Vivimos en una sociedad que frecuentemente se deja deslumbrar por las apariencias, donde la belleza física y el estatus social a menudo nos ciegan ante las realidades más oscuras que se esconden a puerta cerrada. Sin embargo, de vez en cuando, un suceso criminal irrumpe con tanta brutalidad que hace añicos nuestras percepciones y nos obliga a mirar directamente al abismo de la mente humana. Esto fue exactamente lo que ocurrió en Argentina, un país acostumbrado a las noticias de alto impacto, cuando un crimen estremeció a la opinión pública hasta sus cimientos hace algunos años. La protagonista de esta tragedia poseía el rostro de un ángel inocente, pero sus acciones revelaron una frialdad y una falta de empatía tan aterradoras que dejaron una marca imborrable en la historia judicial. Este es el exhaustivo y desgarrador relato del caso de Nahir Galarza, una joven cuya vida perfecta escondía una oscura telaraña de manipulación, narcisismo y una crueldad inimaginable que culminó con la trágica muerte de Fernando Pastorizzo.
Para comprender la magnitud de esta historia, es imperativo adentrarse en la vida de la víctima. Fernando Pastorizzo nació el 3 de enero de 1997 en la pintoresca ciudad de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, Argentina. Gualeguaychú es célebre por su ambiente festivo y su afamado carnaval, un lugar donde los jóvenes suelen crecer en un entorno de camaradería y alegría. Fernando era el vivo reflejo de esa energía positiva. Hijo de Silvia Mantegazza y Gustavo Pastorizzo, Fernando creció en un hogar donde, a pesar del divorcio de sus padres, reinaba el respeto y el amor incondicional. Sus padres tomaron la madura decisión de mantener una relación sumamente cordial para garantizar que tanto Fernando como su hermana Carla disfrutaran de una infancia estable, normal y llena de afecto. Quienes conocieron a Fernando lo describen de manera unánime como un joven extrovertido,
increíblemente noble y profundamente apasionado. Era el tipo de persona que se entregaba por completo a lo que amaba, ya fuera su familia, su leal grupo de amigos o su devoción por el equipo de fútbol de sus amores, el Boca Juniors. Fernando gozaba de una crianza ejemplar; respetaba a sus mayores, tenía una facilidad innata para hacer amigos y era reconocido por ser el alma de la fiesta y el bromista del grupo. Su vida parecía encaminada hacia un futuro prometedor, lleno de sueños y metas por cumplir.
Sin embargo, el destino de Fernando tomaría un giro trágico en el año 2012, cuando su camino se cruzó con el de una de las jóvenes más populares y admiradas de su escuela secundaria. Su nombre era Nahir Galarza, nacida el 11 de septiembre de 1998, apenas un año menor que él. Físicamente, Nahir era deslumbrante. Su innegable belleza le otorgaba un estatus social sumamente elevado entre sus compañeros de escuela sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo. Pero este atractivo exterior era solo una fachada que ocultaba una personalidad profundamente problemática y narcisista, forjada en gran medida por su entorno familiar. Nahir era hija de Marcelo Galarza, un oficial principal de la policía de Gualeguaychú, y de una madre que también había pertenecido a la fuerza policial. Esta posición de autoridad en la ciudad le infundió a Nahir un sentimiento de impunidad y superioridad desde una edad muy temprana. Se creía intocable. Si se metía en algún problema, su escudo siempre era el mismo: advertir a los demás sobre el poder de su padre policía. Esto la convirtió en una joven engreída, malcriada y acostumbrada a salirse siempre con la suya sin importar las consecuencias.
La dinámica dentro del hogar de los Galarza era, cuanto menos, disfuncional. La madre de Nahir no ejercía el rol de una figura de autoridad que establece lí
mites o corrige malos comportamientos. Por el contrario, actuaba más como una amiga complaciente que validaba absolutamente todas las acciones de su hija con tal de no perder su afecto. Le concedía todos sus caprichos y toleraba sus desmanes. La única figura que representaba algún tipo de autoridad para Nahir era su padre, a quien, según los análisis posteriores de expertos en psicología, tanto ella como su madre idolatraban casi como a una deidad. Pero esta autoridad no se traducía en disciplina; se traducía en un respaldo incondicional que alimentaba el ego desmesurado de la joven. A simple vista, Nahir era el modelo del éxito adolescente: realizaba sesiones de modelaje, participaba en el equipo local de hockey, ostentaba el título de reina de una carroza en el célebre carnaval de Gualeguaychú y mantenía un buen desempeño académico. Este falso barniz de perfección atraía a muchos jóvenes que ansiaban acercarse a ella deslumbrados por su estatus. No obstante, aquellos que lograban ver más allá de la superficie y la juzgaban por sus acciones reales, sentían un profundo rechazo hacia ella. Nahir era despótica; solía humillar, denigrar y reírse cruelmente de cualquier persona que, según sus retorcidos estándares, fuera considerada extraña, poco agraciada o de bajos recursos. Su falta de empatía quedó evidenciada en incidentes tan frívolos pero reveladores como cuando una chica de su entorno alquiló un vestido idéntico al que Nahir había usado en su fiesta de quince años. Furiosa por perder lo que ella consideraba su exclusividad, Nahir desató una campaña de acoso público y privado en Facebook, insultando y amenazando a la joven para que no se atreviera a tomarse fotos con la prenda. Esta era la verdadera Nahir: una acosadora implacable protegida por la sombra del uniforme de su padre.
Cuando Fernando y Nahir iniciaron su vínculo sentimental, la relación estuvo marcada desde el primer momento por una profunda toxicidad. Inicialmente, no era un noviazgo oficial ni público. Nahir, manipuladora por naturaleza, aprovechaba esta falta de etiquetas formales para jugar con los sentimientos de Fernando. Mientras lo mantenía cautivo emocionalmente, invitaba habitualmente a otros chicos a su casa. En la ciudad era un secreto a voces que si eras un chico atractivo y te acercabas a Nahir, tenías altas probabilidades de terminar en su casa viendo películas. Fernando, ciego por lo que probablemente era su primer gran amor y poseedor de una personalidad sumamente pasional, sufría en silencio al enterarse de estas traiciones que circulaban a sus espaldas. A pesar de descubrir repetidamente los engaños de Nahir, la dependencia emocional lo mantenía anclado a ella. Como mecanismo de defensa para no sentirse humillado, Fernando también comenzó a tener encuentros esporádicos con otras chicas, lo que transformó la relación en un campo de batalla minado de celos enfermizos. Nahir, a pesar de ser quien fomentaba la infidelidad, era posesiva en extremo. Revisaba compulsivamente el teléfono celular de Fernando y lo acosaba constantemente para controlar cada uno de sus movimientos, desatando su ira si sospechaba que él hablaba con alguien más.
Con el tiempo, la relación se oficializó. Los padres de Nahir, conscientes del estilo de vida descontrolado y las escapadas sospechosas de su hija, vieron en el noble y responsable Fernando a un salvavidas. Creían que él era la única influencia positiva capaz de encarrilar a Nahir hacia una vida más ordenada. Por ello, apoyaron fervientemente el noviazgo, llegando incluso a llevar a Fernando con ellos a unas vacaciones familiares en Brasil en el año 2016. En las redes sociales, parecían la pareja ideal, suscitando la envidia de sus conocidos. Sin embargo, de puertas para adentro, la relación estaba completamente podrida. Era un ciclo destructivo e interminable de infidelidades, peleas desgarradoras y reconciliaciones masoquistas donde el único alivio parecía ser el drama mismo. En 2017, mientras Nahir comenzaba sus estudios de derecho en la Universidad de Concepción del Uruguay, su comportamiento se volvió aún más descarado. Se involucró sentimentalmente con un profesor de la institución, mantenía relaciones con otro joven llamado Joaquín e incluso inició una especie de noviazgo paralelo con un muchacho llamado Rafael. Todo esto ocurría mientras mantenía a Fernando atrapado en su red.
A finales de 2017, la paciencia y la salud mental de Fernando habían llegado a un punto de quiebre. Los incesantes consejos de sus amigos finalmente parecían resonar en él, y comenzó a mostrar firmes intenciones de cortar todo vínculo con Nahir. Al percibir que perdía el control sobre su víctima, Nahir recurrió a una de las tácticas más oscuras de la manipulación psicológica: la amenaza de autolesión. Le advertía constantemente que se haría daño si él la abandonaba. Pero Fernando ya estaba agotado y estas amenazas comenzaban a perder su efecto paralizante. Al ver que esta estrategia fallaba, Nahir cruzó una línea aún más peligrosa. Aprovechando los moretones que le quedaban en las piernas producto de sus rudos entrenamientos de hockey, comenzó a esparcir el ruinoso rumor de que Fernando la maltrataba físicamente. Ahora, Fernando no solo lidiaba con el desamor, sino con la aterradora amenaza de ser falsamente acusado de violencia de género por la hija de un oficial de policía. Su desesperación era palpable, y su única vía de escape emocional se convirtió en su cuenta de Twitter, donde publicaba mensajes que reflejaban el infierno en el que estaba sumergido, quejándose del control absoluto que Nahir ejercía sobre él, impidiéndole salir con sus amigos mientras ella hacía su voluntad.
El punto de no retorno ocurrió durante la madrugada del 25 de diciembre de 2017, en plena celebración navideña. Fernando acudió a una discoteca local y, para su devastación, encontró a Nahir besándose apasionadamente con su otro novio, Rafael. Harto de las humillaciones, Fernando se acercó a confrontarlos. Rafael se retiró rápidamente de la escena, dejando a Fernando exigiéndole explicaciones a Nahir por su crueldad y falta de respeto. Debido al alto volumen de la música en el club, Fernando tuvo que acercarse mucho a ella, tomándola por los hombros para hacerse escuchar. En ese preciso momento, Sol Martínez, la mejor amiga de Nahir, presenció la escena. Alimentada por las mentiras previas de Nahir sobre los supuestos maltratos, Sol interpretó el acercamiento como una agresión, se abalanzó sobre Fernando y le propinó un brutal puñetazo en el rostro. La humillación para Fernando fue absoluta. Su novia de cinco años lo engañaba frente a todos, lo tenía amenazado y ahora era golpeado públicamente por una desconocida sin poder defenderse, sabiendo que cualquier reacción física suya terminaría con él en la cárcel. Roto por dentro, Fernando rompió a llorar de impotencia, jurando entre lágrimas que jamás le había levantado la mano a una mujer.
Fernando se marchó a su casa completamente destrozado, pero la pesadilla navideña aún no terminaba. En medio de la noche, Nahir le envió mensajes diciéndole que estaba afuera de su puerta y necesitaba hablar con él. Al salir, Fernando se encontró con Nahir y Sol. Bajo amenazas y manipulaciones, lo obligaron a acompañarlas a la casa de los Galarza, la cual se encontraba vacía. Una vez adentro, cerraron la puerta con candado y desataron una golpiza despiadada contra el joven. Lo golpearon de todas las formas posibles mientras Nahir le recordaba sádicamente que su padre era policía y que, si intentaba defenderse, su vida estaría acabada. En un acto de desesperación, Fernando logró sacar su teléfono para grabar la agresión, pero al ser descubierto, fue sometido a más violencia hasta que lo obligaron a borrar el video. Cuando finalmente logró salir de esa casa del terror, Fernando estaba al borde del desmayo, viendo nublado y con el alma destrozada por las horribles cosas que las jóvenes habían dicho sobre su familia. Intentó buscar ayuda contándole la verdad a una tía de Nahir, pero la apariencia angelical y la voz dulce de la agresora hicieron que la mujer no tomara en serio las palabras de Fernando.
Esa golpiza brutal fue la chispa final que Fernando necesitaba para despertar. Sus amigos, consternados por su estado físico y emocional, lo convencieron de mudarse a Paraná para estudiar administración de empresas. La distancia física era la única cura posible para el vínculo traumático que lo ataba a Nahir. Fernando se inscribió en la universidad, ansioso por comenzar sus clases en marzo y rehacer su vida lejos de la oscuridad. El 28 de diciembre de 2017, Fernando mantuvo una de sus últimas conversaciones por chat con Nahir, dejándole dolorosamente claro que ni por un millón de dólares volvería a estar con ella. Había tomado la firme decisión de liberarse. Sin embargo, la mente perturbada de Nahir no podía aceptar el rechazo ni la pérdida de control.
A las dos de la madrugada del 29 de diciembre, Nahir se presentó sorpresivamente en la casa de Fernando. Nadie, excepto ellos, sabrá jamás qué palabras o manipulaciones utilizó para convencerlo, pero trágicamente, el joven, en un momento de vulnerabilidad fatal, accedió a salir con ella. Fernando tomó su motocicleta, la subió como tantas otras veces, y la llevó a la casa de ella, donde presuntamente mantuvieron relaciones sexuales por última vez. Pasadas unas tres horas, cuando Fernando se disponía a regresar a su hogar en la moto, Nahir le pidió un último y funesto favor: que la llevara a la casa de su abuela. Mientras Fernando esperaba con el motor encendido, Nahir fingió haber olvidado algo dentro de la casa. Entró, y de la parte superior del refrigerador, tomó la pistola reglamentaria calibre 9 milímetros de su padre policía. Ocultó el arma homicida en su bolsillo y se subió a la motocicleta, abrazando por la espalda al hombre que estaba a punto de ejecutar.
Mientras transitaban por una calle oscura, de tierra y desolada, Nahir le indicó a Fernando que detuviera la marcha. Apenas la moto se frenó, Nahir se bajó, sacó el arma y, con una sangre fría espeluznante, le disparó a Fernando por la espalda. El impacto fue tan violento que atravesó el cuerpo del joven, quien cayó pesadamente al suelo junto a su motocicleta, gravemente herido pero aún con vida. Lejos de sentir horror o arrepentimiento, Nahir se acercó a su expareja agonizante y, a tan solo cuarenta centímetros de distancia, le descerrajó un segundo disparo letal directamente en el pecho, asegurándose de apagar su vida para siempre. Acto seguido, la asesina demostró un nivel de cálculo estremecedor: comenzó a buscar en el suelo los casquillos de las balas para no dejar evidencia. Frustrada por no encontrar la primera bala (que había rebotado lejos debido a la potencia del disparo a quemarropa), Nahir notó que un taxi se aproximaba. Ocultó el arma y fingió tranquilidad. El taxista pasó de largo creyendo que era un simple accidente menor. Con la mayor naturalidad del mundo, Nahir emprendió el camino de regreso a su casa caminando por las calles desiertas, un trayecto que quedó inmortalizado por las cámaras de seguridad que la captaron moviéndose sin prisa ni alteración alguna. Al llegar a su hogar, devolvió el arma al lugar exacto donde la encontró, se dio una ducha para quitarse los rastros de pólvora y sangre, y se fue a dormir a su cama plácidamente, dejando a Fernando desangrándose en la fría calle.
Horas más tarde, el mismo taxista que había pasado por la escena regresó por la misma ruta y encontró a Fernando agonizando en el suelo. Inmediatamente llamó a urgencias, pero la ayuda llegó demasiado tarde; Fernando Pastorizzo había exhalado su último aliento. La noticia corrió como pólvora en la ciudad. Al no registrarse robo de sus pertenencias, la policía rápidamente catalogó el hecho como un ajuste de cuentas. La madre de Fernando, Silvia, ajena a la tragedia en las primeras horas, notó la ausencia de su hijo y llamó a Nahir. Con una voz inquebrantable, la joven asesina le mintió asegurándole que no sabía nada de él desde la noche anterior. Cuando Silvia finalmente se enteró del asesinato y le comunicó la terrible noticia a Nahir, la joven, en un acto de macabro cinismo, publicó una foto romántica en su cuenta de Instagram con el escalofriante texto: “5 años juntos, peleados, yendo y viniendo pero siempre con el mismo amor. Te amo para siempre mi ángel”.
El interrogatorio policial fue el escenario donde Nahir comenzó a tejer su propia trampa. Llevada inicialmente como testigo, intentó desviar la atención de los investigadores fingiendo un llanto inconsolable y lanzando teorías absurdas. En un claro ejemplo de alguien que se cree infinitamente más astuta de lo que realmente es, insinuó que el crimen podría haber sido cometido por un familiar policía de uno de los amigos de Fernando, e incluso cuestionó la ruta en la que se encontró el cuerpo. Hablaba del asesinato del hombre que supuestamente amaba con la misma desaprensión con la que alguien discute la trama de una película de ficción. Su actitud gélida, sumada a la abrumadora falta de coartada y pruebas circunstanciales, llevó a la policía a emitir rápidamente una orden de arresto en su contra.
Viendo que el cerco se cerraba y aconsejada por su padre, Nahir se entregó junto a un abogado, dando inicio a un circo mediático y judicial plagado de mentiras que cambiaban según la conveniencia del momento. En su primera declaración oficial, intentó borrar de un plumazo sus propias palabras de la mañana y sus publicaciones en redes, argumentando que Fernando era solo un “conocido” con quien tenía encuentros casuales, en un intento desesperado por evitar el agravante legal por el vínculo amoroso. Su padre incluso tuvo la audacia de testificar que jamás había conocido a Fernando, una mentira monumental que se derrumbó instantáneamente cuando los fiscales presentaron los registros de las vacaciones familiares en Brasil y decenas de fotografías. Ante el colapso de esta absurda coartada, Nahir cambió su historia por segunda vez, admitiendo la relación pero alegando ser víctima de violencia de género. Inventó una historia inverosímil en la que Fernando la había amenazado con el arma en la moto, y que, tras un forcejeo por un bache, el arma se disparó “accidentalmente” en la espalda de él, para luego, debido al aturdimiento, dispararse de nuevo accidentalmente en su pecho. Nadie con sentido común podía tragar semejante falacia, pero la defensa apostaba por instalar la duda razonable.
En un intento desesperado por salvarse, Nahir llamó a testificar a Sol Martínez, su cómplice en la golpiza, esperando que respaldara la teoría del maltrato. Sin embargo, Sol, demostrando la misma falta de lealtad que su amiga, y aterrada por las implicaciones penales, la hundió sin piedad. Ante el tribunal, Sol se desvinculó completamente del asesinato, omitió cualquier mención a la paliza que juntas le propinaron a Fernando y dejó a Nahir completamente expuesta a su suerte, publicando más tarde en redes sociales que nunca apoyaría a una asesina. El golpe de gracia lo dio el reconocido perito psicólogo Gabriel Cartaña, quien evaluó a Nahir y elaboró un perfil devastador. Cartaña concluyó que Nahir no encajaba en lo absoluto con el perfil de una mujer víctima de violencia de género; era inteligente, con recursos y con el amparo de la fuerza policial a través de su padre. Podría haber detenido cualquier abuso con una simple palabra. El psicólogo determinó que la joven poseía una alarmante falta de empatía, el desarrollo emocional de una niña de once años y una incapacidad absoluta para conectar con el sufrimiento ajeno, viendo sus actos criminales como meras travesuras. Carecía de todo arrepentimiento genuino por haber arrebatado una vida, sintiendo pesar únicamente por la pérdida de su propia libertad.
El 3 de julio de 2018, la justicia argentina dictó un fallo histórico. Nahir Galarza, con tan solo 19 años de edad, fue condenada a prisión perpetua, convirtiéndose en la mujer más joven del país en recibir esta máxima sentencia. A pesar de los indignantes intentos de sus abogados por manipular la sensible temática de la violencia de género para justificar un homicidio premeditado, las pruebas, los peritajes psicológicos y las abrumadoras contradicciones de la acusada sellaron su destino. En entrevistas posteriores realizadas desde su encierro, Nahir continuó exhibiendo su aterradora naturaleza, hablando de la muerte de Fernando como si hubiese sido obra del destino cósmico, esgrimiendo sonrisas escalofriantes al abordar el tema y lamentando únicamente no poder salir de fiesta los fines de semana. Hoy en día, la sociedad sigue observando con indignación cómo Nahir cumple su condena en “La Granja”, un penal con régimen semiabierto donde carece de celdas tradicionales, disfruta de acceso a redes sociales e incluso presume públicamente de su nueva relación amorosa con un joven recluso. El caso de Nahir Galarza permanece como una herida abierta en la memoria colectiva, un recordatorio sombrío y permanente de que el narcisismo extremo, la crianza sin límites y la manipulación emocional pueden gestar a los monstruos más despiadados detrás del rostro más inofensivo. La vida de Fernando Pastorizzo fue truncada brutalmente por amar a la persona equivocada, dejando tras de sí una lección dolorosa sobre las sombras inexploradas del alma humana.