Escribió “El Rey”, pero agonizó en la miseria absoluta, devorado por el alcohol. Sin embargo, el mayor giro de guion estalló tras su muerte: un testamento secreto dejó en la calle a sus hijos para entregarle toda su millonaria fortuna a la única mujer que lo había abandonado.
José Alfredo Jiménez: Escribió “El Rey”… Pero Murió Como Mendigo Por Esta Mujer
se toma un lago porque después yo no veo nada de malo. Yo se fue haciendo canción de ese tipo. El 23 de noviembre de 1973, en una clínica al sur de la Ciudad de México, el hombre que escribió el rey estaba muriendo. José Alfredo Jiménez tenía 47 años. Su cuerpo estaba destrozado por la cirrosis. Las várices en su esófago se reventaban constantemente, provocándole hemorragias. internas.
No podía moverse de la cama. El dolor era insoportable y mientras agonizaba, solo una persona estaba a su lado, Alicia Juárez, su tercera esposa, la mujer con quien se había casado en California en 1966. Pero ese matrimonio nunca fue legal, porque José Alfredo Jiménez nunca se divorció de su primera esposa, nunca dejó de estar casado con Paloma Gálvez, la mujer a quien le escribió Paloma querida.
Ella, qué bonito amor, la mujer que lo abandonó en 1960 porque ya no soportaba su alcoholismo y que 13 años después, cuando José Alfredo estaba muriendo, escuchaba sus canciones todos los días en su casa, recordando al hombre que la había amado toda su vida, pero que había destruido todo con el alcohol.
Esta es la historia del compositor más grande de México, el hombre que escribió más de 300 canciones que todo el mundo canta. El hombre que compuso el rey, pero que murió como mendigo. El hombre que pasó su vida entera buscando el amor de Paloma Gálvez y cuando finalmente lo perdió, se ahogó en alcohol hasta morir.
Y la historia de cómo esa misma mujer que lo abandonó heredó su fortuna completa mientras sus otros hijos no recibieron nada. Si te gusta este contenido de historias verdaderas de personajes que marcaron la música mexicana, me ayudarías mucho con una suscripción y un me gusta. Ahora sí, vamos con esta historia.
José Alfredo Jiménez Sandoval nació el 19 de enero de 1926 en Dolores, Hidalgo, Guanajuato. Un pueblo pequeño, colonial, tradicional en el corazón de México. Un pueblo famoso por haber sido el lugar donde Miguel Hidalgo dio el grito de independencia en 1810. Un pueblo de calles empedradas, iglesias antiguas, plazas tranquilas.
Un pueblo donde todos se conocían. Era hijo de Agustín Jiménez Tristán, un hombre respetado en el pueblo, dueño de la única farmacia del lugar llamada San Vicente y de Carmen Sandoval Rocha, ama de casa dedicada a sus hijos. José Alfredo tenía tres hermanos mayores. Concepción, la única mujer, quien cuidaba de sus hermanos menores.
Víctor, el segundo hijo, serio y responsable, e Ignacio, el tercero, más cercano a José Alfredo en edad. Y José Alfredo era el menor de los cuatro, el bebé de la familia, el consentido. La familia Jiménez vivía bien para los estándares de un pueblo mexicano en los años 30. No eran ricos como los hacendados o los comerciantes grandes, pero tampoco eran pobres como los campesinos o los jornaleros.
Eran clase media. Agustín ganaba suficiente dinero con la farmacia para mantener a sus cuatro hijos en la escuela, darles ropa limpia, comida todos los días, un techo seguro. Los niños iban a la escuela primaria del pueblo, jugaban en la plaza, iban a misa los domingos. Era una vida tranquila, predecible, segura en un pueblo tranquilo.
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José Alfredo era un niño normal, no era particularmente brillante en la escuela, no era el más travieso, no destacaba en nada, era solo un niño más del pueblo. Pero había algo que le gustaba hacer desde pequeño, cantar. Cantaba en la casa, cantaba en la escuela, cantaba en la iglesia.
No tenía una voz particularmente bonita. Era ronca, áspera, pero había algo en la forma en que José Alfredo cantaba que llamaba la atención. Cantaba con emoción, con sentimiento, como si cada canción fuera personal. Y su madre, Carmen, lo notaba. Le decía, “Tienes algo especial cuando cantas, mi hijito.” Pero todo cambió en 1936, cuando José Alfredo tenía 10 años.
Su padre, Agustín Jiménez murió. Las circunstancias exactas de su muerte nunca quedaron completamente claras para la familia. La versión oficial era que había sido una enfermedad. Algunos decían que fue el corazón, otros que fue algo en los pulmones. Pero lo que sí quedó claro fue que la muerte fue rápida.
Un día, Agustín estaba trabajando en la farmacia, saludando a los clientes, despachando medicinas y a la semana siguiente estaba muerto. José Alfredo tenía 10 años y acababa de perder a su padre y esa pérdida lo marcaría para siempre, porque sin su padre la familia se derrumbó. La farmacia tuvo que cerrarse.
Carmen no sabía cómo administrarla. No sabía de medicinas, de inventarios, de proveedores. Y sin la farmacia no había dinero. Y sin dinero no había forma de mantener a cuatro hijos. Carmen Sandoval se quedó sola con cuatro hijos que mantener, sin dinero, sin trabajo, sin ninguna habilidad laboral más allá de ser ama de casa.
Y en el México de 1936 las opciones para una viuda con cuatro hijos eran prácticamente nulas. Podía quedarse en Dolores Hidalgo y depender de la caridad de los vecinos. Podía mandar a sus hijos a trabajar en el campo por unas monedas o podía tomar la decisión más difícil, mudarse a la Ciudad de México, donde había más oportunidades de trabajo.
Aunque fuera como empleada doméstica. Carmen tomó la única decisión que creía posible, mudarse a la capital. Así que en 1936, cuando José Alfredo tenía apenas 10 años, la familia empacó sus pocas pertenencias, cerró la casa donde habían vivido toda la vida y dejó Dolores Hidalgo para siempre. Se subieron a un autobús con destino a la ciudad de México, a una ciudad que ninguno de ellos conocía, a una ciudad enorme, caótica, violenta, impersonal, a una ciudad donde Carmen trabajaría lo que pudiera para alimentar a sus hijos y
donde José Alfredo, con apenas 10 años tendría que dejar la escuela para ayudar con los gastos, porque en la Ciudad de México los niños pobres no iban a la escuela, trabajaban. A los 11 años, José Alfredo Jiménez tuvo que empezar a trabajar, no porque quisiera, sino porque su familia no tenía para comer.
Su primer trabajo fue como ayudante en una tienda de abarrotes en un barrio pobre de la Ciudad de México. Ganaba unos pesos a la semana, lo suficiente para comprar frijoles, tortillas, chile, lo básico. Pero José Alfredo odiaba ese trabajo. El dueño de la tienda era un hombre amargado que le gritaba por todo.
Y José Alfredo, que tenía apenas 11 años, llegaba a casa todos los días llorando. Así que Carmen lo sacó de ahí. Luego, José Alfredo trabajó vendiendo periódicos en las calles. Se paraba en las esquinas desde las 5 de la mañana hasta las 8 gritando El Universal Excelor, las noticias del día. ganaba unos centavos por periódico vendido y había días que no vendía nada y volvía a casa con las manos vacías y la vergüenza de no haber contribuido.
Luego trabajó como repartidor para una panadería. Se levantaba a las 4 de la mañana para ayudar a cargar el pan en una canasta enorme que llevaba en la cabeza y caminaba por todo el barrio entregando pan. Sus piernas le dolían, su espalda le dolía, pero necesitaba el dinero. Y finalmente, a los 14 años, José Alfredo consiguió el trabajo que cambiaría su vida.
Mesero, en un restaurante llamado La Sirena. La Sirena era un restaurante de clase media en el centro de la Ciudad de México. No era lujoso. No iban millonarios ni artistas famosos. Iban empleados de oficina, comerciantes pequeños, familias de clase media, gente común. Y José Alfredo era un buen mesero.
Llegaba a tiempo todos los días, nunca faltaba. Trabajaba duro, era amable con los clientes, memorizaba los pedidos sin escribirlos y nunca se equivocaba. Pero lo que realmente distinguía a José Alfredo de los otros meseros era que cantaba mientras trabajaba. Cantaba canciones que él mismo componía. Canciones sobre amor, desamor, tristeza, esperanza y los clientes lo escuchaban y les gustaba su voz.
No era una voz técnicamente perfecta, era ronca, áspera, sin entrenamiento, pero había algo en esa voz que llegaba al corazón. Había honestidad, había emoción genuina y los clientes le daban propinas extras y le pedían que cantara más. Y José Alfredo descubrió algo importante, que la música le daba algo que ningún otro trabajo le había dado, le daba dignidad, le daba reconocimiento, le daba la sensación de que valía algo.
Uno de los clientes frecuentes de la sirena era el hijo del dueño de un trío musical llamado Los Rebeldes, un joven de unos 20 años que iba a comer ahí todas las semanas. Y cuando ese joven escuchó a José Alfredo cantar, quedó impresionado. Le dijo, “Tienes talento. Deberías grabar tus canciones. Mi padre tiene un trío.
Podríamos ayudarte.” Y José Alfredo, que tenía apenas 14 años, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Esperanza. la esperanza de que tal vez, solo tal vez podría salir de esa vida de pobreza de que tal vez podría ser alguien. José Alfredo tenía 14 años cuando escribió su primera canción completa.
No recuerda exactamente cuál fue el título, pero sí recuerda el tema. Era sobre una chica que le gustaba del barrio, una chica de ojos grandes que pasaba todos los días frente a su casa. José Alfredo la saludaba y ella le sonreía. Y José Alfredo se enamoraba más cada día, así que le escribió una canción.
Una canción donde le decía todo lo que no se atrevía a decirle en persona, que era bonita, que la admiraba, que quería estar con ella. Y cuando José Alfredo terminó de escribir esa canción, se la cantó a su madre. Y Carmen lloró no porque la canción fuera particularmente buena, sino porque vio en su hijo algo que no había visto antes, un don.
la capacidad de expresar con canciones lo que las palabras comunes no podían expresar. Y Carmen le dijo, “Sigue escribiendo, mi hijito. Tienes algo especial.” Y José Alfredo descubrió algo fundamental ese día, que podía transformar su dolor, su soledad, sus esperanzas en canciones y que esas canciones conectaban con la gente porque todos, absolutamente todos, han sentido amor, han sentido desamor, han sentido tristeza.
Y José Alfredo sabía expresar eso mejor que nadie. Así que José Alfredo no dejó de componer desde ese día. Componía en el trabajo entre pedidos, componía en el autobús camino a casa, componía en su cuarto en las noches, componía todo el tiempo y guardaba todas esas canciones en un cuaderno viejo que siempre llevaba con él.
Pero también había algo más que José Alfredo hacía en su tiempo libre, jugar fútbol. Porque antes de convertirse en el compositor más grande de México, José Alfredo Jiménez fue futbolista profesional. Jugaba como portero en equipos de primera división, primero en el Oviedo y luego en el Marte. No era una estrella, era suplente, pero era lo suficientemente bueno para estar en equipos profesionales.
Y uno de sus compañeros de equipo era Antonio La Tota Carvajal, quien se convertiría en uno de los porteros más legendarios de México. José Alfredo y la Tota jugaban juntos, entrenaban juntos y la Tota recordaría años después que José Alfredo siempre estaba silvando melodías entre entrenos que siempre estaba componiendo en su cabeza.
Pero José Alfredo sabía que no iba a ser futbolista para siempre. Sabía que su verdadero talento estaba en la música. Así que en 1948, a los 22 años, José Alfredo tomó una decisión. dejaría el fútbol y se dedicaría completamente a la música. Y ese mismo año, José Alfredo tuvo su primera oportunidad. El trío Los Rebeldes lo invitó a cantar con ellos en la radio en la estación XXAM primero y luego en la legendaria XC.
José Alfredo cantó sus propias composiciones y la respuesta del público fue inmediata. Les gustó, pidieron más. Y José Alfredo empezó a recibir cartas de oyentes diciéndole que sus canciones les llegaban al corazón, que les hacían llorar, que les recordaban a sus propios amores perdidos.
Pero el verdadero éxito llegó en 1950, cuando José Alfredo tenía 24 años. Un cantante famoso llamado Andrés Huesca escuchó una de las canciones de José Alfredo. Se llamaba Yo era una canción simple. con una letra directa. Yo yo te amaré toda la vida. Huesca decidió grabarla y yo se convirtió en un éxito masivo.
Sonó en todas las radios de México. Se vendió en cientos de miles de copias y de repente todos querían saber quién era José Alfredo Jiménez. Pero José Alfredo no era como los otros compositores de la época. No había estudiado música, no sabía leer partituras, no tocaba ningún instrumento más allá de rasguear algunas notas en la guitarra.
Miguel Asé, Mejía, uno de los cantantes más famosos de México, diría después: “José Alfredo no tuvo educación musical, no sabía tocar ningún instrumento, no conocía los términos bals o tonalidad, sin embargo, compuso más de 1000 canciones. ¿Cómo lo hacía? simplemente silvaba las melodías y músicos profesionales como Rubén Fuentes del Mariachi Vargas de Tecalitlán las transcribían José Alfredo Silvaba y Rubén Fuentes escribía y de esa colaboración nacieron las canciones más famosas de la
música mexicana. En 1951, José Alfredo ya era un compositor respetado. Sus canciones eran grabadas por los artistas más importantes de México, Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar. Todos querían cantar canciones de José Alfredo y con ese éxito llegó el dinero. José Alfredo empezó a ganar bien.
Compró ropa nueva, ayudó a su madre, se mudó a un departamento mejor y empezó a frecuentar los lugares donde se reunían los artistas de la época, las cantinas, los bares, los cabarets. Y fue ahí, en ese mundo de alcohol y música donde José Alfredo conoció al amor de su vida. Su nombre era Paloma Gálvez y cuando José Alfredo la vio por primera vez en 1949, supo que era el amor de su vida.
Paloma tenía 21 años. Era hermosa, alta, delgada, de piel clara y ojos expresivos, pelo largo y negro, que llevaba recogido en un moño elegante. Vestía con ropa fina, de buena calidad. Se movía con gracia, con elegancia. era de familia bien. Su padre era comerciante exitoso. Habían vivido siempre en buenos barrios.
Paloma había ido a escuelas privadas. Había tomado clases de piano, de francés, de buenos modales. Era todo lo que José Alfredo no era. José Alfredo, a sus 23 años ya era un compositor exitoso, ya tenía dinero, ya era conocido en el ambiente artístico, pero seguía sintiéndose el niño pobre de Dolores Hidalgo, el mesero, el que no había terminado ni la primaria, el que no sabía de buenos modales ni de vestir elegante.
Y cuando vio a Paloma por primera vez en una reunión de artistas, pensó, “Esta mujer nunca me va a hacer caso.” Pero José Alfredo no era de los que se rendían fácilmente y decidió que la conquistaría de la única forma que sabía, con una canción. Así que José Alfredo pasó toda una noche escribiendo. Era 1949. José Alfredo estaba en su departamento en la ciudad de México y escribió una canción pensando en Paloma, en su belleza, en su elegancia, en cómo ella lo hacía sentir.
La canción se llamaría Paloma querida y las primeras líneas eran una declaración de amor directa, sin poesía rebuscada, sin metáforas complicadas. José Alfredo le estaba diciendo a Paloma exactamente lo que sentía. José Alfredo terminó la canción a las 4 de la mañana y a las 6 de la mañana, cuando aún no amanecía completamente, José Alfredo contrató a un mariachi.
El mariachi Vargas de Tecalitlán, el más prestigioso de México, les pagó para que lo acompañaran. Y a las 7 de la mañana, José Alfredo estaba parado frente a la casa de Paloma Gálvez con un mariachi de 10 metsos detrás de él, a punto de hacer algo que podía salir muy bien o muy mal. José Alfredo le hizo una seña al mariachi y comenzaron a tocar.
Y José Alfredo comenzó a cantar Paloma querida y las ventanas de las casas vecinas empezaron a abrirse. La gente salía a ver qué pasaba. Porque en 1949 una serenata a las 7 de la mañana con un mariachi completo no era algo común. Y finalmente la ventana de la habitación de Paloma se abrió y Paloma se asomó.
Llevaba un camisón blanco, el pelo suelto y cuando vio a José Alfredo ahí abajo cantándole con todo el corazón en cada nota, Paloma sonrió y José Alfredo supo en ese momento que había ganado, que ella aceptaría salir con él. Después de la serenata, José Alfredo le pidió permiso al padre de Paloma para cortejarla. El padre, un hombre tradicional y conservador, miró a José Alfredo con desconfianza.
¿Tú eres ese compositor, el que canta en las cantinas? Y José Alfredo respondió con honestidad, sí, Señor, soy compositor y sí canto en cantinas, pero le prometo que voy a cuidar a su hija, que la voy a respetar y que algún día me voy a casar con ella. El padre de Paloma no estaba convencido, pero Paloma ya había tomado su decisión y le dijo a su padre, “Yo quiero conocerlo mejor.
Así que el padre a regañadientes, aceptó. José Alfredo y Paloma comenzaron a salir y fue un noviazgo como de película. José Alfredo le componía canciones constantemente. Cada semana tenía una canción nueva para ella, Corazón Corazón, donde le decía que su corazón latía solo por ella, llegando a ti, donde le describía la emoción que sentía cada vez que iba a verla.
cuatro caminos donde le prometía que sin importar qué camino tomara la vida, siempre volvería a ella. Serenata sin luna, donde le cantaba en las noches oscuras, donde solo existían ellos dos. Paloma guardaba todas esas canciones, las anotaba en un cuaderno y por las noches, sola en su habitación, las leía una y otra vez y se enamoraba más de José Alfredo cada día, no por su fama, no por su dinero, sino por la forma en que él la veía, por la forma en que él la hacía sentir especial, única, amada. José Alfredo era
diferente a los otros pretendientes que Paloma había tenido, los hijos de familias ricas que solo querían casarse con ella por su apariencia. José Alfredo la amaba de verdad y Paloma lo sabía. Pero había algo que preocupaba a Paloma desde el principio. José Alfredo bebía no mucho al principio, una cerveza en las comidas, un tequila cuando salían con amigos, pero Paloma notaba que José Alfredo necesitaba el alcohol, que se ponía nervioso si no bebía, que se relajaba solo cuando tenía una copa en la mano. Y Paloma le preguntaba, “¿Por
qué bebes tanto?” Y José Alfredo le respondía, “Es parte del ambiente. Todos los artistas beben, no te preocupes.” Pero Paloma sí se preocupaba porque venía de una familia donde el alcohol era algo ocasional, social, controlado, no algo diario, no algo necesario. Y veía en José Alfredo las señales de algo que podía convertirse en un problema.
Pero Paloma lo amaba y pensaba que con su amor, con su apoyo, José Alfredo podría controlar el alcohol, que podría ser diferente, y decidió seguir adelante con la relación. Fue una de las bodas más importantes del espectáculo mexicano de la época. Se casaron en la parroquia de Villalongil en la ciudad de México.
El padrino de bodas fue Miguel Acézes Mejía, uno de los cantantes más famosos de México y gran amigo de José Alfredo. Había fotógrafos, periodistas, artistas, fanáticos. Todos querían ver la boda del compositor más famoso de México. Y José Alfredo y Paloma se veían felices, enamorados, como si nada pudiera separarlos.
Pero había un problema, un problema que Paloma no conocía completamente todavía, pero que José Alfredo arrastraba desde hacía años, el alcohol. José Alfredo había empezado a beber desde joven, desde sus días, como mesero en la sirena. Al principio era social. una cerveza con los amigos después del trabajo, un tequila cuando celebraban algo, pero poco a poco, sin que José Alfredo se diera cuenta, el alcohol se convirtió en algo más que social.
se convirtió en una necesidad porque José Alfredo tenía algo adentro que no podía expresar ni siquiera con canciones, una tristeza profunda que venía de su infancia, de haber perdido a su padre a los 10 años, de haber tenido que trabajar desde niño, de haber visto a su madre sufrir, de sentirse siempre inferior a las personas de su alrededor porque no había terminado ni la primaria.
una inseguridad constante que le susurraba al oído. No mereces el éxito que tienes. No mereces a paloma. No eres suficiente. En cualquier momento todo se va a derrumbar y todos van a descubrir que eres un fraude. Y el alcohol callaba esas voces. El alcohol lo hacía sentir valiente, confiado, completo.
Con unas copas encima, José Alfredo se sentía invencible. Se sentía como el rey que cantaba en sus canciones. Así que José Alfredo bebía, bebía todos los días y bebía cada vez más. En los primeros años de su matrimonio con Paloma, de 1952 a 1955, José Alfredo logró controlarlo parcialmente. Bebía, sí, pero no hasta el punto de perder el control completamente.
Paloma sabía que bebía, pero pensaba que era algo normal en el ambiente artístico. Todos bebían. Todos los cantantes, todos los compositores, todos los músicos. Era parte de la cultura del espectáculo en México. Las composiciones nacían en las cantinas, los negocios se cerraban con tequila de por medio.
Las amistades se consolidaban bebiendo juntos hasta el amanecer. Y José Alfredo seguía funcionando profesionalmente, seguía componiendo éxitos tras éxitos, seguía ganando dinero, seguía siendo productivo. Así que Paloma trataba de no preocuparse demasiado, pero las cosas empezaron a cambiar después de 1954, cuando nació José Alfredo Junior, su primer hijo.
José Alfredo estaba feliz de ser padre. cargaba a su hijo con orgullo, le cantaba canciones de cuna que componía en el momento. Jugaba con él, pero también estaba aterrado. Aerrado de ser mal padre, aterrado de no poder mantener a su familia, aterrado de que todo el éxito que había logrado se desvaneciera de repente y ese terror lo empujaba a beber más.
José Alfredo empezaba a beber desde temprano, un tequila en el desayuno para despertarse, otro a mediodía para la inspiración, varios en la tarde para los nervios y toda la noche en las cantinas con sus amigos artistas. Paloma empezó a preocuparse de verdad cuando José Alfredo comenzó a llegar borracho a casa todas las noches.
No borracho alegre, borracho deprimido, borracho triste. Se sentaba en la sala con una botella de tequila y lloraba. Lloraba por su padre muerto. Lloraba por su infancia perdida. Lloraba sin razón aparente. Y Paloma no sabía qué hacer. intentaba consolarlo, intentaba hablar con él, pero José Alfredo la rechazaba. “Déjame solo”, le decía.
“No entiendes nada.” Y Paloma se iba a su habitación y lloraba también. Lloraba por el hombre que se estaba destruyendo frente a sus ojos. Lloraba por el José Alfredo, que la había conquistado con serenatas y que ahora apenas la miraba. En 1956 nació su segunda hija, Paloma. Y José Alfredo pareció mejorar por unos meses.
Dejó de beber tanto, pasaba más tiempo en casa, era más cariñoso con Paloma y ella pensó, “Ya pasó, ya superó esa etapa, todo va a estar bien.” Pero estaba equivocada porque lo que José Alfredo había hecho no era dejar de beber, era esconder mejor su problema. Bebía en secreto, en el carro, en los baños, en su estudio.
Y cuando Paloma lo descubrió, confrontó a José Alfredo. Fue una pelea terrible. Paloma le gritó, “¿Me estás mintiendo? Me prometiste que ibas a cambiar.” Y José Alfredo le gritó de vuelta, “Yo no tengo ningún problema. Todos los artistas beben. Eres tú la que está exagerando. Y esa fue la primera vez que José Alfredo alzó la mano.
No la golpeó, pero alzó la mano en un gesto amenazante. Y Paloma vio en sus ojos algo que nunca había visto antes. Violencia. Y se asustó. Y desde ese día Paloma supo que su matrimonio estaba en problemas serios. Los siguientes años fueron un infierno para Paloma. José Alfredo desaparecía por días enteros, se iba de gira y no llamaba.
Llegaba a casa a las 5 de la mañana oliendo a alcohol y perfume de otra mujer. Y cuando Paloma le reclamaba, José Alfredo se enojaba, le gritaba, rompía cosas y luego se iba a beber más. Y Paloma estaba cansada, cansada de las promesas rotas, cansada de verlo destruirse, cansada de criar a sus dos hijos prácticamente sola mientras José Alfredo estaba en las cantinas o con otras mujeres, cansada de llorar todas las noches, cansada de fingir frente a la familia y los amigos que todo estaba bien.
Y en 1960, después de 8 años de matrimonio, Paloma tomó la decisión más difícil de su vida, abandonar a José Alfredo. En 1954, Paloma dio a luz a su primer hijo. Lo llamaron José Alfredo Jiménez Gálvez, José Alfredo Junior. Y José Alfredo estaba feliz. Era padre, tenía una familia, tenía todo lo que siempre había querido.
Dos años después, en 1956, nació su segunda hija, Paloma Jiménez Gálvez. Y ahora, José Alfredo tenía la familia completa, esposa, hijo, hija y seguía componiendo éxitos. En 1956 compuso una de sus canciones más famosas. Ella era una canción devastadora sobre una mujer que se va y deja al hombre destruido. Me cansé de rogarle.
Me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero. Muchos pensaron que José Alfredo la había escrito para María Félix, la actriz más famosa de México, con quien se rumoreaba que tuvo un romance. Pero la verdad era otra. José Alfredo la escribió para Paloma, porque aunque seguían casados, aunque tenían dos hijos, José Alfredo sentía que la estaba perdiendo, porque Paloma ya no soportaba su alcoholismo.
José Alfredo llegaba borracho a casa todas las noches. A veces no llegaba, a veces desaparecía por días enteros. Y cuando Paloma le reclamaba, José Alfredo se enojaba, le gritaba y luego se iba a beber más. Y Paloma estaba cansada, cansada de las promesas rotas, cansada de verlo destruirse, cansada de criar a sus hijos prácticamente sola mientras José Alfredo estaba en las cantinas.
Y en 1960, después de 8 años de matrimonio, Paloma tomó una decisión. Se separó de José Alfredo. No se divorció, nunca se divorció, pero se separó. se fue a vivir a otra casa con sus dos hijos y le dijo a José Alfredo que no volvería con él hasta que dejara el alcohol. José Alfredo quedó destrozado. El amor de su vida lo había abandonado.
La mujer para quien había compuesto decenas de canciones. La mujer que había sido su inspiración, su musa, su razón de existir. Ya no quería estar con él. Se había llevado a sus dos hijos, se había ido a vivir a otra casa y le había dicho claramente, “No vuelvas a buscarme hasta que dejes el alcohol, y esta vez lo digo en serio.
” Y José Alfredo hizo lo único que sabía hacer cuando estaba triste. Beber más, mucho más y componer. Compuso. Se me olvidó otra vez una canción devastadora sobre un hombre que intenta olvidar a alguien, pero no puede. Donde cada palabra era un grito de dolor. Era paloma. Siempre era paloma. Cada canción que José Alfredo componía desde 1960 era para Paloma.
Cada nota, cada palabra, cada melodía, todo era un intento desesperado de decirle, “Vuelve, te necesito. No puedo vivir sin ti.” Pero mientras José Alfredo componía canciones sobre Paloma y bebía para intentar olvidarla sin lograrlo, conoció a otra mujer. Su nombre era Mary Medell. Era actriz de cine y teatro.
Tenía 28 años. Era hermosa, con cabello negro largo y ojos expresivos. Era ambiciosa, inteligente, decidida. Y cuando conoció a José Alfredo en 1960 en el set de una película donde ambos trabajaban, se enamoró de él instantáneamente. No del José Alfredo Borracho, destruido, abandonado por su esposa, sino del José Alfredo, famoso, exitoso, el compositor más grande de México, del hombre cuyas canciones sonaban en toda Latinoamérica, del hombre que todos reconocían en la calle, del hombre que tenía dinero,
fama, poder. Mary Medel sabía perfectamente que José Alfredo seguía casado con Paloma. Lo sabía porque todo México lo sabía. José Alfredo y Paloma habían tenido una de las bodas más famosas del espectáculo mexicano y su separación había sido noticia en todos los periódicos. Pero Mary también sabía que Paloma había abandonado a José Alfredo, que lo había dejado solo.
Y Mary pensó que ahí había una oportunidad, que ella podía llenar ese vacío, que ella podía conquistar a José Alfredo, que ella podía reemplazar a Paloma en su corazón. Así que Mary se acercó a José Alfredo. Le decía que era un genio, que sus canciones eran obras de arte, que merecía alguien que lo apreciara de verdad, que Paloma había sido una tonta por dejarlo.
Y José Alfredo, solo, borracho, con el corazón roto, aceptó la compañía de Mary, no porque la amara, sino porque no podía estar solo, porque la soledad lo estaba matando y porque Mary estaba ahí disponible, dispuesta. José Alfredo y Mary comenzaron una relación en 1960 y rápidamente Mary se mudó a vivir con él y José Alfredo comenzó a presentarla públicamente como su pareja.
Les presento a Mary, mi compañera. Los periodistas preguntaban, “¿Ya se divorció de Paloma?” Y José Alfredo respondía evasivamente, “Estamos separados. Mary es mi pareja ahora.” Pero nunca dijo que se había divorciado, porque no se había divorciado, porque en el fondo de su corazón, José Alfredo seguía esperando que Paloma volviera, que lo perdonara, que le diera otra oportunidad.
La relación de José Alfredo y Mary duró 11 años, de 1960 a 1971. 11 años en los que Mary intentó con todas sus fuerzas convertirse en la nueva paloma. en los que intentó ser la musa de José Alfredo, en los que intentó inspirarlo a componer canciones tan hermosas como las que había compuesto para Paloma.
Pero nunca lo logró porque José Alfredo nunca amó a Mary. La apreciaba, la respetaba, le agradecía que estuviera con él, pero no la amaba y Mary lo sabía. Lo veía en la forma en que José Alfredo la miraba, sin esa chispa, sin esa pasión. sin ese amor incondicional que había tenido en los ojos cuando miraba a Paloma. Y Mary sufría en silencio.
Durante esos 11 años, José Alfredo y Mary tuvieron cuatro hijos juntos. José Antonio nació en 1961, Lupita en 1963, Marza en 1965 y José Alfredo Jiménez Medel en 1967. Cuatro hijos que llevaban el apellido Aguilera. Cuatro hijos que José Alfredo quería a su manera, pero que nunca tuvieron la atención completa de su padre.
Porque José Alfredo estaba siempre trabajando, siempre de gira, siempre en las cantinas, siempre borracho. Y Mary criaba a esos cuatro niños prácticamente sola, igual que Paloma había criado sola a sus dos hijos mayores, porque José Alfredo era el mismo con todas sus mujeres, ausente, alcohólico, infiel. Pero lo más doloroso para Mary era otra cosa.
Era saber que José Alfredo nunca dejó de amar a Paloma, que nunca dejó de buscarla, que nunca dejó de intentar reconquistarla. Según el propio José Alfredo Junior, el hijo mayor de José Alfredo y Paloma, su padre siempre la cortejó y nunca dejó de ser detallista con Paloma, incluso mientras vivía con Mary y tenía hijos con ella.
José Alfredo le mandaba flores a Paloma en su cumpleaños, le mandaba cartas. La llamaba por teléfono para preguntarle cómo estaba, le mandaba dinero para los niños y cuando Paloma aceptaba verlo, José Alfredo iba corriendo, dejando a Mary y a sus cuatro hijos para pasar tiempo con Paloma, para intentar convencerla de que volviera con él.
y Paloma, que seguía amándolo a pesar de todo, aceptaba verlo de vez en cuando por el bien de nuestros hijos, le decía a la gente, pero en realidad porque nunca dejó de amarlo, porque cada vez que veía a José Alfredo recordaba al hombre que le había cantado paloma querida a las 7 de la mañana y su corazón se ablandaba. Mary sabía todo esto y sufría, pero no podía hacer nada porque José Alfredo era José Alfredo y ella había aceptado estar con él sabiendo que él seguía casado con Paloma, sabiendo que Paloma era el amor de su vida y ahora tenía que vivir
con las consecuencias de esa decisión. Mientras José Alfredo vivía esa doble vida, su carrera seguía en la cima. En 1957 protagonizó la película La feria de San Marcos, que fue un éxito masivo. En 1960 grabó el álbum que incluía El Rey, la canción que se convertiría en su tema más emblemático.
Yo sé bien que estoy afuera, pero el día que yo me muera sé que tendrás que llorar. Era la canción de un hombre orgulloso, un hombre que no se doblegaba ante nadie. Pero en la vida real, José Alfredo no era el rey. Era un hombre roto, un hombre que bebía 2 litros de tequila al día, un hombre que vivía con una mujer que no amaba, un hombre que había perdido al amor de su vida y no sabía cómo recuperarlo.
Y para colmo, José Alfredo también era mujeriego. Salía todas las noches con Chabela Vargas, la cantante lesbiana que se había convertido en su mejor amiga y cómplice. Juntos iban de cantina en cantina. José Alfredo conquistaba mujeres. Chábela lo ayudaba llevándole serenatas a sus conquistas. Y al día siguiente José Alfredo no recordaba nada.
Se rumoreó que José Alfredo tuvo un romance con Lucha Villa, la grandota de Camargo, con Irma Serrano, la tigresa, con decenas de mujeres del medio artístico y Mary Medel lo sabía, pero no podía hacer nada porque José Alfredo era José Alfredo y ella había aceptado estar con él sabiendo que él seguía amando a Paloma.
En 1966, José Alfredo conoció a su tercera y última pareja. Su nombre era Alicia Juárez. Tenía 17 años. Era cantante y cuando conoció a José Alfredo, que tenía 40, se enamoró de él inmediatamente, no por su físico. A los 40 años, José Alfredo ya no era el hombre delgado y atlético de su juventud.
El alcohol lo había hinchado. Tenía la cara roja e hinchada. la panza prominente. Pero Alicia se enamoró de su talento, de su música, del hecho de que era José Alfredo Jiménez. José Alfredo dejó a Mary Medel después de 11 años juntos y cuatro hijos en común y se fue con Alicia. Y en 1966 en California, Estados Unidos, José Alfredo y Alicia tuvieron una boda.
Hubo fotógrafos, invitados, una celebración, pero esa boda nunca fue legal porque José Alfredo seguía casado con Paloma Gálvez y nunca le pidió el divorcio, nunca. Porque en el fondo de su corazón, José Alfredo seguía esperando que algún día Paloma volviera con él, que le perdonara, que le diera otra oportunidad.
Y mientras José Alfredo vivía con Alicia, mientras la presentaba como su esposa, mientras viajaban juntos y cantaban juntos, José Alfredo seguía componiendo canciones para Paloma. En 1970, José Alfredo viajó a Colombia con Alicia. Fue una gira exitosa y en un restaurante de Bogotá, en el reverso de un menú del hotel Tekendama, José Alfredo escribió una canción para Colombia.
Pero también en ese viaje en privado, José Alfredo le escribió una carta a Paloma diciéndole que la extrañaba, que la amaba, que ella era el amor de su vida. Y Paloma guardó esa carta hasta el día de su muerte. Porque para Paloma, José Alfredo siempre fue el hombre de su vida, pero no podía volver con él. No podía ver cómo el alcohol lo destruía.
Y para finales de los años 60, el alcohol ya había cobrado su precio. José Alfredo fue diagnosticado con cirrosis hepática. La cirrosis es una enfermedad del hígado causada por el alcoholismo crónico. El tejido del hígado muere y es reemplazado por cicatrices. El hígado deja de funcionar correctamente y eventualmente el cuerpo se colapsa.
Los doctores le dijeron a José Alfredo que si no dejaba de beber, moriría y no en años, en meses. José Alfredo tenía apenas 43 años cuando recibió ese diagnóstico y tenía dos opciones, dejar de beber y vivir o seguir bebiendo y morir. José Alfredo escogió seguir bebiendo. Según Paloma Gálvez, recordaría años después.
Cuando regresamos de ese viaje de Guanajuato, el doctor que llevó el doctor González, que era especialista, nos dijo, “El Señor tiene principios de cirrosis y si no se atiende, si no deja de tomar, yo no me hago cargo de él.” Pero José Alfredo hizo caso omiso, siguió bebiendo. Porque para José Alfredo vivir sin alcohol era no vivir, era dejar de sentir, era dejar de componer.
Así que prefirió morir joven que vivir sobrio. Durante los siguientes años, la salud de José Alfredo se deterioró rápidamente. Tenía desmayos constantes. Sangraba por la boca cuando las várices de su esófago se reventaban. Se desmayaba en medio de conciertos, pero seguía bebiendo y seguía componiendo. En 1971 compuso El último trago, una canción profética sobre un hombre que sabe que va a morir.
Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos. José Alfredo sabía que se estaba muriendo, pero no podía parar. En febrero de 1973, cuando José Alfredo tenía 47 años, tuvo un colapso. Fue llevado de emergencia a la clínica Londres, al sur de la Ciudad de México. Los doctores le hicieron estudios y lo que encontraron fue devastador.
La cirrosis estaba en etapa terminal. Las várices en su esófago eran tan graves que se reventaban constantemente causándole hemorragias internas. Su hígado prácticamente había dejado de funcionar y los doctores le dijeron a Alicia Juárez, su esposa, que José Alfredo no saldría vivo de ese hospital, que era cuestión de días, tal vez semanas.
José Alfredo pasó los siguientes 9 meses entrando y saliendo del hospital. A veces se sentía mejor y los doctores lo dejaban irse a casa, pero a los pocos días volvía con otra hemorragia, con más dolor, más débil. Y según su hijo José Alfredo Junior, los últimos meses de su padre fueron una agonía terrible.
José Alfredo ya no podía moverse de la cama. El dolor era constante. Las várices en su esófago se reventaban causándole hemorragias que lo hacían vomitar sangre. Y además del dolor físico, estaba el dolor emocional, porque José Alfredo sabía que se estaba muriendo y sabía que había desperdiciado su vida. Había perdido a Paloma, había abandonado a sus primeros dos hijos.
Había tenido otros cuatro hijos con Mary que apenas conocía. Había vivido con Alicia los últimos 7 años, pero ella era tan joven que José Alfredo sabía que lo sobreviviría por décadas. Y mientras yacía en esa cama de hospital, José Alfredo pensaba en Paloma, en la única mujer que había amado de verdad y deseaba haber sido diferente, haber dejado el alcohol, haber luchado por ella, haber sido el esposo que ella merecía.
El 9 de noviembre de 1973, José Alfredo hizo algo que sorprendió a todos. se escapó del hospital. Le dijo a Alicia que tenía que salir, que necesitaba ver a su hijo, porque ese día era el cumpleaños de José Alfredo Junior, su hijo con paloma. Y José Alfredo, aunque estaba muriendo, quería estar ahí.
Así que se escapó del hospital, se subió a un taxi y fue a la casa de Paloma. Paloma se sorprendió de verlo. Hacía meses que no lo veía y quedó horrorizada con su apariencia. José Alfredo estaba hinchado, amarillo, demacrado. Era obvio que se estaba muriendo, pero José Alfredo sonreía porque estaba en la casa de Paloma con su hijo, con la mujer que amaba y pasó ese día ahí.
cantó canciones, abrazó a su hijo, miró a Paloma con esos ojos que decían, “Te amo, te amo, te amo.” Y al final del día, cuando tuvo que volver al hospital, José Alfredo le dijo a Paloma, “Cuida a nuestros hijos y escucha mis canciones, porque todas son para ti.” Y Paloma lloró porque sabía que era la última vez que lo vería con vida.
José Alfredo volvió al hospital y dos semanas después, el 23 de noviembre de 1973, a los 47 años, José Alfredo Jiménez murió. Según Paloma Gálvez, su agonía fue terrible. Las últimas horas fueron especialmente dolorosas. José Alfredo no podía hablar, apenas podía respirar y finalmente su cuerpo simplemente se apagó.
Alicia Juárez estaba con él cuando murió y fue ella quien dio la noticia a la prensa. Mi esposo, José Alfredo Jiménez, ha fallecido, pero Paloma Gálvez, que seguía legalmente casada con él, fue quien realmente lo lloró, porque para Paloma, José Alfredo siempre fue su esposo, siempre fue el amor de su vida. El funeral de José Alfredo Jiménez fue multitudinario.
Miles de personas fueron a despedirlo, cantaron sus canciones, lloraron por él y José Alfredo fue enterrado en el cementerio de su pueblo natal, Dolores Hidalgo, Guanajuato, exactamente como él lo había pedido en su canción, Camino de Guanajuato. Cuando me vaya de este mundo, quiero que me entierren ahí.
José Alfredo murió con 47 años en la ruina, sin dinero, sin salud, sin familia, pero con un legado de más de 300 canciones que siguen vivas hasta el día de hoy. Canciones que todos conocen, que todos cantan, que han sido interpretadas por miles de artistas. Jorge Negrete, Pedro Infante, Vicente Fernández, Julio Iglesias, Juan Gabriel, Luis Miguel.
Todos han cantado canciones de José Alfredo, porque José Alfredo Jiménez no escribía para artistas famosos, escribía para el pueblo, para la gente común, para los que sufren, los que aman, los que pierden. Y esa es la razón por la que sus canciones siguen vivas. Pero lo que nadie sabía en ese funeral de 1973 era que José Alfredo había dejado un testamento.
Y en ese testamento José Alfredo le dejó todo a Paloma Gálvez. Le dejó 153 canciones como bienes mancomunados del matrimonio, las canciones más valiosas de su catálogo. Paloma querida, ella, qué bonito amor, serenata sin luna, amor del alma. Todas para Paloma, no para Mary Medell, la madre de sus otros cuatro hijos, no para Alicia Juárez, quien lo acompañó sus últimos 7 años.
Para Paloma, porque José Alfredo nunca dejó de amarla y quería que ella tuviera su legado. José Alfredo Junior, el hijo de José Alfredo, y Paloma, lo confirmaría años después. Mi padre siempre la protegió. Le dejó a ella 153 canciones como parte de los bienes mancomunados de su matrimonio. Y esa decisión causó conflictos familiares que durarían décadas.
Los otros cuatro hijos de José Alfredo, los que tuvo con Mary Medel, no recibieron nada. Mary tampoco. Y Alicia Juárez, quien se presentaba como la viuda de José Alfredo, tampoco recibió nada. Porque legalmente la única esposa de José Alfredo era Paloma. Y Paloma heredó todo. Durante años, los hijos de Mary intentaron impugnar el testamento.
Decían que no era justo, que su padre también los había querido, que merecían parte de la herencia, pero legalmente no tenían ningún derecho, porque José Alfredo había dejado todo a Paloma en un testamento legal. Y Paloma, durante los siguientes 45 años administró ese legado, cobró regalías, autorizó versiones de las canciones y vivió de la música de José Alfredo hasta el día de su muerte.
Paloma Gálvez murió el 1 de agosto de 2018 a los 97 años. Murió en su casa de Polanco, en la ciudad de México y según su hijo José Alfredo Junior, su madre murió feliz. Ella nunca dejó de oír las canciones que mi padre le compuso. Incluso tampoco olvidaba los enojos que algún día tuvo con él, porque en ocasiones me decía, “Ni me pongas esta canción, porque recuerdo que me hizo enojar cuando me la interpretó.
Hasta el último día de su vida, Paloma escuchaba las canciones de José Alfredo todos los días. Durante 45 años después de su muerte y cuando Paloma murió, dejó las 153 canciones a sus dos hijos. José Alfredo Junior y Paloma Jiménez Gálvez. Los otros hijos de José Alfredo, los que tuvo con Mary, no recibieron nada.
Y hasta el día de hoy, 51 años después de la muerte de José Alfredo, la familia sigue dividida. Esta es la historia de José Alfredo Jiménez, el hombre que escribió el rey, pero que murió como mendigo. El hombre que compuso ella para la mujer que lo abandonó porque era alcohólico.
El hombre que tuvo tres esposas. pero que nunca dejó de amar a la primera. El hombre que tuvo seis hijos con tres mujeres diferentes, pero que solo le dejó su herencia a dos de ellos. José Alfredo Jiménez fue el compositor más grande de México. Sus canciones son inmortales. El rey. Ella se me olvidó otra vez. Camino de Guanajuato.
El jinete. Si nos dejan. Amanecí en tus brazos. Qué bonito amor. Canciones que todo el mundo conoce, que todo el mundo canta. Pero José Alfredo Jiménez también fue un hombre destruido por el alcohol, un hombre que sabía que se estaba matando y que no pudo parar. Un hombre que perdió al amor de su vida y pasó el resto de sus días tratando de recuperarla.
Un hombre que murió solo en un hospital a los 47 años con el cuerpo destrozado y el corazón roto. Y esta es la primera revelación de esta historia, la canción Ella, que todos piensan que José Alfredo escribió para María Félix, la escribió para Paloma Gálvez, la escribió cuando ella lo abandonó en 1960 porque ya no soportaba su alcoholismo.
Y esa canción es un grito desesperado de un hombre rogándole a la mujer que ama que vuelva con él. Me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero. José Alfredo se pasó 13 años rogándole a Paloma que volviera con él. Y ella nunca volvió, pero nunca dejó de amarlo.
Y cuando José Alfredo murió, Paloma lloró como si hubiera perdido al amor de su vida, porque lo había perdido. La segunda revelación es esta. José Alfredo Jiménez murió en la pobreza a pesar de haber compuesto más de 300 canciones que se siguen cantando hasta hoy. A pesar de haber sido el compositor más famoso de México.
Cuando murió en 1973, José Alfredo no tenía dinero. Había gastado todo en alcohol, en mujeres, en fiestas, en mantener a tres familias diferentes y en sus últimos meses de vida tuvo que ser internado en un hospital público porque ya no tenía dinero para pagar uno privado. El hombre que escribió el rey murió sin un peso.
Murió dependiendo de la caridad de sus amigos y esa es la tragedia más grande de todas, porque José Alfredo ganó millones con su música, pero lo perdió todo por el alcohol. Y la tercera revelación es esta. José Alfredo sabía que se estaba muriendo y escribió canciones sobre su propia muerte. El último trago es una canción donde José Alfredo dice, “Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos.
” Esa canción la escribió en 1971, dos años antes de morir. Y cuando la cantaba en sus conciertos, la gente lloraba porque sabían que José Alfredo no estaba actuando, estaba despidiéndose. Camino de Guanajuato es otra canción donde José Alfredo dice, “Quiero que me entierren ahí en Dolores Hidalgo junto a mi padre.
” Y eso fue exactamente lo que pasó. José Alfredo escribió su propio funeral en sus canciones y cuando murió en 1973 se cumplieron todos sus deseos. Fue enterrado en Dolores Hidalgo con un mariachi tocando sus canciones, con miles de personas llorando por él exactamente como él lo había imaginado.
Y la cuarta y última revelación es esta. Paloma Gálvez heredó la fortuna completa de José Alfredo, las 153 canciones más valiosas. Y durante 45 años, desde 1973 hasta 2018, Paloma vivió de las regalías de esas canciones. Y cuando Paloma murió en 2018, dejó todo a sus dos hijos, José Alfredo Junior y Paloma.
Los otros cuatro hijos de José Alfredo, los que tuvo con Mary Medel, no recibieron nada, ni de su padre, ni de Paloma, nada. Y hasta el día de hoy la familia de José Alfredo está dividida. Los hijos de Paloma controlan el catálogo más valioso y los hijos de Mary quedaron fuera porque José Alfredo, incluso después de muerto, siguió protegiendo a Paloma, siguió amándola, siguió dándole todo lo que tenía.
Porque para José Alfredo, Paloma siempre fue el amor de su vida y él fue el amor de la vida de Paloma. Pero el alcohol los separó. El alcohol destruyó lo que pudieron haber sido y al final José Alfredo murió solo, sin paloma, sin su familia, sin nada más que el alcohol y el dolor. Esta es la historia de José Alfredo Jiménez, el rey de la canción ranchera, el compositor más grande de México, el hombre que hizo llorar a millones con sus canciones, pero que él mismo pasó su vida entera llorando por la única mujer que amó y que lo abandonó porque no pudo
ver como el alcohol lo destruía. Y esa es la lección más dura de esta historia, que puedes ser el mejor en lo que haces, puedes ser un genio, puedes tener todo el talento del mundo, pero si no cuidas lo que realmente importa, si no proteges a las personas que amas, si dejas que tus demonios te controlen, al final te quedarás solo y morirás como José Alfredo murió, joven, destruido, con el cuerpo destrozado y el corazón roto.
José Alfredo Jiménez escribió el rey, pero murió como mendigo. Escribió sobre el amor eterno, pero perdió al amor de su vida. Escribió sobre ser orgulloso y fuerte, pero murió débil y arrepentido. Y esa es la ironía más cruel de todas, que el hombre que mejor expresaba las emociones humanas en sus canciones fue incapaz de controlar sus propias emociones en la vida real y pagó el precio más alto, una muerte joven, dolorosa y solitaria.
Pero al menos Paloma lo siguió amando hasta el final y escuchó sus canciones todos los días durante 45 años. Porque para Paloma, José Alfredo nunca murió. Seguía vivo en cada canción que él le escribió. Y esa es la única victoria de José Alfredo en medio de toda esta tragedia, que logró crear algo eterno, que sus canciones sobrevivieron a su muerte y que 51 años después de morir, José Alfredo Jiménez sigue siendo el rey, el rey de la canción ranchera, el rey de los corazones rotos, el rey que murió borracho y solo, pero que dejó un legado que nunca morirá.