Hay un hombre de 78 años conectado a múltiples monitores en una habitación de terapia intensiva del prestigioso Hospital Ángeles Pedregal, en el sur de la Ciudad de México. Su respiración es artificial, su pronóstico es completamente reservado y, afuera de su puerta, elementos de la Guardia Nacional vigilan sin descanso las 24 horas del día. No están allí para proteger a un político de alto rango de algún atentado, sino para asegurarse de que no escape. Ese paciente no es un enfermo ordinario; es un preso bajo custodia. Su nombre es Jesús Murillo Karam, el hombre que alguna vez fue el más poderoso del sistema de justicia mexicano y que hoy enfrenta un derrame cerebral que le está devorando la mente.

Murillo Karam fue el Procurador General de la República durante el sexenio de Enrique Peña Nieto. Entre 2012 y 2015, él era quien dictaba a quién se investigaba y a quién se dejaba en libertad. Tenía en sus manos todo el aparato del Estado para llegar a la verdad ante cualquier tragedia. Sin embargo, cuando tuvo que investigar el evento más doloroso en la historia reciente de México —la desaparición de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa—, eligió deliberadamente no buscar la verdad. Eligió inventarla. Su caída, desde las altas esferas del poder priista hasta una cama de hospital en calidad de detenido, es una crónica de impunidad, tortura y, según muchos, de una justicia poética implacable.
La Noche Que Quebró a un País
Para entender la magnitud del daño provocado por Murillo Karam, es indispensable viajar a la trágica noche del 26 de septiembre de 2014. Aproximadamente cien estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos viajaron a la ciudad de Iguala, en el estado de Guerrero, para tomar autobuses. Su intención era usarlos para movilizarse a las protestas del 2 de octubre en la capital del país. Aunque la práctica era ilegal, se trataba de una tradición histórica tolerada por las autoridades y conocida por las empresas de transporte.
Lo que debía ser una simple recolección de vehículos se convirtió en un infierno dantesco. La policía municipal de Iguala interceptó a los jóvenes. No lo hicieron para multarlos o detenerlos pacíficamente, sino que abrieron fuego de manera indiscriminada contra autobuses repletos de estudiantes desarmados. Las balas volaron en medio del pánico. Jóvenes corrieron por las calles intentando esconderse, mientras otros caían heridos. Incluso el autobús del equipo de fútbol Los Avispones de Chilpancingo fue acribillado por error. Al amanecer, el saldo era aterrador: seis personas asesinadas a sangre fría, decenas de heridos —incluyendo a un estudiante que quedó en estado vegetativo— y 43 jóvenes desaparecidos.
El Arquitecto del Encubrimiento y la “Verdad Histórica”
La noticia sacudió los cimientos de México y generó un eco inmediato en la comunidad internacional. Ante la presión insostenible, el presidente Peña Nieto encomendó la investigación a su hombre de mayor confianza: Jesús Murillo Karam. Un político de cepa priista, exgobernador de Hidalgo y conocedor profundo de las entrañas del sistema, quien sabía exactamente qué botones apretar para fabricar una salida rápida a una crisis política que amenazaba con hundir al gobierno en turno.
Apenas 42 días después de la tragedia, el 7 de noviembre de 2014, Murillo Karam convocó a una conferencia de prensa que pasaría a la infamia. En ella, presentó lo que bautizó como la “Verdad Histórica”. Afirmó, con aplomo, que la policía había entregado a los 43 estudiantes al grupo criminal Guerreros Unidos. Según él, los narcos llevaron a los jóvenes al basurero municipal de Cocula, los asesinaron y quemaron sus cuerpos en una pira al aire libre durante 14 horas, para luego arrojar sus cenizas en bolsas de basura al Río San Juan. Con esto, pretendía cerrar el caso de forma definitiva y calmar las aguas políticas.
Pero la mentira no se sostuvo. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos destrozó científicamente la versión oficial. Demostraron que para incinerar 43 cuerpos humanos al aire libre se habrían necesitado temperaturas superiores a los 800 grados centígrados, toneladas de madera y miles de litros de combustible. Además, una fogata de esa magnitud habría generado una columna de humo visible a kilómetros, algo que ningún residente local presenció.

Lo más oscuro de la “Verdad Histórica” fueron sus cimientos: la tortura. Testigos clave, como Felipe Rodríguez Salgado, alias “El Cepillo”, fueron asfixiados con bolsas de plástico, golpeados brutalmente y electrocutados para obligarlos a recitar frente a las cámaras la versión que Murillo Karam necesitaba. Fue un montaje siniestro de Estado diseñado para cerrar un expediente que apestaba a complicidad militar y gubernamental.
“Ya me cansé”: El Grito Que Despertó a México
Al finalizar la presentación de su falaz versión, los periodistas cuestionaron al Procurador sobre las inmensas lagunas en su relato. Murillo Karam, molesto por tener que dar explicaciones por un “trámite” que él consideraba resuelto, soltó dos palabras que se tatuaron en la memoria colectiva: “Ya me cansé”.
Esa frase encendió a un país entero. Las redes sociales explotaron y las calles se llenaron de millones de manifestantes gritando consignas. “¿Cómo podía estar cansado el Procurador?”, se preguntaban, mientras 43 madres y padres llevaban semanas enteras sin dormir, cavando en la tierra con sus propias manos, buscando huesos entre las montañas de Guerrero. Esa falta de empatía demostró que los jóvenes no le importaban; para él, solo eran un problema burocrático.
De la Cima del Poder al Abismo Carcelario
Durante años, Murillo Karam vivió cobijado por el manto de la impunidad en un lujoso penthouse en Lomas de Chapultepec, una de las zonas más exclusivas de la capital. Pero el 19 de agosto de 2022, el destino tocó a su puerta. Agentes federales lo arrestaron por los delitos de desaparición forzada, tortura y delitos contra la administración de justicia. El hombre de los trajes caros ingresó al Reclusorio Norte como un interno más, con el uniforme reglamentario y una ficha carcelaria.
La prisión destrozó la salud del septuagenario. Rápidamente, el encierro le pasó factura. Desarrolló Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), severa hipertensión e insuficiencia vascular cerebral. Los médicos advirtieron que su cerebro era una bomba de tiempo por la falta de oxigenación. Tras múltiples traslados a torres médicas y presiones de sus abogados, logró en 2024 la prisión domiciliaria. Regresó a su departamento de lujo, pero sin libertad, permanentemente vigilado.
Justicia Poética: Una Mente que se Apaga

La comodidad de su penthouse no pudo frenar lo inevitable. En abril de 2026, la bomba estalló. Jesús Murillo Karam sufrió un derrame cerebral devastador que lo mandó directo a la sala de urgencias del Hospital Ángeles. Hoy, la ciencia médica no sabe si sobrevivirá o si quedará postrado para siempre en una cama, incapaz de articular una frase coherente o recordar quién es.