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Reina Sofía: Supo la Verdad Desde Su Boda… y Aun Así Se Casó

Saludó a cada uno de los invitados con la dignidad absoluta que el mundo le conocía. Nadie esa noche, según el testimonio del empleado, habría podido sospechar lo que había ocurrido apenas dos horas antes en su dormitorio privado. Esta es la historia de la reina Sofía de Grecia, convertida en reina Sofía de España.

 Una princesa griega exiliada cuatro veces durante su infancia, se convirtió en la mujer más admirada y más traicionada de la realeza española contemporánea. Según los biógrafos serios que han estudiado el matrimonio Borbón Grecia, Juan Carlos Io habría mantenido a lo largo de su existencia un número de relaciones extramaritales que se estima, según las fuentes más conservadoras, en por lo menos varias decenas de mujeres.

 Algunos biógrafos más controvertidos han llegado a hablar de varios centenares. Bárbara Rey, vedeta española, Corina Larsen, aristócrata alemana, Marta Gallá, decoradora mayorina. Sara Montiel, cantante española. Carmen Díz de Rivera, política española. Muchas más, algunas relaciones breves, otras pasiones duraderas, una vida sentimental paralela que era, según se sabría con los años, un secreto a voces en todos los círculos de poder de Madrid.

 Y durante todos esos años, mientras el mundo entero comentaba en voz baja las aventuras del rey de España, una sola mujer permanecía silenciosa, digna, sonriente en las fotografías oficiales. La reina Sofía soportando todo hasta el día de hoy con casi 90 años de edad. Esta es la historia de cómo una princesa griega exiliada cuatro veces durante su infancia se convirtió en la mujer más admirada y más traicionada de la realeza española contemporánea.

 Pero antes de la traición, antes del exilio, antes incluso del trono español, hay que regresar a Atenas en el otoño de 1938, donde nació una niña que iba a vivir uno de los siglos más turbulentos de la historia europea. Para entender qué sucedió esa tarde en el Palacio de la Zarzuela en 1992, tenemos que volver al principio a una habitación de hospital en Atenas en noviembre de 1938.

2 de noviembre de 1938, Atenas, Grecia. En una clínica privada del centro de la capital griega, una mujer de 28 años llamada Federica de Hanover, princesa alemana de origen y esposa del príncipe heredero de Grecia, está dando a luz a su primera hija. Su esposo, el príncipe Pablo de Grecia, futuro rey, aguarda nervioso en el pasillo.

 A las 9:40 de la noche nace una niña. Le ponen el nombre de Sofía, Margarita, Victoria, Federica de Grecia y Dinamarca. Pero desde el primer día su familia la llama simplemente Sofi. La pequeña Sofi nace en una dinastía real más complicada de Europa. Su padre Pablo es heredero al trono de Grecia. Su madre, Federica de Hanover es bisnieta de la Reina Victoria de Inglaterra y prima lejana del Kaiser Guillermo Segund.

 Es decir, la pequeña Sofi pertenece simultáneamente por sangre a las tres familias reales más antiguas de Europa, la griega, la británica y la alemana. Pero la pequeña Sofi también nace en el peor momento posible de la historia europea moderna. 11 meses después de su nacimiento, en septiembre de 1939, está ya la Segunda Guerra Mundial.

 Y dos años después, en abril de 1941, las tropas alemanas invaden Grecia. La familia real griega tiene que huir. Sofi tiene apenas 2 años. Su madre, Federica, embarazada de su segundo hijo Constantino, la sube a un avión militar británico que la saca de Atenas en pleno bombardeo alemán. La pequeña Sofi, según relataría décadas después su propia madre Federica, en sus memorias publicadas en 1965, lloraba durante todo el vuelo, no por miedo, sino porque su niñera griega favorita, una mujer llamada Anastasia, no había podido subir al avión con

ellas. Durante los siguientes 6 años, entre 1941 y 1946, la familia real griega vivió en el exilio, primero en Egipto, después en Sudáfrica, después en Inglaterra. Y durante esos años de destierro, la pequeña Sofi conoció una pobreza que casi ninguna princesa europea había conocido en el siglo XX.

 Hay un detalle que pocas biografías cuentan sobre los años de exilio de Sofía en Sudáfrica entre 1942 y 1944. La familia real griega vivía en una pequeña cabaña en las afueras de Johannesburgo, prestada por un primo lejano de los Hanover. La cabaña contaba únicamente con tres habitaciones. Había ratas en el techo, no había agua corriente.

 Y según los testimonios filtrados, décadas después, la familia se alimentaba principalmente de las hierbas silvestres que crecían en los caminos rurales que rodeaban la propiedad. La pequeña Sofi, con 4 años aprendió durante esos meses en Sudáfrica a buscar alimento en los campos, a lavarse en un río, a dormir en colchones de paja y, sobre todo, a no quejarse nunca.

Su madre, Federica, según relataría décadas más tarde en sus memorias, le repetía cada noche a sus hijos una frase que iba a marcar el resto de su vida. Somos príncipes por dentro, aunque por fuera estemos vestidos como mendigos. Hay una escena particular de los años egipcios de Sofía, entre 1941 y 1942, que la propia reina relataría décadas después en una entrevista a una publicación de la prensa del corazón en 1998.

La familia real griega vivía en el Cairo, en un apartamento cedido por la corte egipcia. Cada mañana, durante esos meses, la pequeña Sofia acompañaba a su niñera griega Anastasia al mercado popular del barrio para comprar pan y verduras. Una mañana, según el testimonio de la propia Sofi, décadas después, mientras caminaba con Anastasia por el mercado, vio a una niña egipcia de su edad, descalsa, vestida con Arapos, comiendo restos de pan que había recogido del suelo.

 La pequeña Sofi, con 4 años se detuvo. Miró a la niña durante varios minutos en silencio y después le entregó a la niña egipcia su propio pedazo de pan que su niñera Anastasia acababa de comprar. Su madre, Federica, cuando la niñera le narró la historia esa noche en el apartamento, no felicitó a la pequeña Sofi, al contrario, le habría dicho con la severidad germánica que la caracterizaba, Sofi, no se puede dar pan a cada niño pobre que uno encuentra en el mundo.

 Si lo haces, te quedarás tú también sin pan. La caridad es bella, pero la supervivencia es lo primero. Esa lección de Federica de Hanó ver a su hija de 4 años impartida en un apartamento egipcio durante la Segunda Guerra Mundial iba a marcar profundamente la psicología adulta de la futura reina Sofía. Le enseñó que el deber familiar siempre prevalece sobre el corazón individual.

 Una elección que 60 años después le iba a permitir soportar las infidelidades de su esposo, el rey, con la dignidad silenciosa que el mundo entero conocería. Esa lección de Federica a sus tres hijos pequeños impartida en una cabaña sudafricana en plena guerra mundial iba a definir para siempre la personalidad pública de Sofía.

 Una mujer que aprendió desde los 3 años a ocultar sus emociones, a mantener la dignidad en cualquier circunstancia, a no quejarse, no llorar, no protestar jamás. Una capacidad que 60 años después le iba a permitir sobrevivir al matrimonio más humillante de la realeza europea contemporánea. En 1946, después de 6 años de exilio, la familia real griega pudo regresar a Atenas.

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