Había sido un día de esos que se olvidan en cuanto cierras la puerta de la oficina, o en mi caso, en cuanto apago el portátil en el salón. Un día gris, monótono, de esos que son como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Bajé a por el pan y a por un par de cosas al Mercadona, ya sabes, la rutina del “soltero de oro” que en realidad solo aspira a que el aguacate esté en su punto. Al volver a casa, mientras subía en ese ascensor que huele a una mezcla extraña de desinfectante de pino y comida china del vecino del tercero, metí la mano en el bolsillo del vaquero.
Buscaba mis llaves, las de siempre. El manojo con el llavero de un bar de Benidorm que se me rompió hace dos años y la llave del buzón que siempre se engancha. Pero mis dedos rozaron algo diferente. Un objeto frío, liso, con una forma que no me resultaba familiar. Lo saqué con la curiosidad de quien encuentra una moneda de dos euros olvidada, pero lo que vi me dejó con la ceja más levantada que la de un juez de línea en un derbi.
Era una llave. Pero no una llave cualquiera. Era una llave de seguridad, de esas gordas, con agujeritos grabados con láser y una cabeza de plástico negro, impoluta. Parecía recién salida de la ferretería. El problema, claro, es que yo no recordaba haberla visto en mi vida. Ni era mía, ni era de mis padres, ni se la había guardado a ningún amigo por si se quedaba fuera.
—¿Pero esto qué es? —mascullé para mis adentros, mientras el ascensor se detenía en el cuarto piso con ese traqueteo que parece que te va a dejar a mitad de camino.
Me quedé allí, plantado en el rellano de terrazo, mirando el objeto. Mi primera reacción fue la lógica española: “Me la han metido en el bolsillo por error en el metro”. Claro, Javi, porque la gente va por la Gran Vía metiendo llaves de seguridad en bolsillos ajenos por deporte nacional. La segunda opción era que me estuviera volviendo loco, que también es muy de autónomo.
Pensé en tirarla. De verdad. Hubiera sido lo más sensato. ¿Para qué quieres una llave que no sabes de dónde viene? Pero algo me detuvo. Esa vocecita que tenemos todos, esa que nos mete en líos y que en España llamamos “curiosidad de vieja al visillo”, me dijo que la guardara. Que aquello era raro, y lo raro siempre tiene una explicación, aunque sea una explicación que no quieras oír.
Me acerqué a mi puerta, la del 4ºA. La puerta de siempre, con sus marcas de golpes de cuando subí el sofá de Ikea y su mirilla que deforma la cara de todo el que se atreve a llamar. Metí mi llave normal en la cerradura, le di las dos vueltas de rigor, y entré. Dejé la bolsa del pan en la encimera y volví a sacar la “llave intrusa” del bolsillo.
Me quedé mirando la cerradura desde dentro. El pomo de latón me devolvía un reflejo distorsionado y burlón. Me reí de mi propio miedo. “Javi, eres un paranoico”, me dije. “Seguro que ni entra”.
Con el pulso un poco acelerado —porque para qué nos vamos a engañar, estaba más nervioso que un gato en una perrera—, acerqué la llave negra al bombín. Encajó. No es que entrara bien, es que entró como si la cerradura hubiera sido fabricada exclusivamente para recibirla. Se deslizó con una suavidad aceitosa, casi erótica.
Sentí un frío repentino en la nuca. El tipo de frío que no se quita ni con la calefacción central. Giré la llave.
Clac.
La primera vuelta. Sin esfuerzo. Sin resistencia. Como si el metal y el mecanismo fueran viejos amigos.
Clac.
La segunda vuelta. La puerta estaba cerrada. Y yo estaba solo en casa. O eso creía. Porque cuando fui a retirar la llave para volver a abrir y convencerme de que todo era una coincidencia estadística imposible, la mano se me quedó congelada sobre el pomo.
Había un problema. Un problema que me hizo desear no haber salido nunca del ascensor.
La llave había funcionado, sí. Había cerrado la puerta. Pero al intentar abrirla, me di cuenta de que el mecanismo ya no se movía. No porque estuviera atascado. Sino porque la puerta, a pesar de que yo acababa de darle dos vueltas a la llave desde fuera… ya estaba abierta. Alguien, o algo, la había empujado desde el interior justo en el momento en que el metal terminaba su giro.
La puerta se entreabrió un par de centímetros, revelando la oscuridad del pasillo de mi propia casa. Una oscuridad que olía a algo que no era mi ambientador de vainilla. Olía a aire viciado, a cerrado… y a una presencia que no debería estar allí.
—¿Hola? —pregunté, y mi voz sonó como la de un adolescente al que le acaban de pillar fumando detrás del gimnasio.
Nadie respondió. Pero desde el fondo del pasillo, donde está mi dormitorio, escuché el sonido inconfundible de alguien cerrando un cajón. Mi cajón. El de los calcetines.
Fue entonces cuando lo entendí, con el corazón martilleando contra mis costillas como si quisiera salir por la boca: tal vez nunca he conocido completamente mi propia casa. O peor aún, tal vez alguien más la conocía mejor que yo.

Parte 2: El intruso doméstico y la logística del pánico
Me quedé allí, petrificado, con la mano aún agarrada al pomo frío como si fuera un salvavidas en mitad de un naufragio. La puerta estaba entreabierta, apenas una rendija de tres centímetros, pero por ese hueco entraba un aire que no era el de mi casa. Era un aire pesado, cargado de un silencio que te pitaba en los oídos. En Madrid nunca hay silencio, siempre se oye una sirena a lo lejos, el camión de la basura o al vecino del quinto que ha decidido que las once de la noche es una hora excelente para practicar zapateado. Pero en mi pasillo, en ese momento, el mundo se había quedado mudo.
—Javi, vete. Sal de aquí. Baja a la calle y llama a la policía —me dijo mi instinto de supervivencia, ese que normalmente solo se activa cuando veo que el aguacate que compré ayer ya está negro.
Pero no me moví. No pude. En lugar de eso, me quedé mirando la rendija. En mi cabeza ya estaba montando el casting de la película de terror: un asesino en serie, un okupa con muy buenos modales que sabe usar las llaves de seguridad, o mi madre que se había presentado de sorpresa desde el pueblo y me estaba ordenando el cajón de los calcetines por decimoquinta vez.
—¿Mamá? —pregunté, intentando que mi voz no sonara como la de un niño de cinco años perdido en el centro comercial.
Nadie contestó. Pero volví a oírlo. Clac. El sonido de un cajón cerrándose. Esta vez con más fuerza.
Empujé la puerta muy lentamente. La madera crujió, un sonido que en cualquier otro momento me habría parecido normal por el cambio de temperatura, pero que ahora sonó como el disparo de una escopeta de feria. Entré en el pasillo. La luz de la entrada estaba apagada, y yo, por supuesto, no la encendí. No quería ser un blanco fácil, o quizá es que me daba miedo ver lo que había allí.
Avancé paso a paso, con la espalda pegada a la pared, esquivando el paragüero de los chinos que siempre tiro cuando voy con prisa. Al llegar a la altura de la cocina, me detuve. La nevera hizo ese zumbido rítmico que suele relajarme, pero esta vez me pareció el latido de un monstruo metálico. Miré de reojo hacia la encimera. Mi bolsa del pan seguía allí, pero había algo diferente.
Al lado del pan, había una taza de café. Una de mis tazas. La que tiene el logo de la facultad y que uso solo los domingos. La taza estaba humeante. Un hilo de vapor subía perezosamente hacia el techo.
Me acerqué con los dedos temblando. Toqué la cerámica. Estaba hirviendo. Alguien acababa de servirse un café en mi cocina, con mi cafetera, mientras yo estaba fuera buscando llaves misteriosas en mis bolsillos. Me asomé al interior de la taza. El café estaba negro, sin azúcar. Yo siempre lo tomo con leche y sacarina porque, oye, uno tiene que cuidar la línea aunque sea autónomo.
—Esto ya no tiene gracia, de verdad —susurré.
Sentí una corriente de aire frío que venía del fondo del pasillo. El dormitorio. La puerta de mi habitación estaba entornada. Una luz tenue, amarillenta, se filtraba por la abertura. Yo no había dejado ninguna luz encendida. En esta casa se ahorra energía como si estuviéramos en guerra, que el precio del kilovatio no está para bromas.
Me acerqué a la habitación. El corazón me iba a tal velocidad que juraría que el vecino de abajo iba a subir a quejarse del ruido de mis latidos. Pegué el oído a la madera.
Escuché una respiración. Una respiración profunda, rítmica, de alguien que está muy cómodo. Y luego, una voz. Una voz que me resultaba terriblemente familiar, pero que no lograba ubicar.
—No te preocupes, si ya casi he terminado —dijo la voz. Era una voz de hombre, pausada, con un deje madrileño de los de toda la vida—. El Javi no se va a enterar de nada. Es un despistado, ya lo sabes. Se deja las llaves en cualquier sitio.
Me quedé helado. Me estaban mencionando a mí. En mi propia habitación. En tercera persona. Era como si me estuvieran haciendo el “unboxing” de mi propia vida.
Abrí la puerta de golpe, impulsado por una mezcla de rabia y pánico absoluto. No sé qué esperaba encontrar, quizá a un tipo con pasamontañas o a mi primo el de Móstoles gastándome una broma pesada de cámara oculta.
Pero lo que vi fue mucho peor.
En mi cama, sentado con las piernas cruzadas y hojeando mi ejemplar de “El Quijote” (que, por cierto, solo uso para que las visitas piensen que leo clásicos), había un hombre. El tipo llevaba mi ropa. Mi sudadera gris con la mancha de café que no sale ni con lejía, y mis pantalones de chándal de los domingos. Tenía mi complexión, mi altura, y el mismo corte de pelo que me hice yo hace una semana en la peluquería del barrio.
Cuando levantó la vista, se me cortó la digestión del pan que aún no me había comido.
No era un extraño. No era un asesino. El tipo tenía mi cara. No es que se pareciera a mí, es que era una fotocopia exacta, pero con unos diez años más. Tenía las mismas ojeras de trabajar delante de una pantalla y la misma pequeña cicatriz en la ceja izquierda de cuando me caí del columpio a los seis años.
Me miró con una sonrisa tranquila, casi paternal.
—Hola, Javi —dijo, cerrando el libro con cuidado—. Has tardado más de lo previsto. Pensé que te quedarías hablando con la del cuarto B, que ya sabes que le das un poco de coba y no para de contarte lo de su ciática.
—¿Quién… quién eres? —logré articular, mientras buscaba con la mano el soporte del iPad para usarlo como arma defensiva.
—Soy tú, hombre. O una versión de ti que ha aprendido a no perder las llaves —se levantó de la cama con una agilidad que yo ya no tengo y se acercó a mí. Yo retrocedí hasta chocar con el armario—. La llave que has encontrado en el bolsillo… ¿te gusta? Es de las buenas, de las que no se copian en cualquier sitio.
—¿Cómo has entrado? ¿Qué haces con mi ropa? —estaba al borde de un ataque de nervios—. ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!
—No lo vas a hacer —dijo él, señalando mi bolsillo—. Porque si llamas a la policía, tendrías que explicar por qué tienes la llave de una caja fuerte que desapareció del Banco de España hace tres días. Una llave que, según los registros de seguridad, tú mismo robaste.
Me quedé mudo. Metí la mano en el bolsillo y saqué la llave negra. La miré con otros ojos. Ya no parecía una llave de casa. Tenía un código grabado en el lateral: Sector 7 – Cámara 04.
—¿Yo robé esto? ¡Si no he salido de Chamberí en toda la semana! —grité.
—Tú no, Javi. Pero “nosotros” sí. Y ahora, si no te importa, devuélveme la llave. Tenemos que terminar el plan antes de que llegue el otro.
—¿El otro? ¿Qué otro? —pregunté, sintiendo que la realidad se desmoronaba como un polvorón en agosto.
—El Javi que sí llamó a la policía —respondió él, mirando hacia la puerta de la calle—. Ese es el que viene con ganas de bronca.
En ese momento, escuchamos un estruendo en el portal. Varias voces gritando órdenes, pasos pesados subiendo las escaleras y el sonido inconfundible de alguien cargando una escopeta.
—¡Policía! ¡Abran la puerta! —gritaron desde el rellano.
Mi doble me guiñó un ojo y señaló hacia la ventana que da al patio interior.
—Tú eliges, Javi. O te quedas aquí y les explicas lo de la llave, o te vienes conmigo al tejado y descubrimos quién de los dos es el original. Porque te voy a decir un secreto: el que está en la cama del cuarto B no es un vecino, es el que nos está vigilando a todos.

Parte 3: La huida por el patio de luces y el síndrome de impostor
Si alguna vez os habéis preguntado qué se siente al ser un prófugo en vuestra propia casa mientras un tipo que se parece a vosotros más que vuestro propio reflejo os propone saltar por una ventana de un cuarto piso en Madrid, os lo resumo: es una mezcla de “me voy a matar”, “esto no me está pasando a mí” y “debí haberme apuntado a clases de parkour en vez de a ese curso de cocina macrobiótica”.
—¡Que no voy a saltar, hombre! ¡Que vivo en un cuarto! —le susurré a mi “yo” futuro, o lo que fuera aquel espécimen, mientras los golpes en la puerta de entrada hacían retumbar hasta las tazas de la cocina.
—¡Policía! ¡Último aviso! ¡Echen la puerta abajo! —gritaron desde fuera. Se oía el ruido metálico de un ariete o algo igual de poco sutil.
—No es saltar, Javi. Es bajar por la tubería del gas, la amarilla. Aguanta más de lo que parece —dijo el otro yo, con una calma que me ponía enfermo. Él ya estaba en el alféizar, moviéndose con la agilidad de un gato callejero que se ha criado a base de sobras de calamares—. Confía en mí. Bueno, confía en ti. Es lo mismo.
Agarré la llave negra con una fuerza que me clavaba el metal en la palma de la mano. No sé qué me dio, si fue el miedo a la cárcel o el hecho de que mi doble parecía tenerlo todo controlado, pero me encaramé a la ventana. Miré hacia abajo. El patio interior estaba oscuro, olía a guiso de lentejas del tercero y a lejía. La tubería amarilla bajaba pegada a la pared de ladrillo visto, esa que el presidente de la comunidad dice que hay que limpiar pero nunca hay presupuesto.
—Venga, vamos. Primero el pie izquierdo, luego el derecho. No mires abajo, mira a la pared. Es como una mudanza, pero sin muebles —me animó el Javi-2.
Empezamos a bajar. Mis manos sudaban tanto que juraría que iba a resbalar y acabar hecho una tortilla en el patio de luces. Cada vez que escuchaba un estruendo arriba —mi puerta cediendo, seguramente— sentía una sacudida de adrenalina que me hacía apretar más la tubería.
Llegamos al nivel del segundo piso. Una vecina, doña Puri, estaba en la cocina bebiendo un vaso de leche. Nos miró a través del cristal con los ojos como platos.
—¡Buenas noches, doña Puri! ¡Es que me he dejado las llaves dentro! —gritó el Javi-2 con una naturalidad pasmosa. La pobre mujer se quedó tan parada que casi se le cae la dentadura en el vaso.
Bajamos el último tramo y saltamos al patio. Yo caí de culo sobre una bolsa de basura que alguien había dejado fuera de sitio. “¡Mierda de civismo!”, pensé. Pero al menos la bolsa amortiguó el golpe. El otro Javi me ayudó a levantarme. No tenía ni un rasguño. Estaba impecable, como si acabara de salir de un spa de espías.
—Rápido, por el portal de servicio. El conserje está durmiendo la siesta del siglo —me dijo, tirando de mi manga.
Salimos a la calle. Madrid seguía igual. La gente paseando a los perros, los taxis pasando con la luz verde y el olor a asfalto caliente. Nadie sospechaba que acabábamos de escapar de una unidad de élite de la policía nacional por una tubería de gas. Caminamos rápido hacia la zona de Bilbao, esquivando las terrazas llenas de gente tomando cañas.
—Vale, ya estamos fuera. Ahora explícame qué narices es esta llave y por qué hay un “Javi” que ha llamado a la policía —dije, plantándome en mitad de la acera. La gente nos miraba un poco raro. Normal, éramos dos tipos idénticos, uno de ellos con el culo manchado de basura y el otro con una sonrisa de suficiencia.
—Siéntate aquí —me señaló un banco de hierro frente a un Kebab que olía a gloria bendita. Nos sentamos—. Escucha, Javi. No hay un “Javi” que llamó a la policía. El que llamó fue el Sistema.
—¿El Sistema? ¿Qué sistema? ¿Hacienda? ¿La Seguridad Social? —pregunté, ya totalmente perdido.
—El sistema de monitorización de realidades. Verás… Madrid no es solo Madrid. Es un nodo. Y tú… bueno, nosotros… somos los administradores. O lo éramos antes de que nos diera por jubilarnos y vivir la vida de autónomo pringado.
Me quedé mirándole como si me estuviera contando que la Tierra es plana y que el hombre nunca llegó a la Luna.
—¿Administradores de qué? ¡Si yo diseño logos para empresas de fontanería!
—Eso es lo que te han hecho creer. Es tu “capa de realidad”. Pero la llave que tienes… esa llave abre el servidor central. Está debajo del metro de la Puerta del Sol. Lo del robo del Banco de España fue solo una tapadera para que la policía “normal” nos buscara a nosotros mientras los de arriba hacían el cambio.
Sacó un móvil. No era como el mío, que tiene la pantalla estallada. Era un terminal metálico, fino, sin marca. Pulsó un par de botones y apareció un mapa de Madrid en 3D, pero con líneas de colores que cruzaban las calles como si fueran venas.
—Mira esto. ¿Ves este punto rojo en tu edificio? —asentí—. Ese es el vigilante. El que vive en el cuarto B. ¿Alguna vez le has visto salir?
Me detuve a pensar. Pues no. El del cuarto B era un misterio. Siempre se oían ruidos de máquinas, pero nunca le había visto la cara. Ni una sola vez en tres años.
—Es un dron orgánico. Un recolector de datos. Sabían que tarde o temprano encontrarías la llave que dejaste escondida en tu propio código genético. Porque, Javi, no encontraste la llave en tu bolsillo. La llave salió de tu bolsillo cuando tu ADN se activó al pasar por el arco de seguridad del metro.
Me toqué el muslo. No había ningún agujero en el pantalón.
—¿Me estás diciendo que soy una especie de impresora 3D de llaves maestras?
—Más o menos. Y ahora, el vigilante sabe que la llave está activa. Va a venir a por ella. Y no viene solo. Viene con la actualización.
—¿La actualización?
—Un nuevo Javi. Uno que no tiene dudas, que no se mancha de café y que hace lo que le dicen. Un Javi que ocupará tu sitio y nadie notará la diferencia. Ni tus padres, ni tus amigos, ni el del Kebab.
Sentí un vacío en el estómago. El síndrome del impostor llevado al extremo físico. ¿Y si yo ya era una actualización? ¿Y si los recuerdos de mi infancia en el pueblo eran solo datos cargados en un disco duro?
—¿Y qué hacemos? —pregunté.
—Hacemos lo que mejor se nos da a los madrileños cuando hay problemas —dijo él, levantándose—. Vamos a Sol, nos metemos en el metro y hackeamos la realidad antes de que cierren por mantenimiento.
De repente, mi móvil (el de verdad, el mío) empezó a vibrar. Era una videollamada. Un número oculto.
Acepté por inercia. En la pantalla apareció mi propia cara. Pero no era yo, ni era el Javi-2. Era una versión de mí impecable, con un traje de tres piezas y una mirada gélida. Estaba en mi salón. Detrás de él, se veía a los policías quietos, como estatuas, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa.
—Hola, Javieres —dijo el Javi-Traje—. Gracias por sacar la llave a pasear. Me habéis ahorrado mucho trabajo de rastreo. Quedaos donde estáis. El equipo de limpieza llegará en sesenta segundos.
La llamada se cortó. Miré a mi alrededor. La gente en la calle empezó a caminar de forma extraña, sincronizada. Los taxis se detuvieron al mismo tiempo. El ruido de la ciudad desapareció.
—¡Corre! —gritó el Javi-2—. ¡Por el callejón de la derecha!
Salimos disparados, pero al girar la esquina, nos encontramos con algo que no estaba en el mapa. Una pared de cristal invisible bloqueaba la calle. Al otro lado, un operario de limpieza con el uniforme de Madrid estaba borrando el graffiti de la pared con una pistola de agua. Pero cuando nos vio, la pistola de agua se transformó en un rifle de energía.
—Error de acceso detectado —dijo el barrendero con una voz metálica.
Estábamos atrapados entre un barrendero espacial y una actualización de nosotros mismos con traje de marca. Miré la llave negra. Empezó a brillar con una luz violeta.
—Javi… —dijo mi doble—. Usa la llave. No en una puerta. Úsala en el aire.
—¿En el aire? ¿Pero qué dices?
—¡Hazlo! ¡Corta la realidad!
Agarré la llave con las dos manos y hice un movimiento de corte en el aire frío de la noche. Se oyó un sonido parecido al de una tela rasgándose. Una grieta de luz blanca apareció en mitad del callejón.
—¿A dónde lleva esto? —pregunté.
—A la versión de Madrid donde el aceite de oliva todavía está a cuatro euros —dijo él, empujándome hacia dentro—. ¡Salta!

Parte 4: La grieta del tiempo y el reencuentro en Sol
Saltar a una grieta de luz blanca en mitad de un callejón de Madrid es como meterse en una lavadora gigante llena de luces de neón y purpurina. No sentí dolor, pero sí una sensación de vértigo que me revolvió el estómago. Durante unos segundos, dejé de ser Javi, el autónomo con problemas de espalda, para convertirme en una sucesión de ceros y unos flotando en el vacío.
¡PUM!
Caí de rodillas sobre un suelo de piedra. Piedra de verdad, de esa que está gastada por millones de pies. Olía a humedad, a metal y a… ¿churros? Abrí los ojos y me encontré en mitad de la estación de Sol. Pero no era la estación de Sol que yo conocía. El logo de Metro era de un azul más oscuro, los trenes parecían sacados de una película futurista de los años sesenta y, lo más sorprendente de todo, la gente iba vestida con capas de colores chillones.
Me levanté, sacudiéndome el polvo de los pantalones de chándal. Mi doble, el Javi-2, apareció a mi lado un segundo después, aterrizando con la elegancia de un gimnasta olímpico. El muy odioso ni siquiera se había despeinado.
—Bienvenido a Madrid-Beta —dijo, ajustándose la sudadera—. Aquí las cosas son un poco más… experimentales. Pero la base es la misma. El servidor central está justo debajo de la estatua del Oso y el Madroño.
—¿Madrid-Beta? ¿Me estás diciendo que hay más de una? —pregunté, mientras esquivaba a un tipo que pasaba volando en una especie de patinete sin ruedas.
—Hay cientos. La mayoría son aburridas, como la tuya, donde la gente se preocupa por el precio de la gasolina y el último cotilleo de la televisión. Pero todas se alimentan del mismo núcleo. La llave que tienes es el pase de administración para todas ellas.
Caminamos hacia la salida de la Puerta del Sol. La plaza estaba irreconocible. En lugar de carteles de “Tío Pepe”, había un holograma gigante de una botella de vino que te saludaba al pasar. El reloj de la Puerta del Sol tenía tres esferas en lugar de una, y las campanadas sonaban como sintetizadores de los ochenta.
—Escucha, Javi —me dijo mi doble, poniéndose serio por primera vez—. El Javi-Traje, la actualización, no tardará en encontrarnos. Él tiene los permisos de nivel superior. Nuestra única oportunidad es entrar en el servidor y reescribir nuestra propia línea de código. Tenemos que borrar la orden de sustitución.
—¿Y cómo hacemos eso? ¡Yo solo sé usar el Photoshop y el Excel básico!
—La llave lo hace todo. Solo tienes que insertarla en la ranura y pensar en quién quieres ser de verdad. Si quieres ser el Javi autónomo que vive en Chamberí, la realidad se restaurará. Pero si quieres algo más… bueno, esta es tu oportunidad.
Llegamos a la estatua del Oso y el Madroño. Pero no era de piedra. Era de una aleación metálica que cambiaba de color según el ángulo de la luz. En la base de la estatua, oculto tras una placa que ponía “Mantenimiento de Realidad – Prohibido el paso a versiones no autorizadas”, había un pequeño ojo de cerradura negro.
Justo cuando iba a meter la llave, el aire se volvió gélido. Un portal de luz roja se abrió en mitad de la plaza y de él salió el Javi-Traje. No venía solo. Le acompañaban cuatro barrenderos con rifles de energía y un tipo que se parecía mucho a mi casero, pero con ojos de láser.
—Se acabó el juego, Javieres —dijo el Javi-Traje, caminando hacia nosotros con una calma absoluta—. Entregad la llave. Madrid-Beta no es lugar para versiones obsoletas. Estamos a punto de lanzar Madrid 2.0. Sin atascos, sin ruidos, sin gente que pierde las llaves. Un paraíso de eficiencia.
—¡Un paraíso de aburrimiento, querrás decir! —gritó el Javi-2, poniéndose delante de mí—. ¡Javi, métela! ¡Gira la llave ya!
Los barrenderos levantaron sus armas. Yo sentí que el tiempo se detenía. Miré al Javi-Traje, tan perfecto, tan limpio, tan… falso. Luego miré a mi doble, que a pesar de ser una versión extraña de mí, tenía esa chispa de humanidad, de caos, de imperfección que nos hace ser quienes somos.
Metí la llave en la estatua.
—¡No lo hagas! —gritó el Javi-Traje—. ¡Si reinicias el sistema, perderás todos tus recuerdos! ¡No sabrás quién eres!
—Prefiero no saber quién soy a que tú me lo digas —respondí.
Giré la llave.
Clac. Clac.
Un estallido de luz violeta envolvió la estatua. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo, pero esta vez no me dolió. Vi pasar mi vida ante mis ojos: el primer día de colegio, el olor a tostadas de mi madre los domingos, el primer logo que diseñé y que era una porquería, las tardes de cañas con los amigos en Ponzano… Todo estaba ahí. No eran datos. Eran momentos.
El Javi-Traje empezó a desvanecerse, gritando algo que no logré entender. Los barrenderos se convirtieron en montones de píxeles que el viento se llevó. Mi doble me miró y me guiñó un ojo antes de desaparecer también.
—Nos vemos en la próxima actualización, Javi —susurró.
De repente, todo se volvió negro.
Me desperté con el sonido de mi despertador. Eran las ocho de la mañana. Me dolía la cabeza como si hubiera pasado la noche de fiesta en Malasaña. Miré a mi alrededor. Estaba en mi cama, en mi habitación de siempre. El cajón de los calcetines estaba cerrado. No olía a café negro.
—Vaya sueño más raro —murmuré, frotándome los ojos.
Me levanté, fui a la cocina y me puse la cafetera. Todo parecía normal. Encendí el móvil. No había videollamadas de números ocultos, solo un mensaje de mi madre preguntándome si ya había comido.
Me senté en el sofá con mi taza de café con leche y sacarina. Suspiré aliviado. La realidad aburrida nunca me había parecido tan atractiva. Pero entonces, mientras buscaba el mando de la tele entre los cojines, mis dedos rozaron algo metálico.
Saqué el objeto.
Era la llave negra. La de seguridad. La que no era mía.
Pero esta vez, tenía un pequeño llavero colgando. Una pequeña placa de metal grabada con una frase que me hizo escupir el café sobre la alfombra:
“El aguacate está en su punto. Disfruta de la realidad, Javi. Te la has ganado. Fdo: Tu otro tú.”
Miré hacia la puerta de entrada. Estaba cerrada con los dos cerrojos. Pero bajo la puerta, se filtraba un pequeño papel. Una nota de la comunidad de vecinos.
“Se informa a los propietarios del cuarto piso que hoy comenzarán las obras de limpieza del patio interior. Se ruega no tirar basura por la ventana. Atentamente, El Vigilante del 4ºB.”
Me eché a reír. Una risa floja, un poco histérica. Me levanté, fui a la cocina y tiré la llave negra al cubo de la basura orgánica. Si el mundo era un decorado o un servidor central debajo del Oso y el Madroño, me daba igual. Mientras el café estuviera caliente y el aguacate maduro, yo ya tenía mi propia actualización instalada.
Me asomé a la ventana y miré hacia el cielo de Madrid. Seguía gris, ruidoso y lleno de contaminación. Era perfecto.
—Mañana empiezo con el parkour —me dije, mientras le daba otro sorbo al café—. Por si las moscas.