Durante años te contaron un cuento de hadas, un cuento de aguas infestadas de tiburones de una balsa destartalada, a punto de hundirse de un beisbolista heroico luchando contra las tormentas para nadar hacia la libertad. George Stein Brenner lo llamó una bañera. La prensa estadounidense llevó a los tiburones a los titulares.
Se escribieron guiones de Hollywood. Una historia hermosa. Tiene un solo problema. Es completamente inventada. La verdad es que Orlando Hernández partió en un barco pesquero sólido de 30 pies con un motor diésel de 480 caballos de fuerza. El mar estaba tan calmo que el capitán del barco, Juan Carlos Romero, diría: “Años después el clima era perfecto. El mar estaba liso.
Su esposa Heidiy fue aún más clara. Nunca vimos ningún tiburón. Este mito fue fabricado porque la comisión que entraría en el bolsillo del manager Joe Cubas crecería proporcionalmente al dramatismo de la historia. El capitalismo estadounidense necesitaba tiburones para comercializar la historia de un refugiado que huía del comunismo.
Pero la historia real es mucho más aterradora que los tiburones inventados. La historia real es como un estado intentó destruir con paranoia enfermiza al héroe que él mismo había creado. Y como ese héroe tomó su venganza ante los ojos de todo el mundo. Ahora detente un segundo y digiere esto. Un estado solo porque su hermano escapó.
Jumilló en las calles a su campeón más leal. sin que hubiera cometido crimen alguno, lo expulsó de los estadios, lo obligó a trabajar en un hospital psiquiátrico por $8 al mes y finalmente lo empujó a lanzarse al mar. Eso es paranoia. Quédate conmigo porque hoy en Cuba oculta no te voy a contar el cuento, te voy a contar la verdad para entender como un hombre llegó a ese barco en la noche de Navidad de 1997.
Primero tienes que conocer quién era antes de que el régimen decidiera borrarlo del mapa. Orlando Hernández Pedroso nació el 11 de octubre de 1965 en Villa Clara, aunque creció en Oajay, un barrio rural del municipio habero Rancho Bolleros. Su padre Arnaldo Hernández Montero era lanzador de un equipo importante y del hospital psiquiátrico de La Habana.
Y aquí viene el primer dato que cambia todo. El apodo el duque no era originalmente de Orlando, era de su padre. El entrenador chico fuentes se lo puso a Arnaldo en los años 60 inspirándose en el legendario Duke Snyider. Cuando Orlando heredó ese apodo, heredó también un peso histórico que lo perseguiría toda su vida.
Arnaldo era un mujeriego empedernido que tuvo hijos con al menos cuatro mujeres diferentes. Abandonó a la familia cuando Orlando tenía apenas 2 años. Su madre María Julia Pedroso, técnica de laboratorio en el mismo hospital psiquiátrico. Crió sola a Orlando y a su hermano mayor, Arnaldo Junior. La pobreza era tan extrema que Orlando recordaba tener un solo par de pantalones, los que él llamaba los semanales, que usaba todos los días, excepto los sábados.
Pero aquí viene lo más importante de una de las aventuras de su padre. Nació Eisler Livan Hernández Carreda el 20 de febrero de 1975, 10 años menor que Orlando, madre diferente Miriam Carredas, criado en la isla de la juventud a 50 millas de la costa sur de Cuba, Orlando y Libán, no se conocieron hasta que Libán cumplió 10 años.
Dos hermanos de sangre que crecieron en mundos completamente distintos. Orlando era disciplinado, leal al régimen padre de familia. Libán era talento, puro, indisciplinado, rebelde. Esa diferencia de carácter marcaría el destino de ambos. Y ahora fíjate en este detalle porque es clave para entender la ironía brutal de lo que vendría después. Orlando.
Usó durante toda su carrera el número 26. Ese número no es cualquier cifra en Cuba. Representa el movimiento 26 de julio, el asalto al cuartel Moncada de 1953 que inició la revolución Orlando. Llevaba en su espalda el símbolo sagrado del régimen. Era literalmente un hijo de la revolución. Y vaya que lo demostró en el terreno.
Durante 10 temporadas con industriales de La Habana. El equipo más prestigioso de Cuba Orlando, compiló números que siguen siendo récord, 126 victorias contra 47 derrotas, un porcentaje de victorias de 0.728, el más alto en la historia de la serie nacional. Ese récord no ha sido superado hasta el día de hoy. Una efectividad de 3.05 en más de 1514 entradas lanzadas.
Campeón nacional en 1992. y 1996. Y en la Arena Internacional con la selección cubana, que en un momento ganó 152 juegos consecutivos. Orlando, conquistó el oro olímpico en Barcelona 1992. Se convirtió en el primer jugador de la historia en ganar tanto una medalla de oro olímpica como una serie mundial. Y todo esto ganando aproximadamente $875 al mes.
Cuando periodistas extranjeros le preguntaban sobre desertar, él respondía, “Sé que la palabra más bonita del mundo es dinero, pero creo que palabras como lealtad y patriotismo también son muy hermosas. Esa era la imagen que el régimen vendía al mundo, el atleta socialista, incorruptible, el producto perfecto de la revolución. Pero lo que viene ahora demuestra que esa lealtad no significaba absolutamente nada para el aparato del Estado.
En septiembre de 1995, la selección cubana de béisbol estaba en Monterrey, México, para un torneo internacional Libán Hernández, el hermano menor de Orlando. Tenía apenas 20 años y ya era una estrella en ascenso. Pero Libán estaba harto. El periodo especial había devastado Cuba. No había combustible, no había comida, no había artículos básicos.
Los atletas de élite regresaban a casa ganando entre 10 y 16 al mes, lo que colmó el vaso del Iván. No fue una epifanía política, fue algo mucho más cotidiano y humillante. En 1995, durante una gira por Japón Libán, recogió champús y jabones de los hoteles para llevárselos a su familia, porque esos artículos básicos eran lujos inalcanzables incluso para un héroe nacional.
Pero a su regreso los funcionarios de seguridad cubanos le confiscaron todo y lo amenazaron con prohibirle viajar si volvía a intentarlo. Para un muchacho de 20 años que podía lanzar una pelota a 90 y 5 mill por hora, esa humillación fue demasiado. En Monterrey, una admiradora se le acercó para pedirle un autógrafo, pero en lugar de un papel le pasó discretamente un número de teléfono.
Era el número de Joe Cubas, el manager cubano americano de Miami, que se había especializado en sacar beisbolistas de la isla Libán, salió caminando del hotel una noche y desapareció. viajó a través de México Venezuela y finalmente República Dominicana, donde firmó un contrato de 4 años y 4,5 millones de dólares con los Florida Marlins, una fortuna solo 2 años después, en 1997, Libán Hernández llevó a los Marlis a la Serie Mundial y fue nombrado el jugador más valioso.
Después del último out, gritó al estadio I Love You Miami, era la pesadilla propagandística del régimen hecha realidad. Y aquí entramos en la carne viva de esta historia, porque el régimen cubano no solo perdió a un atleta, perdió la narrativa y alguien tenía que pagar por esa humillación. Inmediatamente después de la deserción del Iván Orlando, fue puesto bajo vigilancia, se convirtió en uno de los ciudadanos más radiactivos políticamente de todo el PIT.
país en marzo de 1996 fue eliminado del roster del equipo Cuba para los Juegos Olímpicos de Atlanta. Se enteró por televisión. No sé por qué me están haciendo esto”, dijo Orlando. “He tenido todas las oportunidades del mundo para desertar y nunca lo hice. No sé por qué tengo que pagar por los pecados de mi hermano.
” Pero lo peor aún no había ocurrido. En julio de 1996, Orlando fue detenido e interrogado por la seguridad del Estado. temido G2 sobre sus relaciones con agentes deportivos estadounidenses fue arrestado y llevado a interrogatorios al menos tres veces y entonces llegó octubre, Juan Ignacio Hernández Nodar, primo del manager Joe Cubas, fue capturado en Cuba por agentes del G2.

Nodar era el correo de la red de contrabando que Cubas había montado en la isla. Su trabajo era llevar los dólares que el Iván ganaba en Estados Unidos a su familia en Cuba. Pero Nodar cometió un error fatal en su última visita. No solo llevaba dinero, también llevaba documentos falsos, incluyendo un pasaporte con el nombre de Orlando Hernández.
Esos documentos cayeron en manos del G2. El 28 de octubre de 1996 comenzó el juicio contra Nodar. Y aquí viene la parte que define el carácter de Orlando, fue citado, a declarar junto con el receptor Alberto Hernández y el campo corto Germán Mesa. Germán Mesa bajo la presión aplastante del Estado, se dio testificó contra Nodar, lo llamó enemigo del Estado cubano, pero Orlando se negó, se plantó ante el tribunal y defendió a Nodar diciendo que era simplemente un amigo común, que no era ningún agente peligroso.
Nodar fue condenado a entre 13 y 15 años de prisión, pero la desobediencia de Orlando tuvo un precio mucho más alto. Dos. Días después del juicio, el 30 de octubre de 1996, Orlando y Alberto Hernández fueron citados a las oficinas del Inder en el estadio latinoamericano de La Habana. Les comunicaron que a pesar de no haber cometido ningún delito concreto, las autoridades paranoicas creían que quizás en el futuro podrían intentar escapar por esa sospecha.
Y solo por esa sospecha ambos quedaban vetados de por vida del béisbol cubano. Al día siguiente, el periódico Granma publicó en primera plana que Orlando Hernández era un mafioso, un criminal y un traidor a la patria. Su madre María resumió la situación. Uno de mis hijos murió y ahora mi otro hijo es un muerto viviente.
Y aquí te lanzo la pregunta clave que desmonta todo el discurso del régimen. Si Orlando era tan peligroso, si era un traidor, ¿por qué nunca fue procesado formalmente? ¿Por qué nunca hubo un juicio? La respuesta es simple, porque no había ningún delito solo para Noya. Lo que siguió fue un proceso sistemático de aniquilación social.
El mejor lanzador en la historia de Cuba, fue obligado a trabajar como terapeuta de rehabilitación en el hospital psiquiátrico. Cerca del aeropuerto, José Martí ganaba 207 pesos cubanos, al mes, aproximadamente 8. La gente lo insultaba en las calles. Tú eras el duque, ahora no eres nada.
Se le prohibió entrar a cualquier estadio. La policía le exigía identificación incluso cuando estaba sentado en su K propio balcón. Su matrimonio de 11 años con Norma Elvira colapsó. Ella se fue llevándose a sus dos hijas Yaumara y Stefy Orlando se mudó con su nueva novia Noris Boss a una habitación de bloques de cemento gris sin ventanas. Pero Orlando no se quebró.
Cada mañana salía a correr por la C, calles de Oaxay, gritando todo bien. Jugaba de tercera base, en partidos de barrio, en potreros de vacas, porque lanzar hubiera sido injusto para los demás. Cuando las autoridades le advirtieron que nunca volvería a jugar y que la isla se sentiría del tamaño de un centavo Orlando, respondió firme: “Voy a volver a jugar béisbol antes de morirme, aunque tenga que jugar en Haití.
” Y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba. El 25 de diciembre de 1997, Cuba celebraba la Navidad por primera vez desde 1969, Fidel Castro había reinstaurado la festividad como gesto antes de la visita del Papa Juan Pablo I. Las fuerzas de seguridad estaban relajadas. Era la noche perfecta.
Orlando y Noris asistieron a una fiesta de bodas para no levantar sospechas. Salieron alrededor de las 7 de la noche, se subieron a un Chebrolead con Joel Pedroso y Alberto Hernández y manejaron 5 horas hacia el este hasta Caibarién, un pueblito pesquero a 120 millas de la Habana. En el camino recogieron a Lenin Rivero alrededor de las 5 de la mañana del 26 de diciembre.
El grupo caminó por la maleza y entró al agua hasta la cintura para abordar el barco pesquero. Cuando alguien expresó dudas, Noris cortó en seco, mejor ahogarnos que regresar ahora. Eran ocho pasajeros. Orlando Noris, Alberto Hernández, Joel Pedroso Osmani, Lorenzo el Capitán, Juan Carlos Romero, su esposa Heidi y Lenin Rivero, llevaban un galón de agua, un poco de azúcar morena, varias latas de spam y una cámara fotográfica barata.
Durante las primeras 4 horas, los fugitivos permanecieron inmóviles bajo cubierta mientras Juan Carlos navegaba por el archipiélago Sabana. El barco tocó fondo en la marea baja. Juan Carlos saltó al agua y liberó el casco. Más tarde divisaron una lancha de la guardia costera cubana a la distancia. Fingieron pescar durante una hora mientras los fugitivos se escondían.
Y aquí viene la verdad que la prensa estadounidense nunca quiso contar. El Caribe, en una ironía cruel, les había abierto los brazos, las aguas que tantas veces habían tragado balceros desesperados. Esa noche estaban mansas como un espejo, ni una ola amenazante, ni un tiburón rondando. El barco nunca se hundió ni tuvo fugas durante las 10 horas de travesía.
Pero el peligro real comenzó cuando llegaron a Anguila Cai, una isla deshabitada de las Bahamas, un pedazo de arena y palmeras, suspendido en la nada demasiado lejos de Miami, para nadar demasiado cerca de Cuba para sentirse a salvo. El barco de transferencia desde Miami nunca apareció. Un bote enviado por Jorge Ramis se hundió a 5 millas de la isla.
El otro bote nunca salió del puerto. Los ocho náufragos estaban varados con cigarrillos, dos latas de spam, 10 libras de azúcar y una cámara barata. La primera noche, desesperados dispararon el flash de la cámara hacia la oscuridad tratando de hacer señales. Alguien la dejó caer. La cámara se rompió en la arena mojada. Orlando gritó, “¡Mira lo que hiciste.
Al segundo día descubrieron lo que llamaron el cementerio de balceros en la costa. Barcos destrozados, velas, motores oxidados y lo que parecían cruces improvisadas marcando tumbas sobrevivieron con agua azucarada, spam y caracoles hervidos. Las mujeres se negaron a comer los caracoles el tercer día mientras los hombres jugaban béisbol en la playa usando tablones como bates y pedazos de bolas como pelotas.
Pasó un helicóptero. El primer instinto fue esconderse, pero el miedo a morir ganó. Corrieron y agitaron los brazos. El piloto saludó y se fue. La madrugada del 29 de diciembre apareció un cúter de la guardia costera después de tres viajes en una balsa inflable. Los ocho estaban a bordo. Del USS Baranov.

Les dieron mantas, café, arroz y frijoles. Entonces el barco cambió de dirección hacia la Habana. El terror los invadió. Orlando recordó, “Conocimos a un guardia cuyos padres eran cubanos. Uno de los que estaba conmigo le dijo que yo era el duque, el [carraspeo] hermano del Iván.” El guardia dijo, “Los han estado buscando por 4 días y por alguna razón decidieron no ponerme en el barco de regreso a Cuba.
Fueron trasladados al centro de detención de Car Michael Roden Nasau. Las Bahamas tenían un acuerdo de repatriación con Cuba. Por ley deberían haber sido devueltos a la Habana. Pero aquí entra Joe Cubas con una jugada maestra. El mismo manager que inicialmente había rechazado ayudar a Orlando apareció en Nasau con $500 en efectivo y una estrategia brillante.
El gobierno estadounidense ofreció visas humanitarias inmediatas a Orlando, Alberto y Noris, pero Orlando las rechazó. Si entraba directamente a Estados Unidos las reglas de la MLB, lo obligarían a entrar en el draft de jugadores amater, donde solo un equipo podría seleccionarlo. Pero si establecía residencia en un tercer país, se convertiría en agente libre internacional y podría negociar con los 30 equipos en una guerra de ofertas.
Orlando declaró que no abandonaría las Bahamas hasta que se garantizara la seguridad de sus cinco compañeros. La jugada le dio tiempo para que Costa Rica emitiera siete visas humanitarias. Y aquí viene la parte que demuestra la hipocresía del capitalismo estadounidense. En marzo de 1998, ya con residencia costarricense, Orlando Hernández firmó un contrato de 4 años y 6,6 millones de dólares con los New York Yankees. Pero había un problema.
Orlando tenía 32 años, no 28, como declaró en los documentos J Cubas. había falsificado su fecha de nacimiento cambiándola de 1965 a 1969, porque en el béisbol la edad determina el valor del contrato. En 1999, el sitio de Smoking Gun publicó el decreto de divorcio de Orlando en Cuba revelando su verdadera edad.
El fraude quedó expuesto ante todo el mundo. Legalmente los yankees podían anular el contrato. De hecho, lo habían hecho antes con otro cubano, Andy Morales, cuando descubrieron que había mentido sobre su edad. Pero con Orlando la situación era diferente. El scout Gordon Blackley admitió que siempre supo que Orlando probablemente tenía 32 años, pero que era un atleta tan extraordinario que podía jugar a nivel élite por cinco o 6 años más.
Los yankeis pagaron millones por una mentira que conocían de antemano así funciona el capitalismo. La moral es flexible cuando hay talento de por medio. El 3 de junio de 1998, el duque debutó en el Yanke Stadium ante 27,291 aficionados. Cuando caminó hacia el bulpen para calentar, vio decenas de banderas cubanas sondeando en las gradas superiores.
Las lágrimas le rodaron por las mejillas. Pero cuando subió al montículo, se transformó en el asesino frío que siempre había sido. Levantó su rodilla izquierda casi hasta la barbilla, ocultando la pelota detrás de su cuerpo hasta el último, milisegundo con la gorra calada sobre los ojos y esa mirada amenazante que helaba la sangre de los bateadores lanzó siete entradas, permitiendo solo una carrera limpia contra los Tampa Bay Devil Race, y nunca más salió de la rotación.
Los Yankees de 1998 ganaron 114 juegos en la temporada regular, el récord de la era moderna. Orlando terminó con 12 victorias y cuatro derrotas, pero su verdadera marca la dejó en octubre. En el cuarto juego de la serie de campeonato contra Cleveland, con la serie empatada 2 a 1 y los Yankees al borde del abismo Stein, Brenner le dijo, “Si no los detienes, estamos acabados. Orlando movió la mano.
Mañana no problema. lanzó siete entradas en blanco, tres hits, seis ponches. Los Yankees varieron a San Diego en la Serie Mundial. Orlando Hernández era campeón del mundo y aquí llega el golpe final al régimen. Mientras Orlando estaba en el Dugat del Yankee Stadium durante la serie mundial Un funcionario de la Iglesia Católica se reunía con Fidel Castro para negociar visas para la madre de Orlando, sus hijas y su exesposa.
El cardenal Johno Conor de Nueva York había contactado directamente a Castro. El régimen que no quería aparecer ante el mundo como el dictador cruel que separaba a un padre campeón de sus hijas. Se dio la noche después de que los Yankees barrieran a los padres. El avión que traía la familia de Orlando aterrizó en el aeropuerto de Teterboro, Nueva Jersey.
El duque caminó directamente hacia las escaleras del avión y abrazó a las hijas que no había visto en años. El hombre al que el régimen había intentado borrar de la historia estaba ahí campeón del mundo, reunido con su familia mientras millones observaban días después, en el tradicional desfile de campeones por el cañón de los héroes de Manzatan, Orlando, viajó en el carro alegórico con sus hijas a su lado, ganar una serie mundial y después reunirme con mi familia la mañana del desfile.
Fue increíble, dijo Orlando. Fue el día más grande de mi vida. Ese desfile fue la venganza completa, el régimen que lo había llamado mafioso, criminal y traidor, el régimen que lo había humillado en las calles. Ese mismo régimen tuvo que ver como el hombre que intentaron destruir era celebrado como héroe en la capital del capitalismo mundial, Fidel Castro.
Años después lo admitiría con amargura, Orlando Liván. A Rojo todos fueron entrenados aquí en Cuba. Sus entrenadores eran cubanos. A Orlando le enseñamos el slider aquí. Nos robaron a nuestros peloteros, se fueron por dinero. ¿Qué podemos hacer? Esa frase, comandante, es la confesión de tu derrota. No te robaron a nadie.
Tú los expulsaste. Tú los humillaste. Tú los empujaste al mar y ellos fueron y conquistaron el mundo que tú tanto despreciabas. Orlando Hernández ganó cuatro anillos de Serie Mundial 1998-1999 y 2000 con los Yankees y 2005 con los Chicago White Socks. Playoffs acumuló nueve victorias con una efectividad de 2,55 ganándose el título de amo de octubre.
Pero aquí viene lo más delicioso, el epílogo que trae esta historia hasta el día de hoy. Años después, Gerardo Hernández, el espía de los cinco héroes que ahora dirige, ¿los es la historia de cómo la lealtad no importa cuando el Estado decide que eres desechable? La historia de cómo un hombre fue borrado de los registros oficiales, silenciado brutalmente en su propio país, perseguido, sin razón legal válida y finalmente empujado al océano por una paranoia irracional que lo confundía erróneamente con su hermano Libán. Es la
historia de cómo ese mismo hombre regresó no como un refugiado más, sino como campeón del mundo celebrado globalmente. Es la historia de una venganza poética completa que el mundo entero presenció en televisión y que el posan aparato cubano, no pudo evitar ni controlar ni detener. Orlando Hernández representa la derrota definitiva total del sistema totalitario cubano.
No fue la fuerza bruta la que lo derrotó. Finalmente fue el talento puro, la inteligencia estratégica, la paciencia inquebrantable y la determinación de un hombre que supo esperar precisamente el momento exacto para escapar hacia la libertad. Cuando Fidel Castro admite públicamente que lo entrenó en Cuba, que sus entrenadores fueron cubanos, está confesando algo profundo, devastador y revelador.
está admitiendo involuntariamente que el sistema revolucionario que él creó fue capaz de producir la excelencia atlética, la perfección técnica, el oro olímpico en Barcelona, pero fue completamente incapaz de retenerla, de mantenerla, porque ese mismo sistema se basaba integralmente en la represión irracional, la paranoia enfermiza y la desconfianza patológica hacia sus propios hijos.
Orlando salió de Cuba con apenas en los bolsillos maltrechos. y un barco pesquero de 30 pies que nunca se hundió ni una sola vez en toda la travesía. Regresó a Cuba simbólicamente a través de la pantalla televisiva como campeón del mundo reunido emocionalmente con su familia, abrazando a sus hijas que no había visto en años en Manhattan ante millones de personas.
Eso es mucho más que una venganza personal ordinaria. Eso es la prueba irrefutable de que los sistemas totalitarios están condenados inevitable eternamente a perder a sus mejores hombres más talentosos porque se comen a sí mismos desde adentro, desde el núcleo corrosivo. La paranoia mata la lealtad destruyendo el vínculo.
La persecución sistemática destruye el amor genuino al país. La represión organizada genera una determinación fieramente interna para escapar hacia la libertad real. Y cuando un hombre extraordinario como Orlando Hernández Pedroso logra finalmente escapar cuando regresa triunfador y victorioso, cuando abraza a sus hijas en la capital del mundo occidental que su régimen despreciaba públicamente entonces toda la propaganda revolucionaria, toda la parafernalia estatal, toda la violencia represiva del sistema se desmorona completamente
irrevocablemente en un instante. La presión que Orlando enfrentó diariamente en la isla cubana era absolutamente insoportable, física, psicológica y emocionalmente, hablando. Pero la presión en el océano Atlántico fue solo una pausa temporal, una pausa en la lucha interior, una pausa breve antes del triunfo definitivo, una pausa en una vida que estaba destinada profundamente a la grandeza.
Los tiburones legendarios inventados por George Stein Brenner nunca fueron tan peligrosos realmente como las calles maltrechas de Waaji, donde la gente lo insultaba públicamente, donde le gritaban que [carraspeo] ya no era nadie, que no era el duque, como las oficinas represivas del Inder, donde le robaron su carrera profesional sin proceso legal válido, como la habitación gris, oscura de bloques de cemento sin ventanas, sin aire, sin luz natural, donde tuvo que esperar contando ansiosamente los días.
Orlando Hernández no es solo un beisbolista extraordinario, es un símbolo. Cuando Orlando abraza a sus hijas en Manhattan, cuando es celebrado como héroe internacional, cuando sus cuatro anillos de serie mundial brillan bajo las luces de los estadios de Nueva York, eso representa mucho más que una victoria personal ordinaria.
Representa la victoria definitiva del individuo talentoso sobre la paranoia del Estado. Representa la victoria del talento genuino sobre la represión institucionalizada. Representa la victoria de la determinación humana sobre la maquinaria represiva. Esa es la verdadera historia de Orlando Hernández Pedroso. Es la historia de cómo la lealtad no importa cuando el Estado decide que eres desechable.
La historia de cómo un hombre fue borrado de los registros oficiales, silenciado brutalmente en su propio país, perseguido sin razón legal, válida y finalmente empujado al océano por una paranoia irracional que lo confundía erróneamente con su hermano Libán. Es la historia de cómo ese mismo hombre regresó no como un refugiado, más, sino como campeón del mundo celebrado globalmente.
Es la historia de una venganza poética completa que el mundo entero presenció en televisión y que el aparato cubano no pudo evitar ni controlar ni detener. Orlando Hernández representa la derrota definitiva total del sistema totalitario. Cubano no fue la fuerza bruta la que lo derrotó. Finalmente fue el talento puro, la inteligencia estratégica, la paciencia inquebrantable y la determinación de un hombre que supo esperar precisamente el momento exacto para escapar hacia la libertad, cuando Fidel Castro admite públicamente que lo entrenó en Cuba, que
sus entrenadores fueron cubanos. está confesando algo profundo, devastador y revelador. Está admitiendo involuntariamente que el sistema revolucionario que él creó fue capaz de producir la excelencia atlética, la perfección técnica, el oro olímpico en Barcelona, pero fue completamente incapaz de retenerla, de mantenerla, porque ese mismo sistema se basaba integralmente en la represión irracional, la paranoia enfermiza y la desconfianza patológica hacia sus propios hijos.
Orlando salió de Cuba con apenas $8 en los bolsillos maltrechos y un barco pesquero de 30 pies que nunca se hundió ni una sola vez en toda la travesía. Regresó a Cuba simbólicamente a través de la pantalla televisiva como campeón del mundo reunido emocionalmente con su familia, abrazando a sus hijas que no había visto en años en Manhattan ante millones de personas.
Eso es mucho más que una venganza personal ordinaria. Eso es la prueba irrefutable de que los sistemas totalitarios están condenados inevitable eternamente a perder a sus mejores hombres más talentosos porque se comen a sí mismos desde adentro, desde el núcleo corrosivo. La paranoia mata la lealtad, destruyendo el vínculo.
La persecución sistemática destruye el amor genuino al país. La represión organizada genera una determinación fieramente interna para escapar hacia la libertad real. Y cuando un hombre extraordinario como Orlando Hernández Pedroso logra finalmente escapar cuando regresa, triunfador y victorioso, cuando abraza a sus hijas en la capital del mundo occidental, que su régimen despreciaba públicamente, entonces toda la propaganda revolucionaria, toda la parafernalia estatal, toda la violencia represiva del sistema se desmorona
completamente irrevocablemente en un instante. La presión que Orlando enfrentó diariamente en la isla cubana era absolutamente insoportable física, psicológica y emocional.