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EL RITUAL DEL DOMINGO Y EL DARDO ENVENENADO

PARTE 1: EL RITUAL DEL DOMINGO Y EL DARDO ENVENENADO

El salón de Concha olía a una mezcla letal de ambientador de pino y cocido madrileño.

Era ese aroma que se te pega a las fosas nasales y te acompaña hasta el miércoles siguiente.

Berta movía el tenedor con una parsimonia casi arquitectónica, midiendo cada grano de arroz.

Paco, por su parte, sudaba la gota gorda.

No era solo el calor de un agosto madrileño que derretía el asfalto de la calle Goya.

Era el sudor del hombre que sabe que el silencio de su madre es el preludio de una catástrofe nacional.

Concha, sentada en la cabecera como una reina viuda en su pequeño trono de escay, observaba a su nuera.

La miraba de esa forma que tienen las suegras de mirar: como si estuvieran escaneando un código de barras en busca de fallos de fabricación.

Berta intentaba mantener la mirada en el plato, pero la presión atmosférica en el comedor estaba subiendo por momentos.

—Qué rico te ha salido hoy el garbanzo, mamá —dijo Paco, intentando desesperadamente desactivar la bomba.

Concha ni siquiera pestañeó.

—Claro, hijo, disfrútalo, que a saber cuándo volverás a probar comida de verdad —respondió ella con un suspiro que pareció arrancar los cimientos del edificio.

Berta apretó los dientes de tal manera que Paco temió por el esmalte de sus molares.

—Bueno, Concha, que en las Maldivas también se come, ¿sabes? —soltó Berta con una sonrisa que era más bien una declaración de guerra.

La palabra prohibida ya estaba sobre la mesa: Maldivas.

El viaje soñado.

Diez días de aguas cristalinas, palmeras, arena blanca y, sobre todo, cero visitas familiares.

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