiano no puede ignorar los números, ni puede dejarse llevar solo por el calor de los auditorios y las redes sociales. A finales de 2025, el senador Iván Cepeda del Pacto Histórico, la coalición del presidente Petro lideraba la intención de voto con un 30,7% según la encuesta de la firma W.
registrada ante el Consejo Nacional Electoral, mientras Deya aparecía en segundo lugar con un 16,2%. Y en los escenarios de segunda vuelta, la misma encuesta mostraba a Cepeda derrotando a de la Espriella por 42,1% contra 29%. Otra medición de Imbamer para Caracol Noticias y Blue Radio confirmaba una tendencia similar.
Cepeda encabezando con 31,9% y de la espriella en segundo lugar, seguido por Sergio Fajardo en tercer lugar con el voto en blanco en algunos sondeos superando a varios candidatos individuales. Lo que revela algo que no se puede ignorar, que una parte importante de los colombianos todavía no encuentra en ningún candidato disponible la respuesta que está buscando.
Esos números son una realidad que de la espriella no puede ni debe ignorar, porque el camino entre ser el candidato más comentado en las redes sociales y el demás firmas entregadas a la registraduría hasta llegar a la Casa de Nariño es largo. Está lleno de obstáculos y requiere mucho más que autenticidad y buenas intenciones.
Requiere estructura política, capacidad de llegar a territorios donde aún no llega, alianzas que no comprometan los principios, pero que sumen votos reales en las urnas. Y sobre todo requiere convencer no solo a los que ya creen en él, sino a los millones de colombianos que todavía no han decidido a quién darle su confianza.
Pero las encuestas de diciembre no son las encuestas de mayo. Y en política colombiana la historia ha demostrado muchas veces que los números de 6 meses antes de la primera vuelta no siempre predicen el resultado del día de las elecciones. Porque entre los sondeos de diciembre y las urnas de mayo hay debates, hay eventos imprevistos, hay escándalos que aparecen o que se resuelven, hay momentos de campaña que mueven a miles de personas en una dirección o en otra y hay ese factor impredecible que los politólogos llaman la decisión
de último momento, ese momento en que el votante entra al cubículo, tiene el tarjetón en la mano y decide, no con la cabeza, sino con algo más profundo, con esa mezcla de razón y emoción que es el corazón de la democracia. Y ahí, en ese cubículo, en ese momento de silencio donde nadie puede decirle al colombiano qué hacer, es donde la historia que Abelardo de la Espriella está contando sobre sí mismo, sobre su origen, sobre su vida de trabajo, sobre sus creencias, sobre su conversión, sobre sus propuestas y sobre el país que
quiere construir, tiene que resonar con suficiente fuerza para superar cuatro décadas de promesas rotas y convencer a alguien que ya no cree en nadie de que esta vez vale la pena intentarlo. Esa no es una tarea pequeña, es tal vez la tarea más difícil que existe en la política colombiana de hoy. Y si de la espriella logra completarla o no, es algo que solo los próximos meses van a revelar.
Lo que sí se puede decir hoy con certeza y con evidencia es que el panorama político que enfrenta Colombia de cara a las elecciones del 31 de mayo de 2026 es uno de los más abiertos e imprevisibles de los últimos tiempos. Un panorama donde la izquierda tiene un candidato sólido, pero carga con el peso del gobierno de Petro, donde el centro tiene nombres, pero no tiene una figura que logre concentrar el voto, donde la derecha tiene energía, pero está fragmentada y donde un outsider como de la Sprya tiene la oportunidad, pero
también tiene los obstáculos de quien llega sin la estructura que la política colombiana normalmente exige. La primera vuelta presidencial está fijada para el 31 de mayo de 2026 y la eventual segunda vuelta para el 21 de junio. Fechas que en este momento parecen lejanas, pero que en el calendario político son un horizonte muy próximo.
Porque entre hoy y ese domingo de mayo no queda tiempo para equivocaciones ni para perderse en debates secundarios. Solo queda tiempo para que los candidatos demuestren si son lo que dicen ser y para que los colombianos decidan si les creen o no. Y en ese escenario, la semana que pasó, la semana de esa entrevista larga y reveladora que de la Espriella dio en ese programa de radio y televisión fue una semana que importa no solo como evento noticioso, sino como momento político real, como uno de esos instantes donde algo cambia en la percepción colectiva, aunque sea difícil
medir exactamente cuánto y en qué dirección, porque lo que Colombia vio esa mañana no fue solo a un candidato presentando su programa de gobierno, fue a un hombre que lleva toda la vida constru construyendo algo propio desde abajo con sus manos, sin la ayuda de los apellidos ni de las redes del poder.
Un hombre que ha cometido errores como todos los seres humanos, que tiene puntos débiles en sus propuestas como todos los candidatos, que tiene un pasado que sus adversarios van a seguir usando para atacarlo, porque en política siempre se úlo que se puede usar, pero que a pesar de todo eso llegó a ese micrófono y habló con una voz que suena diferente a todo lo que Colombia ha escuchado en mucho tiempo.
Esa diferencia no garantiza nada. No es una prueba de que vaya a ser un buen presidente ni de que sus propuestas vayan a funcionar, pero sí es la prueba de algo más básico y más importante en este momento, la prueba de que todavía es posible en Colombia que alguien llegue a la política sin haberse vendido antes de llegar y que todavía hay colombianos, millones de colombianos, que están dispuestos a escuchar a ese alguien con los oídos y el corazón abiertos.
Hay una imagen que de la espriella dejó en el aire durante esa entrevista. Una imagen que no fue parte de ninguna propuesta formal, sino de esa conversación más libre que a veces surge cuando el tiempo se extiende y los guiones se quedan cortos. Una imagen que tiene que ver con lo que él cree que Colombia puede ser si se toman las decisiones correctas en el momento correcto.
Dijo que Colombia es como una hacienda que tiene todo para ser la más productiva del continente, que tiene la tierra, que tiene el agua, que tiene el clima, que tiene la gente, pero que el dueño la tiene abandonada. Que los potreros están llenos de maleza porque nadie los cuida, que los animales están flacos porque nadie los alimenta bien, que las cercas están caídas porque nadie las ha reparado.
Y que lo que necesita esa hacienda no es un nuevo dueño que llegue a cambiar todo de un día para otro, sino un administrador honesto que conozca la Tierra, que sepa cuáles potreros hay que limpiar primero, cuáles cercas hay que levantar con más urgencia, cuáles animales hay que proteger y cuáles prácticas hay que abandonar porque nunca sirvieron.
Esa metáfora tan colombiana, tan cercana al lenguaje de la gente mayor que creció en el campo o que viene de familias que conocen el trabajo de la Tierra, llegó a mucha gente de una manera que un discurso técnico nunca hubiera podido llegar, porque hay verdades que se entienden mejor cuando alguien las dice con palabras que uno reconoce, con imágenes que uno ha visto en su propia vida, con un lenguaje que no necesita traducción porque viene del mismo lugar de donde uno viene.
Y ese es el resumen más honesto de lo que pasó esta semana y de lo que significa para Colombia en este momento, que hay un hombre que está intentando hablar el idioma de la gente, que viene de la misma tierra que la gente, que no llegó en avión privado, ni fue a los mismos colegios de siempre, ni debe favores a los de siempre, y que en una entrevista larga y sin filtros mostró lo mejor y lo más auténtico de lo que es, con sus fortalezas y sus debilidades, con sus propuestas ambiciosas y sus respuestas incómodas, con su historia personal, que tiene
momentos de dolor real y de búsqueda genuina. y con ese desafío enorme que es convencer a un país que ha sido engañado tantas veces de que vale la pena volver a creer. Al mismo tiempo, del otro lado del escenario, el presidente Gustavo Petro termina su mandato rodeado de sombras que el mismo no pudo evitar, aunque en muchas de ella, su círculo más cercano tuvo responsabilidad directa con el legado de un gobierno que quiso cambiar demasiadas cosas al mismo tiempo y que en ese intento perdió el control de muchas de ellas, con una promesa de
transparencia que los expedientes judiciales fueron desarmando pieza por pieza y con la pregunta difícil de si el cambio que Colombia necesitaba aba era ese o era algo diferente, algo más construido, más paciente, más conectado con la realidad concreta de los colombianos que madrugan a trabajar todos los días sin tiempo ni energía para teorías políticas ni para debates ideológicos.
Para los colombianos mayores que vieron esa entrevista, para los que apagaron el televisor de rabia durante meses cada vez que llegaban las noticias, para los que le pidieron a Dios en silencio que por favor les enviara a alguien honesto antes de que se les acabara él. Tiempo para verlo.
Para los que tienen la memoria llena de promesas que se convirtieron en decepciones y de esperanzas que se convirtieron en cicatrices, lo que pasó esta semana fue algo pequeño, pero significativo. Fue una mañana en que alguien habló sin fingir, en que las palabras parecieron venir de adentro y no de un libreto, en que el dolor fue dolor de verdad y la propuesta fue propuesta de verdad y la rabia fue rabia de verdad.
Y eso en un país que lleva décadas viendo actores disfrazados de líderes no es poca cosa. No significa que la historia ya esté escrita, porque en Colombia la historia nunca está escrita hasta el último momento y a veces ni siquiera entonces. Pero sí significa que hay algo nuevo en el aire, algo que no estaba hace un año, algo que las encuestas apenas están empezando a medir, pero que la gente ya está sintiendo en las conversaciones del desayuno, en las reuniones de las plazas de mercado, en los grupos de WhatsApp donde los abuelos comparten los vídeos y
los nietos se sorprenden de que sus abuelos estén hablando de política con algo diferente en los ojos. Las elecciones del 31 de mayo de 2026 no son solo una votación, son una pregunta que Colombia se hace a sí misma, la pregunta más importante que puede hacerse una democracia. ¿En qué manos queremos poner el futuro de nuestros hijos? Y esa pregunta no la responde ningún candidato, no la responde ningún periodista, no la responde ningún analista político, la responde cada colombiano que entra a ese cubículo con
su tarjetón en la mano y que en ese momento de silencio decide con todo lo que es y con todo lo que ha vivido. de la Espriella va ese 31 de mayo con 4,7 millones de firmas que le dicen que hay un país que lo está escuchando con una entrevista que le ganó simpatías en territorios donde antes era desconocido, con propuestas que generan debate, pero que tienen la virtud de existir y de poder discutirse y con esa autenticidad que es su arma más poderosa y al mismo tiempo su mayor riesgo.
Porque la autenticidad en política es maravillosa cuando construye confianza, pero es también el blanco más fácil de atacar cuando los adversarios encuentran la grieta donde golpear. Y Gustavo Petro va a ese 31 de mayo no como candidato, sino como el presidente saliente cuyo legado va a pesar sobre cada voto que se deposite ese día.
como el hombre que llegó prometiendo el cambio más grande de la historia colombiana reciente y que entregará el poder, con dos exministros en la cárcel, con su hijo investigado por corrupción, con la campaña sancionada por el organismo electoral y con una crisis de salud que afectó a los más pobres que prometió proteger y ese legado pesado y contradictorio y lleno de claroscuros también va a estar presente en ese cubículo, aunque su nombre no aparezca en el tarjetón.
Esta historia no termina aquí. Porque las historias de los países no terminan nunca mientras haya gente que las habite y las sueñe. Y la historia de Colombia en este momento está en uno de esos puntos de inflexión donde lo que pase en los próximos meses va a definir el rumbo de los próximos años y lo que pase en los próximos años va a definir el tipo de país que van a heredar los hijos y los nietos de los colombianos que hoy están mirando las noticias con esa mezcla de cansancio y esperanza.
¿Qué es el estado de ánimo permanente de quien ama a su país, aunque el país muchas veces los haya decepcionado? Lo que está en juego no es solo quien va a sentarse en la silla de Nariño el 7 de agosto de 2026. Lo que está en juego es si Colombia va a ser capaz de aprender de lo que vivió en los últimos 4 años, de extraer experiencia dolorosa las lecciones que necesita para no repetirla, de exigirle a quien llegue al poder la coherencia que el poder exige y la honestidad que el pueblo merece.
y de construir poco a poco, con paciencia y con trabajo y con esa terquedad esperanzadora que caracteriza al colombiano de a pie, el país que todos saben que puede ser, pero que todavía está esperando que alguien lo ayude a serlo. Abelardo de la Espriella presentó esta semana su candidatura ante el país, no con un discurso, sino con una conversación, no con promesas vacías, sino con palabras que en algunos momentos sonaron a promesa y en otros sonaron a desafío y en otros sonaron simplemente a verdad. Y Colombia lo
escuchó con esa atención especial que se le presta a alguien cuando uno siente que tal vez, solo tal vez, esta vez puede ser diferente. Si lo es, si de la espriella resulta ser el hombre que esa entrevista mostró y si puede mantener esa persona bajo la presión inmensa del poder, Colombia habrá encontrado algo que busca desde hace décadas y ese hallazgo tendrá el valor de todas las esperas y todos los dolores que costó llegar a él.

Y si no lo es, Colombia seguirá buscando como siempre ha buscado, con la paciencia infinita de quien sabe que su tierra vale la pena y que su gente merece lo mejor, aunque todavía no haya llegado el día en que todo eso se haga realidad. Pero esa pregunta, la pregunta más importante de todas, no la pueden responder los medios, ni los analistas ni los candidatos.
Esa pregunta solo la puede responder usted y Colombia entera está esperando su respuesta. ¿Cree usted que Colombia está lista para elegir a alguien que venga de verdad de afuera del sistema? ¿O el sistema siempre termina tragándose a los que intentan cambiarlo desde adentro? Hasta la próxima. M.