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Crónica de una Paliza Electoral y el Jaque Mate del Mundial: El Desastre de Morena en Coahuila y la Huida de ‘Andy’ López Beltrán

El panorama político y social en México ha alcanzado un punto de ebullición fascinante, complejo y lleno de contradicciones que merecen ser analizadas con lupa. En medio de un escenario donde los reflectores internacionales están a punto de centrarse en el país debido a la inminente inauguración de la Copa del Mundo, las tensiones internas y los descalabros electorales del partido en el poder, Morena, están generando un terremoto en los cimientos de la autodenominada Cuarta Transformación. La narrativa de un gobierno invencible se ha topado de frente con una realidad dura, ineludible y políticamente costosa: una humillante derrota en el estado de Coahuila, un evento deportivo global amenazado por el chantaje social, y la desbandada de figuras clave que prefirieron huir antes de asumir la responsabilidad del fracaso.

Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, debemos situarnos en el centro de la tormenta. Por un lado, tenemos a la Presidencia de la República enfrentando un chantaje mediático y social de proporciones internacionales. Durante la más reciente conferencia de prensa, se le cuestionó directamente a la mandataria hasta qué punto el gobierno federal está dispuesto a ceder ante las protestas y exigencias de diversos grupos, principalmente magisteriales, que han visto en la inauguración del Mundial el escenario perfecto para llevar a cabo sus reclamos. La respuesta de la presidenta fue cautelosa pero reveladora: “Vamos a esperar a ver qué pasa en estos días”. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad institucional, existe un diagnóstico claro y contundente por parte del ejecutivo.

Según las propias palabras de la presidenta, los grupos que amenazan con desestabilizar la justa deportiva global no están compuestos necesariamente por maestros con demandas laborales legítimas. El análisis de inteligencia del gobierno sugiere que el verdadero objetivo de estas movilizaciones es construir una narrativa de victimización a escala planetaria. Buscan que, en el día de la inauguración, cuando miles de millones de ojos estén puestos sobre México, la nota principal en los noticieros internacionales sea: “El gobierno de México reprime brutalmente a los maestros”. Es una emboscada política de manual, una trampa mediática diseñada para manchar la imagen de una administración que se jacta de su carácter humanista y pacífico.

“No lo van a tener”, sentenció la presidenta, manteniendo la consistencia de un discurso que ha rechazado el uso de la fuerza pública para disolver manifestaciones. Pero esta promesa de no represión plantea un dilema operativo y de seguridad gigantesco, tal como lo analizaron sagazmente el periodista Ciro Gómez Leyva y su equipo en Grupo Fórmula. Si la orden absoluta es no reprimir, ¿qué sucederá si los manifestantes deciden llevar a cabo acciones extremas el día de la inauguración? ¿Existirá un dispositivo de contención por parte de la policía de la Ciudad de México y las autoridades federales capaz de impedir el boicot sin cruzar la delgada línea hacia la represión?

La alternativa de dejar que “hagan lo que quieran” para evitar la temida fotografía de un policía enfrentando a un civil no parece viable cuando se trata de un compromiso de estado de la talla de un Mundial de la FIFA. El gobierno ha asegurado que garantizará que la inauguración se lleve a cabo en paz y con tranquilidad, buscando “los mejores esquemas” para mantener el orden. No obstante, el calendario añade una capa extra de complejidad y dramatismo a esta crisis en ciernes: el fatídico 10 de junio.

El 10 de junio es una fecha que arde en la memoria histórica de México. Conocido como “El Halconazo” o la Masacre del Jueves de Corpus de 1971, representa uno de los episodios más oscuros de represión estatal contra una protesta popular y estudiantil. La presidenta ha advertido que esta fecha, que coincide peligrosamente con la ventana del Mundial, será utilizada como un escenario para la provocación deliberada. El gobierno insiste en que no caerá en la trampa. Pero aquí es donde surge una de las ironías más punzantes de la política contemporánea mexicana. Tal como lo señalaron atinadamente los analistas en el espacio informativo, muchos de los políticos profesionales que hoy ocupan los más altos cargos dentro de la Cuarta Transformación construyeron sus carreras, su legitimidad y su narrativa de lucha sirviéndose durante décadas de la memoria de esa represión atroz. Hoy, desde las cumbres del poder, observan con paranoia la misma fecha que antes usaban como bandera, temiendo ser arrinconados por las mismas tácticas de protesta callejera que alguna vez dominaron.

Mientras el gobierno federal hace malabares para evitar un desastre de relaciones públicas internacionales en las calles de la capital, un desastre de proporciones épicas ya se ha consumado en las urnas, específicamente en el norte del país. La elección en el estado de Coahuila no fue simplemente una derrota para Morena; fue una auténtica y humillante paliza. El marcador electoral quedó en un aplastante 16 a 0. Cero distritos ganados. Cero victorias para la maquinaria que presume ser invencible en el territorio nacional.

La reacción de la dirigencia del partido oficialista ante esta catástrofe ha sido tan predecible como contradictoria. Lejos de hacer una autocrítica profunda sobre la selección de sus candidatos, sus propuestas o su estrategia de campaña en una entidad que históricamente se les ha resistido, la cúpula de Morena ha optado por la ruta de la victimización judicial. Han levantado la voz denunciando la compra masiva de votos e incluso han llegado al extremo de exigir públicamente que intervenga la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) para investigar los recursos de sus adversarios políticos.

La presidenta, manteniendo una distancia prudente del incendio partidista, respondió a los cuestionamientos de la prensa de manera burocrática y fría: hay procedimientos jurídicos que deben seguirse y, si es necesario, que el asunto llegue hasta el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. En pocas palabras, desde Palacio Nacional se mandó a decir a los perdedores que resuelvan sus asuntos en las instancias correspondientes, sin comprometer el capital político del ejecutivo en una rabieta post-electoral.

Pero la queja de Morena no pasó desapercibida para el escrutinio periodístico. En la mesa de análisis, Ciro Gómez Leyva evidenció la tremenda hipocresía que encierra el llanto de la dirigencia morenista. Resulta verdaderamente asombroso ver al partido que ha perfeccionado a niveles industriales el sistema de entrega de recursos sociales, programas gubernamentales y dádivas a cambio de lealtad electoral, rasgarse las vestiduras por supuestas prácticas de compra de votos. Más aún, es el mismo partido que, bajo la mirada pasiva (y a veces cómplice) de las autoridades, arrasó en las elecciones del 2021 y 2022 en vastos territorios del país, procesos que estuvieron fuertemente ensombrecidos por denuncias de intervención y coacción por parte de grupos del crimen organizado a favor de sus candidatos. Que hoy Morena proteste por haber recibido “una paliza” en Coahuila apelando a la pureza democrática, resulta, por decir lo menos, un ejercicio de cinismo político monumental.

Sin embargo, el verdadero meollo del asunto, el epicentro del escándalo de la derrota en Coahuila, no radica en las supuestas trampas del adversario, sino en la abismal falta de responsabilidad y en la huida cobarde de los arquitectos de esta debacle. La paliza no se la llevó un ente abstracto llamado Morena; tiene nombres, apellidos y rostros muy conocidos en la élite del partido. Como se expuso de manera brillante en el análisis mediático, la responsabilidad de este marcador de 16-0 recae directa y contundentemente sobre los hombros de Andrés “Andy” López Beltrán y de Luisa María Alcalde.

Luisa María Alcalde y Andy López Beltrán formaban parte fundamental de la Secretaría de Organización de Morena. Durante meses, la narrativa interna y externa del partido dictaba que el señor López Beltrán, aprovechando su innegable peso específico por ser hijo del exmandatario y fundador del movimiento, era el gran estratega, el responsable absoluto de la organización, la movilización y la estructura del partido. Se afirmó, a los cuatro vientos, que estaba profundamente concentrado en sacar adelante la difícil elección en Coahuila. Se le otorgó el poder, el presupuesto y la confianza para orquestar la victoria en el bastión norteño.

Pero la política real es implacable y los números internos rara vez mienten. A medida que se acercaba el día de la elección, las encuestas y los datos de campo mostraban un panorama desolador para el oficialismo. La maquinaria no estaba funcionando. El rechazo era evidente. ¿Qué hizo entonces el flamante estratega y responsable de la organización? Quince días antes de la elección. Apenas dos semanas antes de que los ciudadanos acudieran a las urnas. Andrés López Beltrán tomó sus cosas y abandonó el barco.

Con un movimiento que carece de la más mínima ética de responsabilidad pública, Andy López Beltrán argumentó que debía irse a Tabasco porque “quería ser candidato” a un cargo de elección popular. Una excusa endeble y mal calculada, considerando que los tiempos legales para las postulaciones en su estado natal aún estaban sumamente lejanos. La verdadera razón, que no escapa al análisis de ningún observador agudo, es que el estratega revisó sus “otros datos”, comprendió que el resultado iba a ser una humillación histórica de 16 a 0, y decidió salir corriendo para evitar que el lodo del fracaso salpicara su naciente e impulsada carrera política.

La metáfora beisbolera utilizada por Ciro Gómez Leyva para describir esta situación es perfecta, dolorosa y exacta, especialmente considerando la afición que la cúpula de este movimiento político tiene por el “Rey de los Deportes”. En un partido de béisbol de nueve entradas, Andrés López Beltrán fue el manager absoluto durante ocho entradas y dos outs. Estuvo en el dugout, tomó las decisiones, mandó las señales, acomodó la defensiva y eligió a los bateadores. Pero cuando vio que la derrota era inminente, que el equipo contrario estaba a punto de consumar una paliza histórica, decidió abandonar el estadio antes de que cayera el último out, dejando a su equipo completamente solo, desmoralizado y a la deriva.

En cualquier deporte, y ciertamente en la vida pública, el manager que abandona a su equipo en el momento de la derrota no es recordado por su astucia, sino por su falta de honor y compromiso. Ese marcador de 16-0 no se le puede cargar a los candidatos locales que pusieron la cara, ni a los militantes de a pie que caminaron las calles bajo el inclemente sol coahuilense. Ese fracaso colosal, esa paliza sin precedentes, va directamente a la cuenta personal, al historial y a la reputación de Andrés López Beltrán y de la dirigencia nacional encabezada por figuras como Luisa María Alcalde. Fueron ellos quienes diseñaron la estrategia, fueron ellos quienes impusieron a los candidatos, y fueron ellos quienes, en un acto de supervivencia egoísta, huyeron despavoridos cuando sintieron el agua en el cuello.

Este episodio en Coahuila trasciende lo local y se convierte en una radiografía del momento actual de la Cuarta Transformación. Muestra un partido que, embriagado por sus triunfos pasados y sostenido por la inercia del caudillismo de su fundador, ha comenzado a mostrar grietas estructurales severas. Muestra una falta de cuadros dirigentes dispuestos a asumir la responsabilidad en la adversidad. La actitud de “Andy” López Beltrán envía un mensaje desolador a las bases de Morena: si las cosas van bien, el mérito es de la cúpula dorada; si las cosas van mal, la cúpula desaparece y abandona a la militancia a su suerte.

Mientras tanto, en la capital del país, la presidenta sigue lidiando con el control de daños de una inminente crisis de seguridad y relaciones públicas de cara al Mundial de Fútbol. La ironía es poesía pura y cruel: un gobierno que exige lealtad ciega y que se presenta como una fortaleza inexpugnable, se encuentra hoy arrinconado internacionalmente por el fantasma de las protestas (que ellos mismos legitimaron en el pasado) y humillado internamente por una derrota electoral de la que sus “genios” estrategas huyeron cobardemente.

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