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Cómo los Narcos Gastaron Sus Millones

 

Imagina que Tienes que prender una hoguera en mitad de la montaña porque tu hija de 6 años se está congelando. No tienes leña, no tienes ramas, no tienes nada. Lo único que tienes son ,000 dólares en efectivo metidos dentro de bolsas y entonces decides quemarlos uno a uno. Mientras las llamas devoran lo que para cualquier familia sería el sueño de varias generaciones, tú solo piensas en que la niña deje de tiritar.

Esto no es una película. Esto pasó y la persona que lo hizo tenía tanto dinero que perdía 00 millones de dólares al año solo porque las ratas se comían los billetes que enterraba. En este vídeo vas a descubrir cómo los hombres más ricos del crimen organizado de la historia gastaron, escondieron, derrocharon y perdieron las fortunas más obscenas que ha visto el planeta.

Quédate hasta el final porque hay un capo que llegó a un nivel de excentricidad que ni siquiera Hollywood se ha atrevido a recrear todavía. Empecemos por el principio porque para entender el delirio hay que entender de qué cantidad de dinero estamos hablando. Pablo Escobar en su mejor momento ingresaba 420 millones de dólares a la semana.

 A la semana, no al mes, su organización movía aproximadamente 15 toneladas de polvo blanco al día y eso le generaba un flujo de caja tan absurdo que la revista Forbes lo metió 7 años seguidos en la lista de los hombres más ricos del mundo. Estamos hablando de una fortuna estimada que oscilaba, según las fuentes, entre los 3,000 y los 30,000 millones dólares.

 Pero aquí viene la parte que casi nadie te cuenta. Y es que tener tanto dinero contra todo pronóstico se convertía en un problema logístico monumental. Su propio hermano, Roberto Escobar, lo confesó en un libro que se publicó después. Cada año asumían como pérdida natural alrededor de 2,100 millones de dólares.

 ¿Por qué? Porque enterraban el efectivo en caletas, en paredes falsas, debajo de baldosas, en sótanos secretos repartidos por toda Antioquia. Y la humedad pudría los billetes. Las ratas se los comían, los olvidaban, se les perdían los mapas. Roberto llegó a establecer una política interna. 16 millones de dólares cada mes, mínimo, era el coste asumido de ratas y humedad.

 Algunos cálculos lo elevan a 42 millones mensuales solo por roedores. Para mantener la operación gastaban más de $2,500 al mes únicamente en gomas elásticas, solo para sujetar los fajos. Pero quédate porque lo que hacía con ese dinero cuando sí podía gastarlo es donde la historia se vuelve verdaderamente irreal. La Hacienda Nápoles fue su obra maestra del derroche, 3000 hectáreas en pleno Magdalena medio colombiano.

 Y dentro había cosas que ni un jeque del petróleo se atrevería a poner en su finca. Su propio hijo, Juan Pablo Escobar, lo describió con detalle quirúrgico años después. 27 lagos artificiales, 100.000 1000 árboles frutales. La pista de motocross más grande de toda América Latina. Un parque jurásico con réplicas de dinosaurios a escala real, hechas algunas con huesos auténticos para que los niños pudieran trepar por ellas.

 Dos elipuertos, una pista de aterrizaje de 1000 m con su propia gasolinera y un taller mecánico para reparar la flota de aviones y motos. 10 casas distribuidas por el terreno, tres zoológicos diferentes. Y dentro de esos zoológicos, atención al dato, llegó a tener 100 especies exóticas: jirafas, elefantes, cebras, dromedarios, avestruces, hipopótamos, canguros, loros amazónicos.

17 empleados trabajaban para mantener todo aquello en marcha. Había un Chevrolet del año 1934 agujereado a balazos a propósito para que pareciera el coche en el que ejecutaron a Bonnie y Clyde. Escobar admiraba a Alcapone hasta la obsesión. De hecho, bautizó la finca como Nápoles en homenaje al gangster italoamericano y en la entrada del rancho mandó instalar como monumento la avioneta con la que envió supuestamente su primer cargamento de polvo blanco a Estados Unidos.

 Esa avioneta sigue ahí hoy. Ahora bien, hay algo que necesitas entender. Todo ese dispendio era apenas la punta del iceberg, porque dentro de casa el delirio no paraba. Su esposa, Victoria Eugenia Enao, conocida como La Tata, recibía servicios de peluquería, manicura y maquillaje todos los días en su propia residencia.

 Pero no solo ella, el servicio doméstico también. Las empleadas de limpieza tenían uniformes diseñados a medida por modistas profesionales y recibían cursos de automaquillaje. Cuando la familia se mudó al edificio Mónaco en el barrio El poblado de Medellín, un edificio de ocho pisos comprado entero solo para ellos, Escobar mandaba traer flores frescas en su jet privado desde Bogotá cada mañana solo para decorar la entrada.

 Y aquí viene el detalle que más impacta a quien lo escucha por primera vez, las fiestas. Para fin de año, Escobar importaba contenedores enteros de fuegos artificiales desde China. Cada contenedor costaba $50,000 de la época y compraba dos. Una mitad la quemaba con su familia y amigos, la otra mitad la repartía entre sus hombres.

 Su hijo cuenta que muchos años sobraban tantos que ni siquiera llegaban a abrirlos. Las fiestas temáticas eran las preferidas de la tata. ¿Cómo organizaba los disfraces? Sencillo. Mandaba a la casa de cada invitado un sastre o una modista personal con la orden de fabricar a medida el traje correspondiente. A los invitados solo les tocaba dejarse medir.

En sus cumpleaños, en lugar de recibir regalos, los rifaba. Pero no rifaba cualquier cosa. Rifaba óleos originales de Botero, de Dalí, de Picaso, de Velázquez. Un solo cuadro de aquellos podía costar varios millones. y a su hijo le regaló cosas que rozan lo insultante. Cuando el chaval cumplió 9 años, Escobar le entregó un cofre con las cartas de amor originales que Manuelita Saence le había escrito a Simón Bolívar. Cartas reales de museo.

Con 11 años, Juan Pablo ya tenía 30 motos de alta velocidad, 30 motos de agua, triciclos, cuatrimotos, carts y bugies de las mejores marcas. Con 13 años recibió un apartamento de soltero con espejos en el techo, bar futurista, suelo de piel de cebra y una silla de Venus. La primera comunión del niño se celebró con chocolates traídos en jet privado desde Suiza.

 Y de regreso el avión hizo escala en París para recoger 20 botellas de Petrus, uno de los vinos más caros del planeta. Tenía 9 años. Pero espera, porque lo del dinero quemado en la montaña tienes que escucharlo entero. Cuando los Pepes y la policía estaban a punto de cazarlo, Escobar huyó con su familia a un escondite en plena sierra.

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