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La actriz más pobre e ignorada humilla a la estrella principal corrigiendo un error histórico imperdonable sobre la familia real española

La actriz más pobre e ignorada humilla a la estrella principal corrigiendo un error histórico imperdonable sobre la familia real española

Parte 1

A las seis y cuarto de la mañana, Sevilla todavía estaba bostezando.

El sol apenas empezaba a colarse por las calles estrechas, dorando las fachadas como si alguien hubiese decidido barnizar la ciudad con miel caliente. En Triana, los bares levantaban persianas con ese sonido metálico que parece decir “vamos al lío”, los repartidores cruzaban en moto con más sueño que casco, y un señor con bata de estar por casa bajaba a tirar la basura como si estuviera participando en una procesión íntima y secreta.

Clara Montes, en cambio, ya llevaba despierta desde las cuatro y media.

No porque fuera una persona disciplinada, ni porque creyera en esas frases de internet tipo “el éxito empieza antes del amanecer”. Clara se levantaba temprano porque el autobús al polígono donde habían montado el set salía a las cinco y veinte, y si lo perdía, tenía que caminar media hora hasta otra parada con una bolsa llena de ropa, un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio y unos zapatos de época que le quedaban medio número pequeños.

Ese día, además, le dolía un pie.

El derecho.

El izquierdo también, pero el derecho tenía más carácter.

—Hoy no me falles, campeón —murmuró, mirando el zapato como si fuera un compañero de trabajo conflictivo—. Que solo tenemos que sobrevivir doce horas.

Vivía en una habitación alquilada en un piso compartido con una estudiante de enfermería que hablaba dormida, un camarero que siempre freía algo a medianoche y una señora jubilada que decía estar “de paso” desde hacía ocho años. Clara no era exactamente una actriz famosa. Ni conocida. Ni reconocida. Ni, siendo sinceros, recordada por nadie al terminar la jornada. Era figurante.

De esas personas que pasan por detrás de los protagonistas fingiendo que compran pan, pasean un perro imaginario o reaccionan con cara de sorpresa cuando alguien entra en una habitación diciendo “¡ha vuelto!”.

Pero Clara se tomaba cada papel muy en serio.

Si hacía de criada, estudiaba cómo caminaría una criada. Si hacía de dama de compañía, se informaba sobre la postura, la mirada, el silencio. Si hacía de campesina, investigaba hasta la manera de cargar un cesto. Y si hacía de muerta en una escena, se quedaba tan quieta que una vez un auxiliar de producción se asustó y le preguntó si respiraba.

Ese día le tocaba hacer de sirvienta de palacio en una serie histórica de alto presupuesto titulada La corona y el jazmín. El rodaje se hacía en una finca a las afueras de Sevilla, convertida para la ocasión en un palacio real del siglo XVIII. Había columnas falsas, tapices falsos, jarrones falsos, ventanas falsas y, según Clara había descubierto el día anterior, varios acentos falsísimos.

El protagonista masculino era un actor bastante correcto, de esos que saludaban a todo el mundo y preguntaban el nombre al personal técnico. La estrella principal, en cambio, era Valeria Sanz.

Valeria Sanz no caminaba. Valeria Sanz entraba.

Entraba en los sitios como si la hubieran anunciado con trompetas aunque solo estuviera entrando al catering a por un café. Llevaba gafas de sol incluso en interiores, hablaba de sí misma en tercera persona cuando estaba cansada y tenía un equipo de tres personas solo para decirle que todo le quedaba espectacular.

Clara la había visto por primera vez dos semanas antes, durante una prueba de vestuario. Valeria se había probado un vestido azul oscuro con bordados dorados, se había mirado al espejo y había dicho:

—No sé, me falta nobleza.

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