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ANTONIO echó a FLOR del rancho a las 3 AM… Caminó 11 kilómetros sola con PEPE en brazos

Los zapatos quedaron junto a la puerta. Eso fue lo primero que José Alfredo Jiménez vio cuando amaneció el 19 de septiembre de 1968. Un par de zapatos de mujer, café claro con las suelas destrozadas, tierra seca pegada en los talones, manchas oscuras que podrían ser sangre. Estaban en el porche de su casa en la ciudad de México, perfectamente alineados, como si alguien se los hubiera quitado con cuidado antes de entrar.

Pero José Alfredo no escuchó que nadie tocara la puerta esa noche. Salió descalso al porche. Eran las 6:23 de la mañana. La luz apenas empezaba a meterse entre los árboles. Levantó uno de los zapatos y lo volteó. reconoció la marca inmediatamente. Eran de flor. Los había visto mil veces. Ella los usaba cuando iba al rancho de Antonio.Zapatos cómodos, prácticos, nada elegantes, los que se ponía cuando no tenía que impresionar a nadie. José Alfredo dejó el zapato donde estaba y entró a la casa. La puerta de la habitación del fondo estaba cerrada. Caminó despacio por el pasillo. No había escuchado absolutamente nada durante la noche. Él se había quedado despierto hasta las 4 de la mañana terminando una canción.

Después se quedó dormido en el sillón de la sala con la guitarra todavía en las piernas. Si alguien entró, lo hizo sin hacer el menor ruido. Llegó a la puerta del cuarto y pegó la oreja contra la madera. Silencio total. Tocó dos veces. Suave. Nadie respondió. Giró la perilla despacio y empujó. Flor estaba acostada en la cama de lado, todavía con el vestido verde puesto.

Tenía a Pepe pegado al pecho. El niño dormía con la boca entreabierta. Flor también dormía, pero su respiración era irregular, entrecortada. José Alfredo se quedó parado en el marco de la puerta durante 30 segundos completos. Los pies de flor estaban destrozados, cortadas profundas en los talones, ampollas reventadas en la planta, tierra metida en cada herida.

Uno de los dedos sangraba todavía. Cerró la puerta sin hacer ruido. Fue a la cocina y puso agua a calentar. Buscó toallas limpias en el armario del baño. Encontró una botella de alcohol y vendas en el botiquín. Preparó café bien cargado y dejó todo sobre la mesa de la sala. Entonces se sentó en el sillón, encendió un cigarro y esperó.

Flor despertó 3 horas después. Eran las 9:41 de la mañana cuando salió de la habitación. Pepe seguía dormido en la cama. Ella caminaba despacio cojeando, se había quitado el vestido y traía puesta una bata que encontró colgada en el closet del cuarto. José Alfredo estaba en la misma posición, fumando, mirando hacia la ventana.

Flor se sentó en el sillón de enfrente. No se dijeron nada durante 2 minutos completos. Fue José Alfredo quien habló primero. ¿Comiste algo? Flor negó con la cabeza. José Alfredo se levantó. Fue a la cocina y calentó frijoles. Sacó tortillas, queso fresco, un pedazo de jamón, lo puso todo en un plato y se lo llevó. Flor agarró el plato, pero no comió.

Solo lo sostuvo en el regazo mirando hacia abajo. José Alfredo volvió a sentarse. Tienes que curarte los pies. Lo sé. Flor dejó el plato en la mesa y se inclinó hacia adelante. Se miró las plantas destrozadas. Una de las heridas había empezado a infectarse, tenía el borde blanco. José Alfredo agarró el alcohol y las vendas, se arrodilló frente a ella.

Va a arder. Flor asintió. José Alfredo empapó una toalla con alcohol y la presionó contra la planta del pie derecho. Flor apretó los dientes, pero no hizo ningún ruido. Él limpió cada corte, cada ampolla, cada centímetro de piel abierta. Tardó 20 minutos en curarle los dos pies. Cuando terminó, Flor tenía lágrimas corriendo por las mejillas, pero seguía sin hacer ruido.

José Alfredo se levantó, se lavó las manos en la cocina y volvió con una taza de café. Toma. Flor agarró la taza con las dos manos. Estaba temblando. Bebió un sorbo, luego otro. Entonces habló por primera vez. No me preguntes nada, José. Alfredo asintió. No voy a preguntar. Flor terminó el café en silencio.

Después se levantó, agarró el plato de comida que no había tocado y se lo llevó al cuarto del fondo. Cerró la puerta. José Alfredo se quedó sentado en la sala. No sabía qué había pasado exactamente, pero conocía a Antonio Aguilar desde hacía 14 años. Había visto cómo era cuando se enojaba. Lo había visto romper cosas.

romper contratos, romper amistades, pero nunca pensó que vería el día en que Antonio rompiera a Flor, porque eso era lo que acababa de ver, una mujer rota. Esa tarde, a las 4:17, José Alfredo salió a comprar pañales, leche de fórmula y comida. No le preguntó a Flor cuánto tiempo pensaba quedarse. No le preguntó si Antonio sabía dónde estaba.

No le preguntó nada. compró suficiente para una semana. Cuando regresó a la casa, Flor estaba en la sala con Pepe en el regazo. El niño estaba despierto, jugando con los dedos de su madre. Flor lo miraba con una expresión que José Alfredo no le había visto nunca. Miedo. Dejó las bolsas en la cocina y se sentó en el sillón.

Flor levantó la mirada. Gracias. José Alfredo asintió. Puedes quedarte el tiempo que necesites. Flor no respondió, solo volvió a mirar a Pepe. Esa noche, José Alfredo durmió en el sillón de la sala. Flor y Pepe en el cuarto del fondo. La casa estaba completamente en silencio. Pero José Alfredo no pudo dormir.

Se quedó despierto pensando en una sola cosa. ¿Qué clase de hombre echa a su esposa y a su hijo a las 3 de la madrugada? ¿Qué clase de hombre hace que una mujer camine 11 km descalza con un bebé en brazos? ¿Qué clase de hombre hace eso? A las 2 de la mañana, José Alfredo se levantó del sillón, agarró su guitarra y se fue al cuarto de composición.

Era un cuarto pequeño al fondo de la casa donde guardaba sus instrumentos y sus libretas. Se sentó en la silla de madera, encendió la lámpara y abrió una libreta nueva. Empezó a escribir. No era una canción, era una carta. Una carta para Pepe. Porque José Alfredo sabía algo que nadie más sabía todavía.

Sabía que ese niño de 7 meses iba a crecer sin conocer esta historia. Sabía que Antonio y Flor iban a enterrar esta noche como si nunca hubiera existido. Sabía que Pepe nunca iba a saber que su madre caminó 11 km para salvarlo. Y José Alfredo no podía permitir que eso se perdiera. Así que escribió. Escribió durante 3 horas seguidas sin parar.

Llenó cuatro páginas completas. Cuando terminó, dobló las hojas, las metió en un sobre Manila y escribió un nombre en la portada. Pepe Aguilar. Selló el sobre con cera roja y lo guardó en el cajón de su escritorio. Esa carta estuvo ahí durante 5 años completos, hasta el día en que José Alfredo Jiménez murió.

Pero esa parte de la historia viene después, porque todavía falta contar qué pasó exactamente la noche del 18 de septiembre de 1968. Todavía falta contar qué hizo que Antonio Aguilar abriera la puerta de su rancho a las 3 de la madrugada y echara a Flor y a Pepe a la oscuridad. Todavía falta contar qué decía esa carta que Antonio encontró.

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