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Lola Beltrán: La Reina Ranchera Que Murió Sola… y Traicionada y

El 25 de marzo de 1996, en una habitación de hospital en Ciudad de México, una mujer de 63 anchons cerró los ojos para siempre. Afuera, en miles de radios y cantinas de México, su voz seguía sonando. Adentro, en ese cuarto donde se le estaba pagando la vida, no había nadie del negocio que la había hecho rica y famosa.

Solo su voz en todas partes y ella sola, esa mujer, se llamaba María de Lourdes Beltrán Ruiz. Pero México la conocía por otro nombre. La conocía como Lola Beltrán y México la había coronado años antes, reina de la canción ranchera, con todas las letras, con corona y con trono, como se corona a las mujeres en este país, con mucha ceremonia, mucha foto, mucha palabra grande.Y luego, cuando ya no sirven, sin decir una sola palabra, se les quita la corona en silencio y se le pone a otra. A México le encanta coronar a sus mujer, le encanta llamar las reinas, ponerles un trono, adorarlas mientras venden. Y luego, cuando el cuerpo empieza a ceder y los discos ya no se compran como antes, este país tiene una costumbre muy fea.

Les quita el trono sin decir una palabra y pone a otra. Eso le hicieron a Lola Beltrán. La llamaron reina cuando llenaba teatros. La ignoraron en silencio cuando los años empezaron a notarse y siguieron cobrando por su voz hasta el último día. La usaron entera, la exprimir hasta que ya no quedó nada y luego miraron hacia otro lado.

No hubo despedida, no hubo gratitud, solo silencio. Hay un detalle que necesitan ver con los ojos cerrados antes de que sigamos. Cuando Lola Beltrán cantaba Paloma Negra en un escenario grande, llorab. Las cámaras lo captaron en varias grabaciones a lo largo de los años. Los ojos de Lola que se llenaban de agua mientras la voz increíblemente no temblaba.

El público lo sabía, lo sentía. Esa mujer en el escenario no estaba interpretando un papel. Ella había vivido cada palabra de esa canción. El abandono que cantaba era el abandono que conocía. Recuerden esas lágrimas. Vamos a volver a ellas al final. Porque ese detalle, las lágrimas que nunca fueron teatro, es la llave de todo lo que viene.

Antes de que termine este vídeo van a descubrir como la mujer que llenó el palacio de bellas artes dos veces. El templo de la alta cultura mexicana. Ese edificio reservado para la ópera y para la música clásica donde casi ningún artista popular había entrado jamás. Murió sin que el negocio que la hizo famosa pusiera un peso sobre la mesa.

Van a descubrir cuánto dinero salió de su bolsillo para pagar funerales de colegas olvidados mientras la industria seguía vendiendo sus discos sin pestañar. Y van a descubrir cuál fue el último gesto público de Lola Beltrán antes de que el cuerpo le fallara. Un gesto que dice más sobre quién era ella que cualquier biografía oficial. Quédate.

Esto no se cuenta en ningún documental. Lo que está en juego en este vídeo no es contar la historia de una cantante mexicana más. Lo que está en juego es la memoria real de la mujer que casi sin que nos demos cuenta, definió la identidad musical de un país entero durante 40 años. Porque cuando un extranjero piensa en México, lo primero que escucha en la cabeza es una voz, una voz de mujer grande, ronca, con dolor, cantando sobre amor y abandono y tequila y madres.

Esa voz no nació de la nada. Esa voz tuvo un nombre y ese nombre fue Lola Beltrán. Y el problema es que el negocio que la usó para construir esa identidad nunca le devolvió lo que le tomó. Esto no es la historia de una cantante, es la historia de una niña de un pueblo polvoriento de Sinaloa que llegó a la capital sin nada, sin un peso, sin contactos, sin más equipaje que una voz que parecía no caber en su cuerpo.

Es la historia de una mujer que llegó más lejos de lo que cualquiera de su pueblo podía soñar, que pisó escenarios donde solo habían pisado europeos y aristócratas, que fue recibida por reyes y por presidentes, y que aún así, cuando le tocó morir, lo hizo casi como había empezado, sin acompañamiento del mundo grande que la había aplaudido.

la historia de México haciéndole a una mujer lo que México le ha hecho tantas veces a las mujeres que más le han dado y ocurre en un país concreto, en una época concreta. México. Desde mediados de los años 50 del siglo XX hasta 1996, 40 años largos en los que la industria del entretenimiento mexicana pasó de la era de oro del cine a la era dorada de la televisión, de los grandes teatros a los grandes estudios, de la radio Exi y W que reinaba sobre el continente entero a las cadenas modernas.

40 años en los que Lola Beltrán estuvo siempre arriba y luego 10 años más en los que estuvo siempre debajo, mientras su voz, ironía cruel no paraba de sonar arriba. Pero para entender cómo una mujer que llenó el palacio de bellas artes dos veces, acabó sola en un cuarto de hospital mientras su voz sonaba en todas partes. Hay que volver al principio.

Hay que volver muy atrás. A un pueblo que casi nadie en México sabría señalar en un mapa. A una niña que cantaba antes de saber por qué cantaba. El 7 de marzo de 1932 nace una niña en el Rosario, Sinalo le ponen María de Lourdes Beltrán Ruiz. La llaman Lola desde el primer día. El Rosario es un pueblo pequeño, polvoriento, con olor a tierra mojada cuando llueve y a ganado cuando no llueve.

Un pueblo de calles de tierra, un pueblo donde todo el mundo se conoce, donde las casas tienen las puertas abiertas, donde la vida pasa lenta. Sinaloa es estado de gente brava, de cantos, de corridos, de música que se canta más fuerte de lo que se habla. La familia Beltrán no tiene dinero. La madre trabaja, el padre trabaja. Nadie en esa casa habla de sueños, porque los sueños son un lujo que se permite la gente que tiene tiempo y esa familia no tiene tiempo.

Lola aprende a cantar antes de aprender que cantar puede ser un oficio. Canta como respira. Canta porque algo dentro le pide hacerlo. Canta en la casa, canta en la calle, canta cuando ayuda en la cocina. canta cuando va a buscar agua. La madre la oye y se queda parada. Los vecinos la oyen y salen al patio.

Esa niña tiene una voz que no es de niña. Es una voz de mujer adulta que se ha equivocado de cuerpo. Una voz grande, redonda, con un peso adentro que no debería estar en una garganta de 6 años. Aquí entra una figura que va a marcar a Lola para toda su vida. El padre Pedro Beltrán es un hombre de campo, de pocos estudios, de manos grandes y voz baja.

Un hombre que quiere a su hija con la única forma que sabe querer, trabajando para que no le falte nada esencial. No le falte el pan, no le falte el techo, no le falten los zapatos cuando empiece la escuela. Pero hay cosas que un hombre así, en un pueblo así, en una época así, no sabe cómo dar, no sabe decir te quiero, no sabe abrazar fuerte, no sabe explicar que está orgulloso.

Lo demuestra otra forma, trabajando hasta que se le caen los ojos, comprando un par de zapatos nuevos cuando puede, llevándola al pueblo de al lado un domingo. Eso es amor en el rosario. Eso es todo el amor que él tiene para dar. Y Lola lo sabe. Lola lo sabe siempre. Pero hay una parte de ella que necesita más, que necesita que a alguien le diga, “Tu voz es extraordinaria.

Vas a llegar lejos, no tengas miedo.” Esa frase nunca llega de su padre, no porque no la sienta, sino porque no sabe decirla. Y eso, esa frase que falta, es una herida pequeña que Lola va a llevar adentro toda la vida. Una herida que va a explicar muchas cosas más tarde, por qué cuando llegan los aplausos ella nunca termina de creérselos.

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