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RIVALDO : La Verdad Salió A La Luz

La verdad salió a la luz Balón de Oro, mejor jugador del mundo, dos copas del mundo y un hombre que escupió en la cara del presidente del Barcelona delante de 50,000 personas. Lo que nadie te contó es que Rivaldo nunca jugó por gloria, jugó por hambre, hambre real, del tipo que no se olvida nunca. Su nombre completo era Rivaldo Víctor Borba Ferreira.

 Y lo que pasó en su infancia explica todo lo que vino después. En los próximos 70 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te dijeron. El partido contra Turquía en el Mundial 2002. La simulación más famosa de la historia. Lo que Rivaldo me confesó después en una entrevista que nunca salió al aire. Y la cuarta, ¿por qué jugó hasta los 43 años en equipos de tercera división? ¿Por qué un balón de oro terminó jugando en Angola? La verdad que su familia no quería que se supiera.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante, porque el mejor futbolista brasileño de su generación murió pobre en todo, menos en dinero. 1972, paulista, Pernambuco, nordeste de Brasil, el lugar más pobre de un país pobre. Rivaldo nació en una casa de barro con techo de lata. Siete hermanos.

Su padre Romildo, era albañil cuando había trabajo. Cuando no había, la familia no comía. Pasé hambre de verdad, dijo Rivaldo en una entrevista de 2003. Dulces en la calle, cocadas, pasteles de guayaba. Rivaldo la acompañaba. Tenía 5 años, 6 años. Llevaba la canasta en las manos. Gritaba a los precios.

 Y cuando volvían a casa sin haber vendido nada, no había cena. A los 7 años Rivaldo ya trabajaba. No por vocación, por necesidad. Limpiaba zapatos en la plaza. Vendía hielo en bolsitas. Ayudaba a su padre a cargar ladrillos en las obras, manos de niño con callos de hombre. Y cuando terminaba, agarraba un balón hecho con bolsas plásticas atadas con cuerda y se iba a jugar a la calle.

El fútbol no era mi sueño, confesó años después. Era mi escape, las dos únicas horas del día donde no pensaba en el hambre. Pero hubo un día que lo cambió todo, un día que Rivaldo nunca olvidó. Tenía 9 años. Su padre consiguió un trabajo grande, una construcción que iba a durar meses. Buen dinero, estabilidad.

Romildo salió de casa a las 5 de la mañana. “Hoy vamos a comer bien”, le dijo a María. A las 3 de la tarde, Rivaldo estaba jugando fútbol en la calle cuando vio a su madre corriendo, llorando, gritando, “¡Tu padre! Hubo un accidente.” Romildo había caído de un andamio, 4 metros de altura, golpe directo en la cabeza.

 Murió en el camino al hospital. Rivaldo no lloró. No, en ese momento se quedó parado mirando el suelo, apretando los puños. ¿Qué vamos a hacer?, le preguntó a su madre esa noche. Sobrevivir, le dijo ella, como siempre. Al día siguiente, Rivaldo dejó la escuela. Tenía 9 años. Grábate eso. Un niño de 9 años que dejó de estudiar porque su padre murió en una obra.

 Ese niño se convirtió en el mejor jugador del mundo 11 años después. Con su padre muerto, Rivaldo se convirtió en el hombre de la casa. 9 años, siete hermanos menores, una madre que trabajaba 18 horas al día. Rivaldo vendía lo que fuera, dulces, periódicos, hielo, refrescos. Trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche y cuando terminaba jugaba fútbol.

 No en un club, no en una academia, en la calle, descalzo con una pelota de trapo. Nunca pensé en ser, dijo. Solo quería jugar. Era lo único que me hacía olvidar que teníamos hambre. Pero la gente del barrio lo veía y hablaba. Ese niño es diferente, tiene algo. A los 13 años, un entrenador local lo vio jugando. Se llamaba C. Carlos.

 Entrenaba un equipo amateur de Paulista. ¿Quieres jugar con nosotros? No puedo, tengo que trabajar. Te pagamos 20 reales por partido. 20 reales. Menos de Pero para Rivaldo era una fortuna. ¿Cuándo empiezo? Rivaldo jugó 3 años en ese equipo Amateur. De los 13 a los 16 trabajaba de día, jugaba de noche. Era zurdo, potente, inteligente, pero sobre todo era implacable.

Rivaldo no jugaba bonito, dijo Clos años después. Jugaba para ganar y para cobrar porque necesitaba ese dinero. A los 16, un ojeador del Santa Cruz de Recife lo vio. Un equipo profesional de segunda división. Le ofrecieron un contrato, 50 al mes. Una fortuna para un niño que vendía dulces. Rivaldo firmó sin leer, no porque fuera ingenuo, porque no sabía leer bien.

Nunca terminé la escuela, confesó años después. Me da vergüenza decirlo, pero es la verdad. En Santa Cruz, Rivaldo debutó como profesional. Tenía 17 años. Jugó de mediocampista, metió ocho goles en su primera temporada y envió todo el dinero a su madre. todo hasta el último centavo.

 Mi madre dejó de vender dulces cuando yo empecé a ganar dinero. Dijo, “Ese fue el momento más feliz de mi vida. No cuando gané el Balón de Oro, cuando mi madre pudo dejar de trabajar, pero la vida de Rivaldo no cambió de golpe. Santa Cruz pagaba poco. Rivaldo seguía viviendo en una pensión barata. Comía arroz y frijoles, nada más. Guardaba cada centavo.

 Dijo, porque sabía que esto podía terminar mañana. una lesión, un mal partido y volvía a vender dulces. Esa es la diferencia entre Rivaldo y otros futbolistas. Otros jugaban por pasión, por amor al deporte, por gloria. Rivaldo jugaba por supervivencia y eso lo hacía peligroso. A los 19, Rivaldo fue transferido al Mogi Mirim, un equipo pequeño del interior de Sao Paulo. Le pagaban 200 al mes.

 Allí explotó 20 goles en una temporada. Los ojeadores de los grandes empezaron a llamar Corinthians, Palmeiras, San Paulo. Pero Rivaldo eligió otro camino. En 1993, con 21 años, Rivaldo firmó con el Corinthians. No era el equipo más grande de Brasil, pero pagaban bien. 000 al mes. Para Rivaldo era más dinero del que había visto en su vida.

Lo primero que hizo fue comprar una casa para su madre. Una casa de verdad, con paredes de ladrillo, con techo de Texas, con agua corriente. “Lloré cuando le di las llaves”, dijo. “Lloré como nunca había llorado, ni siquiera cuando murió mi padre. En Corinthians, Rivaldo se convirtió en estrella, no por ser elegante, por ser letal.

 Tiro de zurda, demoledor, potencia. precisión, tiros libres que entraban como misiles. “Rivaldo no era bonito de ver”, dijo un comentarista brasileño. Era efectivo y en el fútbol efectivo gana. Jugó 2 años en Corinthians, metió 34 goles. Los europeos empezaron a llamar y entonces llegó la primera oferta grande.

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