La luz se enciende y se apaga cuando alguien que no es él lo decide. La comida llega cuando alguien que no es él lo decide. Y cuando los guardias pasan a las 3 de la madrugada para la revisión de rutina, abriendo la mirilla de acero de golpe, sus compañeros de módulo dicen que el hombre se orina encima del susto. Ese hombre movía cientos de millones de dólares al año, controlaba cada centímetro de Tamaulipas, tenía rutas de cocaína que llegaban a Houston, a Chicago y a Atlanta.Y su golpe más siniestro, la decisión que le dio un poder que ningún otro narcotraficante en México había tenido jamás, fue crear al grupo armado más sanguinario que este país haya conocido, los ZAS. 30. Y un militares de élite que abandonaron el ejército mexicano para servirle a él, a un solo hombre, a Osiel Cárdenas Guillén. Él mata amigos.
Pero eso fue antes, antes de la cárcel en Texas, antes de la deportación, antes de que la vida le pasara la factura completa con intereses acumulados durante 17 años. Hoy el fundador de los setas no da órdenes, no tiene teléfono, no tiene internet, no tiene un bloque de celdas solo para él como tuvo durante 14 años en una prisión federal de Texas.
No tiene visitas de su novia fuera de horario. No tiene guardias que le llevan comida especial ni le cortan el pelo como a un doctor. Hoy Oel Cárdenas es el interno número 240 y algo del módulo de máxima seguridad del altiplano. Un número más, un cuerpo más detrás de una puerta de acero que pesa 120 kg y suena como un disparo cada vez que se cierra.
Y la Fiscalía General de la República tiene siete procesos penales abiertos contra él. Si lo encuentran culpable de todo y las pruebas acumuladas durante 17 años son aplastantes, la pena acumulada supera los 730 años de prisión. 730 años en una celda sin ventana a 2600 m sobre el nivel del mar.
para un hombre que en Estados Unidos vivía como un huésped VIP, que tenía acceso a internet, que recibía visitas familiares y de su pareja sentimental fuera del horario establecido, que dormía en un bloque entero de celdas reservado exclusivamente para él, que estaba registrado bajo un nombre falso para que nadie pudiera encontrarlo, que solo era atendido por guardias con rango de capitán o superior y que un excapitán penitenciario describió con estas palabras: Le cortaban el pelo como a un médico o un abogado. Siempre iba arreglado. Eso
tenía en Texas. Y ahora tiene un colchón de espuma, una cobija gris y una mirilla que se abre de golpe a las 3 de la madrugada. ¿Cómo llegó el hombre más temido de Tamaulipas a pudrirse en la misma cárcel donde están los capos que él ayudó a crear? ¿Cómo es posible que Estados Unidos lo tratara como rey durante 14 años, mientras en México lo esperaban siete procesos penales por homicidio calificado, lavado de dinero, narcotráfico, cohecho, delincuencia organizada y posesión de armas de uso exclusivo del ejército? ¿Y qué pasa con
un hombre cuando el país que lo premió por traicionar a los suyos decide que ya no lo necesita y lo devuelve al infierno del que lo sacó? Pasé semanas revisando documentos judiciales, registros deló federal de prisiones de Estados Unidos, el reportaje del periodista Joan Grillo publicado en Crashout Media, basado en testimonios directos de personal penitenciario, los comunicados oficiales de la FGR y la Secretaría de Seguridad y las investigaciones del periodista Jesús Esquivel sobre los acuerdos de cooperación entre narcotraficantes y
agencias estadounidenses. Lo que encontré no es solo la historia de un narcotraficante que cayó, es la historia de un sistema que premia la traición, que intercambia información por privilegios, que te protege mientras le sirves y que cuando se termina el trato te devuelve al lugar exacto del que te sacó.
Solo que ahora llegas más viejo, más débil, sin aliados y con más enemigos que nunca, porque los hombres que vendiste siguen vivos y están en la misma cárcel. Esta es la historia completa y lo que vas a escuchar en los próximos minutos cambia completamente la forma en que entiendes la relación entre el narcotráfico mexicano y la justicia estadounidense.
Para entender por qué o si el Cárdenas está hoy donde está, hay que entender primero qué tipo de hombre era. Y para entender qué tipo de hombre era, hay que empezar por lo más revelador, el apodo. Porque a Oiel no le pusieron el mata a amigos por una canción ni por un corrido. Se lo ganó literalmente asesinando al hombre que lo había ayudado a subir.
Nació el 18 de mayo de 1967 en Matamoros, Tamaulipas. Familia humilde, papá mecánico, mamá ama de casa, demasiados hijos para el dinero que entraba. A los 14 años, Osiel se fue a vivir con su hermana Lilia porque en la casa familiar no había espacio, no había recursos, no había futuro visible. Trabajó de ayudante de mecánico, de mesero, de empleado en una fábrica maquiladora de las que abundan en la frontera a turnos de 12 horas, salario mínimo, calor infernal de Tamaulipas 9 meses al año, un currículum que no asusta a nadie. Pero Matamoros no es
cualquier ciudad. Matamoros es la puerta de entrada del narcotráfico mexicano hacia Estados Unidos. Y en esa frontera, la línea entre el trabajo legal y el otro negocio siempre ha sido delgada como una navaja, tan delgada que a veces ni se ve. Y cuando la cruzas, rara vez vuelves.
A finales de los 80, Ociel empezó a traficar cocaína a pequeña escala mientras trabajaba como mecánico. Cargaba paquetes pequeños, hacía de mula, hacía de mensajero, aprendía. En 1989 lo detuvieron por primera vez homicidio, abuso de confianza y daños a propiedad ajena. A los 22 años ya tenía su primer muerto encima.
Pasó una noche en la cárcel y salió bajo fianza. El sistema lo escupió de vuelta a la calle antes de que la sangre se secara. Un año después volvió a caer amenazas y lesiones. Salió el mismo día bajo caución. El patrón ya estaba claro. O si él entendió desde muy joven que en México la justicia tenía precio y que si pagabas la cuota en dinero, en contactos, en favores, la puerta giratoria te devolvía a la calle una y otra vez.
En 1992 cruzó a Brownsville, Texas, con 2 kg de cocaína encima. Esta vez sí lo agarraron en serio. Lo sentenciaron a 63 meses de cárcel en Estados Unidos, 5 años y 3 meses. Un año después, en el 93, lo trasladaron a México en un intercambio de reos y para abril de 1995 ya estaba en libertad. Pero aquí viene el giro que define toda esta historia.
Esos años en la cárcel no lo destruyeron, lo transformaron. Consolidó contactos con proveedores colombianos que operaban en la zona de Brownsville. Aprendió las mecánicas del sistema judicial en ambos lados de la frontera, las debilidades, los vacíos, los precios de cada eslabón. Entendió que la cárcel no era el final del camino.
Era una escuela de posgrado donde los profesores eran narcotraficantes con décadas de experiencia. Y cuando salió, ya no era un mecánico metido a traficante, era un operador con visión estratégica, contactos internacionales y una ambición que no le cabía en Matamoros. Y aquí necesito que prestes mucha atención a lo que voy a decir, porque lo que pasó a continuación fue lo que convirtió a un don Nadie de la Frontera en el hombre más peligroso de México.
Y todo empezó con una vacante que nadie podía llenar. En enero de 1996 cayó Juan García Ábrego, el padrino histórico del cártel del Golfo, el hombre que durante más de una década había controlado el flujo de cocaína desde Colombia hasta el sur de Texas. García Ábrego fue el primer narcotraficante mexicano en entrar a la lista de los 10 más buscados del FBI.
Una distinción que no se le daba a cualquiera y que demostraba el poder que había acumulado. Con él fuera, el cártel se fragmentó. Varios intentaron tomar el control, incluido Humberto García Ábrego, hermano del Padrino, que no tenía la inteligencia ni la crueldad necesarias para mantener la Organización unida.
Óscar Malerbe de León asumió brevemente el mando, pero también cayó en febrero del 97. El trono estaba vacío y en el narcotráfico, un trono vacío es una invitación a la guerra. De entre los escombros emergieron dos nombres, Salvador Gómez Herrera, alias el Chava y Osiel Cárdenas Guillén, tomaron las riendas juntos, socios, amigos, aliados.
El Chava controlaba parte de las operaciones logísticas en Matamoros o si él manejaba las relaciones con los proveedores y la estructura financiera. Juntos empezaron a reconstruir lo que García Ábrego había dejado en ruinas. Trabajaban codo a codo, se protegían mutuamente. La relación era tan estrecha que los informantes de la DEA los describían como inseparables.
Pero Osiel no quería compartir el poder con nadie, nunca quiso, no sabía hacerlo, no estaba en su naturaleza. Para Osiel, un socio no era un aliado, era un obstáculo temporal que todavía no había llegado a su fecha de caducidad. En 1998, Osiel asesinó a Salvador Gómez Herrera. Lo mató a sangre fría, sin aviso, sin negociación, sin darle la oportunidad de defenderse ni de huir.
Al hombre que lo había ayudado a subir cuando nadie más apostaba por él. Al hombre que había compartido los riesgos en los primeros meses de reconstrucción del cártel. Al hombre que confiaba en él lo suficiente como para no ver venir el disparo, lo ejecutó para quedarse solo con el control absoluto del cártel del Golfo. Y fue así, con la sangre de su propio amigo y socio todavía fresca en el suelo, como Osel Cárdenas Guillén, se ganó el apodo que lo perseguiría hasta la celda donde hoy se pudre, el mata amigos. Ese apodo no era folklore
callejero, era una declaración de principios operativos. Osiel Cárdenas era el tipo de líder criminal que entendía o creía entender que la lealtad en el narcotráfico tiene fecha de caducidad, que los socios son herramientas que se usan mientras sirven y se descartan cuando estorban. Lo aplicó con el Chava.
Lo aplicaría después con los propios setas cuando los vendió a la DEA desde una celda en Texas. Y al final el sistema se lo aplicó a él con la misma brutalidad. Lo usaron mientras servía y lo devolvieron a México cuando dejó de ser útil. Pero lo que hizo después de matar a su amigo fue algo que cambió la historia del crimen organizado en México para siempre.
Algo que ningún capo había hecho antes, algo cuyas consecuencias todavía se sienten hoy, más de 25 años después, en cada fosa clandestina, en cada narcomensaje, en cada pueblo aterrorizado por sicarios con entrenamiento militar, algo que convirtió al narcotráfico mexicano en una guerra con tácticas de contrainsurgencia creó a los setas.
1997, un teniente del ejército mexicano llamado Arturo Guzmán de Sena está destinado en Tamaulipas para combatir al narcotráfico. Tiene 22 años, nació en Puebla. Ingresó al ejército a los 17. es miembro del grupo aeromóvil de fuerzas especiales Los gafe, la unidad de élite del ejército mexicano.
Formada en los 80 para operaciones de contrainsurgencia, los GAVE eran el equivalente mexicano de los Navy Seals o los SAS británicos. Guzmán de Sena había sido entrenado en técnicas de contrainsurgencia por las fuerzas especiales de Estados Unidos en la Escuela de las Américas en Fort Benning, Georgia. había recibido instrucción directa de las fuerzas de defensa de Israel en tácticas de combate urbano.
Sabía manejar explosivos, sabía rastrear objetivos en territorio hostil. Sabía emboscar, neutralizar, interrogar y desaparecer evidencia con eficiencia quirúrgica. Era, sobre el papel, uno de los soldados más capacitados que había producido el ejército mexicano en toda su historia. Pero Guzmán de Cena tenía un problema que no se resuelve con entrenamiento de élite ni con condecoraciones militares.
Ganaba en un año lo que un sicario del cártel del Golfo ganaba en un mes. Y esa cifra no es retórica, es aritmética pura. Un teniente del ejército mexicano a finales de los 90 cobraba un sueldo que apenas alcanzaba para mantener a una familia pequeña. Un operador medio del cártel del Golfo ganaba más en 30 días de lo que ese teniente veía en 12 meses.
La diferencia era tan obsena que ni siquiera requería una decisión moral compleja. Era una ecuación riesgo similar, paga 50 veces mayor, sin rendir cuentas a ningún mando militar. Y Guzmán de Sena, ya había cruzado la línea antes de desertar formalmente, ya estaba aceptando sobornos del cártel mientras seguía vistiendo el uniforme del ejército.
La deserción era cuestión de tiempo, de calendario, de oportunidad o si el Cárdenas lo contactó con una propuesta que no necesitaba demasiada explicación. Los detalles exactos de esa conversación se han reconstruido a partir de documentos oficiales y testimonios citados por el periodista Joan Grillo y por investigadores del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
La versión más aceptada recoge una conversación que se ha convertido en leyenda negra del narcotráfico. O si él le dijo a Guzmán de Cena que necesitaba protección real, no pistoleros de pueblo, no sicarios de cantina, sino operadores con capacidad militar profesional. Quiero los mejores hombres. Los mejores Guzmán de Cena respondió que ese tipo de perfiles tiradores de precisión, especialistas en explosivos, rastreadores, expertos en interceptación de comunicaciones, solo existían dentro de las filas del ejército.
Que fuera del ejército no iba a encontrar esa calidad de combatiente. Y la instrucción de Ociel fue directa, sin matices, sin espacio para la duda. Quiero a esos. Así nació el proyecto más siniestro del narcotráfico mexicano. Guzmán de Cena desertó del ejército y se convirtió en Suno, el primer Z. La Z venía del código que usaban los Gave para comunicarse por radio durante operaciones tácticas.
Y Guzmán de Sena no se fue solo. Siguiendo las órdenes directas de Ociel, reclutó a decenas de militares de distintas unidades de élite del ejército mexicano, el séptimo batallón de infantería, el 15º regimiento de caballería motorizada y los propios Gave. No fue una deserción en masa, como se ha contado muchas veces en los medios.
Los registros oficiales del ejército mexicano muestran que los soldados fueron abandonando sus puestos a lo largo de meses, uno a uno, de forma escalonada, seducidos por la promesa de ganar en 30 días lo que el gobierno les pagaba en un año. Era un goteo constante de desersiones que los mandos militares no supieron o no quisieron frenar a tiempo.
Para 1999, los setas ya eran 31 exmilitares organizados bajo una estructura paramilitar idéntica a la del ejército, pero al servicio exclusivo de un solo hombre, 31 soldados entrenados para matar, con instrucción estadounidense e israelí, con capacidades de contrainsurgencia, manejo de explosivos, emboscadas, rastreo, interrogatorio e interceptación de comunicaciones.
31 profesionales de la guerra al servicio de un exmecánico de Matamoros que había aprendido a traficar cocaína en la frontera. Esa es la imagen completa y esa imagen le dio a Osiel Cárdenas algo que ningún otro capo en la historia de México había tenido jamás. Un ejército privado con capacidades militares reales, no sicarios improvisados armados con pistolas de segunda mano, operadores militares profesionales con la formación de las mejores fuerzas especiales del continente americano.
Con ese ejército privado, Osiel Cárdenas consolidó el control total de Tamaulipas en menos de 2 años. Dividió el estado en plazas operadas por distintas células armadas, los metros en Matamoros, los rojos en Reinosa, los lobos en Nuevo Laredo. Cada célula respondía directamente a él a través de la cadena de mando de los setas.
Las rutas de droga se multiplicaron exponencialmente. La cocaína entraba por el puerto de Lázaro Cárdenas en Michoacán y por Coatsacalcos en Veracruz. subía por vía terrestre a través de corredores controlados por los zetas hasta Nuevo Laredo y Matamoros y cruzaba la frontera hacia el corredor Houston, Chicago, Atlanta.
El Departamento de Justicia de Estados Unidos estimó que en su momento de mayor poder, la organización de Cárdenas Guillén movía toneladas de cocaína y marihuana cada mes, no kilos, toneladas. Y el dinero cientos de millones de dólares al año se lavaba a través de empresas fachada en Tamaulipas, casas de cambio en la frontera y transferencias bancarias hacia paraísos fiscales que la DEA tardó años en rastrear.
Pero los setas no solo traficaban droga, los setas mataban con una brutalidad que México no había visto en generaciones, descuartizamientos, decapitaciones, cuerpos colgados de puentes con narcomensajes escritos en cartulina con la sangre todavía fresca. Fosas clandestinas con docenas de cadáveres, a veces cientos. Personas disueltas en ácido en tambos de 200 L.
pueblos enteros vaciados por el terror, masacres de migrantes centroamericanos que cometieron el error de pasar por territorio equivocado. El nivel de violencia que los setas introdujeron en México fue tan extremo, tan sin precedentes, que obligó a otros cárteles, incluido el de Sinaloa, el más poderoso del país, a crear sus propios grupos de sicarios militarizados para poder competir.
La espiral de violencia que devastó a México en la primera década de los 2000 tiene un origen preciso, tiene un nombre y un apellido. La decisión de un exmecánico de Matamoros de reclutar militares de élite para proteger su negocio de drogas. Eso es lo que Ociel Cárdenas le heredó a México. No solo un cártel más poderoso, un modelo de violencia paramilitar que fue copiado, escalado, replicado por cada organización criminal del país durante los siguientes 20 años.
Un modelo que todavía hoy sigue cobrando vidas. Cada fosa clandestina que aparece, cada pueblo fantasma que Google Maps todavía muestra como habitado, pero que lleva años vacío. Cada madre que busca a un hijo desaparecido. El ADN de toda esa violencia se remonta a una sola decisión tomada por un solo hombre en Matamoros a finales de los 90.
Y aquí viene algo que la mayoría de la gente no sabe, algo que Osiel Cárdenas probablemente preferiría que nunca se contara, porque demuestra que su creación más poderosa empezó a escapársele de las manos desde el primer día. Arturo Guzmán de Sena, el Suno, el soldado que fundó a los setas, no duró mucho.
El 21 de noviembre de 2002, mientras comía en un restaurante llamado Estrella del Mar en Matamoros, acompañado de su guardia personal, un comando de soldados del ejército mexicano irrumpió y abrió fuego sin aviso previo. No hubo negociación, no hubo llamada a rendirse. Los soldados entraron disparando. Guzmán de Cena fue alcanzado por al menos 50 disparos en la cabeza.
el pecho, los brazos y las piernas. Murió en el acto. Su cuerpo quedó tendido entre las mesas volcadas y los platos rotos del restaurante. Tenía 26 años. El soldado que creó al grupo paramilitar más temido de la historia de México, el hombre que había sido entrenado por las fuerzas especiales de Estados Unidos y de Israel.
El desertor, que convenció a 30 soldados de abandonar el ejército, murió acribillado en un restaurante de matamoros, a una edad en la que la mayoría de la gente está terminando la universidad o buscando su primer empleo. Estable, 26 años. Ni siquiera llegó a viejo en un negocio donde envejecer es el mayor lujo. Menos de 4 meses después, el 14 de marzo de 2003, el ejército capturó a Ociel.
La conexión es directa. Con su no muerto, el escudo protector de Ociel se debilitó de forma irreversible. El mando de los Zas pasó a Heriberto Lazano el C3, pero Lazano era leal a la organización, no necesariamente a Osiel. Y los militares aprovecharon esa fractura, pero la captura de Osiel tiene una historia propia y para entenderla hay que retroceder 4 años hasta el momento más estúpido de la carrera criminal de Ociel Cárdenas, el momento en que firmó su propia sentencia sin saberlo.
Noviembre de 1999. Dos agentes estadounidenses, uno de la DEA, otro del FBI, circulan en un vehículo oficial por las calles de Matamoros. Están cumpliendo funciones operativas de rutina. Se identifican con placas diplomáticas, pero de repente un convoy de camionetas blindadas le cierra el paso en una calle estrecha.
De las camionetas bajan hombres armados con rifles de asalto A47, AR15, fusiles con mira telescópica y del centro del grupo aparece Osiel Cárdenas Guillén en persona. con una pistola en la mano, apunta directamente a los dos agentes, los amenaza de muerte, les dice que esa plaza es suya, que ahí nadie entra sin su permiso, que la DEA y el FBI no son nadie en su territorio y que la próxima vez que los vea no los va a dejar salir vivos. Después los deja ir.
Los deja ir porque cree que puede hacerlo, porque cree que él es más poderoso que el gobierno de Estados Unidos. Meses antes, en mayo del 99, ya había amenazado de muerte a un agente encubierto del servicio de aduanas que trabajaba con Elice. El agente se había negado a entregar un cargamento de casi 1000 kg de marihuana que formaba parte de una operación encubierta.
o si él le puso una pistola en la cara y le dijo que la próxima vez no habría conversación, pero amenazar a la DEA y al FBI en persona, cara a cara, con arma en mano, delante de testigos, en plena calle de una ciudad fronteriza, fue otra cosa. Fue un acto de una soberbia tan descomunal que solo se explica cuando entiendes lo que Osiel creía ser en ese momento.
Intocable, invencible, por encima de cualquier gobierno. Fue declarar la guerra al país que tiene la memoria más larga y el brazo más largo del planeta. Y Estados Unidos no olvida, nunca olvida. En 2001, Washington lo incluyó en la lista de la Kingpin Act, la ley que permite congelar los activos de los narcotraficantes más peligrosos del mundo y puso una recompensa de 2 millones de dólares sobre su cabeza.
El programa de recompensas por estupefacientes del Departamento de Estado lo clasificó como objetivo prioritario y la inteligencia militar mexicana presionada directamente por el Departamento de Justicia y la Casa Blanca pasó 6 meses infiltrando agentes encubiertos en las cercanías de Ociel. 6 meses escuchando, rastreando, documentando cada movimiento, esperando el momento justo.
14 de marzo de 2003, 9:57 de la mañana, un comando del ejército mexicano rodea una casa en el fraccionamiento satélite de Matamoros. La casa está justo frente a un jardín de niños. Los militares se mueven rápido, pero los narcotraficantes los detectan antes de que se cierre el cerco y se desata un infierno.
Tres enfrentamientos a tiros consecutivos. El primero en la zona residencial entre las calles y los patios de las casas. El segundo sobre la avenida del niño con un convoy de camionetas intentando romper el perímetro y el tercero en las inmediaciones del aeropuerto cervando canales donde un segundo anillo de sicarios intentó interceptar el convoy militar.
Un comando armado lanza una granada de mano que explota junto a un vehículo militar yere de gravedad a tres soldados. También resultan heridos una menor que salía de una escuela primaria cercana y un reportero de Televisa que fue atropellado por una camioneta en el caos de la persecución. O si él intenta saltar una barda de concreto para escapar mientras su gente pelea para cubrir su huida. No lo consiguen.
Los militares lo alcanzan del otro lado de la barda, lo reducen a golpes, lo esposan, lo sacan de la zona bajo fuego cruzado, lo meten en un vehículo blindado, lo trasladan al aeropuerto y de ahí en helicóptero a la base militar de Santa Lucía en la Ciudad de México. El hombre que había apuntado con una pistola a agentes de la DEA y el FBI terminó capturado mientras intentaba trepar una barda de concreto como un ladrón de gallinas huyendo de la policía municipal.
Ese contraste define toda la historia de Osiel Cárdenas, la distancia enorme, grotesca entre lo que aparentaba ser y lo que realmente era cuando le quitaban el ejército, las camionetas blindadas y los 31 setas que le cuidaban la espalda. Esa fue la primera caída, pero lo que vino después fue mucho peor o mucho mejor dependiendo de a quién le preguntes después de su captura o si él fue encerrado en el penal de la palma hoy el altiplano.
La misma cárcel donde hoy se pudre de nuevo 20 años después, como si la vida fuera un disco rayado que repite la misma canción cada vez más lenta y más triste. Pero en 2003, desde La Palma, Osiel seguía controlando cada aspecto del cártel como si la captura no hubiera ocurrido. Daba órdenes a través de abogados que entraban y salían con instrucciones cifradas, a través de intermediarios que se hacían pasar por familiares, a través de guardias penitenciarios comprados con fajos de billetes que entraban al penal dentro de la ropa sucia de los visitantes. Armó
alianzas con otros grupos criminales, incluido el cártel de Tijuana. El dinero seguía fluyendo hacia las cuentas que manejaban sus operadores financieros en Tamaulipas. Los Zas ahora bajo el mando de Heriberto Lascano Lascano, el Z3, conocido como el Lasca, seguían matando con la misma eficiencia mecánica.
Su encarcelamiento no debilitó al cártel del Golfo ni un solo día. El negocio seguía funcionando como un reloj suizo aceitado con sangre. Las autoridades mexicanas entendieron que mientras Osiel pisara suelo mexicano, incluso encerrado en la cárcel de máxima seguridad del país, el cártel seguiría funcionando como si su líder estuviera en libertad.
En marzo de 2005, el gobierno federal concedió la extradición a Estados Unidos. Hubo procesos, hubo amparos, hubo años de maniobras legales diseñadas para retrasar lo inevitable. Los abogados de Ociel presentaron recursos ante cada tribunal posible, pero la presión de Washington era implacable el incidente de 1999 con los agentes de la DEA y el FBI, seguía ardiendo en la memoria institucional del Departamento de Justicia.
Y finalmente, el 19 de enero de 2007, OIEL Cárdenas Guillén fue extraditado a Texas como parte de un paquete de 15 presuntos criminales. Lo esperaban 19 cargos federales en una corte de Houston. Y aquí es donde la historia se vuelve obsena, porque lo que pasó en Estados Unidos no fue justicia, fue un negocio. El periodista Joan Grillo publicó en Crashout Media un reportaje basado en el testimonio directo de un excapitán penitenciario que supervisó personalmente la custodia de Ociel Cárdenas en la prisión federal de Conroy, Texas. Lo que ese excapitán
reveló debería indignar a cualquier persona con un mínimo de sentido de la justicia. Los detalles son estos. Entre 2008 y 2009, durante el periodo en que Osiel negociaba su acuerdo de cooperación con la fiscalía, fue alojado bajo un nombre falso en el registro del Buró Federal de Prisiones. No aparecía como el Cárdenas Guillén.
Aparecía bajo una identidad ficticia para que nadie, ni otros reclusos, ni periodistas, ni las familias de sus víctimas, pudiera rastrearlo. Tenía un bloque de celdas completo reservado exclusivamente para él. No una celda, un bloque entero, acceso a internet sin restricción de horario, visitas familiares y de su pareja sentimental, fuera de los horarios establecidos para el resto de los internos.
Solo personal penitenciario con rango de capitán o superior tenía autorización para entrar en su zona, llevarle alimentos especiales, no la comida del comedor general y supervisar su custodia. Era un hotel con barrotes, un resort con candados, un spa penitenciario para un hombre que había creado la maquinaria de muerte más eficiente del narcotráfico mexicano.
El excapitán penitenciario lo describió con una frase que resume la obsenidad de todo el arreglo. Le cortaban el pelo como a un médico o un abogado, siempre iba arreglado. Mientras Ociel vivía así en Texas, en México, las familias destrozadas por los setas no tenían ni una tumba donde llorar a sus muertos.
Las madres que recorrían fosas clandestinas con bolsas de plástico buscando fragmentos de hueso que pudieran pertenecer a sus hijos, los pueblos enteros de Tamaulipas vaciados por el terror, las morgues saturadas de cuerpos sin identificar, los migrantes centroamericanos asesinados por docenas en masacres que el mundo no conoció hasta años después.
Pero el hombre responsable de crear la maquinaria que producía esas fosas, esos cuerpos, esas madres buscando huesos, tenía internet, visitas de su novia fuera de horario y un bloque de celdas exclusivo en una cárcel federal de Texas. ¿Por qué? Porque colaboró. Porque hizo lo que mejor sabía hacer desde que mató a El Chava en 1998.
Traicionar. En 2010, OIEL se declaró culpable de cinco cargos narcotráfico, lavado de dinero y extorsión a agentes federales. A cambio de su declaración de culpabilidad y de su cooperación como testigo, la fiscalía retiró otros 12 cargos que le habrían garantizado cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Lo sentenciaron a 25 años y una multa de 50 millones de dólares, pero la sentencia era decorativa, cosmética, diseñada para aparentar dureza ante los medios. o si él ya llevaba años entregando todo lo que sabía. Nombres de operadores, rutas activas, cuentas bancarias en Suiza y las Islas Caimán, estructuras organizativas completas, escondites, contactos en el gobierno mexicano, policías comprados, militares sobornados.
Y la forma en que lo hizo la mecánica de la traición es la parte más repugnante de toda esta historia, porque Osiel no traicionó a sus hombres en silencio, los traicionó mientras les cobraba por la traición. El agente de la DEA, Óscar Hagelsiev, entrevistado por el periodista Jesús Esquivel para su libro Los cárteles gringos, reveló que Ociel seguía exigiendo dinero a sus asociados desde la cárcel de Houston.

Les mandaba mensajes a los operadores del cártel del Golfo y de los setas. diciéndoles que necesitaba fondos para pagar su multa y gestionar su liberación anticipada. Les decía que el acuerdo con los gringos requería capital, que si mandaban el dinero, él saldría pronto y volvería a tomar las riendas. Los hombres que habían dejado el ejército por él, que habían matado por él, que habían perdido familias y libertad por su organización, le mandaban el dinero religiosamente a través de una red de transferencias que cruzaba la frontera.
Creían estar ayudando a su jefe, creían estar invirtiendo en su propio futuro dentro del cártel. Pero si él usaba ese dinero para pagar los 50 millones de dólares de multa judicial que le habían impuesto como parte del acuerdo. Y simultáneamente con la otra mano, en la misma semana, a veces en el mismo día, entregaba a la DEA los nombres, las rutas, las cuentas y los escondites de los mismos hombres que le estaban mandando la plata.
Les cobraba por el privilegio de ser traicionados. Les extraía hasta el último dólar mientras firmaba los documentos que los mandarían a la cárcel o a la tumba. Esa doble traición llevó al desmantelamiento parcial de los setas, a la captura de varios narcotraficantes clave y al debilitamiento estructural del cártel del Golfo que facilitó la fragmentación posterior del territorio en facciones rivales que se masacraron entre sí durante años.
Y los gringos lo premiaron por ello. Internet, visitas especiales, bloque exclusivo, nombre falso, 14 años de condena efectiva en vez de 25. y al final, como si fuera poco, la puerta de salida. El 30 de agosto de 2024, Osiel Cárdenas Guillén salió de la penitenciaría de Terraute Indiana. Había cumplido 14 años de una sentencia de 25.
La DEA confirmó públicamente que no se le daría protección como testigo protegido, al menos no de forma oficial, y que era libre de ir a donde quisiera, pero no pudo ir muy lejos porque México lo estaba esperando con las esposas listas, con siete expedientes abiertos y con 17 años de rabia acumulada. 16 de diciembre de 2024, 9:25 de la mañana.
Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, Eli, entregaron a Ociel Cárdenas a las autoridades mexicanas en la frontera de Tijuana. Lo habían trasladado desde Indiana hasta el centro de detención de Otay Mesa en San Diego. Lo escoltaron hasta el puerto de entrada y lo entregaron a México como quien devuelve un paquete que ya cumplió su función.
Las fotos oficiales muestran a un hombre irreconocible, envejecido, encorbado, esposado con esposas de acero reforzado, cubierto con una chamarra negra debajo de un chaleco antibalas negros sin insignias, sin la mirada desafiante de 2003, sin la soberbia de 1999, cuando apuntó a la DEA con una pistola, un cuerpo cansado cruzando una frontera por última vez lo subieron a un avión de la Fiscalía General de la República con matrícula militar.
Lo trasladaron a la Ciudad de México bajo un operativo de seguridad de máximo nivel, helicópteros artillados sobrevolando la ruta, convoy de vehículos blindados con cristales opacos, cierre parcial de la autopista México-Toluca para evitar cualquier intento de rescate o de atentado, porque en el narcotráfico mexicano los traslados de presos de alto perfil son los momentos de mayor vulnerabilidad.
Varios capos han sido rescatados o asesinados durante traslados en las últimas dos décadas. Nadie iba a correr ese riesgo con Oíel Cárdenas. Y a las 5:35 de la tarde del mismo día, después de un vuelo de 3 horas y media y un convoy terrestre de 40 minutos por la autopista, Ociel Cárdenas Guillén ingresó al Centro Federal de Reinserción Social número 1, El Altiplano, en Almoloya de Juárez, Estado de México, la misma cárcel de la que había salido 17 años antes rumbo a Houston, solo que ahora entraba sin privilegios, sin
internet, sin bloque exclusivo, sin nombre falso. sin ninguna garantía de que algún día volvería a ver el sol desde el otro lado de una barda. Lo que siguió fue una avalancha judicial que aplastó cualquier esperanza de libertad que pudieran albergar sus abogados. Al día siguiente de su ingreso 17 de diciembre se le notificó formalmente su detención con base en la primera orden de aprensión vigente.
El 18 de diciembre, apenas 48 horas después de pisar suelo mexicano, la FGR ejecutó una segunda orden de aprensión, esta vez por el homicidio calificado de seis personas, seis víctimas, entre ellas dos mujeres que eran familiares directas de un testigo protegido que había declarado contra el cártel del Golfo. Las seis personas habían sido asesinadas en Jalisco en 2007 mientras Ociel ya estaba en Estados Unidos, pero las órdenes habían salido de él.
El 23 de diciembre se le dictó auto de formal prisión por delincuencia organizada. Al día siguiente, Nochebuena, 24 de diciembre, otro auto de formal prisión por homicidio calificado. En una semana, dos autos de formal prisión, Navidad en una celda del altiplano y todavía le quedan cinco procesos penales por abrir: lavado de dinero, narcotráfico, cohecho, delitos contra la salud y posesión de armas de fuego de uso exclusivo del ejército.
Se declaró inocente de todos los cargos. Se reservó su derecho a declarar. Su defensa busca prescripciones argumentar que los delitos han prescrito por el paso del tiempo y errores procesales que algún juzgado cometió alguna irregularidad en la acumulación de las causas. Pero la FGR tuvo 17 años para preparar estos expedientes, 17 años para blindar cada prueba, cada testimonio, cada peritaje.
Y en septiembre de 2025 un tribunal le negó un amparo portación de arma de fuego de uso exclusivo del ejército. El magistrado fue categórico. El amparo fue declarado infundado, sin matices, sin puertas traseras y un detalle que casi nadie ha conectado, pero que completa el cuadro de destrucción total de esta familia. En agosto de 2025, la Secretaría de Seguridad confirmó la detención en matamoros de Ezequiel Cárdenas Rivera, conocido como Tormenta Junior, hijo de Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, Tony Tormenta, hermano de Ociel, lo
vincularon a proceso por delincuencia organizada y delitos contra la salud. Lo encerraron en el altiplano. Tío y sobrino comparten ahora la misma cárcel de máxima seguridad. La dinastía Cárdenas se desmorona pieza por pieza como un edificio al que le han quitado todos los cimientos. O si el preso en el altiplano con siete procesos penales encima.
Tony tormenta Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, su propio hermano muerto el 5 de noviembre de 2010. Lo acribillaron durante un tiroteo de 6 horas contra la Marina Armada de México en las calles de Matamoros. 300 infantes de Marina lo rodearon. Usaron helicópteros artillados. Tony murió con el fusil en la mano, atrincherado en una casa de seguridad que quedó convertida en un colador de balas.
Murió como vivió disparando, pero murió igual que todos los que juegan este juego, solo, acorralado y sin que nadie viniera a salvarlo. Tormenta Junior, su hijo preso ahora en la misma cárcel que su tío Ociel. Ociel Cárdenas Junior, hijo de Osiel, condenado en Estados Unidos a más de 9 años de prisión federal por contrabando de armas.
Cuatro cárdenas, cuatro destinos idénticos, muerte o cárcel, sin excepciones, sin escapatoria, sin perdón. Ni uno solo se salvó, ni uno solo escapó de la ecuación que su propia familia creó. Pero lo que más me impactó de toda esta investigación fue un detalle que publicó el semanario Z de Tijuana en abril de este año.
Un detalle que parece menor, que parece anecdótico, pero que cuando lo piensas dos veces revela absolutamente todo sobre lo que queda de Osiel Cárdenas Guillén. El artículo dice que desde que Osiel ingresó al altiplano en diciembre de 2024, no se ha quejado de nada, no ha denunciado malas condiciones, no ha reportado enfermedades, no ha alegado tortura ni maltrato, no ha exigido mejor comida, ni mejor colchón, ni mejor trato, nada.
El semanario lo describe así. A diferencia de otros narcotraficantes presos en ese penal, no se ha quejado de sus condiciones de internamiento. El hombre que amenazó a la DEA con pistola. El hombre que creó un ejército de 31 exmilitares. El hombre que mató a su propio amigo para quedarse con el poder. El hombre que vendió a cada persona que confió en él desde una celda en Texas mientras les cobraba dinero por el privilegio de ser traicionados.
Ese hombre hoy guarda silencio absoluto. No protesta, no exige, no negocia. ¿Por qué? porque ya no tiene moneda de cambio. Esa es la respuesta corta, pero la respuesta larga es peor. En Estados Unidos pudo negociar porque tenía información nombres, rutas, cuentas, estructuras operativas, contactos gubernamentales, ubicaciones de casas de seguridad, métodos de lavado.
Tenía un tesoro de inteligencia criminal que la DEA y el FBI necesitaban desesperadamente para justificar décadas de operaciones fallidas contra el narcotráfico mexicano. Los gringos lo necesitaban. Por eso tuvo internet y visitas y bloque de celdas exclusivo y nombre falso, porque cada dato que entregaba valía millones en operaciones, encomisos, en titulares de prensa para los fiscales que querían demostrar resultados.
Pero la información la dio toda, los nombres los entregó todos, las rutas las quemó todas, las cuentas bancarias las reveló todas, los contactos los delató todos. llegó a México completamente vaciado, exprimido como una naranja, a la que ya le sacaron hasta la última gota, sin nada que ofrecer a nadie, sin ficha de negociación, sin as bajo la manga, sin esa moneda invisible que en el mundo del narcotráfico vale más que el oro.
Información que alguien necesita y los hombres que vendió saben lo que hizo. El periodista Jesús Esquivel lo documentó con claridad. Oel debe tener cuidado extremo en el altiplano porque la información que compartió con las autoridades estadounidenses puso precio a su cabeza dentro del sistema penitenciario mexicano.
Según múltiples fuentes, facciones herederas de los setas habrían ofrecido dinero a otros reclusos para atentar contra él, incluso cuando todavía estaba en Estados Unidos. En la prisión federal estadounidense tuvo que ser trasladado de instalación al menos una vez después de que pandillas carcelarias con conexiones al narcotráfico mexicano intentaron agredirlo.
El creador de los ZAS, necesitando protección de las facciones que nacieron de los Zetas, el fundador del brazo armado más sanguinario de México, temiendo que los herederos de su propia creación lo maten dentro de una cárcel. Esa frase resume 20 años de historia criminal mexicana mejor que cualquier libro, cualquier documental, cualquier artículo periodístico.
Y ahora está en el altiplano, sin protección gringa, sin información que negociar, sin aliados, sin dinero que mandar a nadie. con 58 años y un cuerpo que ya no es el del hombre que trepaba bardas en matamoros, con siete procesos penales avanzando como una aplanadora judicial, con 730 años de condena potencial acumulada y rodeado día y noche, comida tras comida, revisión tras revisión de gente que tiene motivos de sobra para querer verlo muerto.
Por eso no se queja, porque quejarse requiere creer que alguien te escucha, que alguien se preocupa, que hay alguien al otro lado de la puerta de acero que podría hacer algo por ti si alzaras la voz lo suficiente. Y o si el Cárdenas Guillén a sus 58 años en una celda de 3x 2 y5 a 2,600 m sobre el nivel del mar, sabe perfectamente que ya nadie lo escucha, que ya nadie lo necesita, que ya nadie lo protege.
Si se aplicaran todas las condenas, delincuencia organizada, homicidio calificado de seis personas, lavado de dinero, narcotráfico, cohecho a servidores públicos, delitos contra la salud, posesión de armas de fuego de uso exclusivo del ejército, la pena total superaría los 730 años. En la práctica del sistema penal mexicano, la pena máxima efectiva que puede cumplir una persona ronda los 60 años, pero 60 años sumados a los 58 que ya tiene significan exactamente lo mismo que 730.
O si el Cárdenas Guillén va a morir en esa celda, no le dan los números, no le da la edad, no le da la biología, la aritmética es implacable y no acepta apelaciones. El Cárdenas negoció, colaboró, mintió, traicionó a cada persona que alguna vez confió en él desde el Chaba, el amigo que lo ayudó a subir y al que asesinó a sangre fría, hasta los 31 setas que dejaron el ejército por él y a los que vendió uno por uno desde una celda con internet en Texas.
Vivió 14 años como huésped un sistema penitenciario que lo protegió mientras le fue útil. Creyó que había pagado su deuda. Creyó que la fiesta podía durar para siempre y descubrió que la deuda nunca se paga. No cuando creaste a los zas, no cuando dejaste miles de muertos regados por todo México, no cuando el país que destruiste tiene siete expedientes con tu nombre, 17 años de pruebas acumuladas y una cárcel de máxima seguridad esperándote a 2,600 m de altitud.
La fiesta se acabó el 16 de diciembre de 2024. Se acabó cuando los agentes del ais lo entregaron a México como quien devuelve una herramienta que ya no sirve. Se acabó cuando las puertas del altiplano se cerraron detrás de él con el mismo sonido metálico con el que se cierran todas las historias de este canal. un sonido seco, definitivo, sin eco, porque las paredes de esa celda absorben todo el ruido, la luz, la esperanza, el tiempo, el sonido de una celda que no se vuelve a abrir.
Si esta historia te sacudió, hay otra que necesitas conocer. Hay un nombre que apareció varias veces en esta investigación, un nombre que está conectado con la caída de Osiel, pero desde el otro lado, desde el lado de los que supuestamente combaten el narcotráfico. Y lo que descubrí sobre ese nombre es todavía más perturbador que todo lo que acabas de escuchar.
está en el video que tienes en pantalla ahora mismo