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El Caso que conmocionó a Argentina:Niña Desapareció una fiesta familiar—6 años después, audio fue..

Era sábado 13 de marzo de 2010. La casa de la familia Maldonado, ubicada en el barrio Echeverría de San Lorenzo, estaba llena de vida. El cumpleaños de Roberto Maldonado, el patriarca de la familia, reunía a más de 40 personas entre tíos, primos, vecinos y amigos. El quintal trasero estaba decorado con luces de colores que colgaban de los árboles.

Había mesas largas cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos, botellas de vino tinto y kilmes bien frías en las conservadoras. El asador despedía el aroma inconfundible del chorizo y la carne al carbón. La música de cumbia villera sonaba a todo volumen desde un equipo de sonido colocado junto a la galería.

Los adultos conversaban animadamente con ese tono elevado típico de las reuniones argentinas, donde todos hablan al mismo tiempo. Las risas se mezclaban con el tintineo de los vasos y el sonido de las sillas arrastradas sobre el piso de cemento. Los niños corrían entre las mesas, jugaban a las escondidas detrás de los árboles de paraíso que bordeaban el fondo del terreno y ocasionalmente alguno se acercaba a pedir una gaseosa o un pedazo de pan con chimichurri.

Malena Cruz estaba ahí. Era la sobrina de Roberto, hija de Lucía Cruz, la hermana menor de la esposa del homenajeado. Malena era una niña menuda de pelo castaño largo, recogido en una cola de caballo, ojos marrones grandes y expresivos, y una sonrisa tímida que aparecía solo cuando se sentía completamente cómoda.

Vestía una remera rosa con brillos y un jein claro. Llevaba puestas sus zapatillas blancas favoritas, que ya empezaban a mostrar manchas de tierra del patio. Durante la primera parte de la noche, Malena estuvo sentada en una silla plástica blanca junto a su madre, comiendo papas fritas de un cuenco y observando a los demás niños jugar.

Lucía notó que su hija estaba callada más de lo habitual. Le preguntó si se sentía bien y Malena asintió con la cabeza, aunque no dijo nada. Lucía estaba conversando con su prima Graciela sobre problemas laborales en la fábrica textil donde ambas trabajaban y no insistió. Alrededor de las 9:30 de la noche, Malena se levantó de su silla.

Lucía la vio caminar hacia el fondo del patio, donde estaban los otros niños. Uno de los primos, Matías, de 12 años, recuerda haberla visto pasar junto a él mientras buscaba una pelota que había caído cerca del alambrado que separaba el terreno del valdío vecino. Esa fue la última vez que alguien recuerda haberla visto con claridad. Pasaron 30 minutos, quizás 40.

El tiempo exacto nunca pudo determinarse con precisión porque nadie estaba prestando atención al reloj. La fiesta continuaba. La música seguía sonando, los adultos seguían comiendo y bebiendo. Fue Lucía quien primero sintió esa punzada de inquietud que toda madre conoce. Miró hacia el fondo del patio y no vio a Malena entre los niños.

Se levantó, caminó hasta donde estaban jugando y preguntó por ella. ¿Vieron a Malena? Los niños se miraron entre sí. Algunos se encogieron de hombros. Matías dijo que la había visto hacía un rato, pero no sabía dónde estaba ahora. Lucía sintió que su corazón latía más rápido. Volvió a la mesa pensando que tal vez su hija había entrado a la casa para ir al baño.

Revisó el baño vacío. Revisó las habitaciones vacías. Salió nuevamente al patio y comenzó a llamarla por su nombre. Ahora con un tono de urgencia que hizo que algunas personas dejaran de conversar y miraran hacia ella. Malena, Malena, ¿dónde estás? Roberto bajó el volumen de la música. El murmullo de conversaciones se apagó gradualmente.

La atmósfera de celebración empezó a transformarse en algo más denso, más pesado. Los adultos se levantaron de sus sillas y comenzaron a buscar. Revisaron cada rincón del patio detrás de los árboles, dentro del garaje, en el depósito donde se guardaban las herramientas. Algunos salieron a la vereda y recorrieron la cuadra gritando el nombre de la niña. Nada.

A las 10:15 de la noche, alguien sugirió llamar a la policía. Lucía ya estaba temblando con lágrimas corriendo por su rostro. Su hermana Marta la abrazaba mientras ella repetía una y otra vez, “No puede ser. Estaba acá hace un momento. No puede haberse ido así no más.” La comisaría Punoera de San Lorenzo envió un móvil policial a las 10:35.

Dos agentes llegaron a la casa de los Maldonado, tomaron nota de la descripción de Malena y comenzaron a hacer preguntas. ¿A qué hora la vieron por última vez? ¿Qué ropa llevaba puesta? ¿Había tenido alguna discusión con alguien? Tenía por costumbre alejarse sola. Lucía respondía entre soylozos.

No, Malena no era de irse sola a ningún lado. Era una niña tranquila, obediente, incluso algo retraída. No tenía motivos para escaparse. No había tenido ningún problema en casa, no había peleado con nadie. Los agentes pidieron una foto reciente. Lucía sacó de su billetera una fotografía escolar tomada tres meses atrás.

Los policías salieron a recorrer las calles aledañas con la foto en mano. Tocaron timbres. Preguntaron a vecinos que aún estaban despiertos. Revisaron plazas cercanas. La búsqueda se extendió hasta las 2 de la madrugada sin ningún resultado. En ese momento, el caso fue elevado a la división investigaciones. Un subcomisario llamado Horacio Beltrán llegó a la casa pasada las 3 de la mañana.

Era un hombre de unos 50 años con el cabello gris y una expresión grave que no auguraba nada bueno. Beltrán ordenó que nadie abandonara la casa hasta que se tomaran declaraciones formales a todos los presentes. Uno por uno, los invitados fueron interrogados. ¿A qué hora llegó? ¿Vio algo extraño? ¿Notó algún comportamiento sospechoso? ¿Vio a algún desconocido rondar la zona? Las respuestas fueron todas similares.

No, nada fuera de lo común, solo una fiesta familiar normal. Cuando amaneció el domingo 14 de marzo, Malena Cruz llevaba casi 9 horas desaparecida. La noticia ya había comenzado a circular por el barrio. Vecinos salían a sus veredas a preguntar qué había pasado. Algunos se sumaron voluntariamente a la búsqueda, recorriendo descampados, espacios verdes y la costa del arroyo San Lorenzo.

Bomberos voluntarios con perros rastreadores llegaron alrededor de las 8 de la mañana. Los perros siguieron rastros que terminaban siempre en el mismo lugar. El alambrado trasero de la casa quedaba a un terreno valdío lleno de yuyullos altos y basura acumulada. Lucía no había dormido. Estaba sentada en el sofá de la sala con la mirada perdida, aferrando la remera rosa de Malena que había quedado colgada en el respaldo de una silla.

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